Capítulo 4
Esta es mi cárcel, mi prisión de oro, mi nada y todo,
el lugar donde acudo cuando me rompo y me siento solo.
¿Cómo explico al mundo entero el amor que siento por esto?
Tú eres la paz que no encuentro cuando me pierdo entre el resto.
Subze,Lom-C, SHÉ, Blon
La rutina de Finca Deva fue más complicada de lo que en un principio imaginé.
El primer día Ángel me acompañó y enseñó la finca, mi despacho y la nave con el pienso y el forraje.
Me presentó a los cinco caballos que estarían a mi cargo, me explicó las necesidades nutricionales de cada uno de ellos y dejó a mi juicio el ejercicio que debían realizar.
En palabras de Ángel todo parecía muy fácil, pero al llegar al día siguiente, por primera vez yo sola y al cargo de todo, no lo fue tanto.
Había olvidado cómo tratar a los caballos, cómo manejarlos y cómo se comportaban.
Me costó hacerme a ellos y crear un buen organigrama de qué días trabajar con cada uno.
Las primeras semanas fueron una locura. Salía de Finca Deva decaída y sin fuerzas y pensaba que el trabajo me venía grande.
No quise pedir ayuda. Si Ángel creyó que yo sola era capaz de encargarme de esa parte de su yeguada era porque efectivamente, podía con ello. Y lo conseguí.
En ese momento había cinco caballos: dos castaños (Neo y Capri), dos alazanes (Danko y Cuervo) y uno tizón (Troya) en las veinte hectáreas de terreno.
Cada uno tenía un preparado de alimento diferente en función de su conformación y necesidades nutricionales.
Trabajaba en la pista con cada caballo para mantenerlos en forma, cuidaba de su movilidad a diario y valoraba su estado de salud con frecuencia.
Usaba poco el despacho ya que pasaba la mayor parte del tiempo con los caballos, pues quería reconectar con la figura del equino.
Cuando terminaba en Finca Deva acompañaba al veterinario de la yeguada a donde tocara.
De los cinco caballos, el tizón fue el que más llamó mi atención.
Era el más joven según indicaban sus dientes.
Al resto se les veía tranquilos, muy trabajados, merecidamente jubilados, pero Troya tenía mucha energía y un carácter esquivo.
Un comportamiento que no había visto nunca en ningún caballo de la yeguada de Ángel.
Ese caballo era diferente. Quise preguntarle varias veces por su historia, pero me liaba a hablar con él de otros temas y lo acababa olvidando.
Así fue hasta que un sábado por la mañana, con el cielo despejado de nubes, apareció en Finca Deva Ángel mientras yo preparaba la comida del día siguiente.
—¿Cómo te apañas? —preguntó Ángel.
—Desde hace unos días, bien.
—Sabía que no llamarías para pedir ayuda. Como también sabía que en unas semanas lo tendrías aprendido al dedillo —confirmó, sintiéndose orgulloso de mí.
—Cuestión de práctica, supongo. —Me encogí de hombros. Ya no tenía que consultar a diario qué comía cada uno o si tenía alguna lesión que debía trabajar—. ¿Qué haces aquí?
—Vengo de la yeguada. Quería hablarte de Troya.
Me explicó que Troya no pertenecía a su yeguada, como ya sospechaba.
Lo aceptó porque no quiso mirar para otro lado.
Era quedarse con él o venderlo a un tratante, en el mejor de los casos.
Por lo que le contaron, era un caballo cabezota y con genio, raudo y con mucha chispa.
No supieron cómo hacerse con él. En ese momento tenía trece años y llevaba muchos traumas a su espalda, muchas capas de miedo que debíamos intentar retirar poco a poco.
Sin prisa, sin dar un paso en falso, con confianza, creando lazos nuevos, unos inquebrantables para el resto de nuestras vidas juntos.
Ángel era consciente de que bajo ese carácter huidizo e inseguro que mostraba había un caballo bueno, cariñoso, noble y valiente.
Quería que yo también lo viera, que Troya volviera a ser caballo; mi caballo.
Abracé a Ángel mientras daba saltitos de alegría y este no pudo evitar reír.
Me explicó cómo trabajar con Troya y me pidió que le trabajara, que disfrutara de rehabilitarle y formar parte de la vida de un equino tan brillante.
Y mientras él hablaba y hablaba no dejé de sonreír.
Siempre quise un caballo. ¿Que venía con taras?
No me importaba. Vi la oportunidad que tenía de demostrarle a Troya que el ser humano es bueno, de enseñarle que podía volver a confiar y dejar las inseguridades atrás.
Aquel día, pude comprobar que Troya se mostraba esquivo en cuanto te veía con la cabezada en la mano, pero que si no llevabas nada a la vista, se acercaba para pedir caricias en su testuz.
Sus dos personalidades parecían estar en constante lucha.
Me quedé más tiempo del que solía en Finca Deva para observar a Troya, dándome cuenta por primera vez de todo lo que su cuerpo contaba sobre su historia.
Su espalda, algo ensillada; sus músculos rígidos en todo momento, que hacían sus pisadas algo diferentes a las del resto; sus ollares siempre abiertos; mandíbula tensa; su cuello tieso que le hacía dar tropiezos y la cabeza por encima de su cruz, como un suricata.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Mi mente no dejaba de pensar en el caballo, en todo lo que le quería demostrar.
Quería que confiara ciegamente en mí tal y como yo esperaba confiar en él.
Aspiraba a borrar todas sus malas experiencias con el ser humano y reemplazarlas por otras agradables conmigo.
Pretendía enseñarle a amar el contacto y las caricias.
Deseaba que disfrutara de mi cercanía en su manada como sabía que yo iba a disfrutar de la suya.
Llevaba dos semanas y media trabajando con Troya a fuego y solía llegar a casa reventada de todo el ajetreo del día.
A veces Angelito recargaba mis pilas. Otras me absorbía la poca energía que me quedaba.
Cuando Gelo le llevaba a dormir, yo recogía la mesa y me dejaba caer en el sofá.
No podía con mi alma. Aun así me sentía plena, tenía a mis dos mejores amigos a diario junto a mí, tenía a Angelito y tenía a Troya. ¿Podía pedir más?
La gente del pueblo comenzó a disgustarme, pues cada vez que me cruzaba con vecinos de toda la vida, me paraban para sacarme toda la información posible y chismorrear con el resto. Aquel día, me crucé con Paquita, una amiga de mi abuela.
—Hola, Ádriel, hija. ¿Cómo estás? —Se paró a mi lado Paquita.
Contesté de manera evasiva para seguir mi ruta en breve, pues iba justa de tiempo para recoger al crío de la escuela. Aún así, Paquita no se dio por vencida.
—¿Y tus padres? ¿Cómo es que no volvieron contigo? Con lo bonito que es este lugar.
—Sí. Esto es mucho mejor que Madrid.
—Claro. Tú aquí tienes a tu marido y a tu hijo —dijo Paquita. Me tensé. ¿Marido e hijo?—. ¿Dónde les has dejado?
—¿C-cómo? —tartamudeé nerviosa y quise echar a correr.
—A tu abuela le habría encantado veros a los tres juntos. —La voz de Paquita se tiñó con añoro.
Me agobió el solo hecho de que se refiriera a ellos como si fuéramos algo formal. Como si fuera madre. Porque no lo era. Angelito no era mi hijo. Era tía. No estaba preparada para ser madre.
—Ellos… ellos… —Se me trabó la lengua y no supe cómo continuar—. Tengo que irme.
Intenté poner el máximo espacio entre nosotras en el menor tiempo posible. Me estaba ahogando. No era madre, y hablar de mis abuelos dolía.
Los del pueblo nos habían emparejado a Gelo y a mí.
Ya daba igual que desmintiéramos ante cualquiera que no era así, porque el pueblo así lo creía.
Y yo quería encontrar mi propia pareja, enamorarme.
Un compañero de viaje con el que ser y compartir todo lo que sucediera en mi vida.
Lo malo era que si algún día lo encontraba, los pueblerinos de toda la vida, nos mirarían mal a todos los implicados.
Nunca me incomodó el qué dirán, pero tras varios encontronazos y la ansiedad que me produjeron, me empezó a importar.
No quería que mis acciones o decisiones pusieran en mal lugar a Gelo y su familia de cara a los vecinos.