Capítulo 22
Mike se quedó esa noche a dormir en mi casa. En cuanto llegamos del hospital, mientras yo preparaba la cena y bañaba a Ethan, él fue hasta la casa de su hermano Oliver para darse una ducha y cambiarse de ropa.
—Deberías quedarte en tu casa y descansar.
—¿Acaso tú no tienes una cama donde dormir? ¿O es que no quieres que me quede en tu casa?
—Sabes que no es ninguna de esas dos cosas, pero llevas casi treinta y seis horas sin dormir, sin descansar. No te puedo pedir que te quedes otras tantas despierto.
—Pero es que, por si no te has dado cuenta, tú no me has pedido nada. Y por este niño, como si tengo que estar cinco días sin dormir.
—Venga, pues ve a ducharte mientras caliento la cena. Eso sí, en cuanto termines de cenar, te metes en la cama o te meteré yo.
—Uy, cariño, me han hecho proposiciones muy directas, pero como esta…
—No seas idiota, Mike.
—Ojalá pudiera hacerlo; te aseguro que, si no fuera gay, ya me habría casado contigo.
—Eso sería si yo quisiera, me parece a mí.
—Tonterías, tengo encanto suficiente para que caigas rendida a mis pies.
—Pues ya podías sacarlo a relucir para conquistar a Rick, porque he visto una tensión entre vosotros que no es fácil de disimular.
—Me voy a la ducha.
—¡Huye, cobarde!
Solté una carcajada que me salió de lo más hondo del corazón mientras lo veía cruzar el salón y salir hacia su casa, donde dio un portazo al entrar. Yo, mientras tanto, me adentré en el pasillo que llevaba a la habitación de Ethan, donde lo bañé y le di el biberón.
Mi niño también estaba agotado, por lo que, en cuanto terminó el biberón y lo puse en su cunita, se quedó dormidito. La tenía en mi habitación, al menos hasta que cumpliera un añito, que sería cuando el niño pasaría a dormir en la que habíamos preparado para él.
Activé la cámara por si acaso se despertaba o volvía a ponerse peor.
Mike y Rick le habían recetado un antipirético por si le subía de nuevo la fiebre, aunque me dijeron que era poco probable.
Desde que compré la cámara no la había utilizado, ya que siempre tenía a Ethan a mi lado, pero, en esa ocasión, no podía dejarlo sentado en la trona con el cansancio que llevaba encima.
—Esto huele que alimenta, amiga.
—Lo preparé para la comida, pero, como no lo hemos tocado, mejor comerlo ahora que dejarlo para mañana.
—Pues siéntate, que sirvo dos platos ahora mismo.
—Anda ya, siéntate tú, que estás más cansado que yo. Tienes una cara de agotamiento que da miedo.
—Y eso me va a servir para librarme de tu interrogatorio sobre Rick.
—Sí, pero será tan solo por esta noche, porque mañana, en cuanto abras un ojo y sin darle ni siquiera un sorbo a una taza de café, te quiero hablando por los codos.
—No hay nada que contar, de verdad.
—¿Cómo que no? Quiero que me cuentes en qué sitios del hospital te has acostado con él. Ya que yo no tengo sexo…
—¿Qué dices, loquita? Si yo, por no meter, no meto ni la tarjeta en el cajero automático.
—Claro, porque sacas el dinero por contactless .
Mike me miró, yo lo miré a él y ambos soltamos una carcajada. No sé si era el cansancio, la copa de vino que nos habíamos tomado y que nos había subido demasiado o qué coño era, pero nos llevamos un buen rato riendo sin poder parar.
Cuando se nos pasó el ataque de risa, Mike me ayudó a guardar todo en el lavavajillas y nos fuimos a la cama. Antes de hacerlo, revisó a Ethan, que seguía dormidito en su cunita. Le tomó la temperatura y comprobó que continuaba sin fiebre. Solo entonces se metió en la cama.
Quiso acostarse en el lado en el que estaba la cunita, por si acaso el niño necesitaba algo, pero no lo consentí. Él sería el médico, pero yo era la madre, además de que estaba mucho más descansada que él. En ese momento empezó a sonar mi teléfono. Era Sean.
—Hola, mi niña, ¿cómo va todo?
—Hola, Sean. Estaba a punto de acostarme; el día ha sido demasiado largo y duro.
—¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien? ¿Necesitáis que volvamos de nuestras vacaciones?
—No, no, vosotros tenéis que seguir disfrutando todo lo que podáis y más. Tan solo ha sido un episodio de fiebre de Ethan, pero ya está controlado. Además, Mike está aquí con nosotros, en casa.
—¿Seguro? Sabes que no nos cuesta nada coger un avión y plantarnos allí lo antes posible.
—De verdad, Sean, estamos bien. Sería una tontería haceros volver por esto. Puedo manejarlo yo sola.
—Ese es el problema, Lakisha, que estás acostumbrada a manejarlo todo tú sola y ya no es así. Ahora estamos nosotros, tu familia, para sostenerte en la vida.
—Lo sé, papá…
—¿Cómo me has llamado?
—Lo siento, ha sido algo que me ha salido solo. Perdona si te ha molestado.
—¿Molestarme? No seas tonta, me ha encantado, hasta el punto de que tengo las lágrimas cayéndome por las mejillas.
—Entonces… ¿Puedo llamaros así? Legalmente sois mis padres y, de verdad, de corazón también lo siento así.
—Y nosotros a ti, hija mía, y a mi nieto. Sois unos Montgomery de pleno derecho.
—Bueno, papá, me voy a la cama porque estoy demasiado cansada. Seguid disfrutando del viaje y hablamos mañana. Dale un beso a mamá.
—De tu parte, cariño. Y recuerda que, si la cosa se pone peor, Dios no lo quiera, nos llamas y cogeremos el primer avión de vuelta a casa.
Nos despedimos y quedamos en hablar al día siguiente.
Mis padres se habían ido de crucero por el Caribe para celebrar por adelantado su aniversario de bodas, que sería dentro de unos meses.
Tenían pensado renovar sus votos y hacer una fiesta con todos sus amigos, y yo había tomado la decisión de encargarme de organizarlo todo.
Les daría una sorpresa y ofrecería allí mi primer recital de piano. Sería una gran noticia para ellos, en especial para mi madre, que estaba deseando que llegara ese momento. Me fui a la cama con aquella idea en la cabeza, una que empezaría a tomar forma en cuanto me levantara por la mañana.
Ethan pasó toda la noche tranquilito y nos dejó descansar a los dos. Mike cayó rendido en el mismo momento en el que puso la cabeza en la almohada y yo tampoco tardé mucho más, aunque mi sueño fue bastante más ligero que el suyo porque, ante cualquier ruidito que hacía mi hijo, abría los ojos.
A pesar de todo, descansé lo suficiente como para levantarme con toda la energía del mundo, así que preparé el desayuno para los dos y le di el biberón a mi niño. Mike seguía durmiendo a pierna suelta y no quise despertarlo. Lo dejaría descansar hasta que él mismo decidiera levantarse.
Lo hizo como media hora después que yo, con los ojos hinchados de tanto dormir y la voz ronca, esa que se nos pone cuando nos levantamos después de llevar mucho tiempo sin descansar.
—Hola, bella durmiente.
—Joder, tu cama es mejor que la mía. Pienso venir a dormir aquí después de cada guardia.
—Pues nada, tendré que permitirlo.
—O haces eso o me regalas un colchón como el tuyo, no tienes otra opción.
—Anda, ve a lavarte la cara y ven a desayunar, que tienes cara de hambre.
—Ya me la he lavado, aunque no lo parezca. Prefiero comer y luego soy todo tuyo.
—Umm, si yo fuera tú y estuviera en mi estado de necesidad carnal, no diría algo así.
—Cariño, aunque quisiera hacernos un favor mutuo, te aseguro que mi soldadito no estaría a la altura.
—Claro que no, ese solamente se pone firme ante Rick, ¿no es así?
—Sabía que no me iba a librar tan fácilmente del interrogatorio.
—Por supuesto que no. Tan solo te he dado el tiempo necesario para que descansaras.
Mike soltó una carcajada y empezó a contarme que Rick tenía pareja, una mujer, y que le había confesado que era bisexual, aunque nadie de su familia lo sabía. Su chica era de una buena familia, al igual que él, y se conocían desde niños.
—Creo que, más que su novia, es su mejor amiga, pero no tengo manera de hacerle entrar en razón.
—Dale tiempo, lo mismo necesita ordenar su vida y su cabeza.
—No es eso lo que él quiere.
—¿Y qué es lo que te propone?
—Tener una relación clandestina, un amor secreto, como lo llama él, pero no estoy dispuesto a eso. Tardé mucho en salir del armario por miedo a la reacción de los demás y no pienso volver a encerrarme por nada ni por nadie.
—Y haces bien, cariño. Si te quiere, que tenga los huevos de reconocerlo delante de todo el mundo.