Si nuestro destino quiere Capítulo 17
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Capítulo 17

Liam

Desde que no tenía a Lakisha a mi lado, me costaba todo mucho más. Ahora entendía eso que los mayores dicen de «no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde». Aunque, en mi caso, siempre supe lo que tenía, pero lo que no supe fue valorarlo ni darle su lugar.

Mis amigos seguían insistiendo en que lo sucedido era lo mejor que me podía haber pasado y que debía centrarme en recuperar a Jules, que seguía tan enamorada de mí como en la universidad, pero no podía. De mi mente no podía sacar a Lakisha.

Que Charlotte me hablara de ella continuamente tampoco me ayudaba, pero me gustaba escuchar sus progresos, ya que ella hablaba una vez a la semana con mi mujer, porque sí, todavía no había firmado el divorcio ni tenía pensado firmarlo.

Ese día había quedado con Jules para cenar, por insistencia de ella, por supuesto, no porque me gustara ni tuviera ninguna gana, que no la tenía. Charlotte me paró antes de salir y supe que quería decirme algo por la manera en la que me miró.

—Dilo, no te lo tragues o no podrás dormir en toda la noche.

—No podré hacerlo de todos modos.

—Pero mejor hacerlo sin que la cabeza te bombardee.

—En eso tienes razón. Liam, esa mujer no me gusta, te hizo daño una vez y estoy segura de que volverá a hacerlo.

—Si te refieres a Jules, no volveré con ella, no al menos de la manera que tú piensas.

—Se acerque como se acerque a ti, puede hacerte daño, mi niño.

—Pero es mi amiga, es parte de nuestro grupo y no puedo ignorarla como tú me sugieres.

—No lo hagas, pero tampoco le prestes demasiada atención. Se piensa que sigue siendo el centro de tu vida, pero yo sé que, en el fondo, no lo es.

—Ni en el fondo ni en la superficie, Charlotte. No negaré que es una persona importante para mí por lo que supuso en su día, pero hasta ahí.

—Lucha por lo que realmente quieres, Liam. No te lo va a poner fácil, pero no la dejes escapar.

—Eso haré, pero ahora me marcho o llegaré tarde a la cena y ya sabes que no me gusta la impuntualidad.

Le dejé un beso en la mejilla y salí de casa. En esta ocasión me llevé el coche, entre otras cosas porque tan solo iba con la intención de cenar y volver después, aunque luego mis planes se vieran completamente alterados por el giro de los acontecimientos.

Aparqué en la zona habilitada para ello que había junto al restaurante y entré. Jules no había llegado todavía, como era habitual en ella. Eso era lo que más me molestaba cuando estábamos juntos, que nunca aparecía a la hora a la que habíamos quedado.

Me pedí una cerveza mientras esperaba a que le diera por aparecer, aunque tenía la impresión de que sería la primera de muchas, porque su media hora no se la quitaba nadie. Por suerte para mí, siempre las pedía sin alcohol cuando tenía que conducir porque, a la tercera, ya empezaba a desesperarme.

Casi estuve a punto de levantarme y marcharme a casa, pero, justo cuando iba a pedir la cuenta, apareció por la puerta, vestida como si fuera a una recepción real en vez de a cenar con un amigo y con la clara intención de llamar mi atención. Bueno, la mía y la de todo hombre con el que se cruzara.

En eso era completamente diferente a Lakisha, que llamaba la atención sin tener intención de hacerlo. Su belleza era tan natural que no necesitaba vestirse de ninguna manera para conseguir lo que Jules pretendía. Tenía una luz tan intensa en su mirada…

—Creo que te he causado buena impresión por la cara que has puesto.

—Pues precisamente no ha sido eso lo que ha provocado mi cara, pero bueno, también estás muy guapa.

—He elegido mi atuendo de acuerdo con lo que te gustaba que me pusiera cuando estábamos en la universidad.

—Sí, pero se te ha olvidado lo más importante, que antes teníamos veinte años y ahora más de treinta.

—Pero los gustos son los mismos, al menos en mi caso.

—Si tú lo dices…

No me dio ni una disculpa por su retraso, como si mi obligación fuera perder el tiempo esperando a que ella llegara. Eso me molestó, muchísimo, además. En otros tiempos me habría sentido de lo más halagado por su presencia, pero ahora me sentía fuera de lugar.

Pasamos a la mesa que nos habían reservado, de cuya reserva se había ocupado ella, y que se encontraba en un lugar apartado del restaurante, separado de las demás mesas por un biombo.

Me resultó extraño, la verdad, pero no quise preguntar, porque ella se adelantó a darme las explicaciones pertinentes.

—Te preguntarás el motivo de este biombo y de que la mesa esté tan apartada, pero es que no podía ser de otra manera.

—Ciertamente me dejas igual, la verdad.

—No daré rodeos, te he citado aquí, los dos a solas, porque tengo algo que contarte.

—¿Cenamos primero?

—Sí, porque creo que, cuando te lo diga, no te va a gustar y no querrás probar bocado, nada más que beber.

Por mi cabeza pasaron miles de situaciones, unas más probables que otras, pero ninguna como la que me esperaba después de la cena.

Durante la misma, hablamos de temas banales, como que había cogido cita con la esteticista para hacerse un tratamiento de belleza o que había pedido por internet una máquina de rayos UVA para estar morena todo el año.

Una vez que nos sirvieron el postre, mi paciencia ya había llegado a su límite y no quise seguir escuchando más tonterías, por lo que, en el momento en el que el camarero se marchó, me giré hacia ella y le pregunté qué era eso que me tenía que contar.

—Es que no sé por dónde empezar.

—Pues si lo haces por el principio, créeme que te lo agradeceré.

—Ayer me encontré con Lakisha y ella ya ha pasado página.

—¿Perdona? No sé a qué te estás refiriendo.

—Pues a que está embarazada y, por el tamaño de su vientre, de no más de tres o cuatro meses, por lo que, si haces cuentas, podrás comprobar que el niño no es tu hijo.

—Eso no lo sabes, podría estar de más tiempo y…

—¡Despierta de una vez! Esa mujer no te ha querido nunca; a la vista está que te ha pedido el divorcio, uno que todavía no has firmado, dicho sea de paso.

Os prometo que el mundo se me cayó encima y lo primero que hice fue pedirme una copa con bastante alcohol, a ver si así me ayudaba a mitigar el dolor que estaba sintiendo. Fui un gilipollas y perdí a la mejor mujer que podría tener a mi lado por dejarme guiar por las personas equivocadas.

Jules me dijo que no me dejaría solo y lo que menos me apetecía era ir hasta mi casa con ella, sabiendo que Charlotte no la soportaba desde el momento en el que me dejó en la universidad. A todos les conté que me había dicho que prefería vivir otra vida, pero no fue cierto.

La verdadera razón de su marcha tan solo la sabíamos ella y yo. En el último curso de universidad entró un chico adinerado, de esos que veraneaban en un yate, y quedó cautivada con él, aunque lo más acertado sería decir que de lo que se quedó prendada fue de su forma de vida, de su dinero.

En cuanto él le dio la oportunidad de vivirla a su manera, todo lo demás le importó una mierda, yo el primero.

Había estado con él hasta el mismo momento en el que le dio la patada por otra mujer, más joven y con la que podía presumir más, y fue entonces cuando decidió acordarse de lo que había dejado aquí.

Eso sí, cuando volvió, lo hizo con un buen pellizco económico que le permitió abrir su propia empresa en esta ciudad.

Ese fue el motivo por el que me empeñé en triunfar en la vida, para que ninguna mujer me dejara nunca por el tema del dinero, y me había servido para llegar hasta donde estaba ahora.

Un dinero que podría haber compartido con la mujer de mi vida, pero los sueños de aquel niñato que se quedó anclado en el pasado me lo habían impedido.

En ese momento decidí que firmaría el divorcio.

No quería que Lakisha siguiera atada a mí para toda la vida, aunque también tenía claro que yo no volvería a casarme con nadie.

Me desperté en la cama de Jules, los dos completamente desnudos y con un dolor de cabeza de los que hacen época. No recordaba nada de la noche anterior desde que salimos del restaurante, pero tampoco hacía falta ser un lumbreras para entender que me había acostado con ella.