Si nuestro destino quiere Capítulo 23
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Capítulo 23

Hoy era el día en el que mis padres renovaban sus votos, y lo harían en el salón de uno de los mejores hoteles de la ciudad. Yo me había encargado de organizarlo todo a sus espaldas y, esa mañana, me levanté temprano y le dije a mi madre que debía acompañarme a un lugar, que la necesitaba.

No me hizo falta decirle nada más, pues en diez minutos la tenía en la puerta de mi casa. Allí estaban las peluqueras y la maquilladora y, colgado de la lámpara de la habitación de invitados, se encontraba un vestido blanco de ceremonia, uno que yo había elegido para ella.

De mi padre se encargó Oliver, diciéndole que debía hablar con él de un asunto importante y que iría a buscarlo de inmediato. Yo había dejado en casa de Oliver la noche anterior el traje de mi padre, así como todos los complementos.

Tanto él como yo actuaríamos de padrino y dama de honor.

Todavía quedaban unas horas para encontrarnos de nuevo y se me estaban haciendo eternas.

Oliver había enviado todas las invitaciones, tanto a sus amigos como a los que habían sido sus socios, dejándoles bien claro que no debían decirles nada, pues se trataba de una sorpresa.

Cuando me dijeron que querían empezar a organizarlo todo, yo los disuadí, diciéndoles que, mejor que una gran celebración, podíamos hacer una pequeña fiesta, una cena para los más cercanos en su casa o en un restaurante. Así yo podría centrarme en el cuidado del bebé y en mis clases de piano.

Mi madre asintió y dijo que era cierto, que no tenía sentido hacer una gran celebración cuando, en realidad, el amor se demostraba todos los días, como hacían ellos.

Sé que, en el fondo, lo decía con la boca pequeña y que, cuando descubriera todo lo que había organizado, se pondría de lo más contenta.

—¿Qué significa todo esto, Lakisha?

—Es la renovación de tus votos con mi padre, mamá.

—Pero… si dijimos que haríamos una cena íntima.

—¿Qué querías que te dijera, que era mentira?

—¿Lo has organizado tú? ¿Tu padre sabe algo de esto?

—A la primera pregunta, la respuesta es sí. En cuanto a la segunda, mi padre está tan al margen de todo como tú. Y ahora, vamos a darnos prisa, que tienen mucho trabajo contigo.

—Hija mía, lo dices como si tu madre fuera un ogro de fea y tuvieran que obrar un milagro conmigo.

—No es eso, eres y siempre serás preciosa, por fuera y por dentro, que todavía es más importante.

—Bueno, veamos lo que tienes preparado para nosotras.

—Es todo para ti, mamá. Yo tan solo me voy a peinar y a maquillar, no voy a hacerme ningún tratamiento. Eso será todo para ti.

Mi madre pasó a la camilla que habían instalado en una de las habitaciones que tenía vacías, donde la esperaban las esteticistas para darle los masajes que le había preparado, además de hacerle la manicura y la pedicura.

Cuando salió de allí, la ayudé a vestirse y, en el momento en el que terminamos con ella, pude decir que estaba absolutamente preciosa. Mi madre tenía ya sesenta y cinco años, pero una figura y una piel envidiables, que ya quisieran para ellas muchas de veinte.

Mi padre también se conservaba muy bien. Un sugar daddy , como decía Sophie que era. Tenía el cabello canoso y un cuerpo atlético, pues le encantaba el deporte, en especial la natación, además de medir un metro ochenta. Quien los viera a ambos no diría que tenían más de cincuenta años.

A mí ya me habían peinado y maquillado; tan solo me quedaba ponerme el vestido, cosa que haría en cuanto terminara de vestir a Ethan y lo sentara en su carrito. De él se había estado ocupando Mike, que le había cambiado el pañal y lo había dejado casi listo.

—Venga, ponte el vestido ya o llegaremos tarde.

—Tengo que terminar de vestir al niño.

—Ya lo hago yo, que tan solo me falta ponerme la chaqueta.

—Gracias, Mike. Si no fueras gay, hoy mismo te propondría matrimonio.

—Cariño, si no fuera gay, ya llevaríamos mucho tiempo casados.

Solté una carcajada de esas sonoras que hizo que mi madre viniera hasta mi habitación, donde yo me había quitado el batín y permanecía en ropa interior delante de Mike, que ni se inmutaba, como era lógico.

—Vaya, veo que aquí me he perdido algo —dijo mi madre, sonriente.

—Oh, claro que te has perdido algo, pero no es lo que te estás imaginando —respondí.

—Ojalá fuera eso, señora Montgomery. Los dos habríamos dejado de sufrir —le dijo Mike.

—¿Entonces? ¿Qué ocurre? Y no me llames señora Montgomery, que estoy cansada de decirte que soy Clothilde.

—Clothilde, soy gay.

Mike agachó la cabeza, como si fuera algo que tuviera que esconder o que pudiera sentar mal a la gente, cuando era todo lo contrario, al menos entre los que lo conocíamos y éramos sus amigos. Y mi madre se lo hizo saber.

—Mira, Mike, con quién te acuestes o con quién te levantes no es asunto mío. Yo lo único que quiero es que seáis felices y, mientras no le hagáis daño a nadie y todo sea consentido, no tenéis por qué agachar la cabeza.

—Gracias, Clothilde. Es que he recibido tantas críticas por eso que todavía no me acostumbro.

—Pues lo que digan los demás debería resbalarte. Tan solo la opinión de los que te quieren debería importarte y, créeme, a ellos les importa una mierda si te gusta la carne o el pescado. Ahora, vámonos ya, que mi marido me espera dondequiera que sea que vayamos a renovar nuestros votos.

Mike le ofreció el brazo a mi madre para que se agarrara a él y salieron de casa para dirigirse al coche que nos esperaba abajo, del que ella tampoco sabía nada. Iríamos los cuatro en él, pues era una limusina. Siempre había querido montar en una y aquella era la ocasión ideal para hacerlo.

Llegamos al hotel y allí estaban todos los invitados, bueno, o casi todos.

Oliver se encontraba junto a mi padre, bajo el arco de flores que habíamos mandado colocar en el jardín del hotel.

A pesar de que estábamos en otoño, las temperaturas a esa hora del día eran de lo más agradables y el sol brillaba en el cielo, aunque sin fuerza.

Mike sería el encargado de llevar a mi madre hasta el altar. Yo iría delante de ellos con mi hijo en su carrito, pues él sería el portador de los anillos, colocados sobre un cojín precioso que llevaba sujeto entre sus manitas.

Cuando mi padre lo vio, no pudo evitar que dos lágrimas cayeran por sus mejillas, pero eso no fue nada comparado con lo que lloró en el momento en el que levantó la cabeza y vio a mi madre con aquel vestido blanco, drapeado y vaporoso, que le hacía una silueta espectacular.

La ceremonia fue sencillamente preciosa y de lo más emotiva.

No pude evitar pensar en el momento de mi boda, si es que a eso que hicimos se le podía llamar de esa manera, y una pena horrible se apoderó de mí.

Tragué saliva porque no quería demostrarle a nadie lo que sentía en ese momento, pero Mike, que era quien mejor me conocía de todos los que estaban allí, negó con la cabeza.

—Yo, Sean, te vuelvo a prometer fidelidad y amor por el resto de mis días. Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida y quiero pasar contigo otros cincuenta años más, por lo menos. Te amo, Clothilde, y te amaré incluso cuando haya partido de este mundo —le dijo mi padre.

—Yo, Clothilde, te vuelvo a prometer amor y felicidad, porque lo de la fidelidad va de la mano con el amor.

Contigo, los momentos malos son menos malos y los buenos son mejores.

Me haces sacar lo mejor de mí y, juntos, hemos construido una bonita familia que se ha visto complementada por nuestra preciosa hija y nuestro nieto.

Te amo, Sean, y seguirás siendo el amor de mi vida hasta después de la muerte —contestó mi madre.

A esas alturas ya todos llorábamos, aunque en mi caso fuera por otro motivo. Sentía envidia de ellos. Yo quería encontrar un amor así, tan fuerte, tan cómplice, pero sabía que no lo encontraría en mi vida, puesto que ya había entregado mi amor de esa forma y me lo habían roto y pisoteado.

Me recompuse como pude y aplaudí como todos los demás cuando se intercambiaron los anillos que mi niño les había entregado a sus abuelos. Ahora lo tenía en mis brazos, en el altar junto a ellos, haciendo las delicias de todos los asistentes.

Él también aplaudía, riendo, y las risas se extendieron por todo el jardín.

Mi padre le echó los brazos a mi hijo, que no dudó en irse con él.

Ojalá tuviera una vida completamente diferente a la mía.

Ojalá, mi hijo, sintiera toda esa felicidad que yo no había sentido, aunque, de momento, ambos compartíamos la falta de un padre y la presencia de unos abuelos.

Mientras mis padres se hacían las fotos en el jardín, Mike me ayudó a preparar todo lo relacionado con el piano.

Quería ser yo quien pusiera la banda sonora al evento, que, cuando entraran en el salón, los recibiera mi música.

Para que eso pudiera ocurrir, Oliver y Mary se ocuparon de mi hijo, aunque Miranda también estaba pendiente de él.

Me senté al piano y, cuando Mike me dio la señal, empecé a tocar.

Dejé mi mente en blanco, como solía hacer cuando me sentaba ante él.

No me podía creer la manera en la que mis dedos se deslizaban por las teclas.

No sentía dolor, sino placer. Un cúmulo de sentimientos se agolpaba en mi corazón, pero, sobre todo, me sentía orgullosa de mí misma, pues lo había conseguido.

Cuando terminé de ejecutar la primera pieza y levanté la cabeza, me encontré a mis padres llorando de alegría y a todo el salón aplaudiendo como si fuera una estrella de la música, como si nunca hubieran escuchado nada igual.

—Eso ha sido magnífico, hija. Enhorabuena —me dijo mi padre delante de todos.

—Lo que ha conseguido nuestra hija es fruto de la constancia, del esfuerzo y de la superación. Estoy segura de que tendrá un futuro de lo más prometedor en el mundo de la música y contará con nosotros para conseguirlo —les dijo mi madre a todos los asistentes.

El resto de la jornada la pasamos entre risas y bailes, comida y bebida, pero, sobre todo, entre amigos y familia, entre aquellos que verdaderamente nos querían y estaban ahí para nosotros, en lo bueno y en lo malo.

Lo que no me esperaba era que, casi al final de la celebración, apareciera por allí la persona que menos quería ver en todo el globo terráqueo y, encima, no venía solo, sino acompañado de la víbora esa que tenía por novia.

No quise que mis padres los vieran y, por eso, le hice un gesto a Oliver, que no dudó en ponerse a mi lado.

—¿Se puede saber qué haces aquí y con esta? —pregunté.

—Me has mentido, Lakisha. Ese hijo que lleva Jules en su vientre es mío —me dijo.

—¿Y qué quieres? ¿Un aplauso o un trofeo?

—Quiero que me dejes en paz, que no me busques más y dejes de enviarme mensajitos. Ya sé de ti todo lo que tengo que saber.

—¿Se puede saber de qué coño estás hablando?