Si nuestro destino quiere Capítulo 20
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Capítulo 20

Mi hijo tenía ya seis meses y era todo un personaje, de lo más simpático y cariñoso, que perdía los vientos por su tío Oliver y por Mike, al que todavía no habíamos encontrado la manera de llamarlo.

Esa mañana el niño se despertó algo impertinente, pero pensé que sería por la boquita, pues ya le habían salido dos dientecitos que, al sonreír, se veían como dos pequeñas perlitas.

Se tomó el biberón, pero se quedó dormido enseguida y creí que se le había pasado el dolor.

Me senté a ensayar, ya que el sonido del piano lo relajaba mucho, siempre pendiente de él, hasta que llamaron al timbre.

Al abrir, me encontré con Mike, que venía de una guardia y siempre pasaba por mi casa antes de irse a la suya, por si necesitaba algo.

Entre nosotros se había creado una bonita amistad, de lo más sana y real. Sabía que podía contar con él y con su hermano para lo que necesitara, aunque Oliver pasaba últimamente poco tiempo en casa, ya que había formalizado su relación con Mary.

—Hola, preciosa, ¿todo bien?

—Bueno, Ethan se ha levantado un poquito impertinente hoy, pero ahora se ha quedado dormidito.

—A ver, voy a echarle un vistazo, por si acaso.

Mike estaba enamorado de mi hijo, y así lo había verbalizado mil veces, pero no en el plano romántico, como es obvio, sino porque Ethan se hacía querer de una manera espectacular.

No es porque fuera mi niño, pero era de lo más simpático y cariñoso, y no dudaba en tocar las palmas o soltar una carcajada cuando algo o alguien le gustaba.

Al cogerlo, porque se acababa de despertar, Mike puso una cara un poquito extraña que no me gustó un pelo, la verdad, y no dudé en preguntarle.

—¿Qué ocurre, Mike?

—¿Tienes el termómetro a mano?

—Sí, dame un segundo y te lo traigo.

Volé hasta la habitación de mi hijo, donde tenía todos los artilugios de su día a día, además del termómetro, el aparato para sacarle los mocos y varias cosas más. En cuanto lo tuve en la mano, volví corriendo al salón y vi que mi niño estaba demasiado decaído.

—Yo lo sujeto y tú se lo pones, rápido.

—¿Qué le pasa, Mike?

—No lo sé, pero está ardiendo. Dependiendo de la temperatura que marque el termómetro, nos vamos al hospital o lo trato aquí.

Le pusimos el termómetro, que marcó casi cuarenta y un grados de fiebre, y Mike no se lo pensó dos veces.

Me dijo que me cambiara de ropa y cogiera mis cosas, que nos marchábamos al hospital.

No me cambié, estaba con unas mallas y una sudadera, así que tan solo me puse las deportivas y cogí el bolso del niño, en el que metí mi cartera y el móvil, y salimos pitando de allí.

—Mike, de verdad que no hace falta que vuelvas al hospital, seguro que alguno de tus compañeros lo puede atender.

—Espero que no estés diciendo estas cosas en serio, porque, como sea así, no me vas a querer escuchar.

—Es que me da pena por ti, que llevas veinticuatro horas de guardia.

—Por él, como si tengo que hacer otras veinticuatro más.

Mike llevaba al niño en brazos y fue también quien pidió un taxi de manera urgente por la aplicación. A pesar de que el hospital no se encontraba demasiado lejos, hacía mal tiempo, estaba empezando a llover y no quería que el niño se pusiera peor.

Íbamos en el ascensor cuando le llegó el mensaje de que el taxi ya nos esperaba en la puerta. Mi niño tenía los ojos llorosos por la fiebre, pero lo peor era que no tenía mocos ni tos, así que no parecía un resfriado común ni nada parecido, y eso era lo que más me asustaba.

Llegamos al hospital y ya estaba allí Miranda esperándonos, que estaba de turno de mañana, además de otro pediatra, compañero de Mike, al que también había avisado. No sabía en qué momento le había dado tiempo de hacerlo, pero se lo agradecí.

El niño no quería soltarse de su cuello, era como si se sintiera seguro con él, y yo no hice nada por quitárselo. A fin de cuentas, sería Mike quien lo iba a examinar junto a sus compañeros.

—No te preocupes, que te dejaremos pasar —me dijo Miranda al ver mi cara.

—No podría quedarme ahí sentada sin saber lo que le está pasando a mi hijo, te lo prometo.

—Venga, vamos, que lo primero que haremos será hacerle una analítica de sangre y de orina para descartar que sea algún tipo de infección —me dijo Mike.

Justo cuando íbamos a entrar en el ascensor, nos topamos con Jules y Liam, que salían de allí. Ella tenía un vientre bastante abultado que indicaba su avanzado estado de gestación. En cuanto me vio, se enganchó a su brazo, como si yo se lo fuera a quitar.

—Menos mal que el ginecólogo nos ha dicho que va todo bien, cariño —le dijo a Liam, que la miró como si estuviera viendo un extraterrestre.

—Eso es lo primordial, que ambos estéis bien y todo salga como tiene que salir —le contestó él en cuanto se dio cuenta de mi presencia.

Os prometo que me entraron ganas de zarandearlo, de decirle que ya tenía un hijo de seis meses que, para mi desgracia, era clavadito a él. Y lo decía porque me sería imposible olvidarlo teniéndolo delante de mis ojos día tras día.

Ni siquiera me dijo hola ni me preguntó cómo estaba. Eso sí, lo noté de lo más nervioso, pero suponía que era por haber visto a su hijo en la pantalla de la ecografía y no porque se hubiera cruzado conmigo.

Subimos a la planta de pediatría, donde Mike realizó a mi hijo un montón de pruebas y todas salieron negativas. Lo primero que hizo fue administrarle un antipirético para bajarle la fiebre, que le hizo efecto casi de manera inmediata, e Ethan empezó a llorar porque tenía hambre.

—Ahora mismo le traigo un puré de la cocina del hospital, no tardo —me dijo Miranda con una sonrisa.

—Este muchacho se ve que ya está recuperado —dijo el compañero de Mike.

—Sí, ya empieza a pedir comida, que es su estado habitual —le respondí yo.

—Todas las pruebas han salido negativas, Lakisha, lo que significa que no es nada importante. Puede haber sido por la salida de un diente, un virus esporádico que haya cogido o, simplemente, que esté creciendo y lo haya hecho de este modo —me explicó Mike.

—La suerte que tienes es que vives junto a un pediatra —dijo su compañero, de cuyo nombre todavía no me había enterado por los nervios.

—Rick, eso no es una suerte, es una bendición —le dijo Miranda, que acababa de llegar con el puré de mi hijo, que aplaudió como si de un manjar de dioses se tratara.

Noté una tensión entre Mike y su compañero que no me pasó desapercibida. Algo había ocurrido entre ellos y estaba segura de que, cuando volviera a casa esa noche para cenar, terminaría contándomelo todo, igual que yo hacía con él cuando algo relacionado con Liam me afectaba.

Entre nosotros se había creado tal complicidad que no éramos capaces de tener secretos el uno con el otro. Todo había surgido de manera gradual; no es que de golpe y porrazo nos convirtiéramos en los mejores amigos, ni mucho menos, pero sí que nos habíamos ido confesando cosas poco a poco.

Lo más importante para él me lo contó hacía dos semanas, mientras compartíamos una copa en el salón de mi casa y veíamos una película. Ese día lo noté nervioso e inquieto y terminó poniéndome nerviosa a mí también, por eso no me pude quedar callada.

—¿Se puede saber qué te pasa, Mike?

—Nada.

—Pues, como decía mi abuela, el que nada no se ahoga, y tú te estás ahogando.

—Creo que debo confesarte algo, pero no sé si cambiará algo entre nosotros.

—Te aseguro que no cambiará nada, a no ser que me digas que eres un asesino en serie. En ese caso, lo mismo me pensaba dejarte entrar en mi casa.

—Soy gay.

—¿Para eso tanto rollo? Venga ya, Mike, no me creo que puedas pensar que eso me afectaría.

—Hay mucha gente a la que le afecta y trata a la persona de manera diferente.

—Pues déjame decirte que te has topado con personas con muy mal corazón, porque para mí, como si te quieres acostar con una gallina, mientras los dos estéis de acuerdo…

Esa fue la conversación que terminó de unirnos, pues yo me reía preguntándole si algún día me iba a pedir un tanga y que, por favor, fuera el de leopardo que tenía sin estrenar, para que su estreno fuera por todo lo alto.