Capítulo 2 #2
Ángel también quería que trabajara junto al veterinario de la yeguada para empaparme bien de toda su sabiduría y que el día de mañana, cuando él se jubilara, pudiera ser tan buena como él y encargarme yo de los caballos en la finca.
Me encantó cada palabra que pronunció, que se mostrara tan entusiasmado con su nuevo proyecto y que pensara que yo podía encajar.
Echaba de menos a la familia de Gelo, aunque nunca admitiría que creía necesitarles más que a la mía propia.
Mis padres se esforzaron para que no me faltara de nada.
Pero se les olvidó que no todo es el dinero o la Medicina.
También estaban los cumpleaños todos juntos, un sábado por la mañana de desayuno familiar con churros y chocolate, ver una película en el sofá los tres.
Y en esa parte no estuvieron. Por suerte, mis abuelos paternos, que fueron unos padres para mí, y la familia de Gelo cubrieron esas carencias.
Gelo me volvió a llamar. No hacía ni dos minutos que había colgado a su padre y ya me reclamaba.
Fijo que escuchó a escondidas la conversación que mantuvimos.
Observé el móvil vibrar en mi mano temblorosa.
Quería pensar. No quería hablar con él. Pero descolgué porque sabía que él necesitaba hablar y no dejaría de insistir.
—¿Y? ¿Qué te parece? ¿Qué le has dicho a mi padre? —preguntó mi mejor amigo de manera atropellada y en mis labios asomó un amago de sonrisa.
—Estoy… Tengo demasiadas cosas en la cabeza.
—Habla conmigo —me pidió.
Me negué al principio, pero cuando insistió, me sinceré. Él no se mostró imparcial, como era de esperar, pues me quería junto a ellos dos. Toda su familia lo hacía. Mis padres… Mi problema era enfrentarme a ellos. Decirles que quería volver a casa.
Tras hablar con Gelo me sentí fuerte y cuando llegué a casa, —aproveché que, como pocas veces pasaba, estaban en casa— y les conté sobre aquella llamada de Ángel.
—¿Y dónde vas a vivir? —Fue lo primero que preguntó mi padre, interesándose por saber si había pensado en algún otro beneficio más allá de volver a Cantabria. Porque allí ya no había nada «nuestro».
No tenía ni idea. Tras hablarlo los tres, mis padres admitieron que les parecía una muy buena oportunidad de crecer como veterinaria.
Sé que les costó manifestarse de manera imparcial.
Me querían cerca a pesar de que apenas nos veíamos.
Como condición, querían que tuviera claro cómo iba a ser mi vida a partir de aquel momento.
Dónde viviría, cuánto cobraría, cuáles serían exactamente mis obligaciones, etc.
Y una vez tuviera todas las respuestas y encajara todas las piezas, podría tomar una decisión.
Me pareció justo. Si no fuera por mis padres, tras hablar con Gelo habría llamado a Ángel para aceptar el trabajo sin pensar en nada más que estar cerca de mi mejor amigo y que la humedad de Cantabria volviera a formar parte de mi día a día.
Dos semanas me llevó organizar mi futuro.
Dos semanas de locura en las que mi corazón latió desbocado solo de pensar en volver a tener a Gelo, Angelito y Ainhoa a mi lado.
Cuidaría a los caballos jubilados y seguiría aprendiendo veterinaria equina junto al veterinario de la yeguada.
Sobre la incógnita de dónde viviría, los padres de Gelo me ofrecieron el adosado que fue de sus abuelos hasta que compraron otra casa en mitad del pueblo, sin escaleras y más grande para albergar a la extensa familia y sus reuniones.
Sus abuelos no querían alquilar la casa a desconocidos y tras años deshabitada se iba a empezar a deteriorar a pasos agigantados.
Las casas están hechas para albergar vida en su interior, para criar hijos y formar familias.
No están diseñadas para pasar años abandonadas, con la sola compañía de pequeños bichos entre sus paredes.
Acepté la proposición de los padres con una única condición: no lo pensé mucho antes de llamar a Gelo y pedirle que se vinieran él y Angelito a vivir conmigo.
Tal vez fue una locura, una gran locura.
Gelo se mostró reticente, pues Angelito era solo su responsabilidad.
Él lo sentía así, pero siempre habíamos sido los dos contra las adversidades y aquello no iba a ser distinto.
Se lo hice ver y me comprendió, o tal vez no lo hizo del todo, pero le gustó la idea de independizarse con su hijo y vivir conmigo.
Mis padres no lo entendieron y no aceptaron mi decisión.
No entendían que yo quisiera a ese crío porque era hijo de Gelo.
Hablamos mucho del tema, a veces a gritos, otras calmados.
Aun así, no entendieron ni compartieron mi punto de vista.
Creyeron que cometía un error y se encargarían de recordármelo a menudo para que no lo olvidara.
Esperé a que todo en la finca estuviera construido, a que mis padres se hicieran a la idea, y también a hacerme a la idea yo, ya que cuando me marché de mi pueblo hacía apenas tres semanas que mi abuelo paterno había fallecido.
Mi abuela, cuatro meses antes. ¿Por qué las personas más importantes de tu infancia, de tu vida entera, no pueden ser eternas?
¿Por qué los abuelos no pueden serlo? ¿Por qué debemos lidiar con la muerte a tan temprana edad?
Nadie está preparado para perder a un ser querido, pero me atrevo a decir que, a perder un buen abuelo, mucho menos.
Me quedé en Madrid hasta recibir la videollamada de Gelo y ver con mis propios ojos que ya estaba todo listo en Finca Deva, que fue como bautizamos al recinto, en honor a ese río en el que tantos veranos nos bañamos de pequeños.
Gelo limpió a conciencia el adosado de sus abuelos con ayuda de sus hermanos, llevó los muebles y electrodomésticos indispensables, tres camas y ya estaba todo listo para que nos mudáramos.
Estaba nerviosa por los cambios, pues estos nunca han sido mi fuerte ni mucho menos.
Gelo insistió en cada maldita llamada en si estaba segura de querer vivir con ellos, en todo lo que eso supondría.
Yo le oí, pero no le escuché. Estaba tomando la decisión que debía, Gelo habría hecho lo mismo.
Cuando Gelo se dio cuenta de que no me iba a echar atrás, que mi cabezonería no me dejaba ver más allá del metro de distancia y que viviríamos los tres juntos, reiteró infinitas veces que debía avisarle a la mínima en que sintiera que Angelito era demasiado para mí. Dije que sí a pesar de ser mentira.