Capítulo 40
Al final, mis padres dijeron que se quedaban con el niño para que nosotros pudiéramos hablar con tranquilidad.
Teníamos mucho tiempo por delante, ya que Liam me había dicho que se quedaría todo el mes con nosotros, hasta que terminaran todos los conciertos que teníamos contratados, pero, cuanto antes lo hiciéramos, mucho mejor.
Richard nos dijo que no nos preocupáramos por la cena, que él se encargaría de pedirla a uno de los restaurantes a los que solía acudir cuando no le apetecía cocinar y que la tendríamos en el apartamento a las seis y media.
—Si no te parece mal, mientras viene la cena, me voy a dar una ducha y a ponerme cómodo —me dijo Liam.
—Claro, yo lo haré en el baño de la habitación del niño. Así, cuando salgamos, podemos llamar a Charlotte.
—Si te apetece, podemos compartir la ducha…
—Sigue soñando, chaval.
Entré en la ducha con una sonrisa en los labios, porque Liam seguía teniendo ese poder sobre mí. Era cierto que me apetecía muchísimo compartir esa ducha con él, pero no lo haría hasta que tuviera muchas de las cosas que tenía pendientes lo suficientemente claras como para dejarme llevar de nuevo.
Salí de la ducha y me vestí en la habitación de mi hijo. Había elegido unos pantalones de algodón estrechos y una camiseta de manga corta, ambos de color gris, aunque la camiseta era más clarita que los pantalones. Y mis calcetines gordos, esos no podían faltar.
No había cogido una camiseta de manga larga porque la calefacción del edificio era comunitaria y estaba a máxima potencia. Según Richard, la ponía así porque detestaba el frío y tener que ir revestido por casa, y al resto, con ponernos menos ropa o prendas más finas, nos bastaba.
Al salir de la habitación, me di de frente con Liam, que llevaba un pantalón finito, caído sobre sus caderas, y estaba poniéndose una camiseta sin mangas. El simple hecho de verlo así, con el pecho al descubierto, hizo que me entrara un calor que no era ni medio normal.
Liam se dio cuenta y pintó una sonrisa en sus labios, de lo más pícara, por cierto. Se acercó hasta donde estaba y me agarró por la cintura, dejándome un beso en la parte posterior del cuello que provocó que se me erizara toda la piel desde las orejas hasta el dedo gordo del pie.
—Me encanta saber que sigo provocando todas estas cosas en ti, porque tú lo haces en mí multiplicado por mil.
—Eso no significa nada, Liam, tengo mucho dolor en el corazón.
—Uno que yo me encargaré de borrar a besos.
—Mejor que lo hagas con palabras, pero que sean ciertas. No quiero más mentiras, ni siquiera medias verdades. Prefiero una verdad que duela que un embuste.
—Te prometo que así será. Tengo tanto que contarte…
—Tenemos tiempo hasta que llegue la cena. Ven, vamos a sentarnos.
—Sí, será mejor que hablemos nosotros antes de llamar a Charlotte, porque, como lo hagamos y me pregunte si me he abierto a ti, me cuelga de los huevos a través del teléfono.
Sonreí porque algo en mi interior me decía que no me iba a gustar lo que tendría que escuchar, pero, aun así, quería que me contara todo, sin dejarse nada. Por eso, le dije que nos sentáramos en el sofá del salón, que nos pusiéramos cómodos y que empezara a hablar.
Me contó absolutamente todo y una rabia me entró por el cuerpo. Os prometo que, si los llego a tener en ese momento delante, los hubiera cogido por el cuello a los tres.
No se trataba de que no me quisieran porque no estuviera a la altura de Liam, ni las secuelas que arrastraba entonces ni mis cicatrices habían sido el motivo, sino el dinero y la ambición. Liam me miró, sin saber cómo iba a reaccionar, pero dejé que continuara hablando.
—Te amo, Lakisha, y lo hago desde que éramos unos niños, aunque me dejara llevar por las opiniones de los que pensaba que eran mis amigos.
—Yo también te amo, Liam, pero no podría aguantar que me partieras de nuevo el corazón.
—Ya los he eliminado de mi vida. De hecho, ambos están detenidos y Jules está en busca y captura.
—Me pregunto qué habrá sido de esa niña, que no tiene culpa de nada.
—Yo también, pero supongo que ella se la habrá llevado adondequiera que haya ido.
—Deberías investigarlo, Liam…
—No me puedo creer que estés pensando lo que estás pensando.
—¿Por qué no? Ella no ha pedido venir al mundo y tengo la sensación de que su madre podría no estar con ella. Es demasiado egocéntrica como para querer hacerse cargo de un bebé.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por supuesto, pero, si no quieres buscarla tú, siempre puedo pedirle a Oliver que lo haga a través de ese investigador que tiene, que, por cierto, debe de ser un genio, a juzgar por lo que ha hecho en tu caso.
—Ni que lo digas. Pero no te preocupes, hablaré con Oliver para que intente localizar a la niña y, de paso, si puede, también a su madre, para que la metan en la cárcel, como a los demás.
Estuvimos hablando un ratito más y, cuando estábamos a punto de besarnos, llamaron a la puerta.
Era el chico del restaurante, que venía a traernos la comida y que, según nos contó mientras Liam le daba una propina, la iba repartiendo por todos los apartamentos de mi familia, pues Richard ya lo había pagado todo.
Antes de cenar, llamamos a Charlotte, que se alegró muchísimo de vernos juntos y bien, aunque el tono que empleaba con Liam no era el mismo de siempre. Era más duro, más serio, y él también lo notó, por lo que no dudó en preguntar.
—Charlotte, ¿no me vas a perdonar nunca?
—Mira, Liam, si Lakisha te ha perdonado, no seré yo menos. Ahora bien, hasta que no vea un anillo en ese dedo y a Ethan reconocido legalmente como hijo tuyo, no volveré a ser la de antes.
—Eso no es justo, porque no depende de mí.
—Claro que depende de ti. Pon los cojones suficientes para volver a reconquistar a esa mujer, lo mismo que los has tenido para otras muchas cosas.
—Te prometo que lo haré y, lo que es mejor, lo conseguiré. Ahora te vamos a cortar la llamada, que tenemos la cena en la mesa y vamos a terminar por comérnosla fría.
—No, hijo, si se queda fría, que sea porque estáis comiendo otra cosa, pero no por mi culpa. Lakisha, cariño, mañana me llamas cuando puedas y estés tranquila, antes del concierto.
—Lo haré, descansa.
—Tú no, mejor que disfrutes.
Soltamos una carcajada al escuchar eso, pero, sobre todo, por el «ojalá» que le salió a Liam sin pensarlo. Nos sentamos a cenar, pero la tensión sexual que había entre nosotros era más que palpable, se podía cortar con un cuchillo.
Me levanté un momento para llevar los platos sucios de la cena y, cuando quise darme cuenta, ya lo tenía detrás. Su olor lo delató, al igual que las manos que sentí en mi cintura y que me hicieron temblar de anticipación.
—No aguanto más, Lakisha. A tomar por culo el postre, que ya me lo comeré más tarde.
—Liam, yo…
No me dio tiempo a decir nada más, pues Liam puso su mano en la parte baja de mi cuello y acercó mi boca a la suya, besándome como tan solo él sabía besarme.
Primero fue un leve roce de labios que se repitió varias veces, hasta que fui a abrir la boca para decir algo y él aprovechó para profundizar el beso.
Sentir sus manos bajo mi camiseta, acariciando y amasando mis pechos, hizo que mi sangre hirviera de deseo. Continuó con sus besos por mi cuello mientras levantaba la camiseta y la sacaba por mi cabeza, para después seguir bajando hasta ellos.
Mientras se deleitaba con mis pechos, llevó una mano por dentro de mi pantalón, directa a mi sexo. Con dos dedos, apartó el tanga a un lado y empezó a acariciarme entre los pliegues, de arriba abajo, provocándome un placer imposible de disimular.
—Me vuelve loco lo receptiva que eres, Lakisha.
—No pares, por lo que tú más quieras.
—No pienso hacerlo. Y no solo ahora, sino durante toda la noche.
Y cumplió su palabra. No solo hizo que llegara al clímax en esa ocasión, sino también cuando me sentó encima de la mesa de la cocina, dejándome completamente desnuda y lanzándose a mi sexo como si estuviera hambriento.
—La mesa de la cocina se hizo para comer, y eso es lo que yo pienso hacer ahora mismo, comerte entera.
De ahí pasamos a la habitación y luego volvimos a hacerlo en la ducha. Cuando cerramos los ojos, ya entraba la claridad por las ventanas.