Capítulo 36
Habían pasado ya dos meses desde que llegué a San Francisco y mi amistad con Richard se había consolidado muchísimo. Habíamos hablado con sinceridad, ni él estaba preparado para tener una relación de nuevo ni yo tampoco y, por eso, decidimos ser amigos.
En una de nuestras muchas cenas en el ático, porque desde el primer momento subíamos como si fuera nuestra propia casa, me contó que, años atrás, se había dado cuenta de que los hombres le atraían en la misma proporción que las mujeres y que, por eso, no se cerraba a nada.
Al final, Mike no había podido venir cuando tenía previsto porque uno de sus compañeros había sufrido un accidente de tráfico y tuvo que cubrir su puesto hasta que encontraron a alguien que pudiera sustituirlo.
Por todo ello, era hoy cuando llegaba y, además, lo hacía justo para asistir a mi primer concierto.
No sabía por cuál de las dos cosas estaba más nerviosa, si por ver a mi amigo o por tener que tocar dos días más tarde. Mis padres me dijeron que no podrían asistir, ya que tenían un compromiso al que no podían decir que no, pues era algo referente a uno de los negocios de mi padre.
Me dio muchísima pena, pero no podía hacer otra cosa. Eso sí, me prometieron que, en el próximo concierto, estarían sentados en primera fila. Mis amigos tampoco asistirían, a excepción de Mike, con el que sabía que podía contar siempre, fuera lo que fuera y me ocurriera lo que me ocurriera.
Habíamos hablado esa misma mañana, antes de coger el avión, y me aseguró que no hacía falta que fuera a recogerlo al aeropuerto, pero, aun así, iba a ir de todas maneras. No pensaba dejar que mi amigo fuera solo hasta mi casa, por mucho que se supiera la dirección de memoria.
Para ello, le había pedido el coche a Richard, que no dudó en decirme que me llevaba él. Eso sí, al niño lo dejé en la guardería, en la que estaba la mar de a gusto y de contento. En cuanto abría un ojo, lo primero que preguntaba era si ese día iba a la guarde.
—Venga, vamos a recoger a tu amigo Mike, que yo también tengo ganas de verlo.
—Uy, uy, uy, eso me suena a que te ha conquistado su mirada.
—Bueno, vamos a dejarlo en que me ha llamado mucho la atención y en que me gustaría conocerlo mejor.
—Sí, sí, ya sé yo la forma en la que te gustaría a ti conocerlo. Digamos que lo quieres conocer en profundidad.
Richard me miró y soltó una enorme carcajada.
Ya lo iba conociendo y sabía lo que pasaba por su cabeza.
Por eso, me encantaba gastarle ese tipo de bromas, porque sabía que no le iba a importar.
Pensaba que nuestra presencia sería una sorpresa para Mike, pero lo que no sabía era que la sorpresa terminaría llevándomela yo.
Había hablado mil veces durante esos dos meses con Mary del acuerdo de visitas. Según ella, Liam lo había recibido, pero no había contestado nada, ni para bien ni para mal. Además, me contaba que Oliver y él tenían una estrecha relación que tenía como nexo de unión al investigador privado.
También había oído que Jules había tenido una niña, que contaba ya con dos meses de edad.
Al parecer, el parto se le adelantó y nació el mismo día en el que yo me cambiaba de ciudad.
Pero, por mucho que preguntaba, nadie quería decirme nada sobre Liam, todos insistían en que, llegado el momento, ya me enteraría.
Llegamos al aeropuerto y dejamos el coche en el aparcamiento, puesto que tenía una ligera idea de la hora a la que llegaría Mike, pero no la sabía con exactitud. Por eso, nos fuimos una hora antes de lo que esperaba, por si mis cálculos no eran correctos.
Entramos y nos pusimos a mirar los vuelos procedentes de Nueva York, que era la ciudad en la que vivíamos antes, y el siguiente aterrizaba en veinte minutos, por lo que no quise moverme de allí y nos fuimos hasta la puerta por la que se suponía que tenía que salir.
En ese tiempo, Richard me preguntó si sabía algo del padre de mi hijo y, con todo el dolor del mundo, le dije que no.
—Pues no, no ha vuelto a dar señales de vida desde que me fui del restaurante. Bueno, en realidad, me llamó mil veces y me entraron «sopotocientos» mensajes, pero ni contesté ni abrí ninguno, y terminé por bloquearlo.
—Lo mismo tiene una buena razón para hacer lo que hizo.
—Me da igual la razón. No me molestó que tuviera que aparentar una cena con esa mujer, al fin y al cabo, el abogado le aconsejó que siguiera actuando como hasta ese momento.
—¿Entonces? No te entiendo, ¿por qué te marchaste así?
—Pues muy sencillo, porque me mintió. Si hubiera ido con la verdad, si me lo hubiera contado, no te voy a decir que no me doliera, porque sí que me iba a doler, pero lo habría entendido.
—Ahora sí, ahora sé de lo que me hablas. Yo también habría actuado así.
Richard me dio un abrazo y un beso en la mejilla que, visto desde otro ángulo, podría parecer que me lo estaba dando en los labios, pero nada más lejos de la realidad. Así estábamos cuando una figura masculina se puso delante de nosotros y no me lo podía creer.
—Veo que me has superado muy rápido.
—¿Qué haces tú aquí? Y no me hables de superar a alguien cuando tú has tenido una hija con otra mujer aun estando casado conmigo.
Sí, efectivamente, era Liam a quien tenía delante y, justo detrás de él, mis padres y todos mis amigos. Dejé a Liam a un lado y corrí a abrazarme a los demás, pues hasta llorando estaba de la emoción. No podían haberme dado una sorpresa mejor.
Me fijé en que Liam y Richard estaban hablando, así que supuse que mi amigo lo estaría poniendo al día sobre nuestra relación, contándole toda la verdad, entre otras cosas porque, si quería conocer a fondo a mi amigo, no le interesaba seguir con el juego de que estábamos juntos.
Supe que había sido así cuando vi el semblante de Liam relajado y sonriente, además de que se dieron un abrazo. No sabía el motivo, pero tampoco me importaba, la verdad. Seguro que estaba ahí para ver al niño, aunque me extrañaba que mis padres y mis amigos estuvieran de acuerdo con esa visita.
—Joder, niña, y yo que quería darte una sorpresa esta noche, y se ha ido todo al traste —me dijo Mike.
—Como si tú no supieras que estaba deseando verte y que vendría a recogerte al aeropuerto.
—Pues no, porque a esta hora se suponía que estabas ensayando con la orquesta.
—¿Ves como no me escuchas? Te dije que, los dos días antes de cada concierto, la orquesta descansa para estar a pleno rendimiento ese día.
—Ese dato no me lo has dicho nunca. No es que yo no te escuche, es que tú no me cuentas las cosas. De haberlo sabido, hubiéramos venido ayer.
Solté una carcajada. Al final, no cabíamos todos en el coche, por eso con Richard se fueron Mike y mis padres, mientras que los demás alquilamos uno de siete plazas y así podríamos movernos por la ciudad.
Era Oliver el que conducía, con su chica al lado. En el asiento trasero iba Miranda, tirada a todo lo largo y, en el último, íbamos Liam y yo. No sabía cómo mirarlo, me seguía intimidando y poniendo nerviosa en su presencia, mucho más ahora que había pasado eso entre nosotros.
—¿Dónde está Ethan? —me preguntó.
—En la guardería del edificio en el que vivimos, ahora iré a recogerlo.
—¿Te importa que te acompañe?
—No, pero siempre y cuando no vayas a estar yendo y viniendo de su vida. Si vienes, es para estar presente siempre, de un modo u otro.
—Para eso he venido, y no solo quiero estar presente en su vida, sino también en la tuya.
—Eso es inevitable, Liam, estaremos unidos por el niño para toda la vida.
—Pero no solo quiero que sea el niño el que nos una.
—Amigo, será mejor que esperes a esta noche para contárselo todo. Nosotros nos quedamos con el niño para que podáis ir a cenar y habléis tranquilos —le dijo Oliver.
—Oliver, si a ella no le importa, preferiría que esta primera conversación la tuviéramos en su casa, así también podría pasar tiempo con mi hijo —le respondió Liam.
En un principio no sabía qué contestar, pero, después de pensar que mi hijo no se querría separar de él en cuanto lo viera, asentí con la cabeza. No sé en qué momento se acercó tanto a mí, pero terminó cogiéndome de la mano antes de dirigirse a mí.
—Richard me ha contado que entre vosotros no hay nada más que una bonita amistad, y tengo que pedirte perdón por mi reacción, pero es que, cuando os he visto abrazados, una oleada de celos se ha apoderado de mí.
—Ahora sabes cómo me sentí yo aquel día con esa mentira que me dijiste.
—Te llamé, estuve en la puerta de tu casa todo el sábado, le puedes preguntar al señor Laurent, pero no apareciste, y el domingo tuve que viajar por trabajo, o eso pensaba. Pero, bueno, te lo contaré todo esta noche mientras cenamos.
—¿Qué pretendías solucionar con eso, Liam?
—Contarte la verdad, pero no me diste opción.
—La verdad me la tenías que haber contado antes, cuando tuviste que ir a cenar con ella, no hacerme daño de esa manera con más mentiras.
—Cuando Charlotte se enteró, se marchó de mi casa. Ahora vive y trabaja en casa de Oliver, porque también fue a buscarte y ya te habías marchado.
—¿Por qué no ha venido ella?
—Porque no me lo ha perdonado. Me ha dicho, y son palabras textuales: «Cuando tengas los huevos de ponerte frente a ella, contárselo todo y abrirle tu corazón, entonces me llamas y ya veré yo si quiero hablar contigo o no».
Solté una carcajada, porque Charlotte tenía carácter como para decir eso y hacer lo que había hecho, y mi risa le pintó una sonrisa a Liam en la cara. Llegamos a casa y, mientras los demás aparcaban el coche donde Richard les había dicho y bajaban las maletas, yo le dije a Liam que me siguiera.
Llegamos a la puerta de la guardería y le hice un gesto a Sandra para que nos abriera. La tenían cerrada por motivos de seguridad, por supuesto, para que nadie pudiera entrar ni ningún niño pudiera salir.
—Hola, Lakisha, y compañía. ¿Vienes a buscar a Ethan?
—Hola, Sandra. Él es Liam, el padre de Ethan.
—Uy, has dicho el padre, no tu pareja, así que entiendo que no te importará que le diga que me puede invitar a un café cuando quiera, ¿no?
—Pues lo siento, porque, aunque todavía no somos pareja, no pierdo la esperanza de que lo seamos muy pronto. Ahora, ¿te importaría ir a buscar a mi hijo, por favor?
Supe, por el tono que había empleado, que el comentario de Sandra le había hecho tan poquita gracia como a mí, pero no quise insistir ni decir nada.
Cuando estuviéramos a solas, le comentaría que no se lo tomara a mal, que ella era así con todo el mundo.
No era la primera vez que le hacía un comentario de ese tipo a Richard.
En cuanto mi hijo giró la esquina que llevaba a la recepción y vio a su padre, empezó a correr hacia él. Porque sí, ya andaba solo y sin miedo. Liam fue a su encuentro, lo cogió en brazos y se lo comió a besos.