Capítulo 32
Camino al restaurante iba de lo más nerviosa, pues, aunque mi corazón me decía que no iba a ser capaz de hacerlo, que no me podía mentir de esa manera, mi cabeza me decía que debía ir preparada para todo, porque la vida estaba siendo jodidamente cruel conmigo.
Me vestí de una manera elegante, sacando lo mejor de mí.
Era como si yo misma quisiera demostrarme lo que valía, por si acaso estaba con ella en ese restaurante.
Mike me animó a hacerlo y no paraba de decirme que, en el caso de que nuestras peores pesadillas fueran ciertas, no dijera ni esta boca es mía, sino que pasara de largo.
Mis piernas temblaban en cuanto me bajé del coche de Mike y me tuve que sujetar a él para no terminar cenando el asfalto, porque todavía no sabía cómo me aguantaban.
—Tranquila, amiga, pase lo que pase, yo estaré a tu lado.
—Te prometo que me falta hasta el aire. Si por mí fuera, me daba la vuelta ahora mismo.
—No puedes hacerlo, tienes que coger al toro por los cuernos y enfrentarte a la realidad.
—Lo sé, pero me da tantísimo miedo que sea verdad que me haya mentido.
—No vayas a dar nada por hecho, amiga. Lo mismo están tratando cualquier tema de negocios.
—Sí, chico negocio el que van a tratar.
Entramos en la sala del restaurante y allí, en primera plana, estaban los dos, ella con una sonrisa que decía más que muchas palabras y él con la cara descompuesta, signo inequívoco de que me había mentido a propósito, de que no era ninguna treta que hubieran llevado a cabo sus amigos a sus espaldas.
Quiso levantarse para decirme algo, pero una mirada de Mike bastó para dejarlo allí, planchado. Minutos después, se levantó de la mesa y se marchó del restaurante, dejando sola a su prometida, que no tardó en llegar hasta nuestra mesa.
—Mira, mosquita muerta, si te piensas que voy a dejar que te quedes con mi hombre y dejes a mi hija sin padre, lo llevas claro.
—Vete a la mierda, Jules, y déjame tranquila.
—Eres tú la que te tienes que alejar de Liam y de nuestra hija.
—Vámonos, Mike, con gente así, se me ha quitado el hambre.
—Falta te hace, que todavía no te has quitado de encima los kilos del embarazo.
—Preocúpate de quitarte los tuyos cuando des a luz y déjala a ella tranquila, que es una mujer como tú no lo serás nunca —le dijo Mike, levantándose de la silla.
Salimos del restaurante y, justo cuando estábamos a punto de subirnos al coche, recibí una llamada de un número desconocido. Estuve a punto de no contestar, por si se trataba de Liam, pero un impulso me hizo desistir y cogí la llamada.
—¿Dígame?
—¿Hablo con la señorita Montgomery?
—Sí, soy yo, ¿quién es usted?
—Disculpe las horas tan intempestivas a las que la llamo, pero me ha sido imposible hacerlo antes y no quería dejar pasar más tiempo. Soy Richard Wall, productor de música clásica.
—No se preocupe por la hora, señor Wall. ¿En qué puedo ayudarle?
—Verá, estoy interesado en producir un concierto suyo, pero me gustaría hablarlo con usted en persona. ¿Cuándo podríamos vernos?
—Cuando usted quiera, avisándome con tiempo, no hay ningún problema.
—Estaré hasta mañana en la ciudad, ¿le importaría que nos viéramos a las nueve de la mañana en mi despacho?
—Por supuesto que no me importaría, siempre y cuando me facilite la dirección a la que tengo que acudir.
—Ahora mismo le envío un mensaje con la ubicación.
—Muchas gracias, señor Wall.
—A usted por atender mi llamada.
En cuanto corté la llamada y Mike me vio la cara, supo que algo bueno me había sucedido y no dudé en contárselo. Empezó a especular con lo que iba a suceder al día siguiente, cuando me recibiría un apuesto señor que se encargaría de hacerme triunfar por todo el mundo…
Me hizo reír mucho, por eso decidí que debíamos ir a celebrarlo y nos fuimos a un local muy famoso de la ciudad en el que, además de cenar, podíamos tomar una copa. Sabía que no iba a poder dormir por todo lo sucedido, así que mejor estar despierta y entretenida que dando vueltas en la cama.
Efectivamente, en cuanto llegué a mi casa, me di una ducha y me metí en la cama, poniendo el despertador a las ocho. Aunque tenía claro que no me iba a hacer falta, más valía prevenir que quedarme dormida y no llegar a tiempo.
Le había enviado a mi amiga un mensaje la noche anterior, justo después de recibir esa llamada, para decirle que tenía una entrevista y que pasaría a por el niño en cuanto saliera. Me contestó que no había problema, que ya hablaríamos cuando nos viéramos.
Me desperté antes de las ocho, como era previsible, y, como la noche anterior me había duchado, tan solo tuve que vestirme y maquillarme un poco. Una vez que estuve lista, pedí un taxi por la aplicación, ya que no quería llevar mi coche por el tema del aparcamiento.
Llegué al edificio en el que me esperaba el señor Wall, entré en el recibidor y me dirigí a la recepcionista, que me recibió con una sonrisa.
—Buenos días, tenía una cita con el señor Wall.
—Buenos días. ¿Sería tan amable de decirme su nombre, por favor?
—Por supuesto, soy Lakisha Montgomery.
—Deme un momentito, por favor, que enseguida le confirmo que ha llegado y espero a que le dé paso.
La chica cogió el teléfono y avisó al señor Wall, que no tardó ni un segundo en decirle que me hiciera pasar. Su despacho estaba en la planta treinta y tres y la chica me indicó el ascensor que tenía que coger, que me llevaría directamente hasta allí.
Cuando salí del ascensor, me encontré con un hombre de lo más guapo, con unos impresionantes ojos verdes y una sonrisa de esas de anuncio, que me estaba esperando. Era alto, pues medía por lo menos un metro ochenta y cinco, y el traje que llevaba le quedaba como un guante.
—Buenos días, Lakisha, y permíteme que te tutee, pues tenemos más o menos la misma edad.
—Por supuesto, Richard. Buenos días.
—Pasa por aquí, por favor, que te explico cómo va la cosa.
—Gracias por contar conmigo, pero me gustaría saber de qué manera te has enterado de mi existencia.
—Seré sincero, una persona que acudió a la renovación de los votos de tus padres me envió el vídeo, pues sabía que estaba buscando algo así para mi próximo proyecto. Pero será mejor que te cuente todo al detalle.
Pasamos a su despacho y me explicó en qué consistiría su proyecto, que me cautivó de inmediato. No solo eran las condiciones económicas, que eran inmejorables, sino que también me daba la oportunidad de salir de la ciudad, que era lo que más me apetecía en esos momentos.
—El tema de la vivienda…
—Por eso no te preocupes, porque tenemos un edificio en uno de los mejores barrios de la ciudad en el que viven todos los músicos.
—Ya, pero yo tengo un niño pequeño de un año de edad…
—No eres la única que tiene hijos en la orquesta, Lakisha. Por eso mismo, durante las horas de ensayo, contamos con una guardería en la planta baja del edificio.
—Me lo estás poniendo muy difícil para decirte que no, Richard.
—En eso consiste mi trabajo. Si me dices que sí, en menos de una hora tendrás ese contrato, con todas las cláusulas bien detalladas, para que lo firmes.
—Bueno, pues voy a llamar a mi abogada para que venga y me asesore, pero desde ya te digo que, si todo lo que me has dicho está plasmado en ese contrato, no tendré ningún problema en firmarlo.
—Si te parece, mientras llega tu abogada, te invito a desayunar, porque tienes cara de no haber tomado ni un café; los nervios no te lo han permitido.
—También tienes razón, porque no me entraba ni un vaso de agua.
Salimos del despacho, no sin antes llamar al departamento de recursos humanos para decirles que fueran preparando mi contrato. Para eso, me pidió todos los datos personales y bajamos a una cafetería cercana al edificio.
Mientras Richard hacía esa llamada, yo aproveché para enviarle la ubicación a Mary, que no dudó en decirme que estaría allí lo antes posible. Eso sí, tendría que traer a Ethan, pues Oliver había salido para reunirse con el investigador.
Le pregunté a Richard y me dijo que no había ningún problema, que así lo iba conociendo, pues le gustaba tratar a sus empleados como si fueran su familia, y eso me encantó, para qué negarlo.