Capítulo 5
Por dentro me estaba ahogando
quise llegar a la orilla
y cuando menos lo esperaba, fuiste tú mi salvavidas.
Me estaba desesperando,
no encontraba la salida.
Entonces tú me enseñaste a no sufrir por tonterías.
Lérica
Llevábamos casi cuatro meses viviendo los tres juntos.
Los comentarios de la gente conocida del pueblo acerca de la hermosa familia que formábamos Gelo, el crío y yo fueron a más, lo cual me agobiaba y hacía que mi mente a veces colapsara.
Todos pensaban que éramos una familia de tres.
¿Para qué rebatirlo? Ya tenían una idea de nosotros, no la cambiarían.
Hacía dos meses que habíamos adoptado a un gran cachorro cruce de pastor del Cáucaso de seis meses, Togo.
Hacía un mes y medio que nos habíamos propuesto ordenar y limpiar la enorme buhardilla, pero nunca encontrábamos el momento.
Hacía tres semanas que Angelito dormía en su habitación, aunque me constaba que algunas noches terminaba en la de Gelo.
Y hacía dos semanas que me estaba volviendo loca.
La mayoría de los días, en algún momento, se me hacía complicada la convivencia con el crío.
Cuando me desquiciaba por Angelito, casi siempre me encerraba en mi cuarto, encendía mi portátil, ponía algo de rap —uno de mis géneros favoritos— y escribía.
El rap hace que no piense en nada que no sea la letra de las canciones: te hacen reflexionar y a veces ver la vida con otros ojos, al menos las de mis raperos favoritos.
Con unos mensajes que te llegan de verdad, se te incrustan en el corazón y te sacuden la mente.
Cada uno con su estilo hace volar su imaginación y vivencias para enseñarnos mediante sus letras cómo se abren en canal ante nosotros.
Tras poner música solía escribir relatos, canciones e incluso algún que otro poema.
Normalmente, Gelo se acercaba a la habitación cuando Angelito estaba entretenido y hablábamos de lo que me había pasado.
Era cuestión de tiempo adaptarme a estar con un niño de cuatro años todo el día.
Hasta que ese momento llegase, tendría que lidiar con mi estrés.
Aquella tarde de viernes, Gelo se acercó a mi habitación y entró sin llamar. Se sentó en mi cama e hicimos contacto visual.
—Ari, podemos volver con mis padres.
—No. Yo quiero vivir con vosotros.
—¿No te das cuenta de que eres una cabezota? ¿Y si por esto nos acabamos separando? —preguntó Gelo frustrado. Le miré sin entender—. Estás forzándote a estar en una situación que no es cómoda para ti. Se te ha metido entre ceja y ceja y…
—Tú harías lo mismo por mí —le corté—. Me acostumbraré, como tú también lo harías.
—He convivido con este chaval desde que nació, e incluso yo también me desespero, aunque no te lo creas. ¿Pero tú, a qué precio…?
—Si en algún momento necesito huir más lejos o quedarme sola, te avisaré —le volví a cortar.
Me gustaba la familia, o el intento de ella, que éramos. Quería luchar por ella costase lo que costase.
Mis padres siguieron sin estar de acuerdo con mi nueva vida.
Y así me lo hacían ver cada vez que hablábamos y les contaba algo no tan bueno sobre mi convivencia con el crío.
«No tienes por qué vivir así, Ádriel», «no es tu guerra», «te estás complicando la vida», «recapacita, por favor, y sal de esa casa».
Y así llamada tras llamada. Al final dejé de contarles cómo me sentía.
No quería que me intentaran convencer de irme de allí.
Quería su apoyo incondicional, aunque ellos creyeran que me equivocaba.
Por otro lado, Finca Deva era pan comido.
Troya, sin embargo, no lo era tanto. Habíamos avanzado mucho juntos hasta que me caí dos veces de su grupa.
La primera por ir sin montura; me pegué un buen leñazo del que solo quedaron leves raspones en mis codos para corroborarlo —la mayor herida quedó dentro de mi cabeza—.
La segunda, Troya se tropezó y, en un intento de reequilibrarse, cayó al suelo conmigo encima.
Aplastó con su cuerpo mi pierna derecha, la que después pisó mientras se levantaba sin esmero.
Por poco hunde uno de sus cascos en mi mano, pero la aparté tan deprisa como el shock me permitió.
Calmé a Troya y me volví a subir a pesar de que la pierna me dolía horrores.
Cuando caes de un caballo dicen que debes volverte a subir inmediatamente para no cogerle miedo, para hacerle ver que no ha sucedido nada malo.
Conmigo no funcionó. El miedo nunca se fue, se quedó en un recoveco de mi mente sin ser consciente de ello.
Otra herida interna que sumar, una desconfianza irracional hacia Troya.
Cuando a la tarde siguiente fui a montar, no pude, no logré acercarme a él.
Me mantuve a una distancia prudencial, pues temía que pudiera volver a lastimarme.
Esas no fueron mis primeras caídas sobre un caballo, pero me hicieron perder la confianza en Troya.
Gelo me intentó ayudar a perder el miedo, pero al final decidimos que debía darme un tiempo y trabajar desde el suelo con el caballo hasta que se me quitara el temor sin sentido a estar muy cerca de él.
Mi recelo no mejoró ni un poquito durante las siguientes semanas, y por ello me enfadé conmigo misma.
Llegaba a Finca Deva tranquila. Si cogía la cabezada de cuadra todo iba bien, pero cuando me acercaba a él, cualquier movimiento que hacía me asustaba como para provocar que mi corazón latiera frenético y que yo literalmente corriera y me alejara del caballo.
Una vez a una distancia prudencial, me calmaba.
Y así constantemente. No me entendía a mí misma.
No sabía cómo ayudarme a quitarme ese miedo tan irracional e incomprensible.
Me encantaba sentirme en casa. No sabía lo mucho que había añorado mi pueblo hasta que volví para quedarme.
Mis únicas espinitas eran Troya y mis abuelos.
Del primero, sabía que con el tiempo volvería a confiar en él.
Y de mis abuelos... No era capaz de pasar por su calle y los recuerdos me inundaban si caminaba por los lugares que habíamos recorrido juntos.
Una tarde, Ainhoa y yo decidimos acercarnos a la playa, que no estaba muy lejos de casa, junto con Togo.
Caminamos por la orilla mojándonos los pies con agua helada mientras el cachorro jugaba con las olas.
Nos acercamos a las rocas y buscamos, como antaño, cangrejos, caracoles y lapas.
Me encantaba volver a sentirme niña. Aún había ciertos momentos en que miraba a la orilla mientras cogía un cangrejo en una de esas porosas rocas llenas de recovecos, y esperaba ver a mis abuelos sonreírme mientras yo les enseñaba el bicho de turno que había recogido con una destreza magistral.
La realidad se burlaba de mí al darme cuenta de que nunca más estarían allí.
Cansadas, nos sentamos en la arena. Togo se tiró a mi lado y llenó mis piernas de tierra mezclada con fría agua salada.
—¿Estás bien con los chicos? Ayer me dijo Gelo que te volviste a encerrar en tu habitación —preguntó mi mejor amiga preocupada y asentí.
—A veces el crío es un poco insoportable, pero al final del día cuando hago balance sigue mereciendo la pena vivir con ellos.
Apoyé mi mejilla en su hombro. Ella pasó su brazo por mi cuerpo y me estrechó.
—Si algún día necesitas salir de allí, vente conmigo. Aunque solo sean unos días, unas semanas, unas horas, lo que necesites.
Asentí contra su hombro y le di las gracias.
A la vuelta, pasamos a por Angelito a casa de Ángel y Carmen, pues Gelo se había ido a hacer la compra —que falta nos hacía si queríamos cenar algo decente y desayunar la mañana siguiente— nada más salir de trabajar.
Al llegar a nuestro adosado, los tres nos fuimos al salón, bajamos algunos puzles para el crío que hicimos entre los tres mientras esperábamos la llegada de su padre.
Togo comenzó a ladrar y supimos que Gelo había llegado.
Mi mejor amigo entró por la puerta de casa con una mueca en el rostro que pretendía ser una sonrisa, cargado con cinco enormes bolsas de la compra.
Las dejó tiradas de cualquier manera en la cocina mientras saludaba al crío y a Togo, que habían corrido a su encuentro.
No sé cómo pudo meter tanto bulto por la puerta de una, pero Gelo tiene ese don.
Ambas saludamos efusivamente al recién llegado acercándonos a la cocina.
—He alquilado la buhardilla. —Sonrió acercándose a mí para besarme la mejilla.
Me quedé estupefacta, tanto que no fui capaz de devolverle el beso. Él no le dio importancia y fue a besar a Ainhoa de manera despreocupada.
—¿Qué has hecho qué? —Mi voz sonó estridente mientras le miraba como si le hubieran salido tres cabezas más.
—Alquilar la buhardilla.
—Eso lo he oído —gruñí.
—¿Entonces por qué preguntas? —preguntó Gelo sin ver el problema mientras comenzaba a colocar la compra.
¿Cómo podía no verlo? Resoplé.
—¿A quién? ¿Por qué? —indagué.
—¿No te parece bien? —Gelo se mostró contrariado.
—No mucho.
—¿Qué esperabas, Gelo? —Ainhoa arrugó su ceño.
Ella solía ser la que intercedía cuando ambos nos peleábamos —que era a menudo—, casi siempre por tonterías. La idea de Gelo fue demasiado. ¿Cómo no se dio cuenta? Que no hubiera caído de inmediato al hacerlo, vale, se lo podía perdonar, pero ¿en ese momento, mientras nos lo contaba?
—Pensaba que te parecería genial. —Me miró—. A las dos, de hecho. —Pasó su mirada de mí a Ainhoa.
—¡Si ni siquiera sé a quién se la has alquilado! —exclamé molesta mientras elevaba mis brazos al aire.
—¡Ah! Si es por la persona, no te preocupes. Es buen tipo.
—¿Un chico? —pregunté con curiosidad.
—Ajá —contestó Gelo terminando de colocar la compra.
—¿Le conocemos alguna al menos? —preguntó Ainhoa cuando vio que yo no decía ni mu.
Gelo se quedó pensativo unos segundos.
—No creo. Ha llegado esta mañana al pueblo.
—¡Madre de Dios! Tú y esas ideas tan… tuyas. ¡La madre que te parió! —exclamó Ainhoa sin dejar de murmurar alterada palabras que no llegué a entender.