Capítulo 18
Los meses fueron pasando y, por fin, había llegado el momento de verle la carita a mi hijo. Sí, en la siguiente revisión me dijeron que era un niño y me hicieron la mujer más feliz del mundo, al igual que a Sean, que lloró como si de su nieto de sangre se tratara.
Semanas después del encuentro con Jules, Mary, mi amiga abogada, recibió los documentos del divorcio firmados.
No sabía lo que le había contado, pero había surtido efecto, aunque, en el fondo, me dio pena.
Pensé que lucharía un poquito más, que me buscaría para pedirme explicaciones, pero era una tontería.
Liam no podía luchar por mí porque no me amaba. Ahora, por fin, podía tener la vida que quería, acompañado del amor de su vida, que era lo que él quería. Y yo podría pasar página y olvidarlo de una vez por todas, aunque siempre tuviera su recuerdo en la mirada de mi hijo.
Todavía no había nacido, pero me daba la impresión de que sería una fotocopia de su padre, para recordarme todos los días de mi vida lo que no tendría que volver a hacer: olvidarme de mí misma y de lo que me convenía.
Con respecto a mis ensayos de piano, volvía a coger velocidad con las teclas. Mis dedos ya volaban en cada melodía y estaba mucho más cerca de volver a ser la que era, aunque el concierto tan deseado tendría que esperar, al menos, hasta que estuviera recuperada del parto.
Oliver había sido el que tuvo que soportar esas tardes interminables de ensayos mientras él intentaba hacer cualquier cosa del trabajo.
Fueron muchas las ocasiones en las que terminó por venirse a mi casa.
Decía que era mejor escucharlo directamente que oír tan solo el eco, que lo desconcentraba todavía más.
Tal y como había pensado, se convirtió en un buen amigo, tanto que, para mí, ya era una persona muy importante. Una noche me confesó algo que me dejó helada, no porque me afectara, ni mucho menos, sino porque era algo que no me esperaba.
—Lakisha, tengo que contarte algo.
—Dime, soy toda oídos.
—Pues estarías preciosa si fueras dos orejas con pelos.
Ambos estallamos en una carcajada porque nos miramos y nos imaginamos la escena, él siendo una boca gigante y yo, dos orejas con flequillo. Así estuvimos un buen rato, hasta que se nos pasó el ataque de risa.
—Bueno, dime qué es eso tan importante que me tenías que contar.
—Creo que estoy enamorado.
—¿No me digas? ¿Quién es la afortunada? —pregunté, rezando a todos los santos del cielo para que no fuera yo, por motivos obvios.
—No me pongas esa cara, que no es tu nombre el que voy a decir, aunque sí que la conoces bien.
—Venga ya, dime su nombre de una vez, que me va a dar algo.
—Es Mary. Hemos coincidido un par de veces en el juzgado, la he invitado a comer o a cenar y…
—Y te ha cautivado con su encanto. Tan solo espero que nuestras tardes de cine no se terminen de un día para otro. Al menos, dame la oportunidad de ir haciéndome a la idea poquito a poco.
—Claro que se terminarán de un momento a otro, pero no por mi culpa, sino por la tuya, más concretamente por el bebé que llevas en tu vientre. Además, quiero que tengas claro que seré yo el que entre contigo a ese paritorio.
—Gracias, Oliver, por ser un amigo de verdad.
—No me las tienes que dar, preciosa. Es todo un placer para mí compartir tiempo contigo. Al menos, mientras no me declare formalmente a Mary.
Efectivamente, fue Oliver el que entró conmigo al paritorio, el que me sujetó la mano mientras empujaba y traía a mi hijo al mundo. Tal y como había pensado, mi niño era un calco de su padre: mismo color de pelo, misma forma de ojos y el mismo hoyuelo en la barbilla.
—¿Cómo se llama esta preciosidad? —me preguntó la enfermera.
—Ethan. Se llama Ethan Montgomery.
—Bueno, Ethan Montgomery, aquí tienes a tu mamá, que está deseando darte un abrazo.
El momento en el que me lo pusieron en el pecho puedo decir que fue el más bonito de mi vida. Lo miré y le acerqué un dedo, que agarró de inmediato con fuerza y seguridad. Giré la cara hacia Oliver y me lo encontré llorando de la emoción.
—No puede ser más bonito, ¿verdad? —le pregunté.
—Aunque sea una fotocopia del cabrón de su padre —respondió él, riendo.
—Ni que lo digas. Su presencia me perseguirá para los restos.
—Y bendita presencia, que, por lo menos, ha sido capaz de dejarte a tu hijo. Además, siento decirte que será mi consentido.
—Miedo me da. Entre los abuelos y tú, terminará siendo el niño más mimado del mundo.
La enfermera se llevó a Ethan para bañarlo y hacerle las pruebas pertinentes mientras terminaban de atenderme a mí. Oliver salió a la sala de espera para decirles a todos que el niño ya había nacido y que todo había ido bien.
Tan bien fue todo que no tardé más de una hora en dar a luz. Ni siquiera dio tiempo a ponerme la epidural, pues, cuando llegué al hospital, ya estaba dilatada al máximo. Miranda también estuvo en el paritorio, pero en calidad de enfermera pediátrica, que era su trabajo en el hospital.
Cuando me subieron a planta, ya estaban allí todos, con flores, bombones e infinidad de regalos para el niño que, sinceramente, no tendría tiempo de utilizar o jugar con todo lo que le habían regalado.
—Ha tenido tanta suerte que ni un punto ha necesitado después de dar a luz —dijo Miranda, que entraba en la habitación con el niño en la cunita.
—Sí, guapita, pero di también que he tenido que hacerlo sin ayuda y sintiendo todos los dolores del mundo.
—¿No ha merecido la pena cada uno de esos dolores?
—Absolutamente, pero ya podían haberme puesto un poquito de epidural, un poquito solo.
—Eso no es posible, cariño. Cuando se llega con una dilatación como la que tú traías, si se aplica la epidural, lo único que puede ocurrir es que te haga efecto después de que haya terminado todo, además de retrasar el parto.
—No se puede ser más bonito que mi nieto —dijo Clothilde, emocionada.
—Anda que no voy a fardar yo de nieto en el club de golf —contestó Sean, igual de emocionado y feliz que su mujer.
Ellos habían sido dos ángeles en mi vida y esperaba que estuvieran a mi lado hasta que Ethan se casara, por lo menos. Todos estaban de lo más alegres y se fueron de allí después de un buen rato, concretamente cuando Miranda terminó su turno, ya que fue ella la que se quedó conmigo esa noche.
Al día siguiente me dieron el alta y me fui a casa. Clothilde insistió en contratar a una chica que me ayudara, tanto con la casa como con el niño, pues decía que no debía dejar pasar mucho tiempo antes de volver al piano o mis dedos retrocederían todo lo que habíamos avanzado.
Sabía que tenía razón, pero, en ese momento, eso era lo que menos me importaba. Tan solo quería pasar tiempo con mi hijo, verlo crecer feliz y sano. Esa era ahora mi prioridad, aunque entendía que no podía dejar mi sueño de lado.
Los días fueron pasando y la chica venía de lunes a viernes, de ocho a tres, para ayudarme con la casa y la comida. De mi hijo me encargaba yo. Llegamos a un acuerdo: ella tan solo se ocuparía del bebé cuando yo estuviera al piano y mi hijo llorara, hasta que pudiera atenderlo de nuevo.
Acostumbré a mi hijo al sonido del piano, pues lo ponía en una minicuna que compré exclusivamente para tenerla en el salón, hasta que tuviera la estabilidad suficiente para jugar sentadito en el parque, y me ponía a tocar.
Era buenísimo, pues tan solo lloraba cuando tenía hambre o necesitaba que le cambiáramos el pañal. Y así, poco a poco, nos acostumbramos el uno al otro, a unos horarios y unas rutinas que íbamos creando juntos. Mi momento preferido era el del baño antes de cenar.
No os diré que no era agotador, porque sí que lo era, no os voy a mentir. Ya ni recordaba cuándo había sido la última vez que pude darme un baño relajante con música y una copa de vino y permanecer allí hasta que la piel de mis dedos apareciese arrugada, pero todo merecía la pena.
Por suerte para mí, hasta entonces no había coincidido con Liam, porque continuaba en mi pensamiento y en mi corazón, y no sabía cómo podía reaccionar cuando lo viera o si se acercaba a mí.
Estaba sola con mi niño cuando llamaron a la puerta y pensé que sería Oliver, que había llegado del despacho para avisarme, como hacía todas las noches. Efectivamente, era él, pero no estaba solo. A su lado venía un hombre de lo más apuesto y con una sonrisa preciosa.
—Vecina, vengo a presentarte a mi inquilino.
—¿Inquilino? Ni que me hubieras alquilado una habitación —le respondió ese hombre.
—Bueno, técnicamente vas a vivir en mi casa, así que sí, puedo llamarte inquilino.
—¿Vais a tener toda esta conversación en el rellano o pensáis pasar al salón? —pregunté, alternando la mirada entre uno y otro.
—Es verdad, tira para dentro, Mike, que no podemos permanecer aquí.
Por lo menos, ya sabía el nombre de ese hombre. Ahora tan solo me quedaba conocer qué lo unía a mi vecino, aparte de quedarse a vivir en su casa. Lo que no sabía era si sería por un tiempo o para siempre.
—Lakisha, él es mi hermano, Michael, y vivirá conmigo, al menos hasta que encuentre una casa en condiciones, como él mismo dice —me aclaró Oliver.
—Encantado, Lakisha.
—Igualmente, Michael.
—Por favor, no me llames así, todos mis amigos me llaman Mike.
—Perfecto, entonces yo te llamaré así. Oliver y yo tenemos una amistad muy bonita. Espero que nosotros también congeniemos y nos llevemos igual de bien.
—Seguro que sí, porque mi hermano todavía es más paciente que yo —me dijo Oliver.
—¡Oye! Ni que estuviera todo el día incordiándote.
—Hermano, por suerte para ti, pasarás mucho tiempo en el hospital y te evitarás escuchar cómo aporrea el piano a todas horas —le dijo mi vecino, exagerando.
—¿Tocas el piano? Me encanta la música clásica. Esa ha sido siempre mi asignatura pendiente, pero tengo manos de médico, no de pianista.
—No existen las manos de pianista. Las mías, en concreto, han pasado por mucho para llegar hasta aquí.
Oliver le había contado mi historia para ponerlo en situación y no tardó en pedirme permiso para mirarlas desde un punto de vista médico. No puse ningún inconveniente y se las mostré en todo su esplendor.
Mis cicatrices, con la terapia y la medicación, ya casi no se notaban, al igual que la de la pierna que, siendo más pronunciada que las demás, también había ido perdiendo intensidad y ya pasaba más desapercibida cuando me ponía falda corta.
—Yo soy pediatra en el hospital general, pero este trabajo está muy bien hecho.
—Anda, mira, siempre es bueno tener uno en la puerta de al lado cuando se tiene un niño en casa.
—¿Tienes un hijo? Oliver no me había dicho nada.
—Sí, se llama Ethan y tiene tres meses.
Mi hijo empezó a protestar y, al mirar el reloj, vi que era la hora de su biberón, así que fui a cogerlo mientras preparaba la toma. Pero no me dio tiempo. Oliver lo sacó de la cuna y mi hijo empezó a reír, como hacía siempre que su tío estaba cerca.
—Toma, anda, que sé que estás deseando cogerlo en brazos —le dijo a su hermano, que lo recibió con una sonrisa.
—Hola, campeón, eres muy guapo…