Capítulo 6
Te conocí cuando no lo esperaba.
Fue esa mirada
que descubrí como un tesoro sin igual.
Borja Rubio, Sergio Contreras
Nuestro inquilino se llamaba Alexis y llevaba diez días viviendo sobre nuestras cabezas. Debía admitir que no se le escuchaba. Parecía que nadie vivía allí arriba.
Gelo y el crío durmieron tres noches conmigo, el tiempo que se necesitó para poder despejar un poco la buhardilla para que entrara un colchón en horizontal.
Esas noches, Alexis durmió en la habitación de Gelo y pensé que era cuestión de tiempo que coincidiéramos en alguna estancia de la casa.
La ley de Murphy me decía que o me daba una castaña con la escalera de la buhardilla o me lo comía con patatas tras pasar alguna puerta. Pero aquello no sucedió.
Con Troya casi no hacía progresos por mucho que me esforzaba.
No ayudó el estar sola y sin directrices a seguir; tampoco que mi cabeza me jugara malas pasadas cuando el caballo se movía o respiraba cerca de mí.
Parecía que esa sensación de miedo atroz que me invadía a su lado, en vez de mermar poco a poco, tendía a ir a más.
Mi orgullo, o tal vez la vergüenza, me impidió pedir ayuda, no al menos hasta unas semanas después, cuando supe que se me había ido de las manos.
Ni Gelo ni Ángel entendían ese miedo irracional que me generaba Troya y mi incapacidad de controlarlo a pesar de que lo intentaba.
Gracias a las directrices de Gelo y su padre empecé a trabajar de nuevo con Troya pie a tierra.
Hacía años que había aprendido a amar ese tipo de ejercicios en los que en vez de estar subida sobre el lomo del caballo, ambos caminábamos el uno junto al otro.
Esta técnica genera confianza entre el animal y la persona, y hace que, una vez subida sobre el caballo, ambos sean capaces de leerse las mentes para entenderse con un sonido, un roce, un leve movimiento o cambio de peso.
Con trabajo, dejé de ponerme tan nerviosa cuando se sacudía a mi lado o cuando me daba con su morro pidiendo cariño. Costó, pero lo conseguimos los cuatro juntos. Pero montar aún era un escalón que se encontraba a años luz de alcanzar.
El encargado de proveer de heno a la yeguada estaba enfermo y Gelo, ni corto ni perezoso, le dijo a su padre que él se encargaría de ir con el camión, pues tenía el carnet de conducir correspondiente.
Pretendía hacer más de mil kilómetros en un mismo día con un camión lleno de heno cuando no estaba acostumbrado a conducir semejante bestia de metal.
Y todo porque estaba nervioso por dejarnos solos a Angelito y a mí.
Tuve que pararle los pies y convencerle de que hiciera noche por el camino y regresara con tranquilidad.
Yo también estaba nerviosa por pasar más de veinticuatro horas sola con Angelito, pero nos las arreglaríamos bien solos.
Me las había apañado durante el día para no estrangular al crío en ningún momento.
Ni cuando decidió subirse en una silla y de ahí a la encimera para coger la caja de crispis de una de las repisas más altas.
Ni cuando no dejó de llamar mi atención para que le observara hacer el puente, dar volteretas en el sofá o cómo hacía construcciones con bloques de Lego que él decía que eran castillos.
Ni cuando casi me borró el nombre de las veces que me preguntó a voz en grito cuándo íbamos a comer.
Después de comer le puse la televisión y llamé a Ainhoa para que se pasara un ratito por casa. Necesitaba descansar un poco de An gelito. Era un niño muy movido —¿o tal vez todos los niños de esa edad lo eran?— y yo necesitaba recargar pilas.
Todo iba bien, todo estaba controlado hasta que, entrada la noche y ya sin Ainhoa en casa, senté a Angelito en el borde de la encimera de la cocina a petición suya para que pudiera ver cómo hacía la cena: pizza y embutido.
Cogí un vaso, lo rellené de agua y lo coloqué al lado del crío porque sabía que me lo pediría mientras cocinaba.
No pensé que Angelito lo intentaría coger con torpeza por estar riéndose conmigo mientras yo de espaldas a él buscaba la tabla de cortar.
No pensé que el vaso caería al suelo. Sorprendida por el estallido del frágil cristal contra el suelo, chillé muy alto.
Esperé que no fuera uno de los vasos favoritos de Gelo mientras lo observaba hecho añicos en el suelo.
Mi grito llamó la atención de Alexis. Le escuché correr por la buhardilla, abrir de golpe la puerta principal y buscarnos hasta toparse con nosotros en la cocina.
Togo, a mi lado, ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar y ladrar ante la entrada del chico.
Tras casi tres semanas viviendo bajo el mismo techo, había llegado la hora de conocerle. Y cómo no, no en el mejor momento.
Alexis me habló, pero no escuché absolutamente nada.
Me quedé trabada en su mirada de preocupación, en sus soberbios ojos verdes y dorados, en el piercing que atisbé en su lengua.
Seguí sin prestar atención a las palabras que zarpaban de su garganta mientras continuaba hablándome, pues no podía apartar la vista de su mirada.
La más transparente y mate que he tenido el placer de conocer.
Que te permitía ver de su interior solo lo que él quería mostrar y no lo que en realidad estallaba dentro.
Tenía un algo . Ese algo que no se puede explicar con palabras, que a veces solo tú ves en otra persona y que sabes que la hará especial en algún momento dado aunque no sepas cuándo.
Me obligué a volver al planeta Tierra cuando la mirada preocupada de Alexis no desapareció y continuó hablándome primero, esperando una respuesta después.
—¿Estáis bien? —Tal vez fuera la segunda o tercera vez que me lo preguntaba.
«¿Estáis? ¿De quién habla Alexis? ¿Yo y quién más?
¡Ay, mierda!, ¡Angelito!». Despegué mi mirada del chico, asustada, para mirar al crío y comprobar que estaba bien.
Me sentí la peor tía del mundo por olvidarme del crío por un par de deslumbrantes ojos.
Angelito seguía en el mismo sitio, con gesto compungido. Solté el aire contenido y me relajé.
—Perdona… S-sí… Se nos ha caído… eh… un… un vaso —hablé de manera tan torpe que me di vergüenza a mí misma.
«¿Qué puñetas te pasa, Ádriel?».
Le hice ver al crío que un error lo podía tener cualquiera y no pasaba nada.
En seguida sonrió y pude suspirar aliviada.
Una vez vi que Angelito estaba bien, apoyé mi cuerpo en la encimera junto al crío y me permití contemplar a Alexis.
Ya no nos miraba con ojos preocupados, y dado que yo estaba siendo poco comunicativa, él había encontrado la escoba y el recogedor y se encargaba de quitar los trozos de cristal del suelo.
Aún atontada por su presencia, le observé embelesada sin ser capaz de moverme de mi sitio.
Era guapo, muy guapo. A pesar de que era verano, llevaba un pantalón de chándal largo.
Di por hecho que no estaba acostumbrado a esa humedad suave, liviana y fría que impregna el ambiente todo el año y que es casi imperceptible si vives aquí desde siempre.
Vestía una camiseta blanca sin estampado que dejaba entrever los músculos trabajados de sus brazos y al menos dos tatuajes, uno de ellos colorido, en sus antebrazos.
Un corte de pelo degradado por los laterales, con la raya en el lado derecho y una larga melena peinada hacia atrás, recogida en un apretado moño que favorecía a sus facciones.
Labios rellenos, nariz bonita, cejas pobladas y mandíbula marcada.
Su voz, cuando me volvió a hablar, sonó bonita en mis oídos.
—Ya está —dijo tras pasar el aspirador.
Porque sí, mientras yo le miraba cautivada también pasó el aspirador, por si se hubiera quedado algún trocito de cristal en el suelo. Me llamó la atención lo resuelto que se mostró al arreglar el estropicio en un soplo, sin darle importancia.
—Lo siento. No tenías por qué recogerlo. —Me sonrojé como un tomate—. Yo…
—Está bien así. —El chico le quitó importancia con una medio sonrisa en el rostro que pensé que le favorecía—. Por cierto, no nos hemos presentado. Soy Alexis.
—Ádriel —murmuré pensando aún en su espontáneo y cálido gesto.
Angelito llamó mi atención cuando quiso bajar de la encimera y lo agradecí, pues me sentí un poco torpe con Alexis.
Nunca me había pasado eso de quedarme sin habla.
Quedarme pasmada y observar a una persona de manera tan descarada, sin escuchar siquiera lo que decía.
Dejé al crío en el suelo y este corrió hacia el chico para abrazarlo.
Angelito lo tenía fácil. Yo, por lo visto, me había vuelto gilipollas en su presencia.
Observé cómo Alexis se agachaba y, resuelto, devolvía el abrazo al crío.
No me pasó desapercibido que ambos ya tenían una química particular.
—Oye, gracias por la ayuda, de verdad. Me he quedado en blanco —le dije al chico. Si es que cada cosa desde que se cayó el vaso fue un desastre.
—Ya he visto, ya. Apunta mi número por si me necesitas cuando no esté Ángel.
Arrugué la nariz ante el nombre de mi mejor amigo.
Qué raro que alguien le llamara por su nombre de pila.
Para mí él siempre sería Gelo o Geli, pero no Ángel.
Ese era su padre. Al igual que su abuelo siempre sería Abu Ángel.
Estuve a un paso de abrir la bocaza para corregirle el nombre, pero antes de que pudiera hacerlo mi cerebro cortocircuitó al darse cuenta de otra cosa mucho más importante.
—¿Cómo sabes…? —No terminé la pregunta porque caí en la cuenta—. Él te ha dicho que nos echaras un ojo, ¿verdad? —Rechiné los dientes—. Maldito Gelo —murmuré airada.