Capítulo 3
No lo quiero perfecto, lo quiero real.
Danny Romero
Cuatro horas y media de viaje, cuatrocientos setenta kilómetros y mucha gasolina gastada; pero por fin estaba en casa.
Aparqué en la entrada del pueblo para poder respirar su aroma, darme una vuelta y estirar las piernas antes de llegar a casa y bajar mis cajas de mudanza.
Me bajé y observé el cielo primaveral de ese día vacío de nubes, cosa rara.
Aspiré fuerte y dejé que la piel se me erizase.
Casa. La poca gente que había fuera de sus hogares paseaba sin prisa alguna hacia sus destinos; qué diferencia con la capital.
Estábamos a pocos días de que el verano entrara en nuestras vidas y a pesar de hacer algo de calor, con la brisilla era muy llevadero, no como el bochorno de Madrid.
Es verdad que muchos dicen que tenemos un microclima por estar en la boca del valle.
Tal vez es parte de lo que hace a mi pueblo tan especial.
Lo volví a descubrir aquella tarde mientras paseaba por sus estrechas calles plagadas de casitas bajas de piedra con terrazas de madera oscura.
Observé todo a mi alrededor e intenté atisbar los cambios en las fachadas o las aceras, buscando cualquier nimiedad.
Algunas casas estaban bien conservadas, otras irreconocibles a como eran años atrás.
Las puertas se mantenían abiertas y dejaban entrar la humedad, la suave brisa primaveral y a cualquier vecino que quisiera.
Caminé hasta que mis pies me llevaron a la puerta de la casa de mis abuelos.
Tragué con fuerza y eché un vistazo al adosado que se erguía frente a mí.
Dos plantas, fachada azul celeste con maderas adornándola, un corredor de madera oscura y cristal resplandeciente.
Un gran cartel: «Se vende», adherido a una de las ventanas bajo el corredor.
Mis padres vendían la casa de mis abuelos a pesar de que yo la quería conservar.
Por un instante, esperé que la puerta se abriera y aparecieran mis abuelos, entusiasmados después de tanto tiempo separados.
La certeza de que eso no iba a suceder me encogió el corazón y apagó mi felicidad casi por completo.
Podría haberles dicho a mis padres que viviría allí en vez de con Gelo, pero no me sentía con ánimo de volver a entrar en ese edificio que se me antojaba desierto y carente de vida en su interior.
Ya no olería a mis abuelos, a casa, a cobijo y protección, a las comidas ricas que preparaba mi abuela con la ayuda eterna de mi abuelo.
Ya no escucharía sus voces, sus risas, ni podría volver a tocarles. Les extrañaba con cada fibra de mi ser.
Toqué la fachada con la palma de mi mano abierta y dejé que el frío de la pared enviara un calambre por todo mi cuerpo.
Cerré los ojos y dejé que los recuerdos me inundaran, permitiéndome ser débil, vulnerable, frágil y llorar.
Quería tenerles de vuelta. Porque fueron únicos.
Porque me criaron. Porque fueron hechos a mi medida, o yo a la suya. Ojalá hubieran sido inmortales.
Tenía pánico de volver a entrar en esa casa y que todos sus recuerdos —sin obviar ni uno solo, ni siquiera el más ínfimo—, me inundaran de golpe y fuera demasiado que soportar para mi integridad mental. Que los recuerdos no me dejaran respirar.
Cuando me calmé, me obligué a separarme de la fachada y a dejar en un huequito de mi mente los recuerdos. Eché un último vistazo a esa casa que un día llegué a adorar y seguí mi camino sin volver la vista atrás ni una sola vez.
Regresé al coche callejeando y puse rumbo a mi nuevo hogar.
Cuando llegué, aparqué delante de la verja que dejaba entrever el interior tras ella y observé la fachada.
Me encantó el color naranja albaricoque con acabados en madera oscura.
Dos pisos y una buhardilla a la cual se accedía mediante una escalera metálica, con una barandilla desconchada que caía por el lateral izquierdo de la fachada delantera.
Un pequeño porche de madera oscura adornando la puerta de entrada.
A su lado, un columpio de jardín de tres plazas.
Tenía pinta de recién desembalado y supe al momento que había sido cosa de Gelo.
Sonreí. Tuve la sensación de que mi vida iba a ser maravillosa en esa casa junto a mi mejor amigo y su hijo.
Me quedé unos minutos en la puerta y respiré hondo.
«Aquí empieza todo, Ari. Bienvenida a tu nueva vida».
Abrí la puerta que daba al jardín, lleno de hierba y pequeñas flores.
No pude evitar sonreír. Ya me podía imaginar allí los fines de semana tumbada en la hierba, con Gelo y Angelito a mi lado, tostándonos al sol.
Con juguetes del crío tirados por todos los rincones del jardín.
«Incluso puedo tener un perro». Siempre lo quise, pero mis padres nunca me dejaron.
La puerta de la casa se abrió y tras ella me recibieron los dos hombres más bonitos del mundo con unas enormes sonrisas.
Les devolví el gesto como acto reflejo. Angelito se retorció en brazos de su padre y en cuanto sus pies tocaron tierra echó a correr hacia mí con los brazos abiertos.
Caí de rodillas al suelo y envolví su pequeño cuerpo en un gran abrazo.
Cuatro años tenía aquel enano. Cerré los ojos y disfruté del momento.
—Bienvenida a casa, Ari —dijo Gelo al llegar a nosotros, uniéndose a nuestro abrazo.
Abrí los ojos y busqué su mirada brillante de color miel y sonreí. Llevaba el pelo pelirrojo y corto, aunque no es su tono natural, él es castaño. Delgado cual espagueti y con un corazón que no le cabe en el pecho.
—Nuestra casa, tía —dijo Angelito, una versión dieciocho años más joven que mi mejor amigo, mientras seguía con sus brazos a mi alrededor.
—Gracias —susurré antes de besar en la frente al crío.
—La familia ya anda preguntando por ti —me dijo Gelo con desgana.
—Tengo muchas ganas de verles —admití a mi amigo.
A él nunca le entusiasmaron las comidas multitudinarias de su familia.
Tal vez porque se crio con ellas, o no necesitaba ese calor que solo una familia te proporciona.
Yo, en cambio, soy ese tipo de persona que necesita muestras de cariño a diario.
El contacto con el ser humano es importante para mí.
Mi abuela me abrazaba y besaba constantemente.
Había cariño por doquier en esa casa. Me solía tumbar en el sofá después de comer, en sus frágiles y arrugadas piernas y ella se pasaba horas masajeando mi cuero cabelludo.
Estoy casi segura de que ella creó esa manera tan peculiar que tengo de necesitar a los demás, a los más importantes, cerca.
Angelito llamó mi atención para que fuera a probar el columpio junto a la entrada, que como sospechaba, hacía pocos días que ha bían comprado y ensamblado. Nos sentamos en él, le abracé y besé su sien. Gelo nos instó a levantarnos y empezar el tour .
La parte del jardín que daba a la calle estaba salvaje: con hierba alta y flores diseminadas silvestres.
A lo loco, sin apenas cuidados, pero precioso.
Al ser un adosado en esquina había jardín por uno de los laterales de la casa que daba a la parte trasera.
El lateral estaba solado con baldosas de gres en color tierra y una barbacoa en la esquina del jardín trasero.
Pedí a los chicos entrar, tenía ganas de conocer nuestra casa por dentro.
La cocina era amplia, rectangular y luminosa por sus cuatro ventanas y la puerta de cristal.
Salimos de la cocina por una gran puerta de madera doble y con forma de arco que daba al salón.
Esa era la estancia más grande de la casa con diferencia.
Enorme, con mucho sitio entre el gran sofá de cuatro plazas, el sillón y la mesa, demasiado grande para los tres.
En la segunda planta, las habitaciones iban una detrás de otra hasta el final del pasillo, donde estaba el baño.
A su lado, en el techo, se situaba el acceso a la buhardilla.
Quise subir a cotillear y me sorprendí de las cosas que había ahí arriba.
Por lo visto, durante años se intentó ordenar.
Incluso los hermanos de Gelo emprendieron un proyecto de hacer en esa parte otra vivienda separada de la principal. Pero todo se quedó en nada.
Entré en la que sería mi habitación seguida de Gelo y el crío. Era muy luminosa, al igual que el resto de la casa. Constaba de unas paredes color violeta, mi color predilecto junto al azul, una cama, un armario empotrado, dos grandes librerías blancas y un escritorio con una silla. Sonreí.
—Me encanta. —Me acerqué a las librerías y deslicé mis dedos por las baldas—. Gracias por pintar la habitación de violeta —dije y Gelo me sonrió.
Tras ver mi habitación fuimos a la de mi amigo, donde hasta nueva orden también dormiría Angelito.
Era igual de grande que la mía, con su armario y un escritorio, pero las paredes eran en tono azulado, su favorito.
Y la última, la habitación de Angelito. Llena de juguetes, con un somier que tocaba el suelo y sobre él una cama.
Gelo me contó que al cambiar de casa, el crío quiso volver a dormir con él.
«Los cambios son así», me dijo, y yo solo pude asentir y creerle a pies juntillas porque no tenía ni idea de qué hablaba.
Sería mi primera vez conviviendo con un niño.
Mis padres pensaban que estaba chalada, y yo que era algo que necesitaba hacer.
Un extenso y tierno sentimiento de unidad familiar tiraba de mí diciéndome que era lo correcto.
Ainhoa no tardó en llegar a nuestra casa.
Vivía muy cerca con su novio, Julio, a quien todos llamábamos Juli.
No era santo de mi devoción, pero llevaban juntos cinco años y había aprendido a tolerarle.
Juli era soso, aburrido y a pesar de los años que habían pasado y de las veces que habíamos intentado incluirlo en nuestro círculo, él había pasado.
Ainhoa corrió hacia mí y nos abrazamos mientras ambas dábamos saltitos.
Había olvidado que era casi tan alta como Gelo.
Llevaba sus rizos café recogidos en una coleta, algo que era casi siempre así desde su adolescencia.
Miré sus ojos amarronados y encontré en ellos la misma felicidad que yo sentía.
Lo primero que saqué de las cajas fueron mi portátil y todo mi montón de libros, que Gelo y Ainhoa me ayudaron a colocar por autor.
—Mañana me paso por la tienda y te compro otra librería —dijo Gelo tras colocar el último libro y llenar las dos estanterías.
Me adapté rápido a la rutina de casa. Angelito iba a clase cuatro veces a la semana, de lunes a jueves, y pasaba las mañanas de los viernes con Carmen, la madre de Gelo.
Por las tardes, a veces íbamos al parque, algunas nos quedábamos en casa y otras los mayores nos dedicábamos a perseguir al crío mientras este montaba en bici por las calles del pueblo.
Llamaba a mis padres casi a diario, aunque no solían cogerme el teléfono a la primera.
Les echaba de menos a pesar de que cuando vivíamos juntos, no les veía apenas.
Pasaban mucho tiempo en el hospital. Solían dejar un hueco muy grande de cariño y mimos que encontraba en la familia de Gelo y en mis amigos.
La rutina en Finca Deva fue otra historia mucho más compleja. Y aprender a convivir con el crío fue una asignatura que por aquel entonces suspendía. A menudo me sentí muy perdida.