Si nuestro destino quiere Capítulo 30
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Capítulo 30

Al día siguiente, en cuanto me levanté, y sabiendo que Miranda estaba en turno de tarde, la llamé para contarle todo lo que había pasado, aunque no dudaba de que Mike le habría adelantado algo. Lo decía porque era el único que sabía de la visita de Liam, no porque fuera un chismoso, que también.

Miranda me decía que debía tener cuidado, que no sabía si Liam sería capaz de hacerme sentir mal de nuevo.

Era lógico, pues ella era la persona que había visto su manera de tratarme cuando estábamos casados, la que me había visto llorar muchas veces y la que había estado presente cuando sus amigos se burlaban de mí y él no movía un dedo.

Yo tampoco es que quisiera hacerme ilusiones, la verdad.

Sí, habíamos pasado un día precioso, tanto el tiempo que estuvimos a solas como el que compartimos con nuestro hijo, pero hasta ahí.

Era muy consciente de que Jules seguía presente en su vida de una manera muy fuerte, y eso me hacía titubear en cuanto a sus verdaderas intenciones.

La semana fue transcurriendo como cualquier otra.

Por la mañana seguía con mis rutinas habituales y, por la tarde, recibíamos la visita de Liam.

Habíamos quedado en que nos marcharíamos el viernes a mediodía, cuando él saliera de trabajar, y volveríamos el domingo por la tarde, que era justo cuando llegaban mis padres.

El viernes por la mañana recibí una llamada de Liam.

Supuse que sería para concretar algo del viaje, así que dejé el ensayo y fui a contestar.

Ethan estaba en su parquecito, jugando y dando sus primeros pasos, pues ya se había decidido y había perdido el miedo a mantenerse de pie solo.

Lo tenía allí para poder controlarlo, por lo que me pude levantar tranquila para coger el teléfono.

—Lakisha…

—Hola, Liam. ¿Sucede algo?

—Pues sí que sucede. Me han puesto una reunión esta noche y no puedo evadirme, aunque quiera.

—Oh, bueno, no te preocupes.

—Es una cena de negocios de la que no sabía nada y que Mark había agendado desde hacía tiempo. No puedo decirle ahora al cliente que no puedo asistir.

—Mark… Bueno, da igual. Cenaré con Mike y el niño y luego veremos alguna serie en la televisión. ¿Mañana nos vamos a ir o debo hacer otros planes?

—Ciertamente, no lo sé. Ya sabes lo que me dijo Oliver, que tengo que actuar como si no tuviera sospechas de nada, y llevo toda la semana acudiendo a tu casa. Me da miedo que alguien me pueda ver y que todo se vaya al traste.

—Ya me lo imaginaba, no pasa nada. Te dejo, que todavía tengo que hacer muchas cosas.

Corté la llamada porque no me apetecía seguir escuchando excusas baratas. Ejercer de padre había estado muy bien mientras no le habían puesto por delante una fiesta, porque estaba segura de que sería eso lo que le habían propuesto.

Tenía claro que a mi hijo no lo iba a marear apareciendo y desapareciendo de su vida, y pensaba hablarlo con Liam en cuanto lo tuviera delante.

Antes era solo yo y, hasta cierto punto, me podía dar igual lo que hiciera, pero ahora ya no.

Mi niño no iba a sufrir por su culpa, así tuviera que mover Roma con Santiago para conseguirlo.

—Nada, cariño, hoy papá no viene, tiene cosas que hacer. Pero lo pasaremos igual de bien los dos juntos.

Ethan me miró como si no entendiera nada de lo que le estaba diciendo.

Lo cogí y lo saqué del parquecito y, como el día estaba buenísimo, decidí que nos iríamos a la calle.

A él le encantaba pasear por el parque y, más tarde, lo llevaría al centro comercial, pues tenía que comprarle ropa de invierno porque la que tenía ya se le estaba quedando pequeña.

Nos abrigamos bien porque, a pesar de que hacía sol, las temperaturas habían bajado considerablemente.

Lo senté en su cochecito y nos pusimos en marcha.

Durante el paseo por el parque me encontré con una vieja conocida y nos paramos a saludarnos.

Me sorprendió mucho lo que me dijo, pues nadie sabía nada más que mi familia, tanto la de sangre como la que no.

—¿Estás cuidando a este niño, Lakisha?

—No, es mi hijo. Se llama Ethan.

—Vaya, por un momento pensé que era hijo de Liam Stone. ¿Lo recuerdas del instituto?

—Sí, algún leve recuerdo tengo de él.

—Chica, pues es igualito. Vamos, el niño que está esperando su novia, te aseguro que no se le parecerá tanto.

—¿Está su novia embarazada?

—Sí, es una mujer de lo más agradable. Esta misma noche han quedado en ir a mi restaurante para probar el menú degustación de la boda.

—¿No me digas que también se casa? Joder, eres una fuente de noticias, chica.

—Pues sí. Según me dijo él ayer, cuando vino, no quería que el bebé naciera fuera del matrimonio porque, si le ocurría algo, sería más difícil que pudiera acceder a su patrimonio.

Os prometo que, si me pinchan, no me sacan sangre. ¿Cómo podía haber sido tan gilipollas de creerlo de nuevo? En ese momento tomé una determinación: no me creería nada de lo que me dijera. Si quería ver a su hijo, no se lo iba a impedir, pero lo haría a través de un acuerdo de visitas.

Para eso, no dudé en llamar a Mary y comunicarle mi intención. No era una persona que me moviera por impulsos, pero tenía que proteger a mi hijo. Su padre se podía reír de mí, como lo estaba haciendo, pero no lo haría de él, aunque me tuviera que dejar la piel para conseguirlo.

—Dime, amor. ¿Qué te ocurre?

—Mary, necesito hablar contigo, como cliente y abogada, por favor.

—¿Tienes algún problema?

—Ahora mismo, no, pero lo tendré en un futuro como no ponga remedio.

—¿Estás en casa?

—No, voy camino del centro comercial. Tengo que comprarle varias cosas al niño.

—Entonces, nos vemos allí. En cuanto llegue, te aviso y me dices dónde estás para ir a buscarte.

—Gracias, amiga. No sé lo que hubiera hecho en mi vida sin vosotras.

—Pues lo mismo, pero con más aburrimiento.

Corté la llamada con una sonrisa en los labios.

Si alguien podía sacarme una, esa era ella.

Seguí paseando hasta llegar al lugar en el que había quedado con mi amiga.

No es que la ciudad fuera pequeña, ni mucho menos, pero, cuando decía que iba al centro comercial, todos sabían que me refería al que estaba cerca de mi casa.

Mi cabeza, en esos momentos, era una bomba de relojería. No quería pensar que se había reído de mí. No quería creer que había vuelto a actuar por su sentido de la justicia y del deber, pero no podía evitarlo. Todo indicaba que así había sido.

Todo lo que había sentido junto a él, los momentos que habíamos pasado juntos y todas las veces que lo había visto reír con nuestro hijo, después de escuchar lo que acababa de escuchar, me parecían una burla, tanto hacia el niño como hacia mí.

Casi sin darme cuenta, llegué al centro comercial, donde me encontré con mi amiga, que llegaba a la vez que yo. Mientras buscaba el móvil en su bolso, le di un par de golpecitos en el hombro con el dedo y ella, sin darse cuenta de que era yo, pensó que no me dejaba pasar.

—Perdone, ahora mismo me aparto.

—Bueno, si lo que quieres es que pase de largo, por mí no hay problema.

—Lakisha, mi niña, no te había visto. Por favor, este niño está más grande por cada día que pasa.

—Lo malo sería que no fuera así, cariño. ¿Todo bien?

—Eso te lo tendría que preguntar yo a ti, pero sí, todo bien. ¿Habéis comido ya?

—No, precisamente nos dirigíamos aquí para hacerlo, además de para comprarle ropa, que, como ves, todos los pantalones le quedan cortos.

—Al final terminarás legándome a mí lo que ya no le sirva al niño.

Es que Mary era muy bajita, no medía más de un metro cincuenta y cinco, pero tenía una carita preciosa y un cuerpo de escándalo que llamaba la atención allá por donde iba. Y eso era lo que le había ocurrido a Oliver, que cayó rendido a sus pies nada más conocerla.

Encaminamos nuestros pasos hasta uno de los restaurantes del centro comercial, en el que a mi hijo le encantaba que le pidiera pescado a la plancha con puré de verduras, que estaba buenísimo.

Ethan ya comía sólido, siempre que no fuera algo demasiado duro o difícil de masticar, porque tan solo tenía cuatro dientes.

—Bueno, cuéntame qué es lo que necesitas.

—Necesito que redactes un régimen de visitas para que Liam pueda ver al niño, pero con unas condiciones.

—Sabes que, si tenemos que llevarlo a un juzgado, te asignarán una pensión alimenticia para el niño.

—No quiero nada de él y, en el caso de que tampoco quiera tener contacto con el niño, no insistiré. Lo único que quiero es que no esté apareciendo y desapareciendo a su antojo, de manera que pueda desestabilizar a mi hijo.

—Y te entiendo, pero no puede ser todo blanco o negro, también hay una gran gama de grises.

—Ya, pero es que ya no creo en él ni en su palabra.

—¿Me cuentas qué es lo que ha ocurrido?

Empecé a contarle todo lo que me había explicado aquella compañera del instituto que me había encontrado en el parque y cómo Liam me había llamado por la mañana para cancelar los planes que teníamos para ese fin de semana.

—¿Te la crees?

—¿Por qué no debería hacerlo? Esa mujer no sabe lo que hay entre Liam y yo. De hecho, hacía mil años que no nos veíamos y no tiene ninguna relación con Jules, más allá de que han contratado el catering de su restaurante.

—¿Sabes cómo saldrás de dudas?

—Ni idea, la verdad.

—Pues mira, esta noche Oliver y yo nos vamos a quedar con el niño, mientras que tú irás a ese restaurante con Mike para comprobar si lo que te han dicho es cierto.

—No puedo hacer eso, de verdad.

—Claro que sí, y será una casualidad, porque Liam no te ha dicho el restaurante en el que se llevaría a cabo esa cena. Si ves que está con ella, le enviamos ese documento de acuerdo para que lo firme. Si, por el contrario, está con un cliente, lo dejamos guardado en el cajón.

—Está bien, pero no quiero molestar. En cuanto termine de cenar, paso por tu casa y recojo al niño.

—No, porque, si es cierto que está con esa mujer, te hará falta una buena copa para digerirlo y, entonces, no estarás para bregar con un niño en toda la mañana. Además, es sábado y ninguno de los dos trabajamos.

—Está bien, pero deberías preguntarle antes a Oliver. Lo mismo él tiene otros planes.

—¿Qué es lo que me tenéis que preguntar a mí? —preguntó Oliver, a quien su pareja había llamado antes de salir del despacho.

—Bueno, más que preguntarte, era informarte de que esta noche nos quedamos con el niño, que Lakisha tiene que salir.

—No hay ningún problema. ¿Te ha invitado Liam a cenar?

—Pues no, voy a ir con tu hermano, si es que no tiene ningún plan, porque, si no, me tendré que quedar en mi casita.

—¿Perdona? ¿Qué pinta mi hermano en todo esto? Por favor, contadme, porque tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo.

Le conté los planes que teníamos Liam y yo, junto a nuestro hijo, para el fin de semana, cómo me había llamado esa misma mañana y lo que me había dicho aquella mujer en el parque.

—Entiendo que tenga que actuar como si no pasara nada, pero no que tenga que organizar una boda con esa mujer —le dije.

—Algo no me huele bien, pero, como tengo que hablar con el investigador, no dudaré en preguntar —me respondió Oliver.