Epílogo
Diez años después…
En estos diez años que habían pasado desde que nos dimos el «sí, quiero» en el teatro de San Francisco, habían ocurrido muchas cosas, algunas realmente sorprendentes, como mi triunfo como pianista.
Ahora ya tenía cuarenta años, pero todavía continuaba encima de un escenario, aunque en menos ocasiones que antaño, pues mi vida también había cambiado. Pero será mejor que empiece por el principio.
Cuando volvimos de San Francisco a Nueva York, nos instalamos en la casa de Liam, que era mucho más grande que la mía, pero pronto se nos quedó pequeña. Por eso, decidimos dejarla y nos compramos una mucho más grande en la urbanización en la que vivían mis padres.
Justo el día en el que Ethan cumplía tres añitos, me enteré de que estaba de nuevo embarazada. En esta ocasión vinieron mellizos, un niño y una niña. El niño se llamó Liam, como su padre, y la niña Charlotte, como la que se había portado con ellos como una abuela más.
Quise ponerle Clothilde, pero mi madre no me lo permitió. Decía que era un nombre muy feo para una niña tan bonita y me convenció para que se llamara como mi segunda madre. En el momento en el que se lo dijimos, lloró como una niña pequeña.
Para nosotros no era una persona del servicio, era familia.
De hecho, cuando nos mudamos de casa, Liam contrató a más gente, ya que la casa era muy grande, y le dijo que ya era hora de que soltara el mandil para descansar.
Pero no se estaba quieta: si no estaba dando órdenes en la cocina, estaba cuidando de los niños.
Mi marido decía que se había convertido en el ama de llaves de toda la familia, pero con los tintes mandones de una madre antigua, porque no os podéis imaginar las broncas que nos echaba a los dos cuando discutíamos por algo.
Liam había decidido venderle su ático a Richard, que se instaló definitivamente en Nueva York por amor, como él solía decir. Con el tiempo, Richard y Mike se dieron cuenta de que no podían vivir el uno sin el otro y terminaron por claudicar ante el amor.
Se habían casado hacía cinco años y eran padres de una niña preciosa. ¿A que no sabéis de quién era esa niña? Efectivamente, habéis acertado, era la hija de Jules y de Sam.
Desgraciadamente, Jules se volvió loca cuando se enteró de que Liam había descubierto todo su plan y abandonó a la niña en el hospital, no sin antes intentar matarla. Afortunadamente, no lo consiguió, aunque la pequeña estuvo durante muchos meses en cuidados intensivos.
Fue el investigador privado el que averiguó qué había sucedido con la niña después de su nacimiento y dónde se encontraba. Gracias a él supimos que seguía ingresada en el hospital, recuperándose de todo lo que había sufrido.
Mike y Richard fueron a conocerla y, en cuanto la vieron, se enamoraron de ella. Además de ser una luchadora y una guerrera, aquella niña tenía una mirada tan limpia y bonita que era imposible no hacerlo.
Jules terminó quitándose la vida en el centro de salud mental en el que la ingresaron y Sam renunció legalmente a la niña, por lo que los trámites de adopción fueron mucho más rápidos de lo que esperaban.
La pequeña se llamaba como yo, ya que sus padres decidieron que no podía tener otro nombre más que el de la persona que había sido la causante de su amor, pues, gracias a mí, se habían conocido.
Con respecto a los amigos de Liam, al final fueron sentenciados a muchos años de cárcel, pues lo que mi marido había descubierto era tan solo la punta del iceberg. Consiguió que le devolvieran el dinero, pero Liam lo destinó a obras sociales.
Oliver y Mary también seguían juntos, aunque ellos no se habían casado ni tenían hijos. Decían que estaban muy bien así y que preferían viajar y disfrutar juntos, que no sentían la necesidad de ser padres para sentirse completos o realizados, y era respetable.
Miranda encontró el amor en el hospital, en un médico que entró nuevo a sustituir a Rick, el pediatra que intentó que Mike volviera a ocultarse.
En cuanto se enteró de que él tenía una relación con Richard, no paraba de insistir en que lo dejara, que él hablaría con su mujer, pero mi amigo no le creyó, aparte de que estaba profundamente enamorado de su chico.
Después de ver que no lo conseguiría, pidió el traslado a otro hospital y ahí fue cuando llegó Kiram, un escocés que le quitó el sentido a mi amiga. Lo que empezó siendo una bonita amistad terminó en un amor de lo más intenso.
Dos meses después de empezar la relación, se fueron a vivir juntos y, un año después, ya tenían en el mundo a su pequeño Sean, del que mi padre era padrino.
No se habían vuelto a separar y justo hoy nos íbamos a reunir para celebrar el nacimiento de su segunda hija, Sophie, que había nacido hacía dos meses.
—Venga, chicos, que al final llegaremos tarde —les dijo Liam a nuestros hijos.
—Papá, mi hermana dice que ella no va con ese vestido, que no podrá correr ni jugar sin que se le parta —dijo nuestro hijo Ethan.
—Charlotte, ¿puedes venir y decirme qué es lo que te ocurre con la ropa? —le pregunté.
—Mami, mira el vestido que me ha dicho la abuela que me ponga. Si me pone un lacito más, me confunden con uno de los regalos que ponen debajo del árbol de Navidad del Rockefeller Center.
Cuando me di la vuelta y la vi, tuve que aguantarme la risa, porque la niña tenía toda la razón del mundo. Ese vestido se lo había regalado mi madre hacía unos años, pero de cachondeo, porque, si mi hija odiaba algo en la vida, era precisamente ese tipo de vestidos.
—Cariño, pero si estás preciosa —le dijo Charlotte.
—Sí, sí, guapísima estoy, vamos. Mamá, por lo que tú más quieras, quítame esto, que voy a ser el hazmerreír de toda la fiesta y los niños son muy crueles.
Su padre no pudo aguantar la carcajada que le salió, porque mi hija, en ese sentido, era igual que yo. Bueno, en ese y en todos, porque, si Ethan era igual que su padre, la niña era una fotocopia mía. Liam Junior era una mezcla de los dos, tanto en el físico como en la forma de ser.
Acompañé a mi hija a su habitación y la ayudé a quitarse ese vestido para darle un pantalón de vestir y un jersey de cuello a la caja, además de unas botas de pelitos, que hicieron las delicias de mi hija.
Sabía que esto traería cola y que Charlotte me diría que la niña hacía con nosotros lo que quería, pero es que, en esta ocasión, tenía toda la razón del mundo.
Si le hubiera dicho que no, que tenía que ir vestida así, mi hija no me lo rebatiría, aunque estuviera enfadada todo el día. Pero no me parecía justo para ella.
Una vez que llegamos hasta la casa en la que vivían Miranda y Kiram, mis hijos salieron corriendo a buscar a sus primos, que era como llamaban a los hijos de nuestros amigos, mientras que mi marido y yo nos paramos a la entrada del jardín.
—¿Te imaginaste alguna vez algo así? —me preguntó mi marido.
—¿Así cómo?
—Tan felices, cumpliendo tu sueño de ser pianista y con estos hijos tan bonitos que tenemos.
—Pues tengo que ser sincera y no es que lo imaginara, pero sí que lo había soñado muchas veces, cada vez que me cruzaba contigo por el pasillo del instituto, aunque nunca pensé que lo lograría.
—Nos cruzamos cuando nos teníamos que cruzar, ni antes ni después.
—Eso pienso yo. La vida de cada persona está escrita desde el mismo momento en el que venimos al mundo y, por mucho que queramos, las cosas suceden cuando tienen que suceder.
Liam me echó el brazo por el hombro y me pegó a él, dándome un beso en los labios que me supo a poco, la verdad. Tenía algo que contarle, pero no sabía ni cómo hacerlo ni cómo le iba a sentar, sobre todo por la edad que teníamos.
Como ya he dicho antes, ahora tan solo tocaba en contadas ocasiones, pero dirigía el conservatorio de la ciudad desde hacía cuatro años, pues dejar a los niños cuando tenía que tocar lejos de Nueva York cada vez me costaba más.
Estábamos así, acaramelados y hablando, cuando Mike, que era como el quinientos uno, el oportuno, se dirigió a mí desde la otra punta del jardín y casi me caigo de culo.
—¿Vais a quedaros ahí mucho tiempo entre confidencias? Veo que ya le has dicho que vais a aumentar la familia.
—¿Qué está diciendo Mike? ¿En serio ha sabido él antes que yo que estás embarazada?
—Liam, yo…
Mi marido empezó a reírse a carcajadas y yo no sabía el motivo de esas risas, de verdad que no, y estaba cabreándome más por cada segundo que pasaba.
—¿Te pensabas que no lo sabía?
—¿Cómo te has enterado?
—Creo que lo he hecho incluso antes que tú. Conozco cada centímetro de tu cuerpo y sé los cambios que se producen en él cuando estás embarazada. Tan solo estaba esperando a que me lo dijeras.
—¿Es cierto que vais a ser padres de nuevo? —preguntó mi madre, que vino corriendo.
—Tan solo si nuestro destino quiere, mamá.