Si nuestro destino quiere Capítulo 33
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Capítulo 33

Richard tuvo que subir a su despacho, pues tenía un asunto urgente que resolver, y quedó conmigo en que nos veríamos de nuevo arriba en una hora, tiempo suficiente para que llegara Mary y pudiéramos hablar tranquilamente del nuevo contrato.

Minutos después de que él se marchara, llegó mi amiga con mi hijo, que me recibió como si hiciera mil años que no me veía. No era de llorar cuando no estaba conmigo, a no ser que estuviera malito o que la persona con la que se quedaba no le gustara, pero procuraba que eso no ocurriera nunca.

—¿Me has echado de menos, mi bebé?

— Chi .

—¿Sabes que te voy a comer a besos?

Mi hijo sonrió y empezó a darme besos por toda la cara, al igual que yo hacía siempre con él, y le correspondí de la misma manera.

—Mira qué bien, y a su tía Mary ni un solo beso en todo el día.

—No te pongas celosa, tía Mary, es que mi niño me ha echado de menos.

—Bueno, deja ya el momento melancólico y cuéntame lo que sucedió ayer en ese restaurante.

—Pues ni más ni menos que lo que ya esperaba que ocurriera, aunque no por eso me dolió menos.

—No me lo puedo creer, de verdad que no.

—Pues hazlo, porque me di de bruces con ellos, allí, sentaditos y con un menú degustación para bodas, como bien ponía en un cartelito encima de la mesa.

—Ese tío no sabe ni lo que quiere.

—Sí que lo sabe, le gusta jugar a varias bandas e ir engañando a todo el mundo, pero conmigo se acabó.

Le conté lo que me habían ofrecido y que no dudaba en aceptar. Se alegró por mí, pero lo que no le gustaba era que, al día siguiente, tuviera que empezar a prepararlo todo para marcharme a San Francisco, donde tendría que establecerme durante un tiempo.

Esperaba que todo fuera bien, aunque tuviera que empezar de cero en otra ciudad. Quizás era eso lo que necesitaba en mi vida, romper con todo y empezar una nueva etapa que me diera la oportunidad de ser feliz.

Subimos al despacho de Richard y, en el momento en el que mi amiga lo vio, se quedó con la boca abierta. Según sus palabras al salir del ascensor, no había visto un tío que estuviera más bueno que ese en toda su vida, y a mí me provocó una carcajada que mi hijo continuó.

—Vaya, un muchachote guapetón. Hola, Ethan, yo soy Richard.

—Si esperas a que el niño te conteste, más vale que te sientes, porque dice cuatro palabras mal contadas —le dijo Mary, y ahora era Richard el que reía.

Mi hijo lo miró, como analizándolo, intentando averiguar si podía confiar en él o no. Finalmente, le mostró esa sonrisa tan bonita que tenía, con esos cuatro dientes que parecían cuatro perlas, como dándole el beneplácito de su confianza.

—Me gusta tu hijo, no es de los que se deja impresionar fácilmente —sentenció Richard.

—Pues sí, es de los que analizan y calan a las personas, aunque con su padre se ha equivocado —le contesté.

—¿Vives con su padre? Perdón, no quiero meterme donde no me llaman, pero es que, como te he dicho antes, para mí los miembros de mi orquesta son como mi familia y me gustaría saberlo para darte un tipo de apartamento u otro.

—No, no vivimos juntos, ni siquiera tenemos apenas relación. Se enteró de que tenía un hijo hace unos días y, aunque parecía que quería ser parte de nuestra vida, me ha vuelto a mentir y ahora soy yo la que no quiere que forme parte de nuestro futuro.

—Es completamente lógico, Lakisha. El corazón se toma su tiempo para sanar. Eso sí, si me permites darte un consejo, si él quiere ejercer de padre, no se lo niegues, para que, cuando Ethan sea mayor, no pueda reprocharte nada.

—Eso lo tengo claro, no es bueno como pareja, pero eso no significa que no lo sea como padre.

—Me gusta tu manera de pensar. Ojalá todas las mujeres pensaran de la misma forma que tú.

—Ahora soy yo la que me voy a meter en algo que no me importa, pero, por tu manera de hablar, creo que has pasado por una mala relación con una mujer.

—¿Mala, solo? No, cariño, ha sido pésima.

Hace dos años que nos separamos. Se me acabó el amor y ella no lo entendió.

Desde ya te digo que jamás le fui infiel, simplemente me di cuenta de que no la quería y le pedí el divorcio.

Se fue a Europa a vivir y, desde entonces, no he vuelto a ver a mi hija.

—¿No puedes ir a verla, aunque sea en vacaciones?

—O traerla aquí en algunos periodos de tiempo —añadió Mary, que nos escuchaba de lo más interesada.

—Pues no me lo permite. Cuando he viajado hasta allí, siempre ha tenido una excusa: o estaba enferma o se había ido de campamento. Sasha tiene ahora mismo diez años y, salvo en contadas ocasiones en las que puedo hacer videollamadas con ella, no tengo contacto.

—Joder, eso es muy fuerte, tanto para ti como para la niña —dijo Mary.

—Exactamente, porque yo soy de la opinión de que un niño necesita tanto a su padre como a su madre y que la guerra que haya entre ellos no tiene por qué afectar a la convivencia con su hijo —dijo Richard, completamente apenado.

—Eso está claro, pero tampoco pienso obligarlo a ser padre. Tenemos un acuerdo preparado, que ahora habrá que modificar por mi traslado de ciudad, pero, si no lo acepta, no me molestaré en insistir.

—Bueno, vamos al tema que nos ocupa, que ya tendremos tiempo de ponernos al día con nuestras vidas.

Antes de salir de allí tenía la sensación de haber hecho lo correcto y de que Richard y yo seríamos buenísimos amigos, eso como mínimo. Si fuera capaz de olvidar a Liam, sería un buen candidato para ser mi pareja, siempre y cuando él pensara lo mismo de mí, cosa que todavía no sabía.

—¿Dónde te dejo? Tengo el coche ahí aparcado.

—Pues en casa de mis padres, tengo que ir a contarles lo que me ha sucedido desde que se fueron de viaje.

—Joder, Lakisha, se han marchado una semana y, a juzgar por todo lo que te ha pasado, parece que ha sido un mes.

—O un año, amiga, porque han sido demasiadas cosas.

Nos subimos al coche, en el que mi amiga llevaba una sillita de seguridad para mi hijo, y pusimos rumbo a casa de mis padres. Oliver había llamado a Mary porque, al llegar a casa, no había nadie y pensaba que había ocurrido algo.

Les dije que se quedaran en casa de mis padres a comer, pero rechazaron mi ofrecimiento, pues decían que era algo que teníamos que hablar entre nosotros, tranquilamente, y que, con ellos delante, no obtendríamos la profundidad que necesitábamos.

—Gracias, amiga.

—Tan solo espero que, antes de marcharte, podamos quedar para comer o cenar.

—Claro que sí, os espero mañana a todos en mi casa para cenar, porque me marcho el lunes a primera hora y por la mañana tendré que prepararlo todo.

—Allí estaremos, yo me encargo de avisar a todos.

Entré en casa de mis padres y nos comieron a besos, tanto al niño como a mí. Sabía que les dolería mucho mi marcha, pero era la única manera que encontraba de ser feliz. Al final, el destino me había intentado colocar dos veces en la misma ciudad y sería por algo.

Mi madre lloró lo más grande cuando se lo conté, pero mi padre me apoyó en mi decisión. Tan solo estábamos a unas pocas horas de distancia y podrían venir a verme cuando quisieran.

Mi madre cogió su tableta y entró en una de esas webs de casas, buscando una para cuando no tuvieran nada que hacer y pudieran irse tranquilamente. Me hizo muchísima gracia, sobre todo cuando mi padre la apoyó y dijo que era una idea fantástica.

Comimos juntos y les dije que no me llevaría más que la ropa del niño y la mía, que el resto esperaba que ellos me lo pudieran enviar por una empresa de mudanzas, a lo que aceptaron de inmediato.

Es más, mi padre me dijo que las cosas del niño no merecían la pena enviarlas, que comprara todo de nuevo para aquella casa.

En realidad, tenía razón, porque no pensaba quedarme a vivir allí para toda la vida, sino que lo veía como algo temporal. Aquí estaban mi familia y mis amigos, y no pensaba estar huyendo para siempre. Esperaba poder sacar a ese hombre de mi corazón y de mi cabeza.

Me despedí de mis padres bien entrada la noche y pedí un taxi para que nos llevara de vuelta a casa. No pensaba permitir que mi padre condujera y su chófer ya se había marchado.