Capítulo 41
El concierto de esa noche fue todo un éxito y, desde ese momento, todo fue rodado. Liam continuó con nosotros durante todo el mes, trabajando por las mañanas de manera online mientras yo ensayaba con la orquesta.
Los primeros días lo hizo con Ethan a su lado, pero, después de un tiempo, fue el propio niño el que le pidió volver a la guardería. Hablé con él y le dije que no se tomara en serio los comentarios de Sandra, que gastaba bromas de ese tipo a todo el mundo, pero sin mala intención.
A partir de ese día, dejaba al niño en la guardería cuando me iba a los ensayos y él lo recogía antes de comer, pues le gustaba que comiera con nosotros.
Se le había metido en la cabeza que el niño se quedaba con hambre con el menú que le servían.
No entendía que nuestro hijo, simplemente, disfrutaba comiendo.
Esa noche era nuestro último concierto en San Francisco, pero Richard me dijo que tenía que comentarme algo que estaba seguro de que me iba a gustar. Las críticas sobre mi trabajo eran buenísimas y, esa noche, volvería a contar con todos los míos en el patio de butacas.
Llegaron el día anterior y, como en la otra ocasión en la que estuvieron aquí, se distribuyeron de la misma manera. Entre Richard y Mike saltaban las chispas y, por mucho que ellos lo negaran, se notaba a leguas que el amor había surgido entre ambos.
No sabía si lo decían por la distancia o porque realmente todavía no se habían dado cuenta, pero pensaba averiguarlo en cuanto tuviera la ocasión de hablar con mi amigo a solas.
Desde que conoció a Richard, era más difícil pasar un ratito los dos solos que aprobar unas oposiciones de notaría. No se separaban ni con agua caliente.
Tal y como esperábamos, ese concierto fue un éxito rotundo, con todo el patio de butacas en pie. No tendría vida para agradecerle a Richard todo lo que había hecho por mí. Cuando me levanté para reunirme con mis compañeros de la orquesta, las lágrimas caían por mis mejillas sin remedio.
Eran lágrimas de alegría, pero también de emoción, porque me había costado mucho llegar hasta aquí, mucho dolor y mucha incertidumbre. Sin embargo, todo lo que había tenido que pasar había merecido la pena si el resultado era este.
Pero la noche me tenía preparadas muchas más sorpresas. En cuanto salimos, Richard nos dijo que nos íbamos a un restaurante en el que había reservado un salón para todos nosotros, porque había que celebrar nuestro triunfo.
Liam dijo que él no podía estar allí sin nuestro hijo y, en realidad, yo tampoco, por lo que le pidió a la chica que cuidaba de nuestro niño que lo metiera en su cochecito tal y como estuviera y que tomara un taxi hasta donde estábamos, que nosotros nos haríamos cargo del trayecto.
Llegamos al restaurante y Richard tomó la palabra, dejando la copa que llevaba en la mano encima de la mesa.
—En primer lugar, me gustaría agradecerle a toda mi orquesta el éxito que hemos obtenido en esta gira, pero tengo una cosa que contaros.
—Que sea buena, por favor.
—Buena, no, es la mejor del mundo. Ha contactado con nosotros el propietario de uno de los mejores teatros de Nueva York y nos ha ofrecido un contrato por cinco años para tres espectáculos diferentes. He dicho que sí.
El murmullo fue general, y las sonrisas de Liam y de Mike decían mucho más de lo que podíamos imaginar. Hubo gente que dijo que no podía marcharse, que sus hijos tenían sus vidas hechas en San Francisco, y ellos serían los que continuarían con la orquesta y los conciertos en la ciudad.
Richard les prometió que buscaría los componentes que faltaran para completar la orquesta, pero que él no se quedaría allí, que quería buscarse una casita en Nueva York para cambiar de aires.
Justo cuando terminó de decir eso y nos sentamos a cenar, un chico se subió al escenario y cogió el micro para empezar a cantar una canción melódica que hablaba de amor. Liam me miraba, nervioso, pero supuse que era por la alegría de que volvíamos a casa. Me equivocaba.
En el momento en el que ese chico terminó la canción, vi cómo Liam se levantaba de la mesa y se acercaba para quitarle el micrófono. Tragó saliva y me miró. Con una sonrisa en los labios, me hizo un gesto para que me acercara.
—Venga, chica, que estás entortada —me dijo Mike, sonriendo.
—Amiga, no lo hagas esperar mucho, a ver si se va a arrepentir —me gritó Oliver desde el otro extremo de la mesa.
Me levanté, sonriendo, pero nerviosa, y caminé hasta ponerme a su lado.
—Lakisha, hemos pasado por muchos momentos malos hasta llegar aquí.
—Ni que lo digas, chico.
—Pero doy por bueno todo lo que hemos pasado si el final es el que espero. Te quiero desde el primer momento en el que nos cruzamos, aunque me ha costado mucho verlo…
—Te ha costado todo, amigo —dijo Oliver desde la mesa, provocando la risa de todos.
—Oliver, calla ya y deja que termine el chico, o me estoy viendo que nos vamos a tener que ir de aquí para el aeropuerto —le increpó Mike desde su sitio.
—Bueno, no doy más rodeos. Lakisha, ¿quieres ser mi mujer y formar conmigo esa familia que tanto deseo?
—¡Dile que sí! —escuché la voz de Charlotte, que estaba allí también a través de la pantalla del móvil de mi madre, que no había dudado en llamarla.
—Sí, quiero, hoy y siempre.
Liam sacó una cajita del bolsillo, me puso el anillo en el dedo y nos besamos delante de todos. Mi madre fue la primera en levantarse para abrazarnos y darnos la enhorabuena, y detrás vino mi padre, pero no lo hizo en son de paz.
—Liam, te voy a dar la oportunidad de hacer feliz a mi hija y a mi nieto, pero, en el momento en el que vea que mi hija suelta una lágrima por tu culpa, te corto los huevos.
—No te preocupes, Sean. Me ha costado tanto llegar hasta aquí que la tendré entre algodones. Ella y mi hijo son mi vida entera. Se acabó poner el trabajo por delante de mi familia. Ellos han venido a hacerme entender que tenía que cambiar mis prioridades.
—En ese caso, bienvenido a la familia.
Los días siguientes fueron un caos en todos los sentidos.
Liam decía que se quería casar en esa ciudad para que estuvieran todos mis compañeros con nosotros.
Volvió loco a Richard para que consiguiera los permisos necesarios y pudiéramos hacerlo en el teatro en el que habíamos conseguido tantos éxitos.
Mientras él preparaba todo lo relacionado con la ceremonia, mis amigas y mi madre me ayudaron a buscar un vestido de novia. La cosa estaba complicada porque, normalmente, las novias tenían, al menos, seis meses para buscarlo y yo no tenía ni seis días.
En una de las tiendas de novia me dijeron que tenían vestidos de otras temporadas a la venta, pero a mí me daba igual. No iba a ir con el catálogo de la firma en la mano para que todo el mundo viera si era de este año o no. Lo importante era encontrar uno que me gustara.
Y lo encontré. Era precioso, con mangas de gasa y cuerpo de sirena, y me quedaba como un guante.
La chica que me atendió, que era muy simpática, al contarle mi historia, me dijo que ella me regalaba los zapatos y el tocado.
Lloró lo más grande cuando le expliqué que, por salvarle la vida a mi chico, casi pierdo la mía.
Y había llegado el día de la boda. El teatro estaba adornado de una forma muy especial, con un arco de flores justo en el mismo lugar en el que había estado situado mi piano durante todo ese mes.
Fue mi padre el encargado de llevarme hasta el altar, donde me esperaban Liam y Charlotte, que ejerció de madrina. Mi hijo era el que llevaba los anillos, pero esta vez lo hizo andando, no en el carrito como en la renovación de los votos de mis padres.
La ceremonia fue de lo más emotiva porque, uno a uno, fueron subiendo todos mis compañeros de la orquesta hasta terminar de formarse por completo, y fueron ellos los que se encargaron de poner la banda sonora de nuestra boda.
—Lakisha, yo te quiero a ti como mi esposa y prometo acompañarte durante toda la vida y hacerte feliz hasta mi último suspiro.
—Liam, yo te quiero a ti como mi marido y prometo acompañarte durante toda la vida y no permitir que dejes de hacerme feliz hasta tu último suspiro.
En ese momento, las lágrimas de emoción se mezclaron con las risas, pues todos estallaron en una carcajada. No me pude reprimir, era superior a mí gastarle esa broma.