Capítulo 18
Te besé por primera vez y me comían los nervios.
Fue la primera vez que sentí cosquillas en el pecho. [...]
Fue cruzarme contigo y mi vida empezó a cambiar
por dentro sentí movidas por eso sé
que no influirá en mi mente lo que diga la gente.
Somos tú y yo, que le den a los demás.
Luani
Al día siguiente estuve tentada de decirle a Alexis que no viniera a Finca Deva para poder pensar, pero no lo hice. Le recogí en el bar como cada mañana. Me esperaba fuera fumando y con una bolsa de ocho churros y chocolate para que desayunáramos juntos.
En cuanto le vi a lo lejos mi corazón empezó a bombear más rápido, tanto que lo sentía en mis oídos.
Deceleré para que me diera tiempo a coger y soltar aire varias veces para controlar mis pulsaciones.
Cuando llegué a su lado, entró en el coche y por primera vez me beso en la mejilla mientras me saludaba con un sencillo «Hola, cielo».
La piel se me erizó. Sonreí cohibida al no encontrar mi voz y fui incapaz de devolverle el beso.
Metí primera con piernas temblorosas y el coche se me caló.
Alexis se dio cuenta de mi incomodidad ipso facto y deslizó una de sus manos sobre la mía, ya en la palanca de cambios.
Me sonrió con calidez mientras trazaba círculos en el dorso de mi mano para calmarme.
Puso nuestra lista de reproducción favorita desde su móvil y la primera canción fue una mía.
Alexis me instó a cantarla y una vez arranqué a entonar, mi cuerpo y mi mente se calmaron casi por completo.
Solo quedó una reminiscencia de los nervios previos.
Volví a meter primera y puse rumbo a Finca Deva.
—Tenía miedo de que hoy fuera raro. Que no fuéramos como siempre —me sinceré mientras colocábamos las redes de heno en sus lugares habituales.
—Creo que pase lo que pase entre nosotros, nunca podremos dejar de ser como somos juntos.
—Buen trabalenguas. —Me reí.
—Pero es la verdad.
Trabajé con Troya. Disfruté como una enana y me sentí satisfecha con el buen trabajo que realizamos los dos juntos. Alexis me esperó fuera de la pista y me abrazó orgulloso.
—¿Desayunamos? Tanto trabajar con Troya me ha dado hambre —le dije a Alexis tras dejar al equino con los demás. Él asintió.
Fui al despacho a buscar la jarapa de tonos pardos que nos habían dado los padres de Gelo hacía unos días.
La extendí delante del coche y ambos nos dejamos caer sobre ella.
Desayunamos los churros —que ya estaban fríos— con el chocolate.
Me acomodé en el hombro de Alexis cuando terminé para observar a los caballos y él pasó un brazo por mis hombros, arropándome.
Dejé que mi corazón latiera como loco y me acurruqué más cerca de él.
—¿Quieres un masaje? Creo que te lo mereces —dijo Alexis tras terminarse su último churro.
Me separé de él para coger todo el repertorio de cosas necesarias para liarle un cigarro. Él no separó su brazo de mis hombros y me encantó ese gesto.
—¿Y tú? —pregunté mientras me volvía a colocar pegada a él.
—Yo estoy bien. Tú has trabajado con Troya.
Podría haberme quejado, pero en su lugar asentí, le hice un cigarro y me dejé caer sobre la jarapa.
Alexis comenzó a trabajar por encima de mi camiseta, pero tras varias quejas mías accedió a colocar las manos bajo mi ropa.
Un temblor recorrió mi piel cuando sus manos rozaron la piel de mi espalda, chamuscándolo todo a su paso.
Fue una sensación alucinante. En algún momento mi cuerpo se acostumbró a su tacto y me relajé bajo su toque, tanto como para casi quedarme dormida.
Cuando Alexis se percató de ello me hizo cosquillas y el «modo juego» se activó en mi interior, quitándome el sopor de un plumazo.
Me giré rápido y le tiré hacia atrás. Me puse de pie e intenté jugar con la ventaja que eso me daba, pero duró poco.
En seguida me cazó. Me abrazó fuerte con uno de sus brazos mientras con su mano libre me hacía cosquillas a lo loco y cuando notó que me quedaba sin aire, paró.
Mientras recuperaba el aliento dejé caer mi peso sobre su torso, apoyé mi nuca en su hombro y parte de mi rostro en su cuello. Cerré los ojos.
—¿Cuando seamos viejitos también saldremos corriendo? —Reí imaginándonos.
—Nos perseguiremos con el bastón o la silla de ruedas. Lo que toque.
—Me lo acabo de imaginar y me gusta —susurré con una suave sonrisa en mi rostro.
—Y a mí, cielo.
Algo se derritió dentro de mi pecho ante sus palabras.
Abrí los ojos y me encontré con el peso de los ojos de Alexis sobre mí.
Se me secó la garganta y tragué con fuerza.
No recuerdo quién de los dos se acercó al otro.
Tal vez fuimos ambos. La distancia entre nuestros labios se acortó hasta que nuestros labios colapsaron.
Su lengua buscó mis labios y los trazó con ayuda de su piercing que erizó cada centímetro de mi piel.
Me giré en el abrazo de Alexis para enfrentarle y el sonido de nuestros labios separándose provocó que contuviera un gemido.
Nos respiramos en la boca del otro y profundicé el beso, con ganas de sentirle más cerca.
Cuando nuestras lenguas se encontraron sentí una descarga eléctrica y me derretí contra su cuerpo.
No dejamos de besarnos hasta que nos aprendimos la boca del otro de memoria, hasta que nos faltó el aire.
Hasta que los besos se convirtieron en roces y caricias.
Mis manos recorrieron su cuerpo por encima de la ropa.
Él dejó las suyas en la curva de mi cuello y mi mejilla.
—Me encantas —susurré contra sus labios entre beso y beso.
—Y tú a mí. —Me sonrió.
—Y me encanta tu piercing . —Jugueteé con un mechón de su pelo que había escapado de su moño y caía sobre su frente—. Es… una maravilla.
—Tengo dos —me contestó antes de unir nuestros labios en un ligero beso.
—¿Dónde tienes el otro? —me interesé con ojos brillantes y él me sonrió travieso.
—Tendrás que descubrirlo.
—Eres malo y sabes usar muy bien tu piercing para excitarme, que lo sepas —admití sintiéndome valiente—. Ya nunca podré be sar a nadie que no lo tenga. Me faltará esa bolita recorriendo mi lengua.
—Por ahora es solo tu lengua, pero también puede ser tu cuello y… —murmuró Alexis sin terminar la frase para dejar a mi imaginación volar.
Suspiré satisfecha, plena, contenta y feliz. Estaba en una maldita nube. Nos fuimos a nuestro sitio, donde nos sentamos a contemplar a los caballos. Apoyé mi cabeza en su hombro y abracé su torso. Él me envolvió entre sus brazos y nos fundimos en un solo cuerpo que destellaba calor por doquier.
—¿Estamos locos? —pregunté inquieta tras unos minutos callados—. Mi vida es complicada.
Alexis besó mi pelo y con ese cálido gesto casi consiguió tranquilizarme.
—Yo siempre lo he estado.
—Yo nunca. Esta es mi primera vez.
—¿Y cómo se siente el estar loca? —preguntó Alexis con diversión en su voz.
—Es genial si es contigo.
Pasamos la mañana besándonos. Bloqueé mi mente y me dejé llevar.
Nos tumbamos en la jarapa cuando salió el sol entre las nubes mientras nuestra lista de reproducción favorita sonaba.
Coloqué mi cabeza en su hombro, pegué mi cuerpo al suyo y dejé que me abrazara.
Le acaricié el pecho mientras él me acariciaba el hombro y el brazo.
Cerré los ojos. No quería irme, alejarme de su calor, de sus risas, sus sonrisas, su buen humor, sus payasadas, su calor y lo bien que me sentía a su lado.
Me habría gustado parar el tiempo en ese instante también.
Al llegar a casa, nos besamos en la puerta antes de que yo entrara en casa y él subiera a la suya. Entré por la puerta con una sonrisa radiante y no tardé ni dos segundos en escribir a Ainhoa para vernos y contarle lo ocurrido. No podía dejar de pensar en él. En nuestros besos, en su piercing .
Miércoles, 23 de octubre. Cuatro de la tarde.
Ádriel
Hay algo que tienes que saber. Yo no voy a renunciar a Gelo y Angelito o a nuestra familia. Nunca.
Alexis
Sea lo que sea que pase entre nosotros, no vas a tener que hacerlo. Nunca te pediría algo así, ni haría que estuvieras en esa situación.
Necesitaba dejar que mis sentimientos fluyeran, encontrarles sentido, buscar mi camino, pero sin que Gelo o Angelito salieran perjudicados.
Tenía que encontrar el punto. Sentía que era complicado meter a una tercera persona en la estrecha relación que teníamos Gelo y yo.
Que si Alexis se vinculaba a nuestra familia y luego algo salía mal, Angelito perdería mucho, no solo yo.
Ainhoa era la «tía Ainhoa». Yo era la «tía Ari».
Y los tres sabíamos que nunca nos alejaríamos los unos de los otros.
Angelito siempre nos tendría a los tres.
Fue algo que le enseñamos desde recién nacido, aunque no nos entendiera.
Incluso Juli se mantenía al margen. Alexis, por cómo trataba y congeniaba con el crío, no se conformaría con ese papel.
Le gustaba la familia y quería crear una propia.
Pero la nuestra era tan peculiar que tenía miedo de que el incluirle sin tener todo claro antes pudiera hacernos daño a todos.
Después de comer me acerqué a casa de Ainhoa acompañada de Togo.
Juli estaba en casa con ella y me miró con mala cara cuando entré con mis propias llaves tras llamar a la puerta.
Con él siempre tenía sentimientos encontrados.
A veces nos dejaba nuestro espacio, otras se mostraba reacio a lo que sea que propusiéramos, y otras, se posicionaba abiertamente en contra.
Yo siempre quise ponerle las cosas fáciles, pues somos un grupo con mucho pasado en común y a veces cuesta entender el rollito que tenemos.
Pero Juli nunca se esforzaba por intentar encajar o ser parte de nuestro grupo.
Gelo y yo —o al menos yo— le tragábamos porque era lo que había, no porque nos cayera bien.
—¿Ha pasado, ¿verdad? —Ainhoa elevó sus cejas varias veces sin siquiera saludarme al ver la sonrisa enorme en mi rostro. No se percató de la cara larga de Juli, que me dedicó un leve asentimiento como saludo y se marchó refunfuñando del salón.
—Alexis es alucinante, tía. Me hace sentir tantas emociones y sensaciones buenas. —Sonreí como una lela—. Y, no sabes lo que es que te besen con un piercing . Ha sido pura magia.
—¡Qué dices! Cuéntamelo todo.
No tuvo que decírmelo dos veces.
Ainhoa me instó a dejarme llevar sin hacer daño en el proceso a nadie y me pareció más fácil decirlo que hacerlo; presentía que con Alexis sería tenerlo o perderlo todo. O todo o nada. O blanco o negro. Presagiaba que no habría lugar para claroscuros.