Si nuestro destino quiere Capítulo 39
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Capítulo 39

Liam

En cuanto Mark entró en mi despacho y vio que Oliver me acompañaba, su semblante cambió de la prepotencia al miedo. Me miró muy serio y no dudó en hablar antes incluso de que lo pudiera acusar de nada.

—No sé qué leches te habrá contado este tío, pero desde ya te digo que es mentira.

—¿Has oído hablar alguna vez de que el culpable tiende a defenderse antes siquiera de que se le acuse de nada?

—Yo no soy culpable de nada, así que no hagas algo de lo que te puedas arrepentir más tarde.

—¿Estás seguro de que me voy a arrepentir? Porque yo creo que no. Es más, creo que, después de tantos años, por fin me voy a sentir liberado.

—¿De qué estás hablando? ¿A qué coño te refieres?

—Mira, lo que tengas que decir se lo vas a decir a un juez. Eso sí, con todo el dinero que me habéis robado, os aconsejaría que busquéis a un buen abogado. Ahora, recoge tus cosas y márchate, estás despedido.

—No me puedes despedir, he hecho mi trabajo a la perfección…

—Tan a la perfección que te has llevado lo que no te correspondía. Y por supuesto que puedo despedirte, de hecho, si en cinco minutos no estás fuera de este edificio, llamaré a seguridad para que te saque.

—No lo harás.

Pulsé mi interfono, concretamente el botón que contactaba con seguridad, y no dudé en pedir que subiera uno de ellos para sacar a Mark de allí.

Es más, entré con él en su despacho para que tan solo pudiera recoger sus efectos personales y bloqueé sus contraseñas para que no tuviera acceso a nada de la empresa.

—Señores, acompañen al señor Lewinski a la salida, por favor.

—Ahora mismo, señor Stone.

—A partir de ahora queda terminantemente prohibido que este caballero entre en ninguna de las instalaciones de la empresa. Si lo hace, el personal que esté trabajando en ese momento será despedido. ¿Ha quedado claro?

—Perfectamente, señor. Se lo comunicaré ahora mismo a mi superior.

—Eso espero.

Una vez que Mark hubo salido de la empresa, no sin protestar y lanzar amenazas hacia mi persona, no le dio tiempo a ir demasiado lejos, pues la policía lo estaba esperando en la recepción, de donde se lo llevaron detenido.

Suponía que Sam había corrido la misma suerte que él, no así Jules, que se lo había montado demasiado bien y continuaba en Los Ángeles. En cuanto tuviera constancia de lo que estaba sucediendo, estaba completamente seguro de que saldría del país con la niña.

Tenía dinero para empezar una nueva vida donde quisiera, pues las cuentas de los paraísos fiscales no podíamos bloquearlas. El dinero era lo que menos me preocupaba, a pesar de que eran cantidades muy elevadas. Lo que más me dolía era la traición de los que consideraba mi familia.

Oliver me contó que Charlotte se había ido a su casa. Al parecer, primero había ido a casa de Lakisha buscando refugio y, como ella ya no estaba, Mike avisó a Oliver. Este le había comentado tiempo atrás que buscaba a alguien para ayudarlo en casa, así que le dijo que la llevara hasta allí.

—Que sepas que a Charlotte te la presto hasta que pueda solucionar todo con Lakisha.

—Lo entiendo, y te propongo una cosa.

—Dime, pero esta vez espero que sea buena.

—Lakisha da un concierto dentro de dos semanas. ¿Serás capaz de aguantar hasta entonces?

—Me costará media vida, pero, si voy a estar arropado por todos vosotros, creo que puedo esperar.

—Entonces, déjame que lo organice todo. Ya te informaré de lo que hayamos planeado.

Os puedo prometer que esas dos semanas fueron las peores de mi vida, sobre todo el día en el que Oliver me dijo que habían quedado todos en casa de los padres de Lakisha para cenar y terminar de organizar todo lo relacionado con la visita a San Francisco.

Debo decir que me trataron mucho mejor de lo que esperaba y de lo que yo lo hubiera hecho si un tío hubiera tratado a mi hija como yo lo había hecho con la suya.

Quedamos en que todos le dirían que no podían asistir por diversos motivos y que el único que acudiría sería Mike.

Yo no tenía ningún problema con eso, entre otras cosas porque a mí no me cogía el teléfono.

El viaje fue de lo más agónico, a pesar de no ser un trayecto demasiado largo, pero a mí me resultó como si hubiera dado la vuelta al mundo.

Mike le había dicho que no fuera a recogerlo, que tomaría un taxi, pero no las tenía yo todas conmigo de que lo hiciera, porque, si algo tenía Lakisha, era que resultaba impredecible.

Llegamos al aeropuerto de destino y, nada más salir por la puerta de llegadas, la vi. Estaba allí, con un hombre que no conocía de nada, pero que la tenía abrazada y le había dado un beso, si no en los labios, muy cerquita de ellos.

No me pude reprimir y me fui hasta donde se encontraban, reprochándole a Lakisha que me hubiera olvidado tan rápidamente. Ella no les dio importancia a mis palabras y se marchó a saludar a todo el mundo, dejándome allí con ese hombre.

—Hola, soy Richard, el productor musical de Lakisha.

—Hola, yo soy Liam, el padre de su hijo.

—No tienes que ponerte a la defensiva conmigo, no tengo ninguna intención sentimental con ella, te lo aseguro.

—Pues no es eso lo que parecía cuando he llegado.

—¿Dices eso porque nos has visto abrazados?

—Y por el beso que he presenciado.

—Ha sido en la mejilla, y sí, me verás muchas veces abrazado a ella, porque es mi amiga y mi confidente, y espero que no te moleste, porque de eso sí que no pienso privarme.

—¿Me estás hablando en serio?

—Completamente. Esa mujer es una gran mujer y continúa enamorada de ti hasta la médula, además.

Al final, terminamos dándonos un abrazo.

Se veía que era un buen hombre y decidí darle un voto de confianza.

Nos repartimos en dos coches, uno que llevaba él y otro que alquilamos, y no consintió que nos fuéramos a un hotel, pues decía que en su edificio había apartamentos de sobra para que nos pudiéramos instalar todos.

Lo que más ganas tenía de hacer en el mundo también era lo que más miedo me daba.

Me moría por ver y abrazar a mi hijo, pero era tan pequeño que lo más probable era que se hubiera olvidado de mí.

Entre otras cosas, porque no esperaba que su madre le hubiera hablado de mí ni que le hubiera enseñado ninguna fotografía.

Cuando, después de tener unas palabritas con la chica de la guardería, que me pareció de lo más descarada del mundo, trajo a mi hijo hasta donde estábamos y lo vi correr hacia mí, os prometo que no pude reprimir las lágrimas.

No solo no me había olvidado, sino que le dio muchísima alegría verme, tanta que me cogió la cara con sus dos manitas y empezó a darme besos por todas partes. Yo hice lo mismo con él, lo que le provocó una carcajada de lo más contagiosa.

—Este es el mejor sonido que puede haber en el mundo, el de la risa de un niño.

—Venga, vamos arriba. Sandra, Ethan ya no volverá, ni creo que lo haga durante todo el tiempo en el que su padre esté aquí con nosotros.

—Durante todo el mes, porque pienso seguir aquí hasta que termines todos los conciertos, que será cuando te proponga algo.

—Liam, no he dicho que vaya a volver contigo.

—Ni yo te he dicho que lo hagas. Venga, vamos a tu casa, que estoy loco por darme una ducha.

—¿Te vas a quedar en mi casa? Solo tengo dos habitaciones…

—El tamaño perfecto para los tres, una para nosotros dos y otra para el niño.

Sabía que estaba jugando con fuego, pero no quería que pensara que estaba allí de paso ni que lo hacía por el niño. Si no firmé ese acuerdo de visitas fue porque seguía creyendo que podíamos ser una familia.

Subimos y llevé mi maleta hasta su habitación. Los demás se habían repartido en dos apartamentos, excepto Mike, al que Richard le había dicho que podía alojarse en su ático, y Miranda, que dormiría en el apartamento de los señores Montgomery para dejarle intimidad a mi abogado y a su chica.

Mi hijo no se separaba de mí y, a pesar de que ya había comido en la guardería, en cuanto nos avisaron de que teníamos que subir al ático, donde nos juntaríamos todos para comer, empezó a aplaudir. No conocía a ningún niño al que le gustara tanto la comida como a mi hijo.

La tarde transcurrió entre risas y comentarios mordaces de Mike a Richard y viceversa. Ahí se estaba formando algo que sería muy grande si seguía adelante.