Capítulo 2
Vida, eres preciosa, pues solo eres una. [...]
Me das más miedo cuando acabas con seres queridos
que cuando pienso que algún día lo harás conmigo.
Durante tu existencia plantearás mil batallas. [...]
Nadie sale vivo de ti, eso te da sentido.
Subze, ZPU, Muerdo
Gelo me volvió a llamar. Era la tercera vez que lo hacía en media hora.
Las dos anteriores las había rechazado, pues habría estado feo ausentarme de la sala donde ejercía de veterinaria.
En aquel momento estaba en mi descanso, pero mi jefa no permitía el uso del teléfono durante la jornada laboral excepto por una emergencia.
Me mordí el labio, indecisa y terminé por aceptar la llamada.
—Espero que sea importante, porque te prometo que si no, Gelo… —gruñí en cuanto descolgó.
—Empezar por un: «¡Hola, Gelo!, ¿cómo estás?», habría estado mejor.
La voz de mi mejor amigo sonó risueña y llena de humor al otro lado de la línea. No pude evitar maldecir su peculiar carácter jovial.
—¡Estoy trabajando! —le recordé por millonésima vez en lo que iba de semana—. Venga, dime, rápido. O te cuelgo.
—Vale, Ari. Vale… —Gelo usó el nombre cariñoso con el que suele acortar mi nombre y dejó pasar unos segundos, que se me antojaron eternos, antes de volver a hablar. Resoplé irritada—. Mi padre ha hablado conmigo.
—¿Y? —le apremié—. De verdad que no tengo todo el día, Gelo.
—Te llamará hoy. Le he dicho que lo haga a partir de las ocho, cuando salgas de trabajar.
—¿Entonces por qué me llamas? —gruñí frustrada mientras me pasaba la mano por el rostro. ¡Por Dios!
—No podía esperar.
Y entonces, mientras yo le gritaba que iba a colgar, me soltó la bomba. Puso mi mundo patas arriba y me hizo elegir entre seguir en la clínica o atender a lo que más me gusta en el mundo desde la adolescencia: los caballos.
Consiguió que el resto de la tarde pasara lenta y metiera la pata un millar de veces.
No podía dejar de dar vueltas a lo que me acababa de decir.
Tenía la oportunidad de volver a Cantabria.
A mi casa, mi tierra, con el trabajo que soñé desde siempre.
Pero si lo hacía, dejaría a mis padres, mi única familia viva de sangre, en Madrid.
¿Sería correcto irme y dejarles en la capital cuando ellos cambiaron de ciudad por mí, para que no estuviera sola mientras estudiaba Veterinaria?
Gelo y yo habíamos sido uña y carne durante años y tuvimos claro que estudiaríamos juntos en Madrid.
Teníamos planes. Su carrera, ADE, de cuatro años; la mía, de cinco.
Él trabajaría ese año hasta que yo terminara el grado en veterinaria y luego buscaríamos un piso, seguramente en Madrid, para vivir juntos.
Intentamos convencer a Ainhoa, nuestra mejor amiga, para que se viniera con nosotros, pero se negó.
Le gustaba demasiado nuestro pueblo como para cambiarlo por la gran ciudad.
No obstante, el destino es caprichoso y lo pudimos comprobar en nuestras propias carnes.
La novia de Gelo, Laura, se quedó embarazada y nuestros planes quedaron relegados al sueño de lo que un día quisimos.
Ella no quería un hijo, se sentía demasiado joven para ser madre.
Por el contrario, Gelo lo tuvo muy claro desde que vio en la fotografía las dos rayitas del predictor: iba a ser papá.
Sus padres vinieron a su rescate cuando nació su hijo Angelito.
No hubo dudas sobre el nombre del niño, pues había la costumbre en su familia de que el primogénito se llamase Ángel.
Como su padre, como su abuelo, como su bisabuelo, como él.
Y Gelo no iba a ser quien terminara con dicha tradición.
Laura abandonó el hospital y dejó a su hijo solo en la habitación.
Cuando Gelo volvió de la cafetería no encontró ni rastro de ella.
Aquello le hundió. No fue justo que Gelo tuviera que crecer tan deprisa, madurar cuando se vio siendo padre soltero con dieciocho.
Pero muchas de las cosas que suceden en la vida no lo son.
Angelito era una preciosidad. Supe nada más verle que estaría siempre en su vida.
Que le cuidaría, que arrimaría el hombro junto a Gelo para criarle, que ayudaría en todo lo que pudiera para que no notara nunca la ausencia de su madre biológica.
Algo parecido le sucedió a Ainhoa cuando le conoció.
Por ello, lo primero que hice al salir del hospital fue tatuarme el nombre del crío y su fecha de nacimiento.
Aquel tatuaje era el recordatorio de esa personita que siempre podría contar conmigo.
Mis padres no estuvieron de acuerdo con cada decisión que tomé tras saber de la huida de Laura, pero no me importó.
Ellos pensaban que yo era demasiado joven.
«Tan joven como Gelo», les dije. Entonces se desató el caos en mi casa por unos días.
Mis padres gritaban que el bebé era problema de Gelo.
Que iba a malgastar mis años de juventud.
Que no iba a llegar a lo más alto por aquel chico y aquel crío.
No escuché nada. Yo sabía que tenía que estar para mi amigo, esa familia por elección que hacía años conformaba mi vida.
Sentirme joven e inexperta en el campo de la maternidad no fue un impedimento.
Gelo dejó de estudiar a pesar de la insistencia de sus padres y volvió a Cantabria con ellos.
Quería ejercer de padre. Su decisión no fue de mi agrado.
No le quería lejos de mí ni que renunciara a seguir formándose, pero lo acepté porque entendí su punto: su hijo de tres kilos y medio era lo más importante en ese momento.
Cuando se marcharon Gelo y Angelito, dejaron un vacío que no supe llenar si no era con ellos; por eso fui a verles todo lo a menudo que pude.
Los padres de Gelo tardaron un año en hacer que Gelo recapacitara y asumiera que debía seguir con la carrera para darle un buen futuro a su hijo.
Un año que estuvimos separados. El primero desde que nos hicimos íntimos.
Nos llamábamos cada noche al menos diez minutos, pero no era lo mismo.
Necesitábamos escuchar nuestras risas reales y vernos el rostro para saber con una mirada cómo nos encontrábamos.
Y yo necesitaba ver a ese bebé que era mitad él.
Entre Gelo y yo siempre ha habido algo especial.
Una química diferente a la que he experimentado con los demás.
Le he sentido parte de mi sangre casi desde que comenzamos a intimar.
Cuando terminamos de estudiar el grado, ambos el mismo año, él volvió a casa de sus padres, no quería estar lejos de Angelito. Yo me quedé en Madrid con mi familia. Me costó tomar la decisión. Pero creí que debía quedarme con ellos, se lo debía.
Veía Madrid demasiado ruidosa, grande, con edificios excesivamente altos que no dejaban ver el cielo. Todo lo contrario a mi pueblo. Pequeño, con casitas bajas, aroma a humedad, hierba y campo. Lo extrañaba, y sin Gelo a mi lado, en la mayor ciudad de España solo tenía a mis padres.
Y entonces esa llamada. Primero la de Gelo, después la de su padre, Ángel, para proponerme volver a casa.
Era como una hija para él y me quería cerca de casa.
Por ello, me ofreció dirigir su nuevo proyecto.
Pensé que estaba loco por confiar en mí, pero me hizo entender que su proyecto estaba hecho para mí.
Ángel quería que me encargara de cuidar, mantener —y curar cuando hiciera falta— a los caballos jubilados de su yeguada.
La yeguada de Ángel era especial. Criaba caballos porque es su pasión desde niño.
Buscaba buenas casas para ellos y pedía saber en todo momento dónde se encontraban.
Quería buenas familias que los fueran a tratar como merecían toda su vida, pero la realidad es que pocas personas cuidan de sus caballos hasta el final de sus días, pues los tratan como objetos.
Los venden o se deshacen de ellos cuando no les sirven, cuando se hartan de mantener un animal que cuesta mucho y usan poco.
Por eso, Ángel pedía que se le avisara cuando no les pudieran o quisieran mantener más por cualesquiera que fueran los motivos.
No quería que terminaran desamparados en ningún momento.
Eran sus caballos. No quería que los jubilados pasaran sus últimos años de cualquier manera o que fueran de un tratante a otro.
Yo sería la encargada de proporcionarles calidad de vida a esos caballos que habían sido montados durante años y que habían alcanzado su merecido descanso.
Varios dueños habían llamado a Ángel con pocas semanas de diferencia para donarle sus caballos y él se dio cuenta de que no tenía instalaciones suficientes para ellos en su yeguada.
Una noche dándole vueltas junto a su mujer y sus cuatro hijos, surgió la idea de utilizar la finca de veinte hectáreas, que no explotaban, para los jubilados.
Planearon construir un refugio para los équidos, una pequeña nave para pienso y forraje y una modesta construcción con baño y una sala como despacho.
Pero les faltaba lo principal: alguien de confianza y con los conocimientos necesarios que se encargara de los caballos.
Ángel pensó en mí. Lo hizo porque cuando Gelo me llevó por primera vez a la yeguada y vi un caballo en el mismo espacio que yo, cuando toqué su testuz por primera vez, el mundo cambió para mí.
Descubrí un universo nuevo en el que los caballos son mágicos y pueden curar tu alma.
Donde la naturaleza junto a ellos es mucho más bonita, plena y alucinante.