Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 16
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Capítulo 16

No le temas al amor aunque a veces te haga daño. […]

Explícame porqué vives solo curándote cicatrices. […]

Verte así me llena. Solo te deseo cosas buenas.

Maka

Una tarde de miércoles, a Alexis y a mí se nos fue la hora y para cuando recorrimos los quince kilómetros que separaban la casa de la finca, era casi de noche. Cuando terminamos de ponerles el pienso y el forraje, noche casi cerrada.

—¡Mira las estrellas, Alexis! —Señalé ilusionada el cielo.

Las estrellas siempre llamaron mi atención. El cielo oscuro salpicado de puntitos brillantes, colocados sin ton ni son por toda la inmensidad de la galaxia. Puntitos a años luz de la Tierra. Ver la luminiscencia de una estrella que era posible que ya no existiera.

Alexis se acercó a mí por detrás y siguió con su mirada mi mano.

—Me gusta salir a ver las estrellas —susurró y su aliento, que me llegó como una caricia contra mi mejilla, me erizó la piel.

Disfruté de sentir su calor cerca de mí. Poder embriagarme de su aroma y que su cercanía, que tanto me gustaba, me envolviera. Me hizo sentir arropada de una manera diferente a como lo hacían Gelo y Ainhoa.

—Son alucinantes. ¿Sabes identificar constelaciones? —Alexis negó y su mejilla rozó mi sien—. Yo me sé algunas. ¿Te las enseño? —Alexis asintió—. Empecemos por la Osa Mayor.

A pesar de no ser necesario, cuando él señaló una de las estrellas más brillantes del firmamento, eché mi cuerpo hacia atrás.

Recosté mi espalda en su pecho y coloqué mi nuca en su hombro para dejar mi rostro cerca de su cuello y su calor me arrulló.

Lo hice despacio, por si él quería evitar el contacto.

No se separó. Aspiré su aroma. Su brazo me envolvió en una especie de abrazo mientras me señalaba otra estrella.

Cuando bajó la mano, la dejó en mi cadera, y a pesar de llevar una camiseta y una chaqueta gordita, sentí que su palma quemaba en mi piel.

Sonreí como una boba y estuve muy tentada de girarme y besarle.

Y después quitarle toda la ropa para ver sus tatuajes, para qué nos vamos a engañar.

Fue la primera vez que estuvimos tan cerca el uno del otro durante tanto tiempo.

La primera vez que nuestros cuerpos estuvieron tan pegados infinidad de segundos y mi corazón latió más desbocado de lo habitual por su cercanía y su calor a mi alrededor sin que pudiera sosegarlo.

Quise parar el tiempo. Justo ahí, a fin de que las emociones y sensaciones que sentí fueran eternas.

Para que su cercanía no dejara de existir a mi lado.

Para que mi corazón nunca se acostumbrara a su proximidad y jamás dejara de latir desenfrenado.

Continuamos observando las estrellas juntos, pegados, hasta que pasamos a reírnos de tonterías y a hacernos cosquillas.

Todo empezó con Alexis picándome mientras decía tonterías.

Yo, como acto reflejo, clavé mi índice en sus costillas, lo que hizo que primero se quejara y después riera.

Me miró de lleno a los ojos un instante y su mirada lo dijo todo.

Iba a vengarse. Corrí por el campo, tan solo iluminado por la tenue luna, e intenté que no me alcanzara.

Tropecé varias veces carcajeándome en el proceso hasta que no pude más y me dejé caer en el suelo aun a sabiendas de que él me atraparía.

Alexis se abalanzó sobre mí y su cuerpo cubrió el mío.

No intenté defenderme, me abandoné para disfrutar de sus dedos haciéndome cosquillas y nuestras risas mezclándose en el silencio de la noche.

En algún momento empecé a devolverle las cosquillas.

Él se reía y se revolvía, pero no dejaba de hacérmelas a mí.

Cuando no pudo más, se dejó caer a mi lado y me miró divertido con una sonrisa contagiosa en el rostro y sus manos en el pecho.

Éramos una locura juntos. Una hermosa locura.

—Somos unos críos. —Me carcajeé al observar sus ojos achinados por su ancha sonrisa.

—Es lo que me gusta de nosotros. Volvemos a ser niños cuando nos juntamos.

Tenía toda la razón. Entre nosotros todo eran risas, tranquilidad, calma y desde ese día también cosquillas. Éramos geniales juntos. Nos pusimos de pie entre risas por una estupidez que Alexis dijo y le lie un par de cigarros mientras él alumbraba con su móvil mis manos.

Llegué a casa agotada de felicidad, pero con una sensación de plenitud que solo había sentido en los momentos en que mi abuela me abrazaba cuando tenía un día regulero.

La sensación de calidez que me producía Alexis era única.

Él era el primero en hacerme sentir así.

En hacerme sentir viva solo con mirarme.

Le pedí a Ainhoa que saliera conmigo a pasear la tarde siguiente.

La vorágine de sentimientos que cruzaban mi mente cuando estaba con Alexis cada vez era mayor y no era capaz de frenarla.

Esa noche había sido mágica y estaba muy confundida.

No quería tener que dar explicaciones a nadie, ni que nadie cuchicheara sobre mí o Gelo y Angelito.

Mi amigo ya tenía suficientes piedras en su camino, no quería ser la que pusiera varias más.

Fuimos a nuestra playa con Togo. El olor a salitre nos inundó en cuanto salimos del coche a pesar de no ver la playa, solo los árboles que nos rodeaban.

Caminamos por una senda estrecha de terreno irregular, llena de tierra y piedras que se clavaron en las suelas de nuestras zapatillas.

El recorrido transcurría entre árboles y la última parte de bajada a la playa era algo abrupta y escarpada.

En la caleta, la arena se mezclaba con cantos rodados.

No era un sitio conocido, accesible o cómodo, pero a nosotras nos gustaba por su tranquilidad.

Caminamos en silencio hacia las olas. Togo se fundió con el mar a pesar de estar en pleno otoño y nosotras nos quedamos en la orilla a una distancia prudencial para que las olas no lamieran nuestras zapatillas.

—Creo que estoy confundiendo amistad con algo más —solté de sopetón.

Me senté entre los cantos rodados y la arena fina e insté a Ainhoa a hacer lo mismo. Poco me importó que se mancharan mis pantalones.

—¿Desde cuándo?

—No sé. —Fijé la vista en las olas y comencé a mover mi pie derecho entre la arena y las piedras—. Ha sido poco a poco, supongo.

—¿Cuál es realmente tu problema? Porque que te guste un tío no es nada nuevo.

—Me da miedo. Salvo con Gelo y contigo, nunca he conectado tan rápido con alguien como con él. —Jugueteé con la manga de mi sudadera para calmar mi nerviosismo—. No le digas nada a Gelo. —Miré a mi amiga y busqué su apoyo, su calor, su comprensión, su respuesta a mi quebradero de cabeza.

—No lo haré. Eso es cosa tuya. —Me miró con cariño y una sonrisa amable que me transmitió paz instantáneamente—. Pero no entiendo por qué me lo puedes contar a mí pero no a él.

—A veces cuando me pilla hablando con él por el móvil, le noto raro. O cuando nos ve hacer el puzle juntos. Por eso quiero esperar a estar segura de lo que siento.

—A Gelo lo que hay que hacerle es darle un buen bofetón de realidad: siempre estaremos con él. Pase lo que pase. Aunque tengamos pareja o hijos propios.

Dejé que mi mente vagara por mis sentimientos, por cómo nos percibía a Alexis y a mí cuando estábamos juntos.

Esa química que incluso se manifestaba cuando hablábamos por mensajes.

Una parte de mí se preguntaba cómo iba a pedirle a Alexis que se uniera a un barco que tenía todas las de hundirse —o al menos naufragar varias veces— antes de que aprendiéramos a navegar.

Pero la otra parte de mí, sabía que había algo intenso que me unía a él de manera diferente a como estaba unida a mis dos mejores amigos.

Alexis era fuego.

Era vida.

Era… Quería descubrir qué más era.