Capítulo 29
Ese encuentro que tuve con Liam no había sido como los otros dos anteriores. En esta ocasión, se había deleitado con mi cuerpo, lo había besado de arriba abajo, sin pudor ni repulsa, haciendo especial hincapié en mis cicatrices, y eso me gustó mucho.
Estábamos en la cama, abrazados, cuando recibí un mensaje de Mike que me hizo soltar una carcajada, no solo por lo que decía, sino por la manera en la que lo hizo, por las palabras que utilizó y el tono que empleó.
Mike: Te he llamado y no has contestado al teléfono, por lo que sobreentiendo que estás de lo más entretenida con el buenorro que tienes al lado. Bueno, al lado, encima, debajo, en cualquier sitio es bueno, siempre y cuando te esté haciendo gritar de placer.
»No te sientas mala madre, que el niño está perfectamente cuidado. Estamos en mi casa, pero la construcción debe ser muy buena, porque no escucho nada, por mucho que pego la oreja al tabique. Pero bueno, solo era eso, cuando terminéis, me das un golpecito y os llevo al niño.
Liam me miraba sonriente, sin saber por qué había soltado esa carcajada, hasta que le mostré el móvil y leyó el mensaje. Él también empezó a reír a carcajadas, pero, en un determinado momento, aprovechó que yo estaba apoyada en la almohada para besarme de nuevo.
—Tenemos todo el tiempo que queramos para disfrutar de nosotros y, después, te voy a hacer una propuesta.
—Tampoco tanto, tengo que ir a por el niño y también tengo que ensayar, que hoy no he levantado ni la tapa del piano.
—Bueno, dame un par de horas más y vamos a por todos los demás para ir a comer juntos.
—Si te doy un par de horas, más bien iremos a por los demás para la merienda.
—En ese caso, que vayan comiendo, que ya llegaremos nosotros.
Volvió a besarme, intensificando el beso hasta el punto de encenderme de nuevo.
Del beso pasamos a las caricias y, antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos otra vez liados.
No, no me llaméis inconsciente, que, en cuanto di a luz a Ethan, le dije al ginecólogo que me pusiera un DIU. No quería tener otro susto.
Porque sí, mi hijo era una bendición, pero volver a quedarme embarazada sin tener una pareja estable y con él tan pequeñito sería una puta pesadilla.
Era por ese motivo por el que no le había dicho a Liam que se protegiera.
Además, tampoco creía que hubiera venido preparado para lo que había terminado sucediendo, la verdad.
Exactamente dos horas fueron las que estuvimos enredados, para terminar en la ducha, donde tuvimos nuestro último encuentro.
No sabía si estaba cometiendo el mayor error de mi vida, pero, de momento, no quería pensar en eso.
Prefería mantener mi mente alejada de todos esos pensamientos y disfrutar como lo estaba haciendo.
—Bueno, vamos a por el niño, que te tiene que estar echando mucho de menos —me dijo Liam.
—Ese, mientras le den comida y esté con gente de su agrado, no echa de menos a nadie.
Soltó una carcajada cuando le dije eso, pero, además, pudo comprobarlo él mismo cuando Mike abrió la puerta de su casa con Ethan en brazos.
¿Qué hizo mi hijo? Pues lanzarse a los brazos de su padre, y el motivo estaba muy claro.
Él le había traído los bollitos esa misma mañana, por lo que, en esos momentos, era su persona favorita del mundo.
—Será desagradecido el niño, después de que tú y yo lo hayamos cuidado durante todo este año —dijo Mike, negando con la cabeza.
—Es que la sangre tira, amigo —le contestó Liam.
—Anda, pasad, que acabo de poner la mesa.
—¿Has cocinado tú? Porque, entonces, más vale que vayas llamando a urgencias para que lo tengan todo preparado, pues ahí es donde va a terminar la fiesta —le dije, riendo.
—Pues no, lista, ha sido Charlotte la que ha cocinado, y algo que tiene una pinta estupenda. No sé lo que es porque no me lo ha querido decir, argumentando que la receta se morirá con ella, pero huele que alimenta.
—Es su famoso pescado al horno. No sé cómo lo hace porque no me lo ha querido decir en la vida, pero os aseguro que está de vicio. Tan solo espero que haya comprado bastante pescado, porque todo el que lo prueba repite —aclaró Liam.
—Es cierto, y eso que a mí no me gusta mucho el pescado, pero está para chuparse los dedos —corroboré.
—Y verás cuando lo pruebe mi niño, ese sí que va a disfrutar comiendo. Además, el pescado viene sin ninguna espina para que se lo pueda comer él solito —le dijo Charlotte a Ethan, que la miró con una sonrisa.
Efectivamente, comimos todos juntos en la casa en la que vivía Mike, porque Oliver había decidido, días atrás, marcharse a vivir con Mary. Habían decidido hacerlo en la casa de ella, con la intención de que su hermano no tuviera que mudarse ni buscar otro lugar en el que vivir.
Cuando terminamos de comer, Mike empezó a prepararlo todo, pues entraba en el turno de noche, de ocho de la tarde a ocho de la mañana.
Esos turnos eran los que menos le gustaban, pues decía que perdía todo el día siguiente y que luego le costaba volver a coger el ritmo de sueño, pero su trabajo era así y no podía hacer otra cosa.
Nosotros volvimos a mi casa, donde Charlotte empezó a guardar las cosas que había sacado de la maleta, con la intención de volver a la suya. Liam se sentó con el niño en el sofá del salón y empezó a jugar con él, haciéndole pedorretas en la barriga que provocaban que Ethan riera a carcajadas.
Yo me senté al piano. Tenía que ensayar, al menos, una hora para no perder la velocidad de los dedos ni la concentración que requería tocar piezas de tal envergadura. Liam se quedó completamente quieto al escucharme tocar y se mantuvo en silencio, al igual que mi hijo.
A Ethan le encantaba escucharme tocar y, cuanto más cerca estuviera de mí, mucho mejor. Por eso, se incorporó en el sofá y, con gestos, le hizo saber a su padre que quería que lo llevara hasta donde estaba yo. Liam lo cogió en brazos y lo acercó al piano, donde lo sentó para escucharme tocar.
—Jamás me imaginé que tocaras el piano de esa manera —dijo Charlotte cuando apareció por la puerta del salón.
—Gracias, Charlotte. Siempre ha sido mi pasión y espero que lo siga siendo durante muchos años más, porque eso significará que sigo teniendo ilusión y sueños.
—Joder, Lakisha, lo que dice Charlotte es verdad. Ahora todavía entiendo menos lo que te impulsó a salvarme aquel día, dejando tu futuro a la deriva —me dijo Liam.
Me entraron ganas de decirle que aquello había sido producto del amor que sentía por él desde que era prácticamente una niña, pero me lo callé.
Tan solo me encogí de hombros. El motivo para no decir nada era muy sencillo: él no me había expresado sus sentimientos y yo no quería ser la primera en hacerlo.
No sabía si lo que había pasado entre nosotros había sido tan solo deseo, un encuentro sexual que terminaría ahí, o si significaba algo más.
Liam tenía que marcharse y, con él, también lo haría Charlotte. A mí me tocaba bañar a Ethan, darle la cena y acostarlo. Su padre no quiso irse hasta que no lo hubiera bañado, pues decía que le daba miedo que pudiera necesitarlo, mucho más al saber que Mike estaba de guardia esa noche.
—Me estoy pensando quedarme aquí esta noche, aunque tenga que dormir en el sofá. Pero tengo una reunión a primera hora de la mañana y tendría que ir a casa a cambiarme de ropa, por lo que podría despertar al niño al levantarme tan temprano.
—No hace falta, de verdad. No es la primera noche que pasamos solos. De hecho, casi siempre ha sido así desde que nació.
—¿Sigues teniendo contacto con Miranda?
—Por supuesto que sí, es una de mis mejores amigas. Y, si lo que estás pensando es contratarla de nuevo, ni te atrevas, que tiene un buen puesto en el hospital.
—Es que no me gusta que estéis solos.
—Te repito, otra vez, que siempre hemos sido tan solo los dos. Además, cuando nació, mi padre contrató a una chica para que me ayudara con el niño y con la casa.
—¿Por qué no ha estado aquí hoy, por ejemplo?
—Pues porque viene de lunes a viernes, desde por la mañana hasta las tres, más o menos. Aunque hay veces que, cuando hace muy mal tiempo, se queda conmigo, ya que vive en el otro extremo de la ciudad.
—Vale, me has convencido, pero, si necesitas algo, lo que sea, me llamas a cualquier hora, por favor.
—Sí, papá, te llamaré.
Se lo dije en plan irónico, pero mi hijo, con su gran sentido de la posesividad, me miró como si no fuera cierto lo que acababa de escuchar para, a continuación, dejar clara su postura.
— No, tú, mamá mía, él, papá mío .
—Sí, cariño, es tu papá y no te lo va a quitar nadie —le dije, riendo.
Liam se hinchó como un pavo real y a mí me hizo una gracia horrorosa. Aunque, cuando pensé en lo que le acababa de decir al niño, me sentí mal, porque no sabía si eso era totalmente cierto. Su padre, que se dio cuenta de cómo había cambiado mi rictus, se apresuró a aclararlo.
—No, Lakisha. Será mi hijo toda la vida y estaré presente en la suya hasta el día en el que me tenga que marchar de este mundo. Y eso será así, pase lo que pase con nosotros.
—¿Qué es lo que quieres que pase? Porque me has dicho esta mañana que tenías que hacerme una propuesta y todavía no me has contado nada.
—Es verdad, casi me voy y no te lo digo. Pero, bueno, hubiera dado igual, porque te lo habría contado mañana. Pienso venir en cuanto termine de trabajar.
—Pero sigues sin decirme nada.
—Primero te diré que lo que quiero es que formemos una familia, que vivamos juntos. No te digo que eso tenga que ser ahora mismo, porque tengo muchas cosas que resolver antes, pero ese es mi principal deseo.
—No quiero que te veas obligado a eso por el niño. Como has podido comprobar, no pondré ninguna objeción a que sigas ejerciendo de padre. Pero tu sentido del deber no debería obligarte a vivir una vida que no quieres.
—Es que no es por el niño, es por ti y por mí, por nadie más. Y la propuesta que quería hacerte es que pasemos el fin de semana juntos, los tres, en mi casa de campo.
—¿Tienes una casa de campo? Es la primera noticia que tengo.
—Sí, pero no suelo ir mucho. Allí me siento muy solo y me trae malos recuerdos. Por eso quiero llenarla de nuevas vivencias, convertirla en un lugar especial para nosotros.
—Está bien, por mí no hay problema, pero supongo que no tendrás allí una cuna o algo parecido para que el niño pueda dormir a gusto.
—No te preocupes por eso, déjalo todo en mis manos.
Liam y Charlotte se marcharon de casa, pero no pudieron hacerlo hasta que el niño estuvo dormido, pues, cada vez que su padre hacía el intento de irse, Ethan se ponía a llorar.
Cuando por fin lo hicieron, me senté en el sofá a procesar todo lo que había pasado durante aquel día. Tenía que contárselo a las chicas, pero lo haría al día siguiente. En esos momentos, lo único que quería era meterme en la cama y dormir, pues los ojos se me cerraban sin poder remediarlo.