Capítulo 12
Si tú me abrazas me llegas hasta el alma.
Si fuera hay temporal, tú serás la calma. […]
Y por nada cambio vivir contigo mis altibajos.
Xenon, Piter-G
Gelo y yo nos mantuvimos tensos durante todo el trayecto de vuelta. «Tenemos que hablar de lo que ha pasado, o si no cada vez que trabaje con Troya será así», le dije, y estuvo de acuerdo.
Al llegar a casa, esperaba que Alexis desapareciera, pero para mi desconcierto, se quedó y cocinó para nosotros.
Comimos todos juntos y, cuando Gelo se fue al sofá a ver cualquier película mala de sábado por la tarde, Angelito, Alexis y yo nos quedamos haciendo puzles en la mesa.
Alexis me contó que no tenía una táctica preestablecida a la hora de hacer los puzles.
Él solo miraba todas las piezas y las intentaba encajar.
Casi cortocircuito, me pareció una verdadera locura.
Yo prefería colocar las piezas por colores, incluso por tonos para que mi cabeza no me pidiera parar por la frustración de no colocar ni una pieza.
Cuando Alexis se fue a trabajar, Gelo y yo debatimos cómo habíamos vivido el momento con Troya.
Y tras hablarlo, nos abrazamos y todo quedó olvidado.
Me tumbé junto a él en el sofá y apoyé mi cabeza en sus piernas para que me acariciara la cabeza.
Ese ratito, el poco que el crío nos permitió antes de interponerse entre los dos, fue lo que necesitaba para terminar de hacer las paces con Gelo.
Entre nosotros siempre ha habido algo especial.
No ese algo que sabes que es amor de pareja, que tarde o temprano se convertirá en ese tipo de afecto.
Es un apego diferente a todos los demás, un amor de hermanos.
Él haría cualquier cosa por mí. Yo haría cualquier cosa por él.
Tenemos un vínculo tan grande, tan inquebrantable, que es como mi propia sangre.
Domingo, 25 de agosto. Una y media de la mañana.
Ádriel
No te lo he dicho antes, pero gracias por venirte conmigo a observar caballos. Necesitaba un poco de risas.
Alexis
Ya sabes. Cuando te quieras reír, ahí estaré yo para sacar tu mejor sonrisa
Ádriel
Gracias. Me he estresado mucho.
Alexis
Yo también. Mañana te acompaño, si te parece bien. Y pruebas otra vez.
Ádriel
¿Quieres? ¿De verdad?
Alexis
Sí. ¿A qué hora irás?
Ádriel
Con la calma, es domingo.
Al día siguiente Alexis no vino a desayunar.
Se fue al bar, como siempre. A pesar de ser su costumbre, se me hacía raro que no desayunara con nosotros ni siquiera los fines de semana.
¿Tan raros éramos? ¿O era que él prefería la soledad?
¿Prefería que habláramos por mensajes a vernos cara a cara?
Porque de hecho, nos mandamos varios durante los veinte minutos que duró mi desayuno, para ver dónde quedábamos.
Me cambié de ropa y salí de casa junto a Togo.
Mi corazón comenzó a latir desbocado cuando me acerqué a la puerta que daba a la calle, donde esperaba encontrarle.
Abrí con mis nervios a flor de piel y me topé con su figura.
Observé su atuendo. Iba igual de bien conjuntado que el día anterior, no como yo, que vestía de mil colores.
Me entró la vergüenza por no ser del tipo de persona que sabe conjuntar bien.
—No sé cómo lo haces para conjuntar la ropa tan bien.
—Hola, eh, abuela.
—¿Te has comido un payaso para desayunar? —me burlé.
—Cinco. Para hacerte reír toda la mañana.
Dejé que la risa surgiera de mi garganta y fluyera a través de mis labios. Mis nervios desaparecieron entre las carcajadas y lo agradecí.
Al llegar a Finca Deva, me mimeticé entre los cinco caballos, como una más para acompasar mis latidos con los suyos.
Me acerqué a Troya, recorrí con la palma de mi mano su testuz y sus crines hicieron cosquillas en mis dedos cuando llegué a ellas.
Deslicé mi mano entre sus orejas y busqué entre su flequillo por si tuviera heridas o garrapatas.
Me acerqué más a él y se mantuvo sereno, con sus orejas hacia mí, prestándome toda su atención.
Me centré en mi respiración y los latidos de mi corazón, queriendo que se acompasaran con los del caballo.
Llevé ambas manos hacia su cuello y después a su cruz.
Acerqué mi cuerpo al suyo hasta quedar pegados.
Mi rostro se perdió entre sus crines y el pelo de su cuello.
Mis fosas nasales se inundaron de su olor característico a caballo y sus pelos me hicieron cosquillas en la nariz.
Una desbordante sonrisa se abrió paso entre mis labios.
Me mantuve así, pegadita a él todo el tiempo que Troya me lo permitió.
Los caballos podían ser la calma en mi tormenta.
Tras trabajar pie a tierra en la pista con Troya, le vestí con el sosiego colmando cada resquicio de mi cuerpo. La experiencia con el caballo ese día fue mucho más gratificante que la del día anterior, aunque no me sentí del todo segura encima de él.
Alexis me esperaba en la puerta de la pista con una contagiosa sonrisa de dientes torcidos incrustada en el rostro.
Lancé mi cuerpo contra el suyo con mi corazón lleno de euforia por lo que acababa de conseguir.
Sus brazos me envolvieron y escuché con total claridad su corazón bombear tan nervioso y alegre como el mío.
Él rio y sus carcajadas vibraron en mi cuerpo, enredándoseme dentro, llegando a mi corazón y llenándolo entero de alegría —y algo más que no supe descifrar—.
Me encantó lo que su cuerpo me transmitió.
Deshicimos el abrazo y anhelé volver a sentir mi corazón latir como un loco desbocado y su calor tan pegado a mí.
Dejé a Troya junto a los demás y nos sentamos sin hablar mientras observábamos a los caballos.
Cuando llegó el momento de ponerles heno Alexis se empeñó en ayudarme y cada uno cogió cinco raciones.
Me reí de manera incontrolable al ver el forraje atacar a Alexis, haciendo que su pelo, su ropa y su rostro terminaran llenos de pajitas cuando terminó de colocarlos en las forrajeras.
Me acerqué a él y procedí a quitarle todo el forraje que tenía en su rostro y su pelo mientras me miraba anonadado por mi cercanía.
—Tienes un poco de heno por todas partes —musitó Alexis con una sonrisa ladeada manando de sus labios.
Rozó mi rostro por accidente con el lateral de su dedo meñique mientras quitaba hebras de mi pelo y mi corazón se saltó un latido con esa caricia robada.
—¿Tú te has visto? —Reí—. Por eso te decía que no hacía falta que me ayudaras. Quería evitarte esto.
—Si esto es lo peor que me va a pasar por ayudarte, entonces te ayudaré con el forraje cada vez que venga. —Sonrió de medio lado.
Una calidez me embargó ante sus palabras y le sonreí de vuelta.
Según me relató Alexis durante el camino de vuelta, el fin de semana él era el encargado de las comidas, y Gelo, el de las cenas.
No sé en qué momento mi mejor amigo decidió meter en nuestra vida familiar a Alexis, o si fue él quien lo pidió.
Quise preguntar por qué lo hacía, por qué quería pasar tiempo con nosotros.
Si era porque se sentía solo, porque le gustaba pasar el tiempo con nosotros o si solo lo hacía por no tener que cocinar por la noche.
Al llegar a casa, Gelo me dijo que Ainhoa y él habían decidido que los domingos comeríamos todos juntos.
Me encantó su idea y sonreí como una boba al pensar en lo buenas que serían las comidas estando con mis dos amigos juntos.
El domingo se convirtió en el día de nuestra familia.
Y dejamos que un casi completo desconocido, Alexis, formara parte de ella.
Lunes, 26 de agosto. Una de la madrugada.
Alexis
¿Te importa si te acompaño a Finca Deva algunas mañanas? Podemos reírnos un poco, puedes trabajar con Troya y podemos hablar.
Ádriel
Me gustaría. Pero tienes que seguir mi rutina. Y a veces viene Angelito.
Alexis
Trato. Y el nene me gusta.
Sonreí. Quería cambiar sus caminatas matutinas por el campo para ir a Finca Deva conmigo. Me encantó que lo propusiera. Su compañía me gustaba. Mucho.
A partir de aquel día, cada mañana nos dábamos los buenos días. Algunas veces le preguntaba si vendría, otras él se adelantaba y me decía que, si era bienvenido, me acompañaba. Me sentía muy a gusto con Alexis en Finca Deva, y a la vez hacía bastantes progresos con Troya.
Una tarde de lunes, Gelo y yo compramos una puerta para perros para colocar en la de la cocina que daba al jardín, ya que Togo rascaba la de cristal y la estaba dejando llena de rayajos.
Cuando llegamos a casa, Gelo buscó un vídeo en Internet que no nos ayudó demasiado y me empecé a arrepentir de haber comprado esa puerta.
Nos dio la hora de cenar y seguía sin estar colocada.
—Hemos elegido la puerta más complicada de instalar. —Me reí por no llorar de impotencia.
—Voy a preparar la cena y cuando acueste a Angelito lo intentamos otra vez —dijo Gelo con un gruñido.
¿En qué momento se nos ocurrió comprar esa puñetera puerta? Alexis nos pilló a las doce de la noche discutiendo sobre qué querían decir las instrucciones.
—¿Qué hacéis? —Nos miró divertido Alexis.
—¿Tú qué crees? —bufé—. Nos mola estar sentados en el suelo rodeados de instrucciones a las doce de la noche en vez de estar en el sofá.
—¿Cuánto lleváis así? —Alexis intentó contener su risa sin éxito. Le fulminé con la mirada—. ¿Os ayudo?
—Si pones la puerta, te hago la cena —propuso Gelo.
Alexis aceptó.
—Todo tuyo. —Palmeé el suelo a mi lado, instándole a sentarse y Gelo se levantó del suelo de un salto.
Nuestro compañero de piso entendió las instrucciones a la primera, hizo el agujero con la sierra de calar e instaló la puerta. En media hora, Togo podía salir al jardín desde la puerta de la cocina.
—Soy igual de manitas que vosotros —se mofó Alexis.
—¿A que te quedas sin cenar por estúpido? —Le empujé con mis manos en sus hombros.
Al no esperarlo, se desequilibró y cayó hacia atrás con torpeza. Reí incontrolablemente hasta que él cogió uno de mis antebrazos y tiró de mí, arrastrándome a su lado en el suelo. Debería haberme enfadado, pero no podía dejar de reír.
Giré mi rostro del techo hacia él.
—¿Qué tal el día? —le pregunté.
—Estaba siendo una mierda. Muchas cosas en la cabeza. Pero veros ahí sentados en el suelo me ha subido el ánimo.
—¡Ah, qué bien! Me alegro de que nuestros males te hayan subido la moral.
—No sabes cuánto. Y más cuando he conseguido poner la puerta.
—¿Después de cenar quieres hablar de lo que te pasa? —cuchicheé por lo bajo para que Gelo no me escuchara.
Alexis negó y ambos nos levantamos. Parecía una persona complicada y yo quería averiguarlo todo sobre él.
Pensar así me dio pavor porque sentí que lo que estábamos construyendo Gelo y yo podría peligrar y lo primero era la familia, siempre.
No quería tener que elegir entre mi familia y alguien más porque sabía perfectamente a quién elegiría por encima de todo.
Al precio que fuera. Tenía claro a quién debía proteger y cuidar primero.
Y aun así había veces que la mente o el corazón me hacían ver las cosas de otro modo y olvidaba el camino que había decidido tomar, los matices de mi decisión y descuidaba las promesas que me hice a mí misma y a los demás.