Capítulo 17
Como Adán y Eva, tengamos nuestro pecado.
Como dos ladrones, un secreto bien guardado.
Un camino y un destino asegurado
donde estos fugitivos se han amado.
Paulo Londra
Dar de comer a los caballos empezó a ser tarea de los dos. Alexis hacía días que había dejado de quedarse apoyado en la valla mientras lo hacía sola, y la verdad era que nos compenetrábamos a la perfección.
Aquel día, tras quitarnos con gestos cariñosos y alguna caricia robada el heno de nuestro rostro, pelo y ropa, nos sentamos en nuestro sitio y comenzamos a hablar.
No sabíamos estar callados más de un escaso segundo y a veces hasta terminábamos las frases del otro o nos interrumpíamos al contar algo que creíamos gracioso, interesante o que queríamos que el otro supiera.
Y entonces empezaron las risas.
—Si es que eres más bobo… —dije mientras giraba el rostro hacia él.
Al ver su sonrisa traviesa y el gesto de su cuerpo, supe que iba a abalanzarse sobre mí para hacerme cosquillas por llamarle bobo.
Me levanté con torpeza en un pobre intento de anticiparme y huir de sus manos.
Mis piernas se enredaron y me alejé a trompicones de él.
Alexis observó mi intento de huida desternillándose de risa y me siguió.
Logró alcanzarme mientras trastabillaba por el campo y ambos reímos mientras él me hacía cosquillas.
Le enfrenté y le abracé, esperando que así no me hiciera más cosquillas.
Él me abrazó de vuelta, mientras ambos reíamos.
Él, a lo loco, expulsando aire de sus pulmones sin ton ni son con cada dulce carcajada.
Nuestras respiraciones iban a mil, como nuestros corazones.
Hundí mi rostro en su pecho, y me embriagué de su aroma.
Él colocó su mentón en mi coronilla, que encajaba, como dos piezas de un puzle.
Sus manos se movieron por mi espalda con delicadeza, dándome mimos de manera tan suave que apenas sentía su presión bajo la sudadera y mi piel se erizó.
Cuando nos repusimos, nos alejamos el uno del otro y otra vez una cosa llevó a la otra y volvimos a las risas, a las cosquillas, a correr, a abrazarnos y quedarnos pegados, a buscar el cuerpo del otro, a las caricias que nacían solas.
Fue la primera vez que nuestro juego fue así.
Más loco. Más subido de tono. Porque yo al menos estaba bastante excitada.
Por nuestras manos buscándonos las cosquillas.
Por la proximidad de nuestros cuerpos cuando caíamos al suelo, por nuestros rostros demasiado cerca el uno del otro en algunas ocasiones.
En algún momento me tocó perseguirle a mí.
Me llamó abuela y echó a correr mientras reía a carcajadas.
Le alcancé con facilidad porque se dejó.
Le abracé desde atrás, para evitar que cambiara de opinión y escapara.
Él se giró entre mis brazos con facilidad y sentí cómo su pecho subía y bajaba con rapidez, cómo latía su desbocado corazón en mi oído.
—¿Aún quieres seguir jugando? —me preguntó con notas de diversión tiñendo su voz mientras sus dedos atrapaban un mechón de mi pelo y jugueteaba con él.
Su aliento acarició mi mejilla y me erizó la piel.
Nos perdimos en los ojos del otro y pensé en besarle.
Pero ¿y si él no sentía lo mismo? En su lugar, alcé mi mano y aparté de su rostro varios mechones de pelo que entre tanto juego se habían escapado de su moño.
Me deleité en la suavidad de su cabello entre mis dedos.
—Hasta que gane. —Reí separándome de él para poder incrustar mis dedos en sus costillas.
Corrí todo lo rápido que las carcajadas me permitieron, pero Alexis me atrapó de nuevo con facilidad.
Me cogió en volandas mientras yo chillaba y él se carcajeaba.
Me hizo cosquillas y cuando notó que me faltaba el aire me bajó a tierra, pero me mantuvo pegadita a él.
Tanto que nuestros torsos se rozaban con nuestras aceleradas respiraciones y nuestros alientos se mezclaban encontrándose a medio camino.
Tras recuperar el aliento los dos, el juego siguió y siguió.
Corrimos alrededor del coche y trotamos entre los caballos.
Y sin que faltasen interminables carcajadas por parte de los dos.
Así hasta que él me abrazó por detrás y yo coloqué mi cabeza en su hombro, como en la noche de las estrellas.
Solo que esta vez, mi mirada fue a sus ojos y de ahí a sus labios.
Me quedé trabada en ellos. Alexis llevaba una bonita sonrisa impregnada en el rostro.
Si me acercaba un poquito, solo unos centímetros, podría probar sus labios, saborearlos.
Era el momento, nuestro momento. Nuestras respiraciones aceleradas, las sonrisas en nuestros rostros, los corazones dándolo todo de sí por las carreras que nos habíamos metido; la excitación por tener su cuerpo tan pegado y sus manos sobre mi sudadera, sin poder prever si me acariciarían o me harían cosquillas.
—¿Te rindes? —preguntó Alexis travieso mientras sus dedos hacían suaves círculos sobre mi sudadera, en la zona de la cadera. Sus brazos me tenían presa pero no luché.
Acercó sus labios a mi oreja y depositó un suave beso en mi lóbulo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y erizó mi piel.
Su roce hizo que mi cuerpo entero temblara y una tenue sonrisa se abrió paso entre mis labios.
Abrí mi boca lista para encontrar mi voz, y contestar que no, que no me rendía.
Que nunca lo haría. Pero no llegué a contestarle nada porque mi maldito móvil sonó.
Miré irritada quién era: Gelo. Mi mejor amigo necesitaba que recogiera al crío de la escuela bosque.
Gruñí que me encargaría y colgué frustrada porque nos hubiera cortado el momento.
—Gelo es un cortarrollos —refunfuñé y me separé de Alexis mientras él reía por lo bajo.
Alexis se encendió un cigarro antes de que nos fuéramos y mi imaginación volvió a volar. ¿Cómo sería si me pasara el humo en un bonito beso?
—¿Quieres venir conmigo a por el crío o te dejo en casa?
—Venga, vamos a por el nene. —Alexis respiró la última calada del cigarrillo, y echó el humo a mi lado. Parecía mucho más relajado que yo.
—¿Te apetece conducir hasta el cole?
—¿Segura?
Asentí.
Noté a Alexis dudar y de manera automática mi cabeza se puso a cavilar.
La mueca en su rostro le delató. O eso fue lo que creí, por que me gustó pensar que le había leído como tantas veces él lo hacía conmigo.
¿Algo malo le había pasado en un coche? ¿Fue un mero espectador o lo vivió?
En un parpadeo, su rostro cambió y asintió pidiéndome las llaves.
Y entonces dudé de si lo que había presenciado en su rostro solo fueron imaginaciones mías.
Quise preguntarle, aunque presentí que evitaría contestar mi pregunta.
Esperaba que cuando él estuviera preparado me contara qué ocurría en todos esos pequeños lapsos en que su rostro cambiaba y pensaba en cosas que turbaban su presente.
Con nuestra lista de reproducción favorita sonando en el coche salimos hacia la escuela de Angelito. Alexis no conducía mal. Tal vez un poco brusco, pero podía ser por la falta de costumbre. Le noté nervioso en un momento dado y mi mano fue a su pierna para intentar que se sintiera más seguro.
—¿Quieres parar y conduzco yo? —pregunté sin romper el contacto.
—No es eso —dijo Alexis sin despegar sus ojos de la carretera—. ¿Gelo y tú tenéis algo? —Se revolvió inquieto en el asiento.
—¿Lo parece?
Escruté su rostro y busqué cualquier señal que me dijera qué pensaba o cómo nos veía.
—Tal vez… He…
Me tensé y cerré los puños con fuerza. Me clavé las uñas en las palmas de mis manos, enfadada y dolida a partes iguales. No le dejé terminar la frase y le interrumpí.
—¿Has escuchado algo en el pueblo? ¿Te lo ha dicho alguien? —pregunté angustiada y enfadada a partes iguales.
—¡Ey!, no. No es eso. —Alexis desvió su mirada apenas un nanosegundo hacia mí y vi un destello de sonrisa precipitarse en sus labios para calmarme. Lo consiguió un poquito—. Os he visto juntos y… no sé. Parecéis algo.
—Es mi mejor amigo.
—¿Y Angelito?
—Soy su tía, como Ainhoa.
—¿Estás segura?
Asentí y Alexis suspiró. ¿Alivio quizás? Dejé mi mano en su pierna el resto del viaje, y disfruté de nuestro contacto y proximidad. Sin miedo a que condujera. Confiaba en él.
Recogimos a Angelito y conduje de vuelta a casa. Alexis se hizo un sándwich rápido y se fue a su parte de la casa; no comió con nosotros.
Tras comer y mientras Angelito y yo hacíamos nuestros respectivos puzles, me escribió.
Martes, 22 de octubre. Dos de la tarde.
Alexis
Hoy te lo has pasado mejor que una niña chica. No te podrás quejar
Ádriel
Nop . Nunca.
Alexis
Eso si quieres mañana se repite. Si no tienes agujetas, claro.
Ádriel
Ja, ja, ja. ¿Sabes qué? Casi te beso. Tenía muchas muchas ganas de
hacerlo.
Me volví loca al escribirle, pero sentía que a él podía contarle cualquier cosa.
Algo que nunca sentía era que me juzgara.
Con él pensaba que podía compartir cualquier pensamiento que rondara mi cabeza, cualquier miedo o momento de valor.
Tal vez por eso me sinceré con él aquella tarde sin miedo a las consecuencias.
Martes, 22 de octubre. Dos y cinco de la tarde.
Alexis
Pues si te digo la verdad, yo también tenía ganas. Eran como impulsos…
Ádriel
Y yo que pensaba que era la única.
Ádriel
Me gusta tu contacto. Y llevo unas semanas pensado cómo será besarte. Pero no estoy en la mejor época de mi vida. Me estoy acostumbrando a convivir con un niño y las locuras de Gelo. Y no quiero cagarla contigo.
Alexis
Son cosas que pasan. Y creo que no se pueden evitar. Nos podemos centrar primero en el ahora. En nuestros sentimientos.
Alexis
¿Sabes? A mí me ha dado cosa besarte por si metía la pata. Pero quería hacerlo cuando estábamos abrazados.
Ádriel
¡Normal! Soy muy vieja.
Alexis
Pero mira que eres boba. No es por eso. A mí la edad me da igual, lo que me importa es lo de dentro. Y tengas la edad que tengas eres guapísima y me atraes.
Alexis
Cuando te veo me entra el subidón
porque pienso que por fin voy a poder estar contigo aunque luego solo sean 5 minutos, pero me alegra el día.
Alexis
Siento muchas cosas que nunca me
habían pasado tan rápido y tan fuertes con alguien. Nunca me había sucedido, en realidad.
Ádriel
A mí también me entra el subidón cuando te veo. Y me gusta la química que tenemos.
Martes 22 de octubre. Cuatro y media de la tarde.
Alexis
Pase lo que pase a mí no me vas a perder. Ni ahora, ni nunca. Te lo prometo.
Alexis
Eres una persona muy importante para mí y no podría hacerte ese feo y mucho menos ese daño.
Ádriel
Es lo que más miedo me da. Me
gustas mucho como persona y te
quiero siempre en mi vida.
Alexis
De la manera que sea, estaré. Siempre. Somos amigos lo primero de todo.
Sus palabras hicieron que mi corazón se saltara un latido y odié no poder dejarme llevar. Sentía que Alexis era especial. Pero en aquel momento, no podía ir a lo loco. No podía hacer nada que pudiera dañar a Gelo o al crío.