Capítulo 15
No sé borrar las huellas de ella en mí. [...]
Te daré una noche llena de colores
donde brillen mil estrellas por tu amor.
Maki, María Artés
Algunas mañanas Alexis llevaba a Finca Deva algo de chocolate, un batido o alguna chuchería que desayunábamos juntos. Ese día tras desayunar en el capó, observé con atención cada gesto que realizaba mientras sacaba de su bolsillo el tabaco de liar.
—Enséñame a liar un cigarro —pedí mientras observaba todo el material.
Llevaba tiempo observando cómo lo hacía, igual que con Gelo, porque me parecía hipnótico. Quería aprender a hacer esa magia que él hacía con sus manos y convertir pequeños trozos de hoja de tabaco, papel y filtro en un cigarro.
Alexis levantó la mirada y conectó sus hermosos ojos verdes y dorados con los míos.
Asintió y sonrió. Una sonrisa amplia, sincera.
Me encantaban sus sonrisas. Cogió un poco de tabaco, lo colocó en la palma de su mano y me tendió la bolsita con el resto.
Observé cómo lo liaba con maestría e intenté imitarle, sin éxito.
Probó a ayudarme, haciendo que nuestros dedos se mezclasen, y aquello hizo que atendiera más bien poco y me quedara admirando cómo nuestros dedos no dejaban de tocarse.
Tardé en terminar la hazaña. Y quedó arrugado y hecho un churro.
Aun así Alexis me sonrió orgulloso y lo posó en sus labios listo para fumárselo.
Una sonrisa apareció en mi rostro sin que la pudiera detener.
—A partir de ahora, cuando fumes conmigo, te los hago yo —dije mientras se encendía mi cigarro.
Alexis me miró anonadado, como si fuera un ser mágico y único y me ofreció batido tras darle un trago entre calada y calada.
Cogí el bote de su mano y rocé de manera intencionada nuestros dedos, lo que provocó que mi piel se erizara.
Se me estaba olvidando que éramos solo amigos.
La línea cada vez la veía más desdibujada e inexistente por mi parte.
Sin apenas darme cuenta, quería más. Cualquier tipo de acercamiento me valía.
Solo quería sentirle más cerca. Tocar su piel, sentir su calor, notar su cuerpo próximo al mío a pesar de que desde aquel día que monté a Troya y luego nos abrazamos, no habíamos vuelto a estar tan pegados el uno al otro.
Un miedo salvaje me invadía cada vez que mi cuerpo pedía más cercanía con Alexis.
Yo no me sentía como una adulta normal. Tenía responsabilidades, una familia que yo misma había elegido, pero al hacerlo, ¿tendría que renunciar a mi vida sentimental?
¿Cómo iba a encajar a Alexis en la ecuación?
¿Y la gente del pueblo? Sus chismorreos, sus comentarios.
Nunca pararían, lo sabía. Solo de pensarlo me entraba ansiedad.
Lo único que tenía claro era que no iba a dejar de lado a Gelo y Angelito.
Pedía mucho, pero no estaba dispuesta a renunciar a la familia que ya tenía por crear la mía propia.
Y por primera vez se me antojó complicadísimo.
Todas las frases de mis padres vinieron a mí en tropel: «te estás equivocando», «no vas a poder crear tu propia familia», «esa especie de familia que habéis montado nunca funcionará». ¿Y si tenían razón?
Intenté desechar mis pensamientos y sacudí mi cabeza con fuerza esperando que con aquel gesto estos huyeran lejos, pero no se marcharon a ningún lado.
Me refugié en los caballos y trabajé con ellos bajo la atenta mirada de Alexis —que sabía que algo me pasaba— y, mientras daba de comer a los équidos, por primera vez me cantó.
Me miró de lleno y me cantó una canción de Los Rebujitos que salía del altavoz de su móvil.
No pude evitar sonreír como una boba mientras él me cantaba y sonreía.
Dejé de colocar libros de heno y me acerqué a la valla hasta que el espacio entre ambos desapareció, tan solo roto por lo que ocupaba el listón de madera.
Su voz me llamaba. Quería estar más cerca, todo lo posible, para poder escuchar la melodía que salía de sus labios y recordar el sonido de su voz cuando cantaba.
Para poder atesorarlo en mi memoria. Le miré anonadada y busqué su contacto.
Coloqué mis manos en sus definidos antebrazos, apoya dos en la valla.
Llevaba la sudadera remangada y una de mis manos trazó con libertad el koi con el pulgar, haciendo que la piel alrededor de mi dedo se estremeciera y sus vellos se erizaran bajo mi toque.
Permití que la electricidad entre nuestros cuerpos fluyera y que un bonito escalofrío me recorriera el cuerpo entero.
Nos miramos fijamente mientras él me cantaba y yo dejaba que su voz calara hasta mis huesos y que mi cuerpo vibrara con la melodía que salía de su garganta.
Me hubiera gustado que me cantara otra y otra y otra canción más.
Hasta que me hartara del sonido de su voz al entonar, hasta que lo aprendiera de memoria.
Aunque tal vez eso no habría pasado nunca y se habría tenido que pasar el resto de su vida cantándome.
¿Qué habría opinado él? Quizás habría aceptado el reto.
Aunque habíamos creado muchas listas de reproducción, nuestra predilecta siempre era Canciones de Ádriel y Alexis .
Quizá porque éramos parte de esas canciones que describían cómo nos sentíamos.
Quizá porque en aquella lista la primera canción era su favorita y la segunda, la mía.
Atesoro esas mañanas cuando fuimos cogiendo más confianza el uno en el otro.
A pesar de que la rutina con Alexis me mantenía embobada y contenta, no dejé de pasar tiempo con mis amigos.
Intenté, sin éxito, que Alexis también formara parte de ello, pero él se mostró reacio.
Solo le veíamos el pelo los fines de semana cuando nos hacía la comida.
El domingo, cocinaba conmigo pululando por su lado.
Él me intentaba enseñar a cocinar y yo no podía dejar de fijarme en él y de hacer cualquier cosa para que nuestras manos terminaran rozándose cuando nos pasábamos algún utensilio de cocina.
También era una delicia pasar tiempo con Angelito —si todo iba bien—, aunque cuando venía a Finca Deva solía ser un poco caótico.
Quería enfrentarme a ello y ganar. Conseguir ser lo más parecido a un referente para él.
Por ello, para los días que viniera Angelito a Finca Deva llegué a un acuerdo con Alexis: él mantendría al crío entretenido mientras yo trabajaba con los caballos a cambio de clases de equitación y de manejo.
Me hizo ilusión que Alexis me pidiera saber más sobre esos animales que me habían robado el corazón siendo adolescente.
Cuando Angelito me ayudaba a repartir el heno Alexis se solía mantener al margen, nos dejaba crear nuestro propio vínculo y aquello me llegó bien dentro, de lleno al corazón.