Si nuestro destino quiere Capítulo 35
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Capítulo 35

Ya estábamos en el aeropuerto con mis padres, que habían querido venir a despedirnos, al igual que Mary y Miranda. Con Oliver no había podido hablar, pues tenía un juicio y el día anterior no acudió a la cena. Tenía que prepararse bien y revisar una montaña de documentación.

Con el tema del investigador era de lo más hermético. Tan solo me dijo que nada de lo que viera podía ser real, incluida la cena con esa mujer, pero no me convencía. Sus argumentos no eran lo suficientemente sólidos como para hacerlo.

—Tened mucho cuidado allí, por favor, y haznos una videollamada todos los días —me dijo mi madre.

—Lo tendré, y no te preocupes, que, cuando vuelva de los ensayos con la orquesta, te haré una videollamada.

—Hija, si necesitas algo, lo que sea, por favor, no dudes en llamarnos.

—Eso digo yo, que estamos aquí para siempre. Nos separa la distancia física, pero no la emocional —me dijo Miranda, con lágrimas en los ojos.

—Chicos, que me marcho a San Francisco, no a la guerra.

—Lo sabemos, al igual que también somos conscientes de que allí serás feliz. Vive cada segundo, cariño, y no te niegues la posibilidad de amar, por favor. Pero ama bien, busca a un hombre que te quiera y te respete —me dijo mi madre.

Dieron el último aviso para embarcar y Richard, que se había mantenido al margen de mi despedida, vino a buscarme o terminaríamos quedándonos en tierra.

Nos dimos un abrazo antes de subir al avión y ahí sí que no pude evitar soltar una lagrimilla, pero cuando ya estaba lejos de ellos y no me podían ver.

Si lo hubiera hecho en su presencia, ni mis padres ni mis amigos me habrían dejado marchar, y eso era algo que no me podía permitir. No ya por mí, que también, sino por la estabilidad emocional de mi hijo, que no podía estar viendo cómo su padre entraba y salía de su vida.

El vuelo fue fantástico y se me hizo demasiado corto, la verdad. Richard se encargó de entretener a mi hijo, poniendo en su móvil los dibujos animados preferidos de mi niño. No era muy partidaria de las pantallas en niños tan pequeños, pero, en un caso así, cualquier cosa valía para entretenerlo.

De todos modos, como se había quedado dormido, no es que lo viera durante mucho tiempo. Mientras él dormía en mi regazo, Richard y yo mantuvimos una bonita conversación. Me dijo que tenía mucha suerte con los amigos y la familia que me había tocado.

—En realidad, ellos no son mis padres biológicos, hace un par de años que me adoptaron.

—¿En serio? ¿No los conocías de antes y te han adoptado ya de mayor?

—Bueno, a mi madre sí que la conocía, había sido profesora mía en el conservatorio cuando era una niña. Tuve un accidente y lo pasé muy mal. Un día me reencontré con ella y estuvimos hablando, siempre habíamos conectado.

—Y te adoptaron entonces…

—No, fue mucho más tarde, cuando les conté mi historia con el padre de mi hijo. Ellos son adinerados y no tenían hijos, ni siquiera sobrinos o hermanos, por eso, y para que su legado no se perdiera o terminara en manos del Estado, decidieron adoptarme.

—Esas personas deben quererte mucho para actuar de esa manera. En la despedida he visto de verdad cómo estaban apenados, cómo te van a echar de menos.

—Lo sé, pero, sobre todo, a quien van a echar de menos es a mi hijo, en especial Mike, que es la persona que más trato directo tiene con él a diario.

—Entiendo que la relación que ese chico tiene con vosotros es especial. ¿Me equivoco?

—No, pero no en el plano sentimental, que ya me hubiera gustado a mí, para sacarme a Liam de la cabeza. Mike es gay y, en estos momentos, es una de las personas más importantes de mi vida, mi amigo y mi confidente.

—Tú también lo echarás de menos, entonces.

—Mucho, pero debo seguir adelante y mi vida necesita aires nuevos, aparte de ser un sueño el tema de triunfar en lo mío, por todo el esfuerzo que he tenido que hacer para conseguirlo.

El piloto nos anunció que íbamos a aterrizar, por lo que nos teníamos que poner el cinturón. Ethan acababa de abrir los ojos y miraba con asombro por la ventanilla cómo las casas se veían pequeñitas y todo parecía de juguete.

En el aeropuerto nos estaba esperando un coche que nos llevaría hasta el edificio en el que nos instalaríamos a partir de ese momento. Richard me contó que él también vivía allí. Ocupaba el ático del edificio, ese que dijo que me enseñaría en cuanto estuviera instalada.

Era uno de esos edificios antiguos que se había remodelado por completo por dentro, pero que seguía conservando ese encanto en su fachada.

A pesar de ser alto, no era de los más altos de la ciudad y, tal y como me había explicado Richard el día anterior, estaba en uno de los mejores barrios, cerca de todo lo que se podía necesitar.

La casa estaba completamente equipada con todo. Se trataba de una quinta planta y contaba con dos dormitorios bastante amplios, con armario empotrado y baño incorporado. Pero no fue eso lo que más me llamó la atención, sino el hecho de que una de las habitaciones estuviera preparada para mi hijo.

Tenía su cunita, su cambiador, situado en una cómoda infantil con cajones, además de una pequeña cama con barandillas para cuando quisiera sacarlo de la cuna.

Estaba pintada en tonos azules, al igual que la ropa y el resto de los accesorios que la acompañaban.

En una de las paredes había una estantería con todo tipo de juguetes infantiles, así como cuentos, y eso me emocionó muchísimo.

—Espero que te haya gustado. He ordenado, antes de venir, que llenaran la nevera y la despensa para que no tengas que salir hoy si no quieres.

—Me ha emocionado mucho que te hayas acordado de mi hijo. Es más, pensaba ir hoy mismo a comprar una cuna y un parquecito para cuando estemos en el salón viendo la televisión, pero veo que te me has adelantado.

—Sí, porque el parquecito, aunque cerrado, también está en su habitación, dentro del armario.

Me acerqué a él y le di un abrazo, que me correspondió con gusto. Me volví a sentir en casa y eso me gustó. Tenía la impresión de que sería muy feliz en esta ciudad.

Richard me contó que la guardería estaba abierta desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde, con dos turnos de chicas que se encargaban de atender a los niños.

También me dijo que no tenía que pagar absolutamente nada y que el turno de tarde estaba para cuando alguno tenía que hacer recados.

—Aparte de eso, los días de concierto, la agencia enviará a una canguro a casa de cada componente de la orquesta para que estéis completamente tranquilos de que vuestros hijos están bien cuidados.

—Eso es algo primordial para una madre, te lo aseguro.

—Y para un padre. No sabes la cantidad de veces que yo pienso dónde estará mi hija o si estará bien cuidada…

—Seguro que la vuelves a ver pronto, ya verás.

Le acaricié el brazo a modo de apoyo, pero Richard me miró como si deseara besarme. No estaba preparada todavía para posar mis labios en la boca de otro hombre, así que me di la vuelta de manera disimulada. Él fue consciente de mi cambio de actitud y cambió de tema radicalmente.

—Si quieres, podemos bajar con Ethan a la guardería para que se vaya acostumbrando y así también puedes guardar tus cosas con tranquilidad.

—Pues sí, no es mala idea. No me gusta dejarlo tan pronto solo, pero entiendo que, cuanto antes se acostumbre, mucho mejor.

Bajamos a la guardería, donde unas chicas cuidaban de seis niños, los más pequeñitos, ya que los que tenían edad suficiente acudían al centro escolar que estaba a dos calles de allí.

Mi hijo, en cuanto vio al resto de niños, empezó a aplaudir. Era como cuando íbamos al parque y había otros de su misma edad, pues le encantaba interactuar con ellos.

—Corre, cariño, ve a jugar con los niños. Mamá subirá a casa a guardar las cosas y, en cuanto termine, bajo a por ti. ¿Estás de acuerdo?

— Chi. Ethan juega .

—Eso es. Mírame, si te ocurre algo, si quieres que mamá venga a por ti, se lo dices a alguna de las chicas.

—Hola, Ethan, yo soy Maggie y ella es Sandra —le dijo una de las chicas a mi hijo.

— Maggi, Sanda, miga Ethan .

—Muy bien, campeón.

La chica cogió la manita de mi hijo y la hizo chocar con ella, lo que le provocó una carcajada.

Ahora iba intentando chocar la mano con todo el mundo, hasta con Richard y conmigo cuando nos despedimos de él.

Me daba la tranquilidad de que se había quedado contento, por eso no dudé en subir a mi casa, después de decirle a la chica a qué planta y piso correspondía.

Según me contó Richard de camino al ascensor, en la guardería había un teléfono con línea directa con cada piso. Si algún pequeño se ponía enfermo o le pasaba cualquier cosa y los padres se encontraban en el edificio, llamaban directamente para que bajaran a recogerlo.

Me gustó la cercanía que había entre todos los que me había ido encontrando.

El resto de los vecinos no se encontraban en el edificio, pues estaban en el centro de ensayo, que se encontraba en el edificio de enfrente.

A todos ellos los vería esa noche, pues, cuando llegaba alguien nuevo a la orquesta, se solía hacer una cena en un restaurante cercano, pero junto a toda la familia, por lo que podría estar con mi hijo.

Lo primero que hice fue una videollamada con mis padres y mis amigos, a los que les enseñé la casa. Les conté que Ethan se había quedado de lo más contento en la guardería con el resto de los niños de su edad y, por primera vez en mucho tiempo, sonreí de verdad.

En cuanto colgué, fue Mike el que me llamó. Lo había notado un tanto preocupado, pero no quise decirle nada delante de los demás, al no saber el motivo por el que estaba así y sabiendo que me llamaría en cuanto termináramos, como así fue.

—Lakisha, dime que de verdad te sientes bien.

—Estoy bien, Mike, te lo prometo.

—No paro de darle vueltas a lo de Liam. ¿Por qué no hablas con él y que te lo explique todo?

—No hay nada que explicar, cariño. Él tomó una decisión y yo he tomado otra. Tan solo estoy esperando a que conteste si quiere ver a su hijo o no, nada más.

—La cosa no puede ser así, preciosa. Tiene que haber algo detrás. Ese hombre está profundamente enamorado de ti y de vuestro hijo.

—Ese hombre de lo único que está enamorado es de él mismo, nada más. Tiene un extraño sentido del deber y yo ya no podía más.

—Te entiendo mejor que nadie y sabes el motivo…

—¿Cómo va tu tema con Rick?

—No va, cariño. No pienso volver a esconderme en el armario. Quien me quiera tiene que quererme tal y como soy y no tratar de ocultarme al mundo.

—Y haces bien, mi vida…

—Te llamaba también para comentarte una cosita.

—Dime, si está en mi mano, no dudes que lo haré.

—Tengo unos días libres la semana que viene y había pensado en ir a pasarlos allí contigo. ¿Te parece bien?

—Me parece lo mejor, Mike. No sabes el bien que me hará estar aquí contigo. Eso sí, por las mañanas no podré atenderte, que tengo que ensayar con la orquesta, empiezo mañana mismo.

—No hay ningún problema, amor, esas horas las dedicaré a ver la ciudad.