Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 20
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Capítulo 20

Estoy cansado de vivir con mis traumas del pasado.

De intentar olvidarlos borracho.

De que mis miedos siempre pesen más que mis ganas de intentarlo.

Subze

Gelo trajo chino para comer tras recoger a Angelito del colegio y ambos nos ocupamos de que Angelito no diera de comer a Togo.

Él siempre apoyaba su cabezón en sus muslos y esperaba con paciencia a que se le cayera algo o le diera su último trozo cuando se pensaba que su padre y yo no mirábamos.

Esos momentos entre el crío y Togo me parecían entrañables.

Gelo se hizo un café y fumó un cigarro en la puerta de la cocina y el crío y yo nos pusimos cada uno con su puzle.

Terminé el puzle mío y mandé un mensaje a Alexis para que lo supiera, aunque se ofendió un poquito por no haberle esperado para hacerlo juntos.

Cuando Gelo vio que lo había terminado, propuso acercarnos a la ciudad y comprar uno nuevo.

Llamé a Ainhoa, que se apuntó sin dudarlo.

Una vez en Santander caminamos sin rumbo definido.

Para cuando llegamos a la tienda de puzles, Angelito llevaba un donut de azúcar en su mano, yo dos de chocolate y un marco de fotos bajo el brazo para colocar en él el puzle de los tigres.

Gelo llevaba una bolsa de papel con un par de libros, uno para Angelito y otro para mí, y Ainhoa ojeaba el libro que había elegido para ella.

Nos veníamos muy arriba cuando íbamos a Santander.

Salí de la tienda con un puzle dos veces más grande que el de los tigres.

En él se representaban a todos los villanos de Disney, y las piezas eran de plástico transparente para que simulase una vidriera.

Era una locura de puzle, pero me encantó la idea.

La cara del crío al ver que nos llevábamos el que él había elegido, no tuvo precio.

Cada vez me sentía más unida a él. Las emociones que él desprendía calaban dentro de mí y sentía un instinto sobreprotector cada vez más grande.

Al llegar a casa coloqué la caja en la mesa del salón y eché un vistazo dentro. Pasé las yemas de los dedos por los fragmentos de plástico, todos prácticamente iguales.

Ainhoa asomó la cabeza dentro de la caja.

—Esto en un par de meses lo tienes hecho —me animó—. Además, puedes tirar de Alexis —susurró con voz melosa.

Le propiné un codazo antes de reír. Colocamos juntas el puzle de los tigres en el marco que compramos y lo colocamos junto a la televisión con un cuelga fácil.

Esa noche me llamó Alexis cuando vio el puzle en su caja.

—Vamos a tardar la vida en hacer este puzle.

Reí.

—Lo sé. Lo sé. Pero es que la cara del crío cuando lo ha visto…

—Ya, el nene es lo primero.

—Él siempre lo primero. Siempre —enfaticé—. Acostúmbrate. Esta casa es y siempre será así.

Hablamos un poquito más, hasta que Alexis se fue a cenar sin hacer nada del puzle nuevo.

O al menos eso fue lo que dijo. Se lo debería haber hecho prometer, porque al día siguiente vi que había separado —tal y como le había dicho que hacía yo— las piezas del borde y había colocado las cuatro esquinas.

Sonreí como una boba al puzle pensando que había cambiado su modus operandi para hacerlo a mi manera.

Martes, 12 de noviembre. Una y seis de la madrugada.

Ádriel

Se me ha olvidado decírtelo cuando me has llamado. Te he comprado una cosa. Te la he dejado escondida en la cocina.

Alexis

No lo hagas, gordi. No quiero que gastes el dinero en mí. El nene lo necesita más. O tú para tus caprichos.

Ádriel

No veo mal comprarte algo cuando voy por ahí y veo algo que creo que te puede molar.

Alexis

Pero yo no tengo nada para ti.

Ádriel

Es que no necesito nada. Los regalos no son para devolver. Son detalles que uno tiene con otra persona y ya está.

Alexis

Yo no lo veo así. Si tú me das, yo te tengo que dar.

¿Quién le enseñó que los regalos se tenían que devolver? ¿Quién le enseñó que su deber era replicar los detalles del día a día en vez de solo disfrutarlos y hacerlos cuando le salieran del corazón?

Puede que me enfadara ante su contestación y por esto le escribiera:

Ádriel

Pues me como tu donut.

No esperé a que me contestara, me despedí de manera escueta y bloqueé mi móvil. Alexis no se dio cuenta de mi malestar y al día siguiente, yo lo había olvidado.