Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Entonces has alquilado nuestra casa a un completo desconocido —medité.

—No, que va. Nos hemos conocido en la cola de la panadería.

¡Hostia! Me pasé las manos por el rostro y negué. En otro momento habría roto a reír a carcajadas. Puede que por mi mente pasara esa idea de lo increíble e inaudita que me parecía esa conversación.

—Ah, claro. Es verdad. Ya no es un desconocido. —La ironía rezumó en cada palabra que pronuncié—. ¡Joder, Gelo! Tú y tus ideas de bombero.

—Os caerá bien. Va a trabajar para Íñigo y me ha preguntado cómo llegar a su restaurante. Buscaba alquilar una habitación. Y le he ofrecido nuestra buhardilla.

—¡Pero cómo se te ha ocurrido! ¡Si está llena de cosas viejas! —intervino Ainhoa alucinada.

—Y no hay cocina. —Tuve la necesidad de puntualizar.

—He quedado con él en que si nos ayuda a limpiarlo todo podemos ir a medias con los gastos de casa en vez de cobrarle alquiler.

—Bueno. Llevamos tiempo diciendo que había que limpiar la buhardilla y nunca lo hacemos. —Me encogí de hombros—. Si nos ayudara y luego se fuera ya sería la guinda del pastel.

—No seas mala, Ari. Además, también se encargará de todas las chapuzas de casa. Sabe de albañilería.

—Eso dice. ¿Tú le crees? —Ainhoa se mostró escéptica y se cruzó de brazos con su rostro serio.

—No creo que me mintiera en algo así. Nos daríamos cuenta, ¿no? —Gelo pasó su peso de un pie a otro; comenzaba a no estar seguro.

—Que sepa de albañilería es el único punto a su favor. —Por esa vez, apoyé a Gelo. No porque estuviera del todo de acuerdo, sino por la mirada en su rostro. Me dio pena.

—¿¡Te está convenciendo!? —Ainhoa arrugó el ceño.

—¿Eso quiere decir que te parece bien? —preguntó Gelo.

—No —contesté a ambos—. Pero no has pensado en Angelito, ¿verdad?

—¿Qué le pasa? —Gelo me miró sin entender.

—Tronco, ¡Gelo! —Ainhoa no manejaba bien esas ideas locas que de vez en cuando se apoderaban del cerebro de nuestro mejor amigo—. No puedes ser así de bobo. Te juro que es imposible. Si no te conociera desde hace mil años no me creería estas locuras.

—¡No te metas conmigo, doña pullitas! —saltó Gelo—. Entonces, ¿qué pasa con Angelito?

—Que le vas a meter en casa a un desconocido. Tenemos que tener cuidado con eso. —Remarqué esa última frase para que le calara hondo.

—En eso tienes razón. Si es que… —La voz de Gelo sonó derrotada—. Mierda… —Se pasó las manos por el pelo, alborotándolo.

Miré a Ainhoa antes de hablar. Ella me leyó la mente como tantas otras veces. Cedimos y dejamos de pincharle.

—Vamos a ver qué tal es este chico. Si vemos que molesta o lo que sea, le decimos que se busque otro sitio —propuse.

—Gracias.

—¿Cuándo viene? —se interesó Ainhoa.

—En un rato, supongo. Le he dicho que venga a echar un vistazo e instalarse si quiere.

—¡Mierda! ¿Y dónde va a dormir? —Me alteré al darme cuenta de que allí arriba no había ni siquiera cama—. Espero que no le hayas dicho que tiene cama. Ese colchón tan viejo no lo puede usar.

—Sí. Le dije que tenemos uno viejo y le pareció bien.

—¡Gelo! ¡Por Dios, que ese colchón de muelles tiene más años que tú y yo juntos! Seguro que hasta tiene telarañas y bichos y de todo dentro. ¡Qué asco! —Un escalofrío me recorrió al pensar en ese pobre chico posando su cuerpo encima de ese mugriento colchón.

—¡Se lo dije y le pareció bien! —Me intentó tranquilizar Gelo, cosa que no pasó.

—Con estas idas de olla no sé cómo esperas que no nos metamos contigo —murmuró Ainhoa.

El timbre sonó e interrumpió nuestra cháchara.

—Hablando del rey de Roma —dijo Gelo.

Cogí la mano de Ainhoa y tiré de ella.

—Nosotras te dejamos para que sigas elucubrando tus estrambóticas ideas con tu nuevo amigo.

—Me despedí por las dos. Ainhoa, a mi lado, rio por lo bajini—.

Luego te veo, enano. —Me despedí del crío mientras ambas caminábamos hacia las escaleras y Gelo iba a abrir la puerta—.

Chaval, en menudos marrones me metes —murmuré, tal vez demasiado alto.

—¡Te he oído! ¡Y tú no te rías! —Elevó la voz mi mejor amigo mientras abría la puerta principal—. ¡Hola! Pasa. Disculpa los gritos, son estas dos, que me tienen loquito.

—¡Retira eso! —Me asomé desde lo alto de la escalera a pesar de que sabía que no me podría ver.

—¡Eres tú el que nos tiene locas! ¡Que nos pones la cabeza como un botijo con tus tonterías! —gruñó Ainhoa.

Escuchamos las risas contenidas del chico nuevo y el murmujeo de Gelo, mientras el crío preguntaba qué pasaba y por qué nos gritábamos.

Les dejamos allí a los tres y Ainhoa y yo nos encerramos en mi habitación.

Nos tiramos en la cama, abrimos mi portátil y vimos una película romántica a la que no prestamos mucha atención porque nos dedicamos a divagar sobre cómo sería el chico nuevo.

«¿Se escuchará todo desde ahí arriba? ¿Y eso de compartir baño y cocina?

», «al final seguro que le tenemos todo el día por casa y adiós a la privacidad».

A la hora de acostarme, pensé en el pobre chico que dormiría esa noche entre porquería, muebles viejos y con solo una sábana para separar su cuerpo de ese colchón viejo y mandé un mensaje a Gelo.

Lunes, 15 de julio. Diez de la noche.

Ádriel

Dile al nuevo que duerma en tu colchón esta noche. Me está dando yuyu que duerma en esa reliquia.

Gelo

¿Y yo?

Ádriel

Conmigo. Trae la cama de Angelito porque seguro que quiere dormir con nosotros esta noche. Y dile a este chico que mañana se compre un colchón de verdad.

Gelo

Te quiero, niñita. Si es que eres lo mejor.

Angelito entró en mi habitación y detrás de él, mi mejor amigo que arrastraba el colchón de su hijo.

—Oye… ¿El chico va a estar entrando y saliendo por la puerta principal? ¿O usará la trampilla? —Me sentí en la necesidad de saciar mi curiosidad.

—Le he dicho que use lo que quiera —contestó Gelo mientras colocaba el colchón del crío.

—Pues que tenga cuidado si baja por la trampilla. Que ya estoy viendo que se nos cae un día encima o nos atiza un hostiazo con la escalera. —No pude evitar carcajearme imaginándome el momento.

—¡Ari, esa boca!, que está aquí Angelito.

—Perdona, cariño. —Miré al crío—. Borra de tu mente mi frase, pequeñajo.

El crío se limitó a asentir, estaba enfrascado en cada detalle de mi habitación. Cuando este se durmió, busqué una película para ver con Gelo y pillar el sueño.

Necesitaba mi espacio a solas, pero compartirlo en determinados momentos con ellos era especial. Una sensación entrañable me rodeaba cuando les veía a los dos el uno junto al otro.