Si nuestro destino quiere Capítulo 37
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Capítulo 37

Liam

En el momento en el que subí a ese avión y, cuando ya había despegado, la azafata vino hasta mi asiento para decirme que había una señora que aseguraba haberse equivocado de asiento y que su marido estaba en primera clase.

Levanté la cabeza para ver quién era y no me lo podía creer. Allí estaba Jules, a la que habían desaconsejado viajar porque podría ponerse de parto en cualquier momento y complicarse el asunto, mirándome como si quisiera decirme que se saldría con la suya, sí o sí.

Si la dejé pasar no fue por ella, sino por la niña, esa que cada día tenía más claro que no era mi hija, por mucho que ella me insistiera en que sí lo era. En cuanto llegó a mi lado, ocupó el asiento que había libre enfrente de mí.

—Señorita, yo me hago cargo de la diferencia del billete de la señora Shawn —le dije a la azafata.

—No, caballero, si el caso es que ella también lleva billete de primera clase, lo que no entiendo es cómo se le ha permitido el paso a la zona turista.

—Ha sido un error por mi parte, no quiero que nadie tenga problemas por esto, de verdad —le dijo Jules.

Yo tenía claro que lo había hecho a propósito y con la clara intención de que no me diera cuenta de que ella también iba en ese vuelo, o me hubiera bajado de manera inmediata. Eso lo sabían hasta los hebreos. Esperé hasta que estuvimos solos y fue entonces cuando me dispuse a descubrir la verdad.

—¿Se puede saber qué haces tú subida en este avión?

—Pues es que me puse a pensar y quería que nuestra hija naciera en Los Ángeles. Es como más exótico que, cuando sea mayor, pueda contar que nació durante un viaje que hicieron sus padres para desconectar de todo.

—¿De qué coño estás hablando? ¿Es que estás loca, Jules?

—No, estoy muy cuerda y decidida a conseguir lo que, por ley, es mío.

—Por ley no tienes nada, Jules, y estás poniendo en peligro la vida de la niña.

—Lo único que está en peligro es nuestra relación, Liam, y no lo voy a permitir.

—No me tienes que permitir nada. Tuviste tu oportunidad y la dejaste pasar por la ambición del dinero.

—Pero ahora puedo tener las dos cosas, al amor de mi vida, con el que estoy esperando una hija, y la comodidad de la situación económica que ahora tienes.

—Ya, pero hay algo que no has tenido en cuenta, y es que no tengo los mismos sentimientos hacia ti que tenía antes.

—Eso se puede recuperar, mi amor. La química que tenemos en el sexo lo demuestra.

—Eso no debió pasar nunca y lo sabes. Además, en todo caso y, como tú bien has dicho, sería tan solo sexo. No hay sentimientos, esos los tengo hacia otra mujer, con la que sí pretendo formar una familia.

—¿Te vas a hacer cargo del hijo de otro hombre y nos dejarás a nosotras tiradas?

—Ya te he dicho que, si esa hija es mía, me haré cargo de ella, pero no tengo por qué cargar contigo.

—Ahora resulta que soy una carga. ¿No vas a tener en cuenta que te di los mejores años de mi vida?

—Esos años no me los diste a mí, los compartiste conmigo, que no es lo mismo.

En ese momento nos avisaron de que íbamos a aterrizar, por lo que dejamos la conversación para más tarde, o eso pensaba, porque, en cuanto el avión tomó tierra y Jules se levantó de su asiento, rompió aguas.

Mientras yo me puse de los nervios, ella, con toda la tranquilidad del mundo, lucía una sonrisa de lo más relajada.

—Mira, la niña ya se ha enterado de que estamos aquí y también quiere venirse de vacaciones —me dijo.

—Señorita, ¿sería tan amable de pedir una ambulancia? La señorita Shawn se acaba de poner de parto.

—Ahora mismo, caballero. En el aeropuerto hay una disponible siempre, por lo que pueda suceder, y en unos minutos estarán aquí para ayudar a la señorita.

Bajé mi maleta, pues no la había tenido que facturar al ser pequeña.

La azafata fue a buscar la de Jules, que la había dejado en la cabina de turista.

Si por mí hubiera sido, la habría dejado allí y que se las apañara como pudiera, pero algo me decía que debía estar a su lado, pues mis dudas sobre la paternidad se iban a ver despejadas, como así fue.

Iba a llamar a la empresa con la que tenía la reunión al día siguiente, pero ella, viendo mi preocupación, soltó una carcajada que me llamó mucho la atención.

—No llames a nadie, Liam. No tienes ninguna reunión, es algo que hemos preparado entre Mark y yo para que pudiéramos estar a solas en un lugar precioso.

—¿Perdona? No me lo puedes estar diciendo en serio.

—Claro que sí, mi hija tenía todo el derecho de contar con su padre a tiempo completo y, con esa mujer cerca, no ibas a estar.

—Me parece que tenemos muchas cosas de las que hablar, pero eso lo haremos en cuanto volvamos a casa, te lo aseguro.

Ella sonreía, feliz y sabedora de haberse salido con la suya, pero lo que no sabía era que quien ríe el último, ríe mejor. En cuanto se la llevaran a paritorio, hablaría con el equipo de pediatría y pediría una prueba de paternidad para la niña.

Llegamos al hospital y, por supuesto, por mucho que ella insistió, no la acompañé a paritorio. Tenía que hablar con todo el equipo. Me daba igual que me tacharan de insensible, era mi vida y no conocía a ninguno de ellos, por lo que me daba exactamente lo mismo.

Estaba a punto de pedir la prueba cuando recibí la llamada de Oliver. Ya tenía todos los informes del detective y me transmitió su intención de enviármelos por correo electrónico. Antes de eso, me advirtió de que lo que iba a ver y a leer no me iba a gustar nada.

—Liam, debes estar tranquilo. Es más, me gustaría que lo vieras cuando estuvieras conmigo.

—No estoy en Nueva York, Oliver, estoy en Los Ángeles, me han tendido una trampa.

—Sal de ahí y vuelve a casa.

—Jules se ha puesto de parto, no puedo volver hasta saber que esa hija no es mía.

—Te adelanto que esa niña no es tuya y, si te mantienes ahí, no podrás escapar de las fauces de esa mujer.

—Me estás asustando, amigo.

—Es para asustarse, te lo prometo. Tan solo una cosa.

—Dime, ¿qué tengo que hacer?

—Deja por escrito en ese hospital que no tienes nada que ver con esa niña, que no le pongan tu apellido ni aparezca tu nombre en el registro, por favor.

—Ahora mismo lo haré, no te preocupes. En cuanto lo deje hecho, me iré al aeropuerto.

—Cuando llegues, ven a mi despacho, te estaré esperando, sea la hora que sea.

—Gracias, Oliver, mi vida no sería la misma si no te hubieras implicado en esto.

—La felicidad de mi amiga está en juego, no solo la tuya, y eso ya es lo suficientemente importante como para que me implique al máximo.

Corté la llamada y me dirigí a la dirección del hospital, donde me atendieron de inmediato.

Le expliqué al director mi situación y él mismo redactó el documento, que yo firmé y entregué junto con una copia de mi identificación, para dejar constancia de que no reconocía a la niña como hija hasta que se demostrara lo contrario.

Ni siquiera pasé por el paritorio para saber cómo iba todo. Tenía que volver lo antes posible a casa y, por eso, si tenía que alquilar un vuelo privado, lo haría, pero necesitaba llegar antes de que fuera de noche.

Calculé que, si salía en ese momento, que eran aproximadamente las doce del mediodía, podría estar en Nueva York esa misma noche. No quería mirar nada por internet porque no confiaba en que no me tuvieran controlado, sobre todo después de lo que me había contado Oliver.

Me dirigí a la ventanilla de venta de billetes y tuve suerte, pues había plazas en primera clase en un vuelo que salía en una hora. Aunque llegara bastante tarde, todavía podía reunirme con Oliver para que me contara todo detenidamente.

No me había enviado el archivo, pues decía que me notaba demasiado nervioso como para hacerlo, por lo que iba completamente a ciegas en todo aquello.

Pagué mi billete con una tarjeta personal de la que nadie sabía nada.

En concreto, lo hice con la que saqué para Lakisha y que, desde que me la devolvió, estaba en mi cartera, y esperé a que me llamaran para embarcar.