Capítulo 13
Que el espejo me mira y me dice
que nunca he visto a nadie con tantas cicatrices.
Le respondo que yo mismo me las hice
por no saber valorar aquellos tiempos tan felices.
Aquellos tiempos donde sonreías
y, si llorabas, era de risa al oír mis tonterías.
Subze
Miércoles, 12 de septiembre. Nueve de la noche.
Ádriel
Estoy encajando muchas piezas del puzle.
Alexis
¡Eso es trampa! No vale hacerlo sola.
Ádriel
Como no vienes...
Alexis
Como tampoco me invitas…
Ádriel
Ven.
Me hizo caso y vino. Nos reímos y encajamos alguna que otra pieza con música de fondo que dejé que eligiera Alexis, pues quería saber qué estilo le gustaba.
Sonaron canciones de flamenco, reggaetón, bachata y algo de pop con pinceladas flamencas en su mayoría.
Ese tipo de canciones nunca fueron mis favoritas.
Miré de más sus labios y observé embobada su sonrisa sin poder evitarlo.
Alexis susurraba algunas canciones, otras las bailaba sin despegar la vista de las piezas del puzle y así era complicado dejar de mirarle.
Cantaba bien. Su voz sonaba melódica, más aguda que su tono normal y la encontré preciosa.
Gelo volvió de dormir a Angelito y se sentó con nosotros.
—¿Aún seguís con el puzle?
Su pregunta parecía inocente pero yo atisbé un tono de voz que decía todo lo contrario. ¿Qué mosca le había picado?
—¿Por qué no nos ayudas? —pregunté. ¿Se sentía amenazado por la amistad entre Alexis y yo?
Gelo asintió e intentó encajar alguna pieza, pero tras diez o quince minutos, gruñó y nos dijo que se iba al sofá a jugar a la consola.
Alexis y yo reímos por lo bajo y mi mejor amigo nos fulminó con la mirada.
La paciencia de Gelo para hacer puzles era nula.
No entendía cómo no era capaz de estar quince minutos buscando una pieza entre miles, pero sí mantener la paciencia cuando el crío hacía de las suyas, tenía una rabieta o se volvía el más cabezota de los tres.
Cuando se me empezaron a cerrar los ojos me aseguré de que Alexis se iba al sofá a ver una película con Gelo y no hacía más puzle.
Jueves, 13 de septiembre. Doce y diez de la madrugada.
Alexis
¿Despierta?
Ádriel
Ajá.
Alexis
¿Por qué te has ido entonces? ¿No será que no querías que pusiera más piezas que tú?
Ádriel
¡Pero qué dices! He puesto mucha más que tú. Lo sabes.
Alexis
Pero si te has pasado la noche mirándome.
Ádriel
Pero qué creído eres, ¿no?
Alexis
Creído no. Lo he visto.
Ádriel
Criídi ni. Li hi visti . Bla, bla, bla.
Alexis
Ja, ja, ja. ¿Preguntas?
Ádriel
Pues mira, sí. Tengo una. ¿Cuándo es tu cumpleaños?
Alexis
El 12 de diciembre. ¿Y el tuyo?
Ádriel
¡También en diciembre! El 23.
Alexis
Es nuestro mes entonces. Me lo apunto para que no se me olvide, que quiero cocinarte algo.
Ádriel
Si me haces algo rico más días, no me voy a quejar.
Alexis
No pides tú ni nada. Tienes mucho
morro.
Ádriel
No es mi culpa que cocines tan rico. Tú verás si quieres que cocine yo. Pizzas congeladas, ya sabes.
Alexis
¿Me estás haciendo chantaje?
Ádriel
¿Para comer cosas ricas? Claro.
Alexis
Ja, ja, ja. Si es que te tengo
calada. Se te ve el letrero.
Ádriel
Odio que sea tan fácil para ti
leerme y yo no sepa leerte nada.
Alexis
Soy complicado. Date un tiempo y verás cómo terminas viendo mis letreros luminosos según abra la boca.
Ádriel
Espero que sí. Oye, ¿Gelo no te está mirando raro porque no estés viendo la peli con él?
Alexis
Qué va. Se ha quedado frito.
Ádriel
Despiértale y mándale a la cama, plis .
Alexis
Hecho. Me voy a subir yo también. Mientras, piensa en otra pregunta. Solo por esta vez.
Jueves, 14 de septiembre. Ocho y media de la mañana.
Ádriel
¿Te vienes a Finca Deva hoy?
Alexis
Claro, espérame y bajo.
Ádriel
¿Has desayunado?
Alexis
No. Me acabo de despertar.
Ádriel
Hago desayuno. Te espero en veinte minutos en la puerta.
Alexis, Togo y yo nos subimos al coche y nos dirigimos hacia Finca Deva con el chico toqueteando la radio. Tras varios minutos de interferencias, toqué el botón que daba acceso a la música de mi móvil.
—Mejor que las interferencias es mi música —le dije.
—¿Puedo buscar algo?
—Claro. Pero pon tu canción después de esta. Es mi favorita —dije mientras Cartas a la vida, de Subze, sonaba por los altavoces del coche.
Comencé a tararear la canción, sintiéndola en mi corazón. Evité cantarla, pues no se me daba nada bien y me dio vergüenza que Alexis me escuchara.
Mi canción llegó a su fin y Fondo Flamenco, empezó a sonar a través de los altavoces.
Alexis comenzó cantando bajito, aunque para el estribillo ya elevaba la voz.
Me encantó escucharle, su voz sonaba bonita.
Tuve que luchar contra el impulso de quitar mis ojos de la carretera solo para poder observarle cantar.
—¿Tienes cuenta de Spotify? —pregunté cuando terminó. Él asintió—. ¿Hacemos una lista con nuestros temas favoritos? Así no tenemos que pelearnos por quién elige la música, porque aunque esté empezando a soportar la tuya, la mía siempre será mejor.
Alexis contuvo la risa y asintió.
Llegamos a Finca Deva con Alexis cantando.
Los caballos me esperaban, así que me colé por debajo de uno de los tablones de madera que conformaban la valla y acaricié una a una las testuces de los équidos.
Dejé a Troya para el final. Pasé mis manos por las crines y cuello y no sentí miedo en ningún momento.
Sonreí entusiasmada por lo que habíamos logrado los dos juntos.
Acerqué mi rostro a su cuello y lo enterré entre sus largas crines.
Troya era el único que me permitía acercarme tanto, incluso que invadiera su espacio durante largo rato sin protestar.
Toqué con delicadeza el resto del cuerpo de Troya para quitarle algunos miedos y resabios con los que había llegado.
¿Los entrenadores le maltrataron? ¿Fueron los dueños?
¿Quién fue? Me senté en el suelo y se tumbó cerca de mí.
El corazón se me hinchó de felicidad mientras sonreía como una boba.
Tener el placer de disfrutar de su compañía tumbado a mi lado en el prado fue algo excepcional y un privilegio, pues sig nificaba que confiaba lo suficiente en mí como para quedar expuesto.
La mente de un caballo, herbívoro y presa, es muy diferente a la nuestra.
Un caballo en el suelo es demasiado vulnerable pues puede ser atacado por un depredador.
Que Troya no me sintiera como una amenaza, me halagó.
—Pareces la hippie de los caballos. Solo falta que me digas que hablan contigo. —Alexis rompió el hermoso silencio que me embargaba y me recordó que no estaba sola.
Me giré hacia su voz cargada de humor y una tenue sonrisa se insinuó en sus labios. Le sonreí de vuelta.
—Y es que hablan. Con su cuerpo, sus movimientos... Aún tienes mucho que aprender, pequeñajo.
—De ti, vieja, lo aprenderé todo —me provocó.
Gruñí y aparenté estar molesta, pero terminé dejando escapar un par de risotadas.
Alexis abrió la puerta del vallado y caminó hasta llegar a mi lado, donde se dejó caer.
En el proceso, Troya se levantó y se alejó, sin fiarse de Alexis.
Me molesté por no poder disfrutar más de su compañía y le expliqué a Alexis cómo debía acercarse la próxima vez que viera un caballo tumbado, si es que la había.
—¿Desde cuándo te gustan los caballos? —se interesó Alexis mientras observaba los équidos a nuestro alrededor.
—Gelo me enseñó a amarlos en mi adolescencia —contesté llevando mis rodillas al pecho, donde las abracé.
—¿Qué edad tenías?
—Trece.
—La misma edad que tenía yo cuando empecé a fumar. —La voz de Alexis se tornó lúgubre, gris y un aura de pesar le envolvió.
Había algo más en sus palabras que no supe descifrar en aquel momento. Fue la primera vez que me habló de su pasado motu proprio. No supe en ese momento cuánto le costó abrirse a mí.
—¿Cigarros?
—Marihuana.
Torcí el gesto al pensar en su denso olor, demasiado penetrante y espeso. Uno de esos que llegan hasta la lengua y dejan un sabor en ella repugnante para mí.
—¿Lo haces ahora?
Conecté mis ojos con los suyos, queriendo ver dentro de él. Alexis se tensó y desvió su mirada sobre las siluetas de los equinos.
—Llevo dos años sin hacerlo. Me costó, y no te puedo negar que hay momentos del día, cuando tengo mucho en la cabeza, que me fumaría un porrillo —se sinceró.
—¿Mucho en la cabeza?
—Sí. Recuerdo problemas y malos momentos que viví —admitió con su voz teñida de pesar.
—¿Por qué? Si es el pasado.
—Porque no puedo olvidarlos.
Me entraron ganas de abrazarle para que se sintiera reconfortado.
—¿Quieres hablar de ello? Los caballos hacen las cosas complicadas más fáciles. Al menos a mí me funciona. —Intenté mostrarle nuestro espacio seguro para hablar.
—No lo hago nunca. Mostrar debilidad nunca es buena idea.
—¿Debilidad ante mí? No lo entiendo.
Quería convertirme en una experta en la lectura de sus emociones. Pero sus pensamientos estaban a años luz de mi entendimiento, demasiado barullo en el cual me perdía cuando quería intentar llegar a él y comprenderle.
—Donde me he criado, en cada sitio donde he vivido, mostrar tus sentimientos es semejante a demostrar debilidad.