Si nuestro destino quiere Capítulo 28
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Capítulo 28

Liam

Cuando llegué a casa, deseando contarle a Charlotte lo que me había sucedido, además de pedirle disculpas por el tono que empleé con ella antes de marcharme, y no la encontré, empecé a ponerme nervioso.

Marqué su número de teléfono en infinidad de ocasiones, pero siempre con el mismo resultado: su móvil estaba apagado o fuera de cobertura, y me dio un miedo atroz.

A pesar de que vivíamos en un barrio seguro, el resto de la ciudad no lo era tanto, aunque supongo que ocurría lo mismo en todas las grandes ciudades del mundo.

Seguí insistiendo y, unas tres horas después, vi su nombre reflejado en la pantalla de mi móvil y lo cogí de manera inmediata. Necesitaba saber dónde estaba para ir a recogerla, para traerla de vuelta a casa, a su hogar, que también era el mío.

—Charlotte, por todos los santos. ¿Dónde te has metido? Me tienes muy preocupado.

—Hola, Liam. Lo siento, estaba tan enfadada que se me olvidó dejarte una nota.

—No es una nota lo que esperaba encontrar al llegar a casa, sino a ti, para pedirte disculpas. ¿Dónde estás? Voy a recogerte ahora mismo o te envío un coche.

—No hace falta, estoy bien y quiero pasar aquí la noche.

—Está bien, pero dime dónde te encuentras, porque a primera hora de la mañana estaré ahí para recogerte.

—Estoy en casa de Lakisha…

Seguimos hablando un buen rato y le pedí que le pasara el teléfono a ella. Necesitábamos hablar, bueno, en realidad yo necesitaba más que eso, pero no se lo diría por teléfono o me prohibiría pasar hasta por la puerta del edificio en el que vivía.

Lakisha accedió a que fuera a la mañana siguiente. Quería ver a mi hijo, quería abrazarlo y poder ejercer como lo que era, su padre. Me prometí que no sería como el mío, que yo sería un progenitor presente y que recuperaría, en la medida de lo posible, todo lo que me había perdido de su primer año.

Esa noche no dormí, apenas pude descansar por momentos, pero me daba igual. Lo único que quería era que amaneciera ya para poder ir a buscar a mi familia. Porque sí, en esa casa estaban todas las personas que representaban eso en mi vida.

Abrí los ojos y vi que eran las siete de la mañana.

Sabía que era demasiado temprano como para ir a casa de nadie, pero no pude mantenerme ni un segundo más en la cama, por lo que decidí levantarme.

Me di una ducha tranquilamente, sin poder evitar que su imagen apareciera en mi cabeza. Ella, la mujer de mi vida.

Salí de casa cuando no eran ni las ocho y media, pero, como tenía que parar en la panadería y en la pastelería que más me gustaban de toda la ciudad, no llegaría demasiado temprano.

Hice mis compras y, cuando llamé al timbre, eran las nueve y dos minutos, una hora medianamente razonable para ir de visita.

Mi hijo era una verdadera monería. Me recibió con una sonrisa en los labios, sin extrañarme nada de nada.

Era como si me conociera de toda la vida y no os podéis imaginar lo que eso suponía para mí.

Si el niño era tal y como me había contado su madre y no le hubiera caído bien desde el primer momento, me habría costado mucho que me aceptara en su vida.

Por suerte para mí, me lo había puesto demasiado fácil y eso me daba un miedo horrible.

En mi vida nada había sido fácil, estaba acostumbrado a luchar por todo lo que quería, a tener que dejarme las pestañas para que las cosas me salieran bien, y por eso no podía evitar pensar que, en cualquier momento, algo se torcería.

Comenzamos la conversación que tenía pendiente con una disculpa por mi parte, tanto por lo que había hecho como por no haber sido consciente del daño que los comentarios de mis amigos le habían causado.

Me sorprendió que me dijera que no quería revivir todo aquello, que le había costado mucho superarlo. No me pude callar y le pregunté:

—¿A mí también me has superado?

Charlotte, que era muy lista y vio la reacción que ella tuvo, se fue junto a Mike y el niño a la calle, dejándonos solos en la casa. Volví a preguntárselo, pero esta vez necesitaba una respuesta de verdad, no una evasiva como la que había recibido antes.

Por eso, me situé a su espalda y, en cuanto cerró la puerta y se giró, se topó conmigo invadiendo su espacio personal. La noté tragar saliva y le volví a formular la misma pregunta. Esta vez quería que me hablara con sinceridad, y lo conseguí.

No sé cómo ocurrió, pero, dos segundos después, nos estábamos besando como si no hubiera un mañana. Nuestras lenguas batallaban en una guerra de amor en la que ninguno de los dos saldría perdedor, porque era el amor el que estaba triunfando.

No pude aguantar mis ganas de más y la cogí por las nalgas, amasándolas y pegándola más a mí, para que notara lo que me estaba provocando y fuera consciente del estado en el que me encontraba. Si quería que parase, ese era el momento de hacerlo.

Lejos de frenarme, se pegó todavía más a mí, jadeante, y eso fue suficiente para que me volviera loco del todo.

La levanté e hice que rodeara mis caderas con sus piernas, aumentando todavía más el contacto entre nuestros cuerpos.

Cuando empezó a moverse contra mí y escuché sus gemidos junto a mi oído, pensé que todo acabaría incluso antes de empezar.

No quería que fuera como las otras dos veces que habíamos intimado. En esta ocasión quería perderme entre sus piernas, besar su cuerpo de arriba abajo, sin barreras, sentir su piel contra la mía, y eso iba a hacer. No me iba a privar de nada de lo que deseaba.

—¿Cuál es tu habitación?

—La que está enfrente de la del niño.

Encontré la puerta de su habitación que, por suerte para mí, estaba abierta de par en par.

La posé en el suelo, sin necesidad de cerrarla porque no había nadie más en la casa y no volverían hasta que nosotros no avisáramos.

Por eso, porque no tendríamos ninguna interrupción, la fui desnudando poco a poco.

En el momento en el que levanté su camiseta y me encontré directamente con esos pechos turgentes, sin sujetador, no lo pude evitar y me lancé a ellos como si fueran un manjar de dioses.

Los lamí, los mordisqueé y los succioné, haciendo que Lakisha jadeara y arqueara la espalda por el placer que sentía, ofreciéndomelos sin pudor alguno.

Una vez que me deleité con sus pechos, fui bajando por su vientre, besándolo hasta llegar a la cinturilla de sus pantalones, que bajé llevándome con ellos también la braguita. Al sacarlos por sus piernas, arrastré también sus calcetines, dejándola completamente desnuda.

La notaba algo avergonzada, pero no se lo permití, e hice algo que ella no esperaba. Me quité la camisa por encima de la cabeza, sin desabrochar los botones, y después hice lo mismo con el resto de mi ropa, quedándome completamente desnudo, tal y como estaba ella.

Vi cómo me miraba con hambre, con deseo, y eso me encendió todavía más.

—Soy todo tuyo, haz conmigo lo que quieras.

—Es peligroso que digas eso en una situación así.

—Peligro es mi segundo nombre, pero, si no te ves con el arrojo suficiente, no tengo ningún problema en empezar yo.

Lakisha se había recostado ya en la cama y yo me situé entre sus piernas. Empecé a besarla por los labios y seguí bajando por su cuello, sus pechos, sus brazos y cada una de sus cicatrices. Hice lo mismo con las de su pierna.

Quería demostrarle que no me daban repulsa, como ella pensaba, que formaban parte de su cuerpo y de todo lo que había vivido.

Seguí recorriéndola con mis labios hasta conseguir que se abandonara por completo a las sensaciones y alcanzara el orgasmo entre gemidos que me hicieron pensar que la mañana iba a ser de lo más productiva.

Fue ella la que me dio la vuelta, poniéndose encima de mí. Sentir el calor de su cuerpo contra el mío casi hizo que perdiera el control, pero conseguí resistir.

—Me estás matando, preciosa.

—Bonita manera de morir, hacerlo de placer.

La levanté hasta poner su cuerpo a mi altura porque ya no podía aguantar más. La atraje hacia mí y, segundos después, nuestros cuerpos volvieron a unirse, dejando que fuera ella quien tomara las riendas del asunto.