Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 10
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Capítulo 10

Puedo vivir sin ti pero yo quiero contigo

porque así tiene sentido.

Porque si tengo problemas

tú eres el fuego

y los problemas se han derretido.

Peter G

Miércoles, 21 de agosto. Dos menos veintitrés de la madrugada.

Ádriel

¿Sabes? No sé a qué viene esto que te he contado.

Alexis

Eso es que estás a gusto hablando conmigo y te sale solo hablar de esas cosas. Vas cogiendo confianza en mí y te ves capaz de contármelo.

Ádriel

Tú nunca me juzgas. Y me dejas hablar todo lo que quiero.

Alexis

Sé lo que es coger confianza con alguien y contarle todo lo que sientes. Y te dejo hablar porque veo que eres feliz contándo me cosas, recordando, y dejo que sientas lo que me estás diciendo.

Ádriel

Me vas a hacer llorar de emoción. Enséñale eso al resto del planeta para que sean como tú.

Alexis

Es que yo no sé por qué tengo la capacidad de hacer esas cosas.

Ádriel

¿Hacer llorar a la gente? Qué malvado.

Alexis

Muy graciosa…

Ádriel

Solo te estoy vacilando un poquito. Aunque sea viejita y tal.

Alexis

Muy viejita, sí. Una ancianita.

Alexis

También te digo, si te veo llorar voy a hablar contigo para hacerte reír y que estés mejor y te olvides de lo malo. Pero me lo quedo yo encima y le doy vueltas.

Ádriel

¿Algún poder más que deba saber?

Alexis

Al menos uno más: se me da bien cantar.

Ádriel

Me gusta. Yo no sé cantar. Solo tengo el poder de hablar.

Alexis

Y de reírte también.

Ádriel

Tienes razón. Y contigo me río mucho.

Jueves, 22 de agosto. Dos y siete de la madrugada.

Ádriel

Quiero hablar de Gelo y el crío. De por qué me fui de casa.

Alexis

Adelante. Te prometo no quedarme dormido.

Ádriel

Ja, ja, ja, ja, qué bobo eres. Gracias.

Estuve al menos diez minutos escribiendo, y esperé que no se aturullara mucho con tanta palabra.

Me costó decidirme a contarle mi problema porque mientras escribía estaba verbalizando ideas que en mi cabeza intentaba acallar.

Porque tal vez Alexis me mirara de forma diferente.

Una vez vi mi mensaje con los dos tics en azul, lo pensé mejor y lo borré.

En su lugar le escribí que me llamara cuando pudiera hablar.

Cuando él contestó con un simple «vale» me empezaron a entrar los miedos y sobre todo la duda.

Por mensaje todo iba bien, ¿pero una llamada?

, ¿sin tener tiempo de buscar la respuesta adecuada?

Mi móvil comenzó a vibrar y mi pecho se agitó. Me quedé embobada mirando el nombre de Alexis en la pantalla. Tanto que la llamada se cortó y tuve que devolvérsela.

—Perdona. Me he quedado como una panoli mirando tu nombre en la pantalla.

—Qué cosas tan bonitas me dices —dijo Alexis con guasa—. Entonces… Dime, porque me has dejado con tu biblia a medio leer.

—¿Pero cómo puedes ser tan payaso incluso en un momento así? —No pude reprimir la risa en mi voz.

—Venga, cuéntame lo de Ángel.

Alexis me escuchó divagar mientras le explicaba la rara familia que queríamos ser Gelo y yo junto a Angelito y el problema actual.

—Solo tengo claro que no voy a renunciar a formar una familia con ellos.

Que voy a apoyar a Gelo. Y que tengo que volver a esa casa.

Pero no sé cómo hacerlo cuando el día a día me supera y no tengo la paciencia ni las tablas que hay que tener para criar, educar y convivir con un niño.

—Terminé de verbalizar todo el barullo en mi cabeza.

Alexis no me contestó en seguida, necesitó unos segundos para poner en orden lo que le vomité.

—Ha sido un altibajo, cielo. Y va a haber más.

—Joder, Alexis… Con amigos así, quién quiere enemigos —mascullé disgustada.

—¡Si es que no me has dejado terminar! —se quejó e intentó contener su risa—.

Te iba a decir que siempre que lo necesites te puedes largar de casa y volver cuando estés preparada.

Nadie te obliga a quedarte cuando la situación te supera.

Solo tú misma. Tu cabezonería. No te obligues a aceptar, ver, sentir las cosas como crees que deberían ser.

Sino, ¿tú quieres esto? ¿Quieres crear una familia con Ángel y el nene?

Vale, pues ¿por qué no lo haces de una forma distinta a la que has probado hasta ahora?

Lo importante es que conserves la amistad con Ángel.

Y la forma de no perderlo es ir poco a poco, sin forzar, contar las cosas desde el principio y aprender a lidiar con tus sentimientos.

Resoplé, porque tenía toda la maldita razón. Y porque intentar que mi cabeza viera las cosas de manera diferente me iba a costar.

—Me está entrando un agobio increíble —gemí—. No sé si voy a ser capaz de cambiar la forma en que veo las cosas. Llevo siendo así desde siempre —dije frustrada y llena de miedo.

—Aunque no sea lo ideal, estoy yo. Es decir, deberías y de hecho quieres hacerlo sola y sin depender de nadie, pero tal vez al principio mi ayuda pueda servirte.

—Gracias —dije con voz estrangulada al intentar contener mis lágrimas.

—Para eso están los amigos.

—¿Crees que funcionará? —pregunté esperanzada.

—Seguro. Sois muy buenos amigos. Lo importante es que sepas cuándo parar y cambiar de estrategia. Por suerte, si os escucho discutir desde arriba siempre puedo bajar a ayudar.

Reí. Me gustó que fuera capaz de pasar de una conversación tan seria a otra mucho más distendida para que yo me relajara y dejara de darle vueltas al tema. Nos quedamos hablando un ratito más. Hasta que nuestras voces sonaron cada vez más lejanas y decidimos irnos a dormir.

El viernes por la tarde volví a casa lista para probar a hacer las cosas desde otra perspectiva.

Llamé a mis padres una vez entré en el jardín de casa para comunicarles mi decisión.

Tal vez fue la parte que más congoja me produjo, porque sabía que no me lo pondrían fácil.

Mi madre chilló al otro lado de la línea mosqueada con mi decisión, diciéndome que me arrepentiría cuando fuera más mayor y echara la vista atrás.

Yo solo quería que aceptara mi decisión, no que estuviera lista para decirme un «te lo dije» si alguna vez se volvían a torcer tanto las cosas.

Colgué su llamada, que me dejó insegura con la decisión tomada.

Me senté en el suelo, cerré los ojos y apoyé la cabeza en la fachada de la casa.

Togo vino a mi encuentro, se tumbó a mi lado y colocó su cabeza en mis pies.

Suspiró pesadamente y mi mano fue a su lomo para acariciarle.

Me pareció que hacía una eternidad que me había ido de allí.

—¿Tú qué opinas, Togo? ¿Debemos luchar por esta familia o huir como dicen mis padres? —Miré al perro, que me devolvió la mirada con la lengua fuera—. Lo que yo decida estará bien para ti, ¿verdad, chico? Pues nos quedamos. Vamos a luchar, Togo.

Fue raro volver a entrar en casa, pero cuando cerré la puerta principal tras Togo, respiré hogar y no una simple casa. Lo percibí tal y como me había olido una vez la casa de mis abuelos. Ese era mi hogar y nada ni nadie, excepto yo, me iba a sacar de allí.

No estaban ni el crío ni Gelo en casa. No había ni un mísero ruido y ni rastro de ellos o pistas sobre adónde habían ido, pero en la mesa había una caja con una nota:

Lo elegimos juntos para ti. Ambos sabemos que los tigres molan y que los puzles te relajan. Bienvenida a casa, te hemos echado de menos. Gracias por darnos otra oportunidad.

Te queremos,

Gelo y Angelito.

Observé el dibujo de la caja: dos tigres, uno blanco y otro anaranjado.

Mariposas, plantas y agua a su alrededor.

Me encantó. Me coloqué en una esquina de la enorme mesa y comencé a buscar los bordes del puzle para intentar calmar mis nervios a flor de piel mientras esperaba a que volvieran los dos chicos.

Mi corazón comenzó a bombear con violencia en mi caja torácica cuando Togo comenzó a ladrar y escuché la puerta abriéndose y las voces de Gelo y Angelito.

—¡Estamos en casa, Ari!

La voz de Gelo sonó emocionada y mi cuerpo se relajó un poquito.

—¡Tíííaaa! —Angelito corrió hacia mí.

Me levanté de la silla, dejé caer mis rodillas al suelo y abracé al crío cuando llegó hasta mí. Escondí mi rostro en el hueco de su cuello.

—Te he echado de menos, tía.

—Y yo a ti, mi niño, pero te prometo que no me voy a volver a ir tantos días —susurré contra su cuello.

—¿Nunca más? —El crío se separó de mí y observó de lleno mis ojos.

—Nunca más —le prometí y besé su frente.

—Me portaré bien, tía —dijo Angelito con sus ojos oscuros aguándose.

—No me he ido por eso, cielo.

No supe cómo explicárselo, pero no tuve que hacerlo porque Gelo interrumpió la conversación para decirle al crío que si había visto que ya había empezado el puzle que compraron juntos.

Angelito cambió el chip y se asomó a la mesa para ver cómo iba.

Me preguntó si me podía ayudar y asentí, sentándonos los tres a observar las piezas y separar los bordes del resto.

Me gustó que a mi vuelta no hubiera cambiado nada.

Así mi corazón pudo volver a bombear tranquilo, sereno.

Viernes, 23 de agosto. Seis de la tarde.

Ádriel

Acabo de volver a casa. Gracias por tu ayuda.

Alexis

Me alegra volver a tenerte como compañera de piso.

Cuando esa noche me metí en la cama, me sentí feliz, a gusto y tranquila con la decisión que tomé.

Sábado, 24 de agosto. Doce y media de la madrugada.

Alexis

¿Es tuyo el puzle de la mesa?

Ádriel

Sip . Cortesía de mis chicos.

Alexis

Me gustan los puzles. Te estoy poniendo algunas piezas.

Ádriel

¡Nooo!

Alexis

No haberlo dejado a la vista de todos.

Ádriel

¡Déjalo! Es mi casa, dejo las cosas donde me da la gana.

Alexis

Pues así te pasa. Tendrás que venir aquí y llevarme a rastras hasta la buhardilla.

Ádriel

Ya estoy dentro de la cama. Si no créeme que iría y te arrancaría de allí.

Alexis

Entonces seguiré haciendo puzle, abuela.

Ádriel

¡De eso nada, chiquitín!

Alexis

Vieja.

Ádriel

Enano.

Alexis

Anciana.

Ádriel

Bebé.

Alexis

Tú ganas… Me iré arriba.