Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)…
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Capítulo 1
Quién me lo iba a decir, que viajando
me encontrara allí contigo,
que nuestros cuerpos se alinearan con el frío. [...]
Esto es una aventura. Que nadie lo revele,
tus dedos ya caminan por mi espalda.
Galvan Real
Se marchó. Se marchó sin mirar atrás. Me borró de su vida. Como si fuera lápiz y él goma. Todo acabado, olvidado.
Atesoro en lo más profundo todos esos poderosos sentimientos que él despertaba en mí.
Toda esa revolución de intensas sensaciones, vivas emociones e irrefrenables sentimientos.
Ese amor que lo absorbía todo. Era mi maldita droga.
No podía dejar de hablar con él si no era porque me quedaba dormida con su voz llenando el silencio, retumbando en la habitación.
Con un mensaje de buenas noches mientras mis párpados se cerraban para no volverse a abrir hasta la mañana siguiente.
¿Cómo puede ser que algo tan real no lo fuera?
¿Cómo puede ser que algo tan intenso, tan emotivo y tan bonito tuviera fin?
¿Cómo puede ser que nuestro amor no fuera infinito, para siempre, eterno?
Siempre quería más de él.
Un amor inmarcesible. Irremplazable. Único. Que quemara.
Tatué en mi retina su sonrisa de dientes torcidos, su característico brillo en los ojos.
Grabé en mi mente nuestros momentos de risas, su aroma, su olor tras fumar un cigarro, sus palabras, sus gestos cariñosos, la melodía de su voz, el mimo con el que me quitaba la ropa, cómo se me aceleraba el pulso con él a mi lado, el cariño con que besaba mi piel desnuda.
Lo grabé todo a fuego para no olvidarlo jamás. Para recordarlo el resto de mi vida.
Éramos cristal de Murano. Frágiles, bellos, tan únicos.
Pensé en escribir para aliviar mi mente, pero no me atreví a poner mis sentimientos, mi roto corazón, sobre un papel. En su lugar, dejé que mi mente cobrara vida y pensara. Mentí al mundo. Me mostré fuerte mientras por dentro todo caía y quedaba destrozado.
Como si un fuego hubiera esquilmado todo.
No quedó nada.
Mis sentimientos se hacían más fuertes cada día que pasaba cerca de él, envolviéndolo todo. Y sabía que me metía en un callejón sin salida, pero elegí abandonarme en él, de su mano. Porque no podía parar, porque contra el amor no se puede, no se debe luchar.
Él era todo bondad, con sus más y sus menos, pero nadie lo valoró nunca.
Todos daban por hecho que siempre estaría allí y no lo cuidaron ni mimaron.
No hicieron que quisiera permanecer con ellos.
Nadie se percató de lo roto que estaba por dentro, de lo mucho que pedía ayuda sin palabras.
Nadie dedicó tiempo a conocer a ese chico que había ido de un lado a otro toda su vida, sin conocer un hogar, un refugio.
Nadie atisbó al crío en su interior con ganas de ser atendido y mimado.
Con ganas de ser niño otra vez; uno con una infancia totalmente distinta.
Con un futuro distinto. Un niño que se atrevía a soñar.
Tan diferentes.
Él tan suyo.
Yo tan mía.
Y aun así teníamos un punto donde nos encontrábamos. Siempre lo hallamos.
Éramos empalagosos. Todo el día juntos, pegados, rozándonos al pasar cerca, besándonos, hablándonos con cariño. Como si uno fuera la prolongación del otro. Dos mentes, un cuerpo, un corazón. Juntos. Éramos uno solo.
Él paró mi mundo.
Y se marchó.
Es hora de contar nuestra historia.