Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 22
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Capítulo 22

Ayudando a quien me odia, odio a quien me quería

y es por eso que este chico no sonríe y desconfía. […]

Perdí la suerte y la inocencia de pequeño

pero la música está presente hasta cuando sueño.

Serás polvo y recuerdos sin poder evitarlo.

Selecto Picasso

Viernes, 15 de noviembre. Una y media de la madrugada.

Alexis

Siempre he sido muy besucón con todo el mundo.

Ádriel

Y yo. Y suelo buscar el contacto físico. Es como si eso hiciera que siga en este planeta o algo así.

Alexis

O porque igual lo necesitas. ¿Nunca te has parado a pensarlo? Que si has tenido mucho afecto con tu familia y has estado siempre cerca de ellos, luego te crea necesidades afectivas que tienes que seguir satisfaciendo.

Ádriel

Puede ser. Mi abuela me mimó mucho. Era como yo.

Domingo, 17 de noviembre. Tres menos nueve de la madrugada.

Ádriel

¿Cómo se llama tu mejor amigo?

Alexis

No tengo. Para mí mi mejor amigo es mi hermano.

Ádriel

¿Por qué no?

Alexis

No confío en la gente. Una vez tuve un muy buen amigo, pero fue por ahí diciendo todo lo que yo le contaba. Y dolió porque eran cosas personales.

Ádriel

Menudo gilipollas

Alexis

Desde entonces no he querido volver a pasar por lo mismo.

Ádriel

Pero no tiene por qué volver a pasar.

Alexis

Ya. Pero nunca se sabe. Me he llevado muchos palos. Por eso me refugié en las drogas. Se me juntaron muchas cosas…

Ádriel

¿Quieres hablar de ello?

Alexis

Otro día, porfa. Háblame de Ángel y Ainhoa.

Ádriel

Vale, cariño. Te lo cuento mañana mientras cocinamos.

Alexis

Mañana no vale escaquearse.

Ádriel

De hablar de dos de las personas más a bellas e importantes de mi vida, imposible. De cocinar, ya veremos.

Alexis

Pero tienes que estar conmigo mientras cocino.

Ádriel

Eso seguro. Prometo mirarte cada vez que cocines conmigo. Aunque no sea domingo.

Alexis

Si te digo la verdad, con que me hagas compañía y nos riamos, me vale.

Alexis y yo entramos juntos en la cocina, era nuestro momento.

Cuando vi que nadie venía tras nosotros, le besé con rapidez en los labios.

Fue casi un roce, pero llevábamos horas separados y necesi taba sus labios en los míos.

Ya no podía estar cerca de él sin besarle o notar su piel en contacto con la mía.

Necesitaba el sonido de nuestros besos, respirar su aroma y a su voz envolviéndome.

—¿Qué vas a cocinar hoy? —pregunté acercándome a la encimera de la cocina para ver qué ingredientes había en ella.

—Vamos —remarcó— a cocinar pasta. Hoy no tengo mucha imaginación. No he dormido bien.

—¿Por qué? —escruté su rostro preocupada.

No le había visto en toda la mañana, era el primer momento que teníamos solos.

Estaba mustio, no me había percatado cuando apareció en casa minutos antes y por más que intentó curvar sus labios antes de hablar para conseguir una sonrisa, fue incapaz.

Hizo algo más parecido a una mueca. ¿Le leí o a él se le olvidó ponerse la máscara?

—Háblame de Ángel y Ainhoa.

No se me pasó por alto que cambió de tema, pero lo dejé pasar. Sabía que había muchas cosas que no me contaba. Recuerdos anidados en su mente que le turbaban, pero que no quería compartir conmigo.

Me pregunté si a su hermano, la persona a la que más protegía y quería en el mundo entero, le contaría todo lo que pasaba por su cabeza, o si también se lo ocultaba. Si de verdad no contaba con nadie para expresar sus miedos más oscuros, la negrura de su mente.

—Si empiezo, no me voy a callar hasta que te cuente todo. —Me sentí en la necesidad de advertirle.

—Dale. Enséñame por qué son especiales.

—Son únicos. A Gelo le conozco porque íbamos al mismo colegio, y después al mismo instituto.

Con doce años salíamos con el mismo grupo de amigos.

Un viernes, todos excepto él y yo se rajaron y ni cortos ni perezosos nos fuimos solos.

—Reí ante el recuerdo porque aquel día me sentí un poco torpe con Gelo, sin saber muy bien de qué hablar al principio—.

Nos dimos cuenta de que solos éramos geniales y nos lo podíamos pasar bien y ahí surgió todo.

Ainhoa y yo desde los cinco años o así somos inseparables.

Es raro, porque somos muy diferentes, y sin embargo somos capaces de complementarnos.

—¿Cómo es tenerles como amigos? —preguntó Alexis mientras dejaba caer la pasta en la cazuela con agua hirviendo.

—Es genial. Puedo contarles cualquier cosa.

—¿Saben lo que pasa entre nosotros?

—Ainhoa sí, pero Gelo no —admití.

—¿Por qué no le has dicho nada?

Medité la respuesta sin querer herirle.

—Tengo la sensación de que no le va a gustar. A veces creo que está celoso de que tú y yo pasemos tanto tiempo juntos y hablemos tanto por mensaje. Y… no sé… —No supe expresarme mejor—. No me atrevo a decírselo.

—Obviando lo nuestro, ¿les cuentas todo, todo, todo?

—Sí, no me callo nada con ellos —dije. Alexis frunció el ceño—. ¿Qué pasa?

—Nada. Se me hace raro. Yo no cuento nada a nadie.

—Lo sé. —«Quiero que me lo cuentes a mí».

No llevábamos mucho conociéndonos y sin embargo tenía una necesidad muy acuciante de protegerle y ser su apoyo.

De poder resguardarle cuando tuviera un mal día.

De cuidarle cuando fuera necesario. De defenderle ante todo lo malo que hubiera en el mundo.

Me aterró sentirme así. Moví varias veces mi rostro para ahuyentar mi desasosiego.

—¿Estás bien, cielo? —Alexis me miró preocupado.

Asentí. Mentí. Y él se dio cuenta. Pero igual que yo no preguntaba cuando no quería serme sincero sobre algo, él tampoco me pidió que lo fuera.

—¿Hoy no ponéis música de esa vuestra? —preguntó Gelo tras entrar por la puerta de la cocina con el tabaco de liar en las manos.

Mi mejor amigo se colocó entre Alexis y yo de manera intencionada. No le gustaba nuestra cercanía ni nuestra relación. Sus acciones lo gritaban bien alto.

—Lo había olvidado por completo. Voy a ello. —Sonreí a mi mejor amigo y le besé en la mejilla antes de sobrepasarle para llegar al lado de Alexis y coger mi móvil.

—Nooo. ¿Para qué habré hablado? —se quejó con teatralidad Gelo, dejando a un lado los celos.

—Pero, a ver, Gelo… ¿Aquí quién cocina? Nosotros, ¿no? —Nos señalé a Alexis y a mí. Gelo asintió y masculló algo ininteligible—. Pues el que cocina, elige la música.

—Poned una canción de las mías mientras me fumo un cigarro y ya luego lo que queráis, anda. —Gelo me puso carita de pena.

—No sé… —Fingí pensármelo—. ¿Tú qué crees, Alexis?

—Venga, pero solo una, hermano —dijo Alexis con un atisbo de sonrisa asomando en sus labios.

—Tal vez dos. Una para mientras lío el cigarro y otra para fumarlo.

—Dos. Ni una más, Gelo. Y te hago yo el cigarro —negocié.

Gelo me miró extrañado y elevó una ceja.

—Tú no sabes liar cigarros.

—Ahora sí —aseveré con una sonrisa.

—¿Quién te ha enseñado? —gruñó Gelo. Señalé a Alexis con la mirada sin entender la furia que los ojos de mi mejor amigo transmitían—. ¿Y tú pa qué le enseñas nada a la niña? —le abroncó señalándole con su dedo índice.

—Me lo pidió. —Alexis se encogió de hombros aparentando indiferencia, aunque su cuerpo activó una postura de defensa.

Gelo comenzó a murmurar palabras que no entendía y la tensión creció más y más. Tiré de mi mejor amigo y le llevé a través de la puerta de cristal que daba al jardín. Le coloqué contra la fachada de nuestra casa y le miré de lleno a los ojos, evaluándole.

—¿A ti qué te pasa? —inquirí.

—Mierda. Si es que es una estupidez. No quiero que tengas tentaciones de fumar. —¿Todo por eso? Había algo más, seguro—. Siento lo de antes —dijo abatido—. Me cae bien Alexis.

—Lo sé. Y a mí.

—Pero cuando os veo juntos… —Gelo negó con la cabeza—. ¿Pasa algo entre vosotros?

Era el momento. Era solo decirlo.

—Solo somos amigos —mentí por proteger a mi mejor amigo—. ¿Por qué?

—No sé. Noto algo. No quiero que nada cambie ni que te haga daño.

—Somos amigos —repetí sintiéndome mal por mentirle—. Tranquilo. —Sonreí lo mejor que pude.

Él me besó la frente y soltó toda su tensión acumulada. Creyó cada palabra. Me sentí la peor amiga del mundo.

Gelo se disculpó con Alexis mientras yo le liaba el cigarro.

Cuando lo terminé y se lo tendí, me sonrió y asintió con orgullo.

Bus qué su canción favorita, Ain’t no mountain high enough , de Marvin Gaye, y ambos la entonamos —cantando realmente mal— mientras bailábamos descoordinadamente.

Tras fumarse el cigarro, Gelo volvió con el resto al salón y Alexis y yo nos quedamos solos de nuevo.

Entonces me fijé en la postura tensa de Alexis y en su rostro serio.

Algo no iba bien. Me coloqué tras él y le abracé mientras freía el bacon y la cebolla para la pasta.

—¿Qué te pasa? —pregunté a su espalda—. ¿Es por el enfado de Gelo? Si ha sido una tontería.

—Pensaba en todos los porros que me he fumado —murmuró mientras se giraba entre mis brazos para enfrentarme.

—¿Quieres hablar de ello? —Elevé mi rostro, quedándome trabada en sus ojos verdes y dorados, buscando respuestas a muchos interrogantes que pasaron por mi cabeza.

Un mechón de su oscuro pelo se escapó de su recogido y cayó en su rostro entorpeciéndole la vista y mi mano danzó hacia él, llevándolo con suavidad tras su oreja.

Me deleité en el cariñoso gesto, en la suavidad de su pelo azabache entre mis dedos, en su mirada magnética que no separaba sus ojos de los míos.

—No sé. Tal vez.