Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 9
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Capítulo 9

Entraste en mi vida en tiempos de

blanco y negro a darle color. […]

Es que tú me complementas. […]

Eres la calma en medio de todas mis tormentas.

Cosculluela, O’Neill, Kendo Kaponi

Hay veces que las cosas tienden a salir mal, otras que se juntan varias cosas que hacen que la principal y más importante salga mal.

Otras veces, las cosas están destinadas al fracaso, otras salen mal por toda la presión a la que nos vemos sometidos y todo el sobreesfuerzo que hacemos.

El caso es que cuando algo tiene que salir mal, da igual cuánto lo intentes, que saldrá mal.

Mi alarma sonó y dio por finalizadas mis horas de sueño.

Gruñí, me estiré y suspiré. Togo se subió a la cama de un salto y acercó su rostro al mío para lamerlo.

Escondí mi cara entre mis brazos, pero logró encontrar un resquicio en mi fortaleza por el que colar su húmeda lengua y chuparme el pómulo.

Togo escuchó mis quejidos, pero le importaron más bien poco.

Remoloneé en la cama más de lo que acostumbraba, pero mi paz fue destruida por el sonido de la voz de Angelito, que comenzó a llamarme.

Me tomé unos segundos para recordar que aquel lunes estaría conmigo hasta que llegara Gelo de trabajar, pues no tenía colegio.

Salí de la cama seguida por Togo, subí las persianas y miré el horizonte.

Me encantaban las vistas desde mi habitación.

No tener casas tras la nuestra era una maravilla.

Se veía la bruma que casi siempre nos saluda por las mañanas, los árboles verdes, las montañas llenas de vegetación no muy lejos de nosotros, ganado por doquier en la falda de la montaña.

«Ojalá se pudiera ver también el mar desde aquí».

¿Cómo pude estar tantos años lejos de esto?

Observé el cielo, plagado de nubes claras con diferentes formas, y agradecí que no fuera a hacer un calor abrasador.

Angelito me llamó por segunda vez y, con un suspiro, me alejé de la ventana para encaminarme a su habitación, donde me esperaba Angelito tumbado en su cama.

Tenía carita de niño bueno con esos ojos oscuros tan grandes y expresivos y esa sonrisa perenne que solía alegrarnos a todos.

Me acerqué al borde de su cama y no dudé en dejarme caer a su lado.

Poco duró el crío tumbado, pues comenzó a saltar a mi alrededor.

Tras una hora de juego en la cama, le propuse desayunar.

Preparé el desayuno con su ayuda, lo que provocó que la cocina quedara hecha un desastre.

Parecía que nos habíamos estado tirando comida el uno a otro en vez de preparar comida.

Me di cuenta según íbamos en el coche camino a Finca Deva de que Angelito tenía un día raro.

Quizás le afectó no seguir su rutina. «Ojalá hoy sea uno de esos días en que Gelo llega antes de lo habitual para así poder encerrarme en mi habitación cuanto antes».

Quizá ese fue uno de los motivos por los que todo empezó a torcerse.

El crío no dejaba de hablar —más de lo habitual, quiero decir— y para cuando llegamos a Finca Deva ya me había puesto la cabeza como un bombo.

Ambos éramos de rutinas, y ese día todas estaban siendo ignoradas.

Una vez allí noté que mi paciencia mermaba a pasos agigantados.

Me sentí mal por no saber ser más tolerante con él, por no poder dar más de mí. Por no poder ser lo que yo quería ser.

Mientras preparaba los comederos con la ración de pienso para cada uno de los caballos, Angelito, que jugaba a lo loco, estampó su pequeño cuerpo contra el cubo de salvado que cayó y se desperdigó por el suelo. Mi poca capacidad de autocontrol se esfumó.

—¡Joder, Angelito!

Me sentí fatal en el instante en que las palabras salieron de mi boca. Angelito se quedó petrificado en su sitio, me pidió perdón y sus ojos comenzaron a humedecerse. Aquello hizo que me sintiera peor aún. Le abracé y pedí perdón.

Cuando pensé que el peor momento de estrés había pasado, me llamó el distribuidor de pellets de alfalfa para decirme que mi pedido iba en camino, adelantándose dos días.

Me dejó dos palés de alfalfa en la puerta de la nave y se piró, dejándome a mí con Angelito y un cabreo monumental anidando en mi interior.

Normalmente venía otro repartidor, mucho más amable, que me dejaba los palés dentro.

El crío no paró quieto mientras yo llevaba sacos de alfalfa en la carretilla e intentaba no tropezar con Angelito y las cosas que dejó por el suelo.

Una de las veces, la carretilla se torció, no la pude enderezar y los cuatro sacos de alfalfa terminaron en el suelo.

Me comí el grito y las palabrotas que estaban en la punta de mi lengua.

En su lugar, me puse a tararear mi canción favorita para intentar bajar mis humos y que las lágrimas de impotencia que empezaron a acumularse en mis ojos se disiparan.

Me quería largar, dejar al crío en alguna habitación lejos de mí y poder recuperar mi serenidad.

Terminé el trabajo extenuada, mi cuerpo y mi mente no daban más de sí.

Al llegar a casa, me coloqué uno de mis cascos inalámbricos disimuladamente y me puse mi lista de reproducción favorita. Tarareé, concentrándome en las canciones mientras cocinaba y Angelito veía un rato su serie favorita.

Miré de más mi reloj de pulsera y conté los minutos para que Gelo entrara por la puerta de casa.

Dieron las cuatro, y las cuatro y media, y él no aparecía, y yo cada vez necesitaba alejarme más del crío.

Mi humor empeoró a cada minuto que se retrasó Gelo y para cuando este entró por la puerta quise lanzarle a su hijo y encerrarme en la habitación.

Pero mi mejor amigo llegó con un humor de perros.

Nunca le había visto tan mosqueado. Le escuché mientras echaba humo por mis orejas y quise desahogarme como él lo hacía conmigo.

Se tiró en el sofá y desde allí buscó mis ojos.

En cuanto nuestras miradas conectaron, reparó en cómo estaban los ánimos en casa.

—¿Por qué no has llamado a mi madre? —inquirió Gelo.

—Háblame bien. ¡No tengo la culpa de que tengas un jefe gilipollas! —grité y elevé mis brazos mientras escupía cada palabra.

—Joder, Ari. Aquí parece que solo tú puedes tener un mal día.

—No es eso —siseé—. Pero joder, hoy ha sido demasiado, Gelo.

—Si te sientes sobrepasada, avísala.

—No sé, Gelo. No sé por qué no la he avisado.

—De mis ojos empezaron a brotar lágrimas de impotencia que ni siquiera intenté frenar, dejándolas correr por mi rostro—.

No soy buena tía. Soy un puto caos. Esto me está sobrepasando…

No puedo más. —Cada vez veía más grave, más caótico y peor el día que pasé con Angelito.

—Avisa. —Fue todo lo que dijo Gelo aún tirado en el sofá.

Un principio de enfado comenzó a burbujear en mi interior queriendo llegar a la superficie. Cerré las manos en puños, clavándome las uñas, y gruñí.

Gritarnos palabras sin pensar era nuestra mejor habilidad.

Echarnos cosas en cara sin apenas pensar en lo que decíamos, era nuestro movimiento estrella.

¿Y ese día que los dos habíamos superado el umbral de la paciencia?

Ese día fue una catástrofe. Hui en mitad de la pelea porque no sabía cómo gestionar más problemas, y me encerré en mi habitación.

Abrí la ventana y dejé que el aire nuevo entrara en mi espacio.

Apoyé mis palmas en el alfeizar, me asomé y me quedé embobada mirando el paisaje frente a mí.

No hizo mucho, pero al menos algo me sosegué.

Gelo tocó a mi puerta al cabo de casi media hora. Me acerqué a ella dispuesta a abrir, pero él comenzó a hablar.

—Lo siento, Ari… Yo… Nos vamos al parque, ¿vale? —Su voz sonó rígida—. Vamos a dejarte tu espacio y la casa vacía para ti.

No contesté y cuando escuché la puerta de la calle cerrarse, tomé una de las decisiones más duras que he tomado hasta la fecha: me largaba de casa.

Cogí algo de ropa que metí en una bolsa, comida para Togo, su correa y lo cargué todo en el coche.

Busqué una hoja, un boli y le dejé a Gelo la nota pegada en la puerta de madera de la entrada:

Me he ido a casa de Ainhoa. Necesito pensar y estar tranquila unos días.

Os quiero.

Ari.

Me sentí la peor aprendiz de madre del mundo, a pesar de que no quería ser una.

Yo solo quería ser de ayuda para Gelo. Me quedaba grande el puesto.

Me sentí también la peor tía del mundo por las contestaciones que di tanto al crío a lo largo del día como a Gelo.

Me sentí culpable por no haber aguantado, porque querer a Angelito no fue suficiente para poder gestionar toda su energía.

Al entrar en el coche estallé en llanto.

Cuando llegué a casa de Ainhoa, esta me llevó al sofá, donde me hice una bolita a su lado.

Cuando pasó su brazo por encima de mi cuerpo, se me encogió el corazón y rompí a llorar.

Sentí que se me estaba yendo de las manos, que no sabía cómo gestionar la situación para intentar mejorarla.

—Mierda, si es que la he cagado, Ainho —gimoteé—. No tenía que haberme ido. ¿Cómo le voy a explicar esto al crío? ¿Cómo se lo va a explicar Gelo? —Entré en pánico por mi decisión. Me sentí pequeña y llena de arrepentimiento.

—Ari, no puedes vivir con ese estrés para siempre. Tienes que aprender a gestionarlo. Y si no eres capaz, tal vez no deberías vivir con ellos. Quizás puedas pasar a diario a verles o a comer con ellos, pero tener tu propio espacio.

—Necesito tiempo. Es lo único que tengo claro.

Me acurruqué más contra el cuerpo de mi mejor amiga, buscando calmarme.

Lunes, 19 de agosto. Seis y siete de la tarde.

Alexis

¿Estás bien? Ángel me ha dicho que te has ido de casa.

Ádriel

Sí, bueno… Es largo.

Alexis

Cuando quieras.

No le contesté. Bloqueé el móvil e intenté centrarme en las caricias que Ainhoa me daba.

Era todo lo que necesitaba. Gelo me escribió casi a la hora de la cena para saber cómo estaba.

Me dijo que me quería y me pidió perdón por hablarme mal.

Le dije que todo pasaría y también le pedí perdón.

Mi poca paciencia siempre me pasaba factura.

Martes, 20 de agosto. Doce y veintitrés de la madrugada.

Ádriel

Mañana voy a tener agujetas de tanto reírme contigo. Gracias por hacerme dejar de pensar en toda la movida de Gelo y el crío.

Alexis

Soy feliz viendo reír a mis personas cercanas. Cuando se les queda esa cara de alegría, me gusta saber que soy capaz de hacerles sentir así.

Se me hizo raro despertarme en casa de Ainhoa y desayunar con ella antes de que se fuera a trabajar. Echaba de menos mi rutina, mi casa. Pero no me sentía preparada para volver. Y mientras, Alexis supo darme lo que necesitaba en todo momento: risas a todas horas que hacían más llevaderos esos días.

Mientras estaba en Finca Deva llamaron mis padres y en cuanto mi madre abrió la boca, supe que no debía haber aceptado la llamada.

—Hola, cielo. ¿Cómo estás? Ya nos ha dicho Carmen que te has ido a vivir a casa de Ainhoa. Has hecho muy bien. Es lo que debías haber hecho desde el primer momento.

—Mamá…

—Te lo dijimos, hija, y no nos escuchaste. Ese niño no es problema tuyo. Tirar todo tu futuro por la borda para convertirte en madre cuando ni siquiera es sangre de tu sangre.

—Mamá. —Elevé mi voz para que se callara.

Una pequeña semilla de ira comenzó a echar raíces en mí con cada palabra que pronunció, volviéndose un gran matorral hasta que exploté—.

¡Mamá! ¡No me importa que no sea sangre de mi sangre!

Es una absoluta tontería. Quiero a Gelo como si fuera mi hermano.

Y quiero intentar volver. —Me sinceré bajando el tono de voz—.

Necesito gestionar cómo me siento, así que déjame que te cuente mi versión.

Habría sido mucho mejor si me hubieras llamado y me hubieras preguntado cómo estoy.

¿Por qué te crees que no os lo había contado?

¿Acaso sabes lo destrozada que me siento?

Vomité todo lo que tenía en mis entrañas entre la rabia, el enfado y algo de dolor por no sentirme comprendida.

—Ádriel, cariño, eres joven, tienes una vida brillante esperándote. Has tomado la decisión correcta. Los dos lo pensamos.

Cerré los ojos con fuerza y pasé la mano por mi rostro dejándola sobre mis cejas y apreté los dedos.

Ella no iba a escucharme. No iba a intentar entender mi punto.

Me sentí sola por no contar con su apoyo.

Dejé que mi madre soltara un tedioso monólogo.

Después fue el turno de mi padre. No quería escucharles.

Yo lo que quería era que me escucharan ellos a mí y me consolaran.

Cuando colgué me dejé caer en mitad del prado, llevé las rodillas al pecho y me abracé las piernas.

Escondí el rostro y lloré para desahogarme después de aguantar tantas emociones y rigidez durante la conversación.

Togo se tumbó a mi lado. Incluso algunos de los caballos se acercaron a ver qué nos pasaba, preguntándose por qué estábamos en mitad de la explanada.

Tras olernos un instante, siguieron su camino en busca de pasto o heno, dejándonos a Togo y a mí solos.

Abracé a mi cachorro. No sabía lo que un animal podía crear en mí en momentos tan delicados como aquellos.

Dejé de sentirme sola porque él estaba conmigo.

No era un ser humano, pero a veces no hace falta que alguien te arrope, te mime.

A veces solo es necesaria la figura de un animal tan bonito y puro como Togo.

A veces no hace falta sentir a una persona, sino un alma que te entienda y proteja.