Capítulo 21
Me encanta ser un trocito de tu ser.
Tenerte cerca, poderte respirar. […]
Quiero ser de ti tu mundo.
Amarrar cada segundo que te tengo para mí.
Los rebujitos, Sarayma
Alexis entonaba una de sus canciones cuando llegamos a Finca Deva.
Le pedí que no bajara del coche y terminara de cantar.
Puse el freno de mano y me giré para observarle mientras sonaban los últimos acordes y unas pocas palabras más salían de sus labios.
Le besé aspirando la última. Lo hacía a menudo.
Sobre todo cuando me cantaba una canción.
No podía evitar besarle si estaba lo suficientemente cerca de mí.
Aquel día solo tres de los caballos estaban a la vista.
—Faltan Troya y Capri —dije preocupada.
—Ve yendo a verles si te quedas más tranquila. Cierro la verja y voy.
Asentí y fui a paso ligero hacia los caballos.
Una vez estuve más cerca de ellos pude ver las orejas oscuras de Troya a lo lejos y mi corazón se calmó un poquito.
Solo faltaba Capri. Fui a la nave, cogí sus cubos de pienso y les llamé a grito pelado.
Troya acudió a mi llamada, pero ni rastro de Capri.
Que un caballo no acudiera a la llamada no era buena señal.
—¿Ayer notaste algo raro en Capri? —pregunté inquieta cuando Alexis se aproximó a mí.
—Le vi como siempre. Ponles de comer a estos y nos vamos a buscarle —dijo Alexis. Pasó su brazo por mis hombros en un intento de reconfortarme.
—¿Y si le ha pasado algo por mi culpa? Ay, madre mía, Alexis, que la he cagado…
El estómago se me cerró. Algo le había pasado a Capri, seguro.
—Tranquila, cielo. Estará bien.
No le creí ni una mísera palabra. Pensé que Capri estaba con un cólico por ahí tirado en mitad de Finca Deva, o incluso tal vez muerto.
Mi cabeza no me dejaba pensar en otra posibilidad.
Les puse la comida de cualquier manera a los cuatro caballos y pasé la valla para ir a buscar al que faltaba.
Alexis me siguió y me habló, pero no escuché nada de lo que dijo.
Mis ojos danzaron de un lado a otro de la finca en busca del pelaje castaño de Capri.
Tras recorrer la mitad de la finca no había ni rastro de él.
No podía estar pasando. Mi Capri no podía estar por ahí herido o muerto, y yo lejos de él.
En Finca Deva había varios desniveles y cuando llegamos al último valle, por fin le vi. Estaba tirado en el suelo. De lado. Su cabeza y cuello estirados por completo.
—Mierda. Está muerto. Está muerto —lloriqueé. Empecé a hiperventilar sin dejar de caminar hacia el cuerpo del equino—. No puede ser. Es mi caballito. Es mi… No, no puede ser… —Pasé mis manos por el rostro histérica y aumenté el ritmo de mis pisadas para llegar antes.
—Ey, espera a que nos acerquemos. No saques conclusiones precipitadas.
Llamé a Capri, silbé lo más alto que supe y el caballo no se movió ni un ápice. Yo tenía razón.
—Le ha pasado algo malo. ¿Ves que respire? Porque creo que no se le mueve la tripa —jadeé por la falta de aire al haber subido el ritmo—. No puedo perder a Capri…
—Estamos lejos aún para percibir el movi…
Le dejé con la palabra en la boca y aceleré el paso nerviosa, al borde del llanto y la histeria.
«Capri tiene que estar bien. Por favor. Por favor.
Por favor». Terminé corriendo a pesar de que ya me faltaba aire.
Alexis me gritó algo pero no le hice ni caso.
Corrí todo lo que mi cuerpo me permitió.
En mi carrera me mareé y dejé de correr, pero no de andar.
Debía llegar a Capri cuanto antes y ver qué le pasaba.
Silbé hacia el equino con la poca fuerza que me quedaba y me dejé caer de culo en el suelo cuando mis piernas flaquearon y sentí que podía perder el conocimiento al empezar a verlo todo blanco.
Un cosquilleo me recorrió las extremidades y el sonido de los raudos latidos de mi corazón era casi todo lo que escuchaba.
Alexis llegó a mí en cuestión de milésimas de segundo. Me abrazó y estrechó contra su pecho.
—Eres una cabezota —murmuró el chico.
—Capri —susurré—. Déjame. Ve a verle a él. —Me costó pronunciar cada palabra. Mi cerebro parecía trabajar a menos del cincuenta por ciento.
La sensación de malestar y mareo incrementó, pero solo me preocupaba por la salud de Capri.
Alexis se hizo con el control de la situación dada mi cabezonería y me tumbó en el suave pasto, que me hizo cosquillas en la cara.
Me quejé, pero Alexis levantó mis piernas y esperó con rostro preocupado a que me recuperara.
Volví en mí y dejé de ver borroso para pasar a ver chiribitas blancas y los oídos comenzaron a pitarme al mismo tiempo que un dolor agudo se instauraba en mi cabeza.
Intenté evitar reflejar el dolor y desconcierto que sentía, pues yo solo quería llegar a Capri.
Alexis me ayudó a levantarme y cuando estábamos a escasos diez metros del caballo paré en seco para poder observar bien su costado, buscando cualquier signo de que aún respiraba.
Y lo hacía. Muy pausadamente, tranquilo, dormido.
—¡Está bien! ¡Está vivo! —Lloré de felicidad—. Madre mía, me has asustado mucho, mi Capri.
Dejé caer mi cuerpo contra Alexis cuando la adrenalina me abandonó y mis piernas comenzaron a temblar.
Capri me escuchó y giró su cabeza hacia mí.
Enjugué mis lágrimas y parpadeé varias veces para alejar las gotas de agua salada de mis ojos mientras Capri se rebozaba antes de levantarse.
Se sacudió la arena mezclada con hierba en su lomo y se acercó a mí con curiosidad.
Le acaricié la testuz con cariño y manos temblorosas por el susto y nos siguió a Alexis y a mí hasta donde el resto terminaba de comerse su ración.
—Menudo susto me ha dado el puñetero Capri —gruñí cuando me sentí más calmada.
—Eres un poco exagerada. Si seguro que estaba bien.
—Son mis animales. Tengo que cuidar de ellos. No sabes lo mal que lo he pasado. Y el dolor de cabeza que me ha dejado el mareo.
Alexis se acercó a mí y besó con suavidad mis labios.
—Siéntate y me ocupo yo del resto. Descansa un poco hasta que se te pase.
Una vez recuperada, colocamos las redes de heno, nos limpiamos las briznas de forraje el uno al otro —siempre con besos de por medio— y nos sentamos en la jarapa a verles comer con nuestros ocho churros.
—¿Has terminado de leer Cujo ? —me preguntó Alexis. Negué—. Dices que te gusta leer, pero por lo que veo, eres una lenta. —Me picó.
Abrí la boca para protestar pero él cogió un mechón de mi pelo para juguetear con él y la voz se me perdió.
Me fascinaba cuando lo hacía con esa complicidad, con esa cercanía.
Como si llevara años tocándome así el pelo.
Cerré mis ojos un instante para disfrutar de su toque y de los pequeños tirones que me daba.
—Últimamente es que me lío a hablar con alguien por las noches y no me da tiempo a leer. —Abrí los ojos y fijé la mirada en su antebrazo y mi mano, que hacía círculos sobre su tatuaje del pez koi.
Solíamos ser así. Cuando estábamos juntos, nuestros dedos buscaban la piel del otro de forma inevitable. Necesitábamos nuestro contacto. Y siempre encontrábamos una excusa para tocarnos, besarnos o estar pegados.
Alexis rio.
—¿Y con quién hablas tanto?
—No sé. Dímelo tú. —Levanté la mirada de su tatuaje a su rostro y le sonreí.
Alexis se tumbó en la jarapa y me arrastró con él.
Me besó y cuando profundizó el beso y su piercing rozó mi lengua, un temblor recorrió mi piel.
Gemí cerca de su oído y él me regaló un precioso jadeo que me erizó la piel.
No podía dejar de moverme, de rozar mi centro sobre su dureza para buscar alivio.
—No quiero parar —gemí.
—No lo hagas. Córrete.
Nuestras manos recorrieron todas las partes del cuerpo del otro y solo con su roce y su toque, una explosión de placer me invadió mientras nuestras bocas chocaban, nuestras lenguas se encontraban y su piercing hacía magia, bebiendo mis gemidos y el éxtasis del clímax.
Le observé aún entre la neblina del orgasmo y le sonreí.
—Me encantas —susurré antes de besarle sonoramente en los labios. Luego en la nariz, la mejilla, detrás de la oreja y en el cuello, que también mordí.
Tuve mi segundo orgasmo entre caricias, besos por todo mi cuerpo y su lengua repasando mi cuello. Introduje mi mano bajo sus pantalones para buscar esa dureza que me había ayudado a tener los mejores orgasmos de mi vida.
—¿Quieres? ¿Estás segura?
Le besé en contestación antes de palpar la carne tersa y dura de su miembro.
Observé su cuerpo tensarse, sus manos volar por el mío, sus ojos entornados en éxtasis, su boca entreabierta mientras suaves gemidos salían de entre sus labios.
Solo de verle así me volví a excitar. Cada uno nos ocupamos del orgasmo del otro.
Tras el suyo, me dejé caer a su lado y le abracé.
Él besó mi coronilla mientras rozaba mi brazo con mimo.
Se encendió un cigarro que le había hecho mientras desayunábamos y estuve a punto de decirle que le quería mientras el humo del cigarrillo invadía mis pulmones.
Las palabras estaban en la punta de mi lengua.
Pero no quería precipitarme. Tenía la sensación de que íbamos hacia un callejón sin salida en el que todo estaría bien mientras estuviéramos juntos, pero volver atrás y solo ser amigos…
Dicen que al principio son todo caricias, besos, risas y luego empieza la rutina y los vuelcos del corazón y las sonrisas bobas se olvidan.
Yo no quería que nos pasara eso. Quería ser siempre como éramos en aquel momento.
Quería que fuéramos vida el uno para el otro.
Siempre. Quería que mi corazón nunca dejara de latir desbocado al verle aunque pasáramos juntos eones.
Quería sonreírle como una pánfila cada vez que le mirara.