Capítulo 14
No es lo mismo dejar huella que una enorme cicatriz. [...]
¿Eres tus instintos, lo que aprendes o tal vez lo que te inculcan? [...]
Tantas puñaladas acaban con tu inocencia. [...]
Gracias por no saltar, por ser tan fuerte
y demostrarle a todos que está bien no ser “normal”.
Lytos
Alexis me propuso llevar folios y un lápiz para dibujar tras el entrenamiento de los caballos. A pesar de que a mí me gustaba quedarme cerca de los caballos y disfrutar de ellos, me pareció buena idea y acepté.
Al día siguiente, llegamos a Finca Deva escuchando nuestra primera lista de reproducción. Me gustaba escuchar mis canciones con las suyas y poder compartir con él algo tan importante en mi día a día como la música a pesar de que ambos tuviéramos gustos tan dispares.
Tras trabajar con los caballos y darles de comer, Alexis sacó un cuaderno en blanco.
Buscó en él dos páginas pintadas, las arrancó con cuidado y me las tendió.
Las contemplé en mis manos estupefacta. Sabía dibujar muy bien.
¿Habría dado clases o tenía un talento innato?
En una había una carpa koi clavadita al tatuaje de su antebrazo.
En la otra, una preciosa daga a medio hacer.
Le pregunté si se diseñaba él mismo sus tatuajes y me contestó que prácticamente todos los que le adornaban la piel eran diseño suyo, dejando que su amigo le diera el toque final para que fueran perfectos.
Sentí envidia. Yo imaginaba mis tatuajes en mi mente, pero luego me costaba explicárselo a mi tatuadora.
Menos mal que ella tenía una paciencia infinita conmigo.
—Quiero el koi, me encantan, y tu tatuaje también. Quiero hacer un estanque en el jardín y que haya tres o cuatro kois de esos naranjas tan bonitos —fantaseé.
—¿Acaso sabes cómo hacer uno? —Noté la burla en su voz.
—Internet me enseñará. Si no para qué están los tutoriales. Además, Gelo dice que me ayudará.
—Quiero ver el día que os pongáis, por favor. —Alexis habló entre risas.
—No te burles. —Le propiné un codazo—. Lo haremos genial.
—Igual que la puerta de Togo. —Alexis hizo un gran esfuerzo por contener su risa, pero finalmente la dejó brotar de su garganta, inundando con su risa el momento.
Esa risa, ese sonido tan característico suyo que guardo en un rincón muy bonito de mi corazón—.
Deberíais pedirme ayuda si queréis uno sin fugas y eso.
—Tú sigue metiendo cizaña a ver qué pasa —gruñí, pero cuando miré su rostro, lleno de burla, no pude contener la risa.
Reímos juntos mientras me sentaba en el capó del coche y extendía todos mis colores.
Insté a Alexis a sentarse a mi lado. Apoyé el folio en mi cuaderno de mandalas y empecé a colorear.
Alexis me miró durante unos minutos y luego comenzó a dibujar.
Paró un segundo solo para sacar su móvil del bolsillo y poner nuestra lista de reproducción en aleatorio; la primera canción en sonar fue una mía.
Me gustó colorear con él a mi lado, en mitad del prado con los caballitos cerca.
Cuando no sabía qué color elegir, le pedía consejo, que para algo tenía que servirle combinar bien los colores y la ropa.
No como yo. La mayoría de las mañanas cuando pasaba a buscarle al bar, Alexis me echaba un vistazo y se reía por lo mal que conjuntaba la ropa.
Las primeras veces me avergonzaba, pero ya me había acostumbrado y esperaba con ansia su risa.
—Estoy bloqueado. —Alexis alejó el papel con la daga de sí mismo con la frustración destellando en su rostro.
—Colorea conmigo —le insté mientras mi cuerpo se movía al ritmo de una de mis canciones y mi cabeza se meneaba de arriba abajo siguiendo el compás de la canción. La poca vergüenza que me quedaba frente a él voló lejos y desapareció para siempre.
Alexis asintió, guardó el dibujo y se acercó a mí hasta que nuestras piernas se rozaron.
—Ponlo en nuestras rodillas. —Señaló el dibujo en mi regazo—. Vamos a probar a pintar los dos.
Asentí, me giré hasta enfrentarle, coloqué el cuaderno con el folio entre mi rodilla derecha y su rodilla izquierda y empezamos a colorear cada uno en un extremo del papel.
Para cuando nos encontramos en el medio, nos turnamos.
Una escama uno, otra escama otro. Así hasta que el pez quedó terminado.
Entonces empezamos con el resto de los pequeños detalles de alrededor, que le daban a la carpa un aspecto formidable.
En algún momento nos peleamos y reímos cuando nuestros colores chocaron al elegir ambos el mismo sitio que colorear.
Éramos así la mayor parte del tiempo. Nos juntábamos y pum, volvíamos a ser críos.
Tras escuchar nuestra lista conjunta favorita dos veces, nos vimos en la inminente obligación de crear una nueva con diferentes estilos musicales. Metimos canciones sin ton ni son. La única regla era no repetir.
—Si nos pusiéramos haríamos listas de reproducción que durarían días —dijo Alexis.
—Siempre hay canciones que escuchar o grupos nuevos que conocer —dije con una sonrisa—. ¿Sabes? Es la única forma que tengo de leer o escribir.
—Pues yo solo puedo concentrarme en algo si es con música.
—Si es que somos iguales, pequeñajo.
—Si me dejas ganar esta vez, te enseño lo que te he traído, abuela. —Me guiñó un ojo. Asentí y me apartó un mechón de pelo de la cara con la punta de sus dedos, haciendo con ese tierno y despreocupado gesto que mi corazón bombeara nervioso—. Adivina.
—¿S-se c-come? —tartamudeé alterada por su gesto.
—¿Tú solo piensas en comer? —Alexis me miró divertido, alejando algo del nerviosismo de mi cuerpo.
—La mayoría del tiempo. —Reí, relajándome del todo.
Alexis sonrió y sacó del bolsillo del pantalón una bolsa transparente con chucherías dentro. Me abalancé sobre ella mientras se me hacía la boca agua.
—¡Qué rico! ¿Cómo has tardado tanto en dármelas? —Le quité las chuches de la mano, husmeando cuáles había dentro—. Me encantan —dije con la boca llena.
Alexis me sonrió y mi corazón se saltó un latido.
La bolsa no duró mucho, y no del todo por mi culpa. Alexis, dijera lo que dijera, comía chucherías tanto o más que yo.
—La próxima vez compro más —dijo Alexis cuando saqué de la bolsa la última chuchería.
—¿Mañana? —Sonreí ilusionada.
—Si me sonríes así, todos los días —dijo Alexis regalándome una genuina sonrisa.
Tenía la sonrisa más bonita del mundo, lo descubrí ese día. Y se convirtió en mi gesto favorito de él.
Cuando nos aburrimos de colorear se encendió el tercer cigarro de la mañana.
Me acerqué a él y dejé que el aroma del humo me envolviera.
Pensé que era un payaso cuando tras su siguiente calada, me echó el humo en el rostro, pretendiendo molestarme.
Cuando se dio cuenta de que me gustaba, su rostro cambió de la diversión a algo más serio, más íntimo.
Sus pupilas se dilataron y sus ojos se oscurecieron.
Me acerqué más a él y sentí un pequeño impulso de besarle.
De ver cómo sabrían su boca y su lengua después de fumar un cigarro.
Pero el impulso desapareció cuando el relincho de un caballo llamó mi atención.
Alexis apagó el cigarro contra la suela de su zapatilla y tiró la colilla dentro de la bolsa vacía de chucherías.
Sábado, 10 de octubre. Dos de la madrugada.
Alexis
¿Qué llevas tatuado en tu lado izquierdo?
Ádriel
Es…
Alexis
¿Quieres cambiar de tema?
Ádriel
No. Quiero hacerlo. Pero necesito mentalizarme.
Ádriel
Tengo tatuados a mis abuelos: sus nombres, la palabra «eternos» y un fénix.
Ádriel
El fénix es esperanza y memoria. Él siente la muerte y la prepara con sumo mimo y serenidad. Es paz. Y resurge de sus cenizas, como mis recuerdos de ellos.
Alexis
Me encanta el simbolismo del fénix para quienes fueron tan especiales para ti.
Alexis
¿Todos tus tatuajes tienen significado? ¿Alguno te lo has hecho por
estética?
Ádriel
Para mí, si el tatuaje no significa algo mío no me gusta. Y busco que quede bonito también.
Alexis
Ya pero también que exprese momentos en los que lo hayas pasado bien o mal en tu vida. Vale para recordarlo y saber lo que luchaste para conseguirlo.
Ádriel
Hasta el momento, todos mis tatuajes son recuerdos preciosos. ¿Los tuyos?
Alexis
Algunos.
Ádriel
¿Puedo preguntar?
Alexis
Dame un poco más de tiempo para eso.
Ádriel
Todo el que necesites. ¿Alguno te lo has hecho por estética?
Alexis
No. Ni uno.
Podría haberme pasado días sin dormir solo por seguir hablando con Alexis.
Nuestras conversaciones me resultaban adictivas.
Nunca nos quedábamos sin saber qué decir.
Siempre nos vencía el sueño antes. Teníamos una relación rara pero que me encantaba.
A veces no lograba dejar de preguntarme por qué no pasaba más tiempo con nosotros en casa.
Por qué parecía que si había alguien más que yo, él ya estaba incómodo. ¿Tanto anhelaba la soledad?
¿O había algo más?