Si nuestro destino quiere Capítulo 34
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Capítulo 34

Liam

Esa noche estuve dando vueltas con el coche por toda la ciudad. No quería volver a casa y que Charlotte me encontrara en ese estado. Os prometo que estuve a punto de ir a casa de Lakisha, pero no quería escuchar todo lo que me diría, no cuando estaba así.

Tenía claro que, a la mañana siguiente, en cuanto me levantara, me plantaría en su casa y le diría todo lo que tenía que decirle.

Para empezar, le abriría mi corazón y le expresaría todo lo que me hacía sentir.

Joder, habíamos pasado un montón de momentos juntos y no había sido capaz de decirle que la quería, que estaba enamorado de ella.

Cuando llegué a casa, Charlotte ya estaba dormida, y no os podéis imaginar lo que eso supuso para mí. Sentí un alivio por todo el cuerpo que me dejó de lo más relajado, por lo que me fui directamente a mi habitación, me puse el pijama y me metí en la cama.

Quise dejar mi mente en blanco, lo necesitaba, pues me iba a explotar con todo lo que hervía en ella. Contra todo pronóstico, lo conseguí y me quedé dormido enseguida. Creo que mi cuerpo estaba a punto de colapsar y, por eso, como la naturaleza es sabia, desconectó de todo y de todos.

Me desperté mucho más tarde de lo que esperaba, me di una ducha y me vestí, dispuesto a salir de casa e ir en busca de Lakisha para contárselo absolutamente todo, pero tenía a la general de las fuerzas armadas en la puerta de la cocina, esperándome.

—¿Sales a estas horas, un sábado y a hurtadillas? Algo escondes.

—No escondo nada, simplemente tengo prisa. Tendría que haber salido mucho antes, pero me he quedado dormido.

—Como es lógico y normal, pues llega un momento en el que el cuerpo necesita descanso y tú llevas mucho tiempo sin dárselo.

—Bueno, en cuanto termine, te llamo o vuelvo. Deséame suerte.

—¿Otro negocio entre manos?

—Sí, y este es, y será siempre, el más importante de mi vida.

Salí de allí sin tomar ni un sorbo de café, pues tenía el estómago tan cerrado que, si bebía aunque fuera un poquito de agua, iba a terminar vomitando hasta la primera papilla que me dio mi madre.

No tenía fuerzas ni para conducir, por eso decidí pedir un taxi, que ya me había avisado de que estaba en la puerta, esperándome.

En cuanto llegué al edificio en el que vivía Lakisha y fui a subir, me detuvo el portero, que ya me conocía.

—Buenos días, señor Stone.

—Buenos días, señor Laurent.

—¿Viene a ver a la señorita Montgomery?

—Efectivamente. ¿Sabe si se encuentra en casa?

—Pues sí que lo sé, salió muy temprano, casi a la misma hora en la que yo me incorporaba a mi puesto de trabajo.

—¿Iba con Ethan? Lo mismo ha ido a llevar al niño al parque.

—No, iba sola y, con todos mis respetos, señor, era demasiado temprano para ir al parque con el frío que hace.

—Está bien, la llamaré al móvil y, mientras llega, la esperaré en aquella cafetería.

—Si vuelve y no ha contactado con ella, yo mismo le avisaré de su visita, señor Stone.

—Gracias, señor Laurent.

—A usted, señor Stone.

Crucé la carretera y me senté en aquella cafetería, pegado al cristal que daba a la puerta del edificio en el que vivía Lakisha.

Lo de llamarla por teléfono había sido una excusa para salir de allí, pues llevaba haciéndolo desde que salí del restaurante y no había obtenido respuesta, por lo que dudaba que lo hiciera ahora.

De todas formas, lo intenté una vez más y seguía igual: daba dos tonos y se cortaba. Estaba empezando a pensar que me había bloqueado, pero, en cierto modo, la entendía, pues le había mentido de una manera de lo más cruel en vez de haberle dicho la verdad.

Si lo hubiera hecho, y a pesar de que le hubiera dolido mucho, habría podido convencerla de que todo era una farsa.

Por otro lado, también estaba el adelanto del parto de la hija de Jules, de la que ni siquiera me había comentado el nombre.

Eso seguía dando vueltas en mi cabeza como una peonza.

No me cuadraban las fechas, ni mucho menos.

Llevaba allí más de dos horas y Lakisha no había aparecido. Era la hora de comer, por lo que me pedí una ensalada y un filete a la plancha. No me apetecía nada, tenía el estómago cerrado, pero no podía mantenerme a base de café o terminaría con él hecho una mierda.

Justo estaba terminando de comer cuando sonó mi teléfono. Una ilusión enorme se apoderó de mí, pensando que sería ella, pero me equivoqué de todas, todas. Era Mark quien me llamaba. Pensé en no contestarle, pero luego me dije que podía ser algo del trabajo y decidí hacerlo.

—Dime, Mark. ¿Qué ocurre?

—Tenemos un problema con el contrato de Los Ángeles; el gerente de la empresa dice que quiere hablar contigo.

—Está bien, ahora lo llamaré.

—No, quiere hacerlo personalmente. Te ha agendado una reunión el lunes a primera hora, por eso ya he buscado los vuelos para mañana a primera hora.

—No me puedo ir ahora, Mark, tengo muchos frentes abiertos…

—Si es por el parto de Jules, no te preocupes, que yo me encargo, y la empresa está en buenas manos.

No quería contarle a nadie todo lo que tenía entre manos y, por eso, no tuve más remedio que claudicar y decirle que me enviara los billetes por correo electrónico. Ahora llamaría a Charlotte para que me preparara una maleta pequeña con varios trajes de chaqueta y poco más.

Eran pasadas las ocho de la noche y Lakisha no había vuelto. No podía seguir esperando, porque mi vuelo salía a las seis de la mañana del día siguiente y tenía que ir a casa a preparar toda la documentación antes de marcharme a Los Ángeles.

Cuando volviera, no dudaría en hablar con Lakisha, pues no esperaba que la resolución de ese asunto me llevara más de un par de días. Si se alargaba más, mandaría ese contrato a tomar por culo y volvería a casa. Tenía que priorizar y mi familia debía ser lo primero.

Tomé un taxi y volví a casa, donde me encontré con Charlotte, que terminaba de meter la ropa interior en mi maleta, además de tener colgados dos trajes de chaqueta y varias camisas en la bolsa de transporte.

—Liam, ya tienes todo preparado.

—Gracias, Charlotte. Me voy a cambiar y entro en mi despacho a preparar la documentación.

—¿Estarás mucho tiempo fuera?

—No, un par de días como máximo.

—¿Se lo has dicho a Lakisha?

—No, con Lakisha he tenido un problema serio, por eso he pasado todo el día fuera, para darle las explicaciones necesarias.

—Y espero que lo hayas conseguido.

—Lamentablemente, no. Pero lo haré en cuanto vuelva.

—Liam, no pierdas a esa mujer porque, de lo contrario, terminarás siendo la persona más desgraciada de la faz de la tierra.

—Lo sé, Charlotte. Me ha costado entenderlo, pero estoy completa y absolutamente enamorado de esa mujer.

—¿Y Jules? ¿Qué vas a hacer con ella?

—Con ella, absolutamente nada. En todo caso, si esa niña es mi hija, me haré cargo de ella y formaré parte de su vida, pero hasta ahí.

—Eso es, que te hagas responsable de tus actos no significa que tengas que cargar con una mujer que no quieras durante toda la vida. Te lo dije cuando te casaste con Lakisha sin tener sentimientos por ella y te lo repito ahora.

—¿Sabes una cosa?

—Si no me la dices, no.

—Creo que siempre he tenido sentimientos por Lakisha, aunque mi mente intentaba negarlo. Cuando íbamos al instituto, me quedaba mirándola por los pasillos, pero, como el niño que era, me dejaba llevar por las opiniones de mis amigos.

—Claro, que pensarían lo mismo que ahora, que no era digna de ti porque no estaba a la altura de lo que un hombre como tú exigía.

—Eso mismo. Bueno, me cambio y me meto en el despacho. Charlotte, ¿me puedes preparar un sándwich, por favor?

—Sabes que no te daré un sándwich para cenar, que no me gusta que comas esas cosas. Ahora mismo te llevo al despacho algo de verdura y un filete que he dejado en la nevera, por si acaso no habías cenado cuando volvieras.

—Gracias, Charlotte, no sé qué sería de mí si no estuvieras aquí.

—Pues que te alimentarías mal y terminarías enfermo.

Ella se marchó a la cocina y yo al baño, donde me di una ducha antes de ponerme un pantalón de algodón y una sudadera. Era lo que siempre me ponía para estar cómodo en casa.