Capítulo 11 #2
Me pasé todo el trayecto a Finca Deva acariciando el gran cabezón de Togo en un intento de encontrar la calma, incluso cuando paramos en un supermercado a comprar un bote de Cola Cao y otro más pequeño de Nesquik.
Al llegar, Angelito corrió a la valla para saludar a los caballos.
Silbé y llamé la atención de los cinco, que se colocaron delante de sus respectivos comederos mientras yo repartía las raciones.
Atrás quedó la barahúnda de los primeros meses donde los caballos se peleaban a mi alrededor, yendo de un comedero a otro sin saber cuál era su lugar.
Gelo y Alexis quisieron ayudarme, pero me negué. Me apañaba muy bien sola.
Observé embelesada, a los caballos mientras comían el pienso.
A pesar de verles a diario no me cansaba de admirarles.
A veces me gustaba solo clavar mis ojos en ellos y disfrutar de las vistas, sin siquiera interactuar.
Otras, me mezclaba entre los equinos, sintiéndome parte de la manada.
Y algunas pocas, me gustaba montar y ver el mundo a través de sus orejas.
Estar con caballos, ya sea cerca, pegada, encima o lejos, me traía sosiego.
Me hacía dejar de pensar, o al menos dejar el ruido de mi cabeza un poco más alejado; me permitía disfrutar de la tranquilidad.
Sigue siendo así. Creo que eso jamás cambiará.
Insté a Alexis a pasar la valla y mezclarse entre ellos cuando terminaron de comer.
No le vi nada convencido, pero finalmente accedió.
Le guie hasta Cuervo y le insté a que lo acariciara.
Su mirada cambió cuando sintió el pelaje del equino entre sus dedos.
Estoy segura de que Alexis se habría quedado conmigo acariciando caballos si no fuera porque Gelo le pidió que se acercara a él para que yo cogiera a Troya.
Refunfuñé por lo bajo, pero le hice caso cuando me tendió una cabezada.
Me acerqué con mucho recelo a Troya y le puse la cabezada de cuadra sin mucho esfuerzo, atravesamos la puerta que separaba el prado de la zona de la pista y la nave, le metí en la pista y le enfrenté.
Le evalué con algo de desconfianza. No sabía cómo seguir avanzando para superar mi miedo.
No sabía cómo ni cuándo dar el siguiente paso. Ni lo más importante: en qué dirección.
—Ari, coge la cabezada, una mantilla y una silla inglesa —instruyó mi mejor amigo.
—Gelo…
—Hazlo, Ari. Hazme caso. Estás preparada. —La voz de Gelo sonó grave y autoritaria.
Gruñí para mis adentros, pero le hice caso. Cogí los aperos de Troya y le vestí bajo las atentas miradas de Gelo y Alexis.
—Súbete —dijo Gelo. Le miré llena de dudas—. Hazlo.
—¿Sola? Ya te digo yo que no. Primero tendré que darle cuerda, ¿no? ¿Y si se cae? ¿Y si me caigo? —Entré en pánico.
—Por favor, Ádriel, deja de decir tonterías y súbete —me respondió Gelo de muy malas maneras.
—Te puedes ir un poco a la mierda. —Rechiné los dientes y cerré mis manos en puños.
—¡Joder, Ádriel! ¿¡Es que no ves que puedes hacerlo!?
—¡No me hables así! ¿No ves que me pongo nerviosa?
—Súbete. Puedes hacerlo.
—¡¿No ves que no puedo?! ¡Que tengo un miedo atroz a que me pise y me haga daño, Gelo! —lloriqueé frustrada.
—Déjate de tonterías y pruébalo.
—Que tú no me entiendas no significa que lo sea.
Mi sangre borboteaba con tal furia que apenas me permitía escuchar lo que Gelo me decía.
Los gruñidos lanzados por mi boca y la de Gelo continuaron durante varios minutos.
Él me decía lo que tenía que hacer, sin intentar comprender mi miedo irracional ni mi angustia.
Después de varios ejercicios que no me salieron, probé a subirme como me pidió Gelo.
Lo hice temblando de pies a cabeza y me costó horrores hacerlo porque Troya lo notó y no se mostró tranquilo o receptivo en absoluto.
Una vez coloqué mi pie en el estribo sin que Troya se moviera un ápice, no era capaz de dejar extendida la pierna, me fallaba por los nervios, pero me conseguí subir en la silla.
No fue una experiencia agradable ni de lejos y Gelo no nos lo puso fácil en absoluto.
Di una vuelta a la pista para que mi amigo me dejara en paz y me bajé con el cuerpo tenso y las piernas temblorosas.
Mi rostro se mantuvo serio, aunque estuve a punto de romper a llorar de impotencia.
Sentí que en vez de avanzar con Troya, había ido un par de pasos atrás.
Que desconfiaba de mí y tendría que volver a demostrarle que no tenía por qué hacerlo.
Fue un fiasco de intento de mejora. Si lo hubiera sabido, le habría dicho a Gelo que no desde el principio.
Desvestí a Troya, le llevé junto a los demás y me senté en el borde de una zanja alargada que se perdía a lo lejos. Confié en que observar a los caballos en soledad conseguiría calmarme.
Sentí un cuerpo que se dejaba caer a mi lado y me giré para ver quién era: Alexis.
—¿Estás bien?
Su voz sonó preocupada, y a pesar de mi enfado con Gelo y que estaba nerviosa por el recuerdo amargo de montar a Troya minutos atrás, me entró calorcito al notar que se dio cuenta de que no estuve cómoda mientras trabajé mis miedos con el caballo tizón.
No contesté. Alexis me dejó tranquila unos minutos, tras los cuales decidió, con buen criterio, que era hora de hacerme reír con tonterías.
Gracias a sus payasadas, su destreza a la hora de decir bobadas sin ton ni son y su forma de reír me hizo sentir mucho mejor.
Me encantaba ese talento para sacarme una sonrisa sincera a pesar de las adversidades.
Ese poder de hacerme reír a lo loco. Me chiflaba su talante. Esperaba que lo tuviera siempre.
—Oye, abuela, ¿no hay que ponerles heno? —preguntó Alexis con burla.
—¡Pero cómo se puede ser tan idiota! —Reí.
— Piri cími si piidi sir tin idiiti —se cachondeó Alexis de mí.
Reí a carcajadas incontrolables y él me siguió, olvidando su pregunta por completo.
Dejé que mi espalda y mi cabeza se recostaran sobre el suave y fresco pasto mientras me agarraba el estómago con fuerza, hasta que poco a poco mis carcajadas se convirtieron en una risa floja y de ahí pasaron a una sonrisa.
Busqué su rostro con la mirada, pero los haces de luz del sol acariciando el mío me cegaban.
—¿Mejor ahora?
—Ajá. —Sonreí a su silueta.
Mi enfado junto a mis malas pulgas habían quedado casi olvidados. Al lado de Alexis todo eran risas reales y sinceras, pitorreo y cachondeo. No sabía si él era siempre así de risueño, o si lo había hecho por hacerme sentir mejor. En cualquier caso se lo agradecí infinitamente.
«¿Habrá montado alguna vez?», me pregunté mientras le observaba.
Lo dudaba mucho. Porque cualquiera que haya montado una sola vez, si tiene la oportunidad de volver a hacerlo, lo hace.
Porque son unos seres fascinantes, son belleza, equilibrio y naturaleza en estado puro.
Porque transmiten la paz necesaria para que puedas dejar de pensar.
Porque son mágicos: curan el alma y cualquier mal.
Porque son capaces de arroparte cuando nadie más puede.
Porque curan un corazón herido, una mente llena de fieros pensamientos.
Porque te hacen ser partícipe de su manada, sincronizando sus latidos con los de tu propio corazón. Los caballos sanan.
Debí de darle envidia a Alexis al permanecer tumbada en el pasto, pues tras fumarse el cigarro que se había liado mientras me daba mi espacio, se tumbó a mi vera.
Cerré los ojos para evitar los rayos del solitario astro.
Escuché con detenimiento y serenidad el hermoso sonido de los cascos de los caballos en el pasto, sus ruidosos resoplidos, cómo cortaban con sus dientes planos las briznas de hierba de Finca Deva, la respiración sosegada de Alexis y su brazo pegado al mío.
Mi vello se erizó por su cercanía y busqué con torpeza sus dedos con los míos.
Cuando su piel entró en contacto conmigo, mi corazón comenzó a latir nervioso.
Era todo lo que necesitaba en aquel instante.
Quise girarme y contemplarle sin ser vista.
Tal vez incluso besarle suavemente en los labios.
«¿A qué sabrá su boca?». Y todo porque él me había calmado y arropado cuando lo necesitaba.
Supo leerme. Sin apenas conocerme, lo había conseguido.
Quise que nuestro momento fuera eterno, también un poco más de tranquilidad, armonía y risas antes de volver a la realidad.