Capítulo 27
Estaba de lo más nerviosa y me había costado conciliar el sueño una barbaridad. No concebía la idea de que Liam estuviera en mi casa, con nuestro hijo, como si fuera una cosa natural, y tenía miedo de que me lo pudiera quitar, de que pidiera una custodia compartida, por ejemplo.
Me levanté temprano y me di una ducha antes de ir hasta la habitación de Ethan, que todavía estaba durmiendo plácidamente. No me vestí de manera especial, pues lo consideré una tontería cuando Liam me había visto en mis peores momentos.
Elegí unas mallas térmicas negras y una camiseta de manga larga blanca. En mi casa, con la calefacción, no hacía falta abrigarse mucho, aunque a mí me encantaba bajarla y tumbarme en el sofá con una manta. Si no lo hacía más a menudo, era para que Ethan no pasara frío en su parquecito de juegos.
Eso sí, no me ponía zapatillas. Me encantaba estar por casa con unos calcetines gorditos, además de que el suelo era de tarima flotante, por lo que, habitualmente, no estaba demasiado frío.
Me fui hasta la cocina, pero, cuando llegué, ya estaba allí Charlotte, con el café caliente y el zumo de naranja recién exprimido.
—Venía a prepararlo yo.
—Lo sé, pero yo me he adelantado.
—Iba a preparar tostadas, pero Liam me dijo ayer que traería pan caliente, así que voy a ver si está Ethan despierto para vestirlo mientras llega.
Al entrar en la habitación de mi hijo, allí estaba, sentado en la cuna y mirando hacia la puerta, como si estuviera esperando a que viniera a buscarlo. En cuanto me vio, me regaló la más bonita de las sonrisas.
—Hola, mi amor. ¿Ya te has despertado?
—Mamá.
—Sí, cariño, mamá. Venga, vamos a cambiar este pañal y a ponerte guapo, que hoy viene papá a verte.
—¿Papá?
—Aquí estoy, mi vida.
Cuando escuché la voz de Liam detrás de mí, un escalofrío me recorrió la espalda.
Parecía mentira que, después del tiempo que había pasado, todavía sintiera tantas cosas por él.
Intenté disimular, pero no lo logré, mucho menos cuando se acercó a mí y me dejó un beso en la mejilla, manteniendo sus labios allí demasiado tiempo.
—¿Puedo cambiarle el pañal y vestirlo?
—¿Sabes hacerlo?
—Me he pasado toda la noche ensayando con un muñeco.
—¿No lo dirás en serio?
Liam soltó una carcajada que contagió a mi hijo, que empezó a reír con él y terminó haciendo que yo también lo hiciera mientras negaba con la cabeza.
—Te pongo aquí todas las cosas necesarias y, si me necesitas, estaré en la cocina con Charlotte.
—Lakisha…
—Dime.
—Gracias.
—Eres su padre, no tienes que dármelas.
—¿Puedes quedarte, por favor? Me gustaría que estuviéramos los dos aquí, con él.
—Si no te importa, por mí no hay problema.
Ver el mimo y la delicadeza con los que Liam trataba al niño me hizo entender que sería un gran padre. Mi hijo le cogía la cara a modo de caricia y a él se le caía la baba, al igual que a mí al verlos a los dos interactuando.
—Bueno, pues ya estás listo, así que vamos a desayunar.
Mi hijo escuchó esa palabra y empezó a aplaudir, haciendo que ambos riéramos a carcajadas.
Hablarle de cualquier tipo de comida era hacerlo la persona más feliz del mundo.
Al llegar a la cocina, Charlotte ya estaba allí, con el café preparado y el biberón de mi hijo, que abrió los ojos como platos en el momento en el que vio los bollos encima de la mesa.
—Veo que este muchachito es un glotón de cuidado —dijo Liam, riendo al ver la reacción del niño.
—Uy, no lo sabes tú bien. Sale más económico comprarle un traje que invitarlo a comer…
—No sé a quién saldrá… —dijo Charlotte, mirando al niño.
Liam soltó una carcajada mientras nuestro hijo se tiraba de cabeza hacia la trona para que lo sentara a desayunar.
Charlotte cogió uno de los bollitos de leche y mantequilla que había traído Liam, lo partió en pedacitos muy pequeños y los puso en la bandeja de la trona.
Mi hijo cogió el primero y se lo metió en la boquita.
La cara de nuestro hijo al saborearlo fue un poema, no os podéis imaginar cómo fue. Cuando terminó de comerlo y se lo tragó, empezó a aplaudir para decir que estaba riquísimo. Pero no fue menos la cara de su padre al ver cómo el niño interactuaba con nosotros.
—¿Está rico, Ethan? —le pregunté.
— Chi.
—¿Me lo como yo?
—Noooo.
Abrió sus bracitos, protegiendo la bandeja para que nadie se lo quitara, y eso provocó que todos empezáramos a reír. Nos sentamos a su lado a desayunar, pero los nervios que tenía no me dejaron disfrutar de esos bollitos, de los que tan solo me comí uno.
Mis padres ya se habían marchado de segunda luna de miel y, por eso, no pude darles la noticia, ya que les dije que disfrutaran de su amor y que no me llamaran a no ser que tuvieran algún problema. Era solo una semana, así que no se iba a caer el mundo mientras ellos no estaban.
—He visto que has recuperado la movilidad de tus dedos. ¿A qué se debe este milagro? —me preguntó Liam, ante la mirada atónita de Charlotte, que no sabía nada.
—Pues un milagro, precisamente, no ha sido. Lo he conseguido a base de una terapia que me han aplicado, mucho esfuerzo, mucho trabajo y muchísimo dolor, pero, por fin, puedo volver a tocar el piano.
—¿Una terapia? No he escuchado nunca nada de eso.
—Mi padre, antes de adoptarme, en la fiesta del cumpleaños de Clothilde, me presentó a un traumatólogo de fama internacional, conocido por enfrentarse a retos casi imposibles, como el mío, y me puse en sus manos.
—Joder, ya me podía haber enterado yo antes. Ni siquiera se notan tus cicatrices…
—No, se han minimizado mucho y tendrías que fijarte bastante para saber que estaban ahí. Pero, gracias a las chicas, aprendí a que no me afectaran. Son heridas de guerra, como dice Sophie.
—Yo… me gustaría pedirte perdón por todo lo que pasó, por los comentarios de mis amigos y por no darme cuenta del daño que te hacían.
—Me hicieron daño muchas más cosas que esas, Liam.
—Mi indiferencia, por supuesto, pero quiero explicarte el motivo por el que lo hice.
—No quiero revivir todo aquello de nuevo, de verdad que no. Me ha costado mucho superarlo como para recordarlo todo otra vez.
—¿A mí también me has superado?
No supe qué contestar, por lo que me levanté con mi taza, la enjuagué en el fregadero y la metí en el lavavajillas. Necesitaba estar ocupada, tener mi mente en otro lugar y no contestar a esa pregunta. Charlotte se dio cuenta del tema que estábamos tratando e intervino.
—Bueno, caballerito, usted y yo nos vamos a ir a dar un paseíto al parque y vamos a dejar a tus papás que hablen a solas —le dijo Charlotte al niño, que recibió la oferta con mucha alegría.
—No es necesario, Charlotte, de verdad —contesté.
—Sí que lo es. Gracias, Charlotte, en cuanto terminemos de hablar te envío un mensaje para avisarte —le respondió Liam.
Charlotte nos miró con una sonrisa en los labios, cogió al niño de la trona, le puso un chaquetón y unas zapatillas deportivas y lo sentó en el cochecito. Justo cuando salía de mi casa, apareció Mike, que, al ver sus intenciones, no dudó en sumarse al paseo.
—Traidor… —murmuré mientras lo miraba a los ojos.
—Chica, ya va siendo hora de que te quites las telarañas, que mojas menos que un grifo sin agua —me contestó él en un tono bajo.
Cerraron la puerta después de que nos despidiéramos del niño y nos dejaron a solas en mi casa. Al darme la vuelta, vi que tenía a Liam demasiado cerca, tanto que me tenía apresada entre su cuerpo y la puerta. En sus ojos vi el deseo, pero también el miedo y la duda.
—No me has contestado a la pregunta que te he hecho, Lakisha. ¿A mí también me has superado?
—No, no te he superado y creo que no te superaré nunca, pero no quiero más dolor en mi vida. No quiero que me vuelvan a partir el corazón, entre otras cosas porque todavía no he sido capaz de recomponerlo.
—Necesito volver a sentir tus labios en los míos, Lakisha, y me estoy conteniendo porque no sé si tú quieres lo mismo que yo.
—No sé lo que quiero, pero sí sé lo que necesito en estos momentos.
No sé cuál de los dos acortó la distancia que había entre nosotros, pero lo que sí puedo afirmar es que, segundos después, nuestros labios se encontraron y nos estábamos besando con pasión.