Capítulo 11
Tú que pones colores a mi tono gris, te quiero a morir. […]
Si me haces feliz y no te das ni cuenta.
Eres como medicación.
Cuando vienes, yo dejo de darle vueltas.
Pole
Sábado, 24 de agosto. Nueve de la mañana.
Ádriel
¿Sabes dónde está el Cola Cao? El crío quiere uno.
Alexis
Creo que no hay. Está apuntado en la lista de la compra.
Ádriel
¡Madre mía! Tampoco queda Nesquik. Mierda, ¿qué le digo a Angelito?
Alexis
Dame cinco minutos.
Pregunto en el bar si tienen en sobre. Si no, ¿vale Nesquik?
Ádriel
Creo que no vamos a morir por tomar Nesquik para desayunar.
Alexis
Dos Cola Cao entonces. En cinco minutos estoy llamando a vuestra puerta
Ádriel
Gracias por salvarme la mañana
Tras cinco minutos exactos llamó a la puerta y mi corazón dio un vuelco.
Me acerqué seguida por Angelito, a quien esperar cinco minutos se le hizo eterno.
Abrí la puerta y me encontré a Alexis. Buceé en sus ojos, queriendo entrar y ver a través de ellos.
Intenté no quedarme mucho tiempo trabada en su mirada —solo por educación—, y le sonreí de vuelta mientras le instaba a pasar.
Alexis se quedó observando descaradamente mi brazo desnudo tras cerrar la puerta.
—Tienes tatuajes.
—¿No te fijaste el otro día? —pregunté divertida.
—Está claro que no —dijo con un leve rastro de mofa hacia sí mismo—. Demasiadas cosas en las que fijarme.
Reí con ganas, soltando con cada carcajada toda la tensión que albergaba mi cuerpo. Pensé que tal vez la química que teníamos hablando por mensaje sería diferente al vernos los rostros. Como la primera vez que le vi. Pero no. Éramos igual que por mensajes.
—¿Cuántos tatuajes tienes? —preguntó.
—Muchos. Cada cosa que merezca recordar para siempre queda tatuada en mi lado derecho del cuerpo. Excepto uno que llevo en el corazón.
—¿Qué hay en el izquierdo? —preguntó Alexis con su mirada clavada en el lugar donde, bajo la ropa, tenía el tatuaje. Sus ojos subieron hasta encontrar los míos y se volvieron brillantes e inquisidores hacia mí.
—Es… —Me callé abruptamente ante su atenta mirada—.
No sé si… —Resoplé incómoda. Desvié mi mirada sin saber si contestarle o no, pues era el tatuaje más íntimo que poseía.
También el que más dolía. Negué levemente quitándome de encima todo el dolor y terminé de hablar en un tono de voz juguetón—. Tendrás que descubrirlo.
Alexis rio y aceptó de buen grado mi respuesta.
—Quiero ver esos millones de tatuajes. —Me miró con una intensidad que me hizo temblar. Sus ojos verdes y dorados quemaban e hicieron que mi corazón latiera un poco más rápido de lo habitual.
—Y yo los tuyos —contesté sosteniendo su mirada, sin poder apartarla de sus llamativos ojos.
—¿Has traído Cola Cao? —Angelito nos interrumpió.
Alexis apartó su curiosa mirada de mí y se acercó a Angelito con una sonrisa sincera, dejando que mi pulso se calmara un poquito.
—Claro, chaval. Y churros. —Alexis le guiñó un ojo.
—¡Qué rico! —exclamé. Hacía meses que no comía churros—. Corre, Angelito, vamos a la mesa antes de que se enfríen. —Eché un vistazo a Alexis—. ¿Café? —Asintió.
Nos sentamos a desayunar los tres juntos.
Los ojos de Alexis pasaron de Angelito al puzle a su lado y luego a mí y así durante todo el desayuno.
Los míos zigzaguearon por la mesa hasta llegar al chico nuevo sin poder evitarlo.
Lo intenté mil veces, pero mi mirada siempre me traicionaba y terminaba en él.
Quería poder mirarle sin ser observada para comparar el recuerdo de la noche que nos conocimos con lo que veía ante mí.
Seguía siendo muy guapo. Quería pasar mis dedos por los laterales rapados, descubrir si pinchaban y enredar mis dedos en su moño.
«Mierda, ¿qué me pasa?». Quería admirar sus tatuajes infinidad de horas y tratar de averiguar lo que significaban.
«¿Será de los que se tatúan sentimientos y recuerdos, o de los que se tatúan cosas bonitas a la vista?
». De él quise saberlo todo. Si hubiera podido meterme en su mente y ver todo lo que él pensaba a cada segundo…
, poder bucear entre todos sus recuerdos y recorrer cada uno de ellos aprendiendo de su reminiscencia, lo hubiera hecho.
Pensé que todos le verían como yo. Que verían su puzle destrozado e intentarían reconstruirlo. Pero nada más lejos de la realidad.
—Alexis, ¿por qué no desayunas con nosotros por las mañanas? —preguntó Angelito tras coger un churro y untarlo en azúcar.
Alexis me miró unos segundos, como si buscara la respuesta en mí. Me encogí de hombros, dejándole solo ante tan terrorífica indagación.
—Desayuno pronto, enano. Me gusta ir al bar y luego salir a caminar.
—¿Y por qué madrugas si no trabajas pronto como papá?
—Madruga porque este chico está zumbado, Angelito —bromeé para intentar que Alexis no se sintiera muy atacado por las preguntas del crío.
—¿Qué es zumbado? —preguntó Angelito serio.
Estallé en carcajadas y Alexis me siguió. El crío nos miró enfadado, sin entender.
—Perdona, cariño —me disculpé entre risas—. Madruga porque está un poco loco. —Mientras hablaba, miré de reojo a Alexis para verle torcer el gesto con cara divertida.
—¿Estás loco? —Angelito le miró con curiosidad.
—Eso piensa tu…
—Casi más que tía —contestó Angelito.
Mi corazón se volvió loco de amor y de miedo ante lo que eso implicaba. Por un instante, y tras una mirada calmada que Alexis me regaló, deseché el miedo y dejé que se convirtiera en un sentimiento pequeñito para disfrutar del amor del crío, que lo inundó todo dentro de mí.
—¡Pero cómo no voy a quererte, si eres un sol! —Me giré hacia el crío y le estampé un sonoro beso en la frente mientras le apretaba contra mi pecho.
Desayunamos entre ataques de risa contagiosos que hicieron que me atragantara al menos un par de veces.
Me encantó que la química que teníamos Alexis y yo cuando hablábamos por mensaje, también estuviera en el cara a cara.
Solo me faltó poder tocarle. Porque lo ansiaba.
«¿Cómo será su tacto?, ¿el olor de su piel? , ¿sentir su cuerpo pegado al mío?».
Miré con disimulo a Alexis. Había algo en él que hacía que quisiera conocerlo todo de él.
Puede que fuera por ese aura de misterio que transmitía.
O tal vez fue mi intento de entenderle. Como una serie que empiezas a ver por la temporada siete con un amigo, y tú no tienes ni idea de lo que ha pasado en temporadas anteriores, pero tu amigo sí porque las ha visto todas.
Y en cada maldito capítulo, además de no enterarte de la misa la mitad, no dejas de preguntar por temporadas pasadas para poder comprender todo lo que sucede en la actual.
La risa de Angelito hizo que dejara de pensar en Alexis. Miré a ambos. Alexis era un completo payaso, haciéndonos reír a todos a su alrededor.
—¿Vas a venir a la finca con nosotros? —le preguntó Angelito. El chico de ojos verdes y dorados me miró dubitativo, como si esperara que le sacara las castañas del fuego—. Tenemos caballos viejos —continuó orgulloso el crío.
—Preciosos, por cierto. Sobre todo Troya. —Me sentí en la necesidad de añadir.
—Es nuestro favorito —aclaró el crío.
—No sé sí… —comenzó a hablar Alexis.
—No seas tonto —le hablé con confianza, como si nuestros mensajes hubieran sido conversaciones en físico en realidad—.
Angelito quiere que vayas, pues lo haces.
Todo por el crío. —Le guiñé un ojo—. Además, vas a disfrutar de nuestra finca.
Es preciosa, como su nombre. Mejor que los paseos matutinos que te das tú por el campo.
—Vale, iré.
Sonreí.
Nos dio tiempo a recoger el desayuno, a que Alexis se fumara un cigarro y a que Angelito hiciera un par de puzles de pocas piezas de dinosaurios mientras nosotros encajábamos alguna pieza del mío.
Y todo antes de que Gelo llegara a casa.
Este se extrañó cuando nos vio a los tres en la mesa con música de fondo que había elegido el crío.
—Vaya tres frikis —murmuró Gelo.
—Hola a ti también, petardo —mascullé sin levantar la mirada del puzle.
—¿En serio aún no os habéis vestido para irnos a Finca Deva? —Gelo nos miró mal a Angelito y a mí.
—¡Eh! —me quejé—. No ha sido culpa mía. Ha sido de él.
—Señalé acusadoramente a Alexis con mi dedo índice—.
No dejaba de mirar el puzle. ¡Un poco más y se le caen los ojos!
—enfaticé intentando contener la risa—. Y encima cuando se pensaba que no miraba, ¡encajaba piezas!
, ¿te lo puedes creer? —exageré mi asombro—.
Y no podía permitir que lo hiciera sin mí. ¡Es mío!
—Y luego dices que yo soy el crío, el que tiene ideas de bombero y bla, bla, bla. Pero aquí estáis los dos. En pijama. —Hice un mohín y Gelo rio—. Anda, tira y ve a cambiarte. Angelito, lo mismo te digo. Vamos. Y Alexis, por tu bien no coloques más piezas sin ella. —Gelo tenía para todos.
—Viene con nosotros, papi.
Me fui a mi habitación y me puse mi pantalón negro de montar y una camiseta vieja que no me importaba que se manchara de barro, pelos y polvo.
En cuanto estuve cambiada, un burbujeo en el estómago me sobrecogió al pensar en estar rodeada de caballos.
Me asomé eufórica al salón, donde me esperaban los tres chicos.
—Venga, vamos —les apremié yendo hacia la puerta—. Según me vestía me ha entrado un mono enorme de caballos.
—Podrías aprovechar tu mono para montar —instó Gelo.
Me paré en seco.
—No sé, Gelo…
—Hoy está Alexis, él te ayudará.
—¡Pero si no tiene ni idea de caballos! —me quejé—. No te ofendas. —Miré fugazmente al aludido.
—Deja de poner excusas absurdas. Yo le iré diciendo lo que debe hacer.
Miré de reojo a Alexis, quien parecía cómodo con la idea. Yo, en cambio, no tanto. ¿Cómo iba a ayudarme alguien que jamás había interactuado con un caballo antes? Es verdad que a veces necesito que me empujen un poquito, pero de ahí a tirarme a los lobos, había un gran trecho que Gelo se saltó.