Capítulo 31
Liam
Aquella mañana apareció Jules por mi despacho, comportándose como si fuera la dueña de todo aquello, con la superioridad con la que iba siempre.
A pesar de que su vientre ya lucía demasiado abultado, no había perdido la elegancia.
Teníamos consulta con el ginecólogo, pues el bebé no se había dejado ver bien en la anterior ocasión.
—Vengo muerta, amor, me duelen hasta las pestañas.
—No me digas amor, ya te lo he dicho en infinidad de ocasiones. Siéntate mientras termino de enviar este correo electrónico.
—Sí, porque los pies me están matando.
—Normal, no sé cómo soportas esos tacones con el vientre que tienes. Además, pueden provocarte una caída.
—Llevo usando este tipo de zapatos desde que tenía quince años. Créeme que, si alguien sabe andar con algo así, soy yo.
No quise seguir discutiendo con ella sobre algo que era evidente, así que envié el correo y terminé lo que tenía que hacer antes de levantarme y coger mi abrigo, pues el frío ya se estaba dejando notar en la ciudad, a pesar de que el otoño acababa de empezar.
Salimos de mi despacho y le indiqué a mi secretaria que ya no volvía, pues esa tarde quería ir a ver a mi hijo y, si terminábamos pronto en la consulta, tenía la intención de ir a comer con ellos. Cada día me tenía más cautivado ese niño, por no hablar de su madre.
Me moría de ganas de que llegara el día siguiente y poder pasar el fin de semana con ellos. El investigador que Oliver había contratado le había dicho que tenía muchos indicios que investigar y que tardaría un poquito más, pues, hasta que no tuviera pruebas sólidas, no me daría ninguna información.
Llegamos al ginecólogo y nos hicieron pasar enseguida, por lo que, según mis cálculos, en menos de una hora estaríamos fuera y podría ir a comer con mi familia, pero nada más lejos de la realidad. Lo que me esperaba al salir de allí cambiaría todos mis planes.
—Va todo perfecto, señores Stone, y el parto será inminente —nos dijo el ginecólogo.
—¿Cómo que inminente? A la señorita Shawn le quedan todavía cuatro o cinco semanas para salir de cuentas.
—Sí, pero la niña es muy grande, por lo que es probable que el parto se adelante. Según mis cálculos, no creo que pase de este fin de semana.
Vi cómo el ginecólogo miraba a Jules y ella le respondía con una sonrisa ladeada. Algo no me gustaba de todo lo que estaba sucediendo allí, pero no metería mis narices en eso, dejaría que el investigador lo averiguara antes de mover un dedo.
—Liam, tenemos que legalizar nuestra situación, no quiero que la niña sea ilegítima.
—¿Perdona?
—Lo que te he dicho, quiero que legalicemos nuestra situación antes de que nazca la niña.
—Según el ginecólogo, la niña nacerá este fin de semana, así que, por mucho que corramos, no creo que nos dé tiempo a nada.
—No tiene que ser una boda multitudinaria, con que firmemos los papeles ante notario y nos vayamos a cenar con nuestros amigos y nuestras familias, tengo suficiente.
—No creo que eso sea lo lógico, Jules. Quizás, cuando nazca la niña, podamos hacer algo, pero no lo voy a hacer antes.
—Te he demostrado que esta niña es hija tuya, por eso, si no eres capaz de darle una seguridad, tendré que tomar otras medidas y no te permitiré verla.
No entiendo que tengas tanto sentido del deber con una mujer que no conocías casi de nada y a mí, que he sido tu pareja, que estoy esperando una hija tuya, me dejes tirada.
Por no escucharla más, claudiqué y le dije que fuera organizando algo. Lo que no sabía era que me llevaba ventaja y ya lo tenía todo más que organizado, hasta el punto de decirme que esa misma noche teníamos la prueba del menú en el restaurante elegido.
—Pero antes vamos a comer a cualquier otro lugar, porque tu hija tiene hambre y terminará devorándome por dentro.
—Está bien, entremos en este restaurante, total, ya es la hora de comer y no me dará tiempo de ir a casa.
—Sí, es una elección excelente, tienen una carne a la brasa que está de escándalo.
—Ve entrando, que tengo que hacer una llamada urgente.
—Está bien, te espero sentada a la mesa, que me duelen mucho los pies.
Esperé a que Jules entrara en el restaurante para marcar el número de teléfono de Lakisha. No me gustaba mentirle, pero no tenía más remedio que hacerlo, o lo que habíamos empezado se iría al garete de manera inminente.
—Lakisha…
—Hola, Liam. ¿Sucede algo?
—Pues sí que sucede, me han puesto una reunión esta noche y no puedo evadirme, aunque quiera.
La conversación no terminó como yo hubiera querido, puesto que me colgó antes de que pudiera decirle nada más. Se había dado cuenta de que lo que le dije era mentira, pero iría mañana, en cuanto pudiera, a verlos y a explicárselo todo.
La impresión que me dio es que pensaba que me iría con mis amigos de juerga, cuando la verdad no se acercaba a eso ni de cachondeo. Maldecía el momento en el que las cosas se habían torcido tanto en mi vida, pero, bueno, no me quedaba otra que apachugar.
La comida con Jules transcurrió entre comentarios sobre la supuesta boda, a los que no hacía ni caso, la verdad, pues mi cabeza estaba en otro lugar y con otras personas, más concretamente con Lakisha y con el pequeño Ethan, ya que me preguntaba qué estarían haciendo en ese momento.
A Charlotte le conté la misma historia que le había contado a Lakisha, por si acaso la llamaba, para que le dijera lo mismo. Aparte de que, si se enteraba de que mi cena era con Jules y del motivo por el que lo hacíamos, se marcharía de nuevo, y no quería eso ni muerto.
Recogí a Jules en su casa y nos pusimos rumbo al restaurante en el que me había dicho que teníamos la prueba del menú. Tenía una sensación muy fea, como si algo fuera a suceder, y nada bueno, por supuesto. Entramos y nos dirigimos hacia la mesa que nos habían reservado.
La dueña era una compañera de instituto mía, aunque ella iba unos cursos por debajo de mí. Si no recuerdo mal, estaba en el curso de Lakisha, pero había coincidido con Jules al terminar la universidad y se habían hecho grandes amigas.
Ese dato no me gustó mucho, la verdad, porque podía llegar a oídos de Lakisha de una manera que no era. Por eso, todavía tenía más claro que iría a verla mañana en cuanto me levantara.
Estábamos con la degustación de los entrantes cuando la puerta se abrió de pronto y entraron por ella las dos personas que menos me esperaba que lo hicieran. Jules lo tuvo que notar, porque dibujó una sonrisa de maldad en sus labios, como si ella supiera que iban a llegar.
Lakisha y Mike pasaron por nuestro lado como si no me conocieran, y eso me dolió en el alma. No lo podía permitir e intenté levantarme, pero Mike me miró muy serio y me advirtió que no lo hiciera.
—Ni lo intentes, deja de hacerle daño, que ya le has hecho bastante. ¿No te parece?
—Mike…
No me hizo caso y siguió hacia la mesa en la que iban a cenar los dos, porque no se marcharon. Sabía que entre ellos no había ni habría nunca más que una buena amistad, pero no pude controlar los celos que me entraron por el cuerpo.
No eran celos sentimentales, sino porque él podía protegerla como se merecía, mientras que yo no había sido capaz de hacerlo. Giré la cabeza hacia donde estaba Jules sentada y la sonrisa de maldad que dibujaba en su rostro me hizo comprender que estaba encantada con lo que había sucedido.
—¿Tú lo sabías? ¿Has sido tú la que se lo has contado todo?
—Yo, para nada. De hecho, desde que hemos salido del ginecólogo no me he separado de ti.
—No sé cómo lo has hecho, pero no lo vas a conseguir.
—No, quien no lo va a conseguir serás tú. ¿Acaso pensabas que no sabía que habías estado viéndola durante toda la semana?
—A quién yo vea o deje de ver no es asunto tuyo.
—Por supuesto que es asunto mío, eres el padre de mi hija y no voy a permitir que me dejes tirada, lo siento, pero es tu obligación y debes cumplir con ella.
—A partir de este momento, vas a salir de mi vida. No habrá boda ni te veré nunca más. Tendrás noticias de mi abogado para el tema de la manutención y del régimen de visitas.
—No te atrevas a hacer eso o te arrepentirás toda la vida. Eres mío, Liam, y no voy a permitir que te quedes con esa mosquita muerta.