Si nuestro destino quiere Capítulo 16
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Capítulo 16

Sentí el apoyo de los míos desde el primer momento y eso me bastó para seguir adelante. A pesar de que Sean insistió en que dejara el trabajo en el conservatorio, decidí que no lo haría. Seguiría trabajando hasta que mi vientre me lo permitiera.

—Deberías dejarlo ya, Lakisha. Sabes que, con nosotros, no os faltará de nada ni a ti ni al bebé —me dijo Sean, intentando convencerme dos meses después.

—Puedo seguir, me encuentro bien, de verdad.

—Pero el tiempo que pasas entre alumnos podrías emplearlo en ensayar, en volver a poner tus manos a punto para el día en el que te enfrentes de nuevo al público —argumentó Clothilde.

—¿De qué estás hablando? Sé que tengo que ensayar y, de hecho, lo hago en casa con el piano que me habéis regalado, pero lo hago en mis horas libres.

—No será suficiente, Lakisha. Hemos alquilado el teatro para cuando estés preparada, para que des tu primer recital ante tus admiradores y, por supuesto, ante la prensa —me dijo Clothilde.

—¿Estáis locos? No puedo hacer eso. Mis manos no me lo permitirán nunca.

—Queremos que sea algo espectacular, que todo el mundo vuelva a hablar de ti como una de las mejores pianistas —añadió Sean.

—Y sabemos que, si le dedicas el tiempo necesario, lo conseguirás. Nunca dudes de lo que eres capaz, Lakisha. Tan solo tienes que creer en ti y trabajar para hacerlo realidad.

Las palabras de Clothilde fueron suficientes para que empezara a visualizarme de nuevo ante un piano, en un teatro lleno de gente. Al principio tuve miedo de no ser capaz de hacerlo, pero, cuando conseguí centrarme en mis objetivos, supe que haría todo lo posible por conseguirlo.

—Está bien, me tomaré una excedencia hasta que pueda comprobar si estoy en condiciones de hacerlo. Pero no aceptaré ninguna ayuda. Con todo lo que hacéis por mí ya he tenido bastante.

—Eres nuestra hija y el que viene de camino es nuestro nieto. Así que no será ninguna ayuda, sino nuestro deber como padres procurar que no os falte de nada —me dijo Clothilde.

—Hemos pensado darte una asignación mensual del doble de tu salario en el conservatorio. Así nos aseguramos de que no tengas ninguna carencia —me informó Sean.

Porque sí, no fue una pregunta ni siquiera una insinuación. Fue una información en toda regla, una que no admitía discusión de ningún tipo, y solté una carcajada. Parecía que tenía cinco años y me estaban diciendo que me cambiaban de colegio por mi propio bien.

Ese mismo día, después de comer, me acerqué al conservatorio para solicitar la excedencia. Clothilde me acompañó, ya que sería ella quien me ayudaría con los ensayos, corregiría mis posturas y conseguiría que me esforzara al máximo.

—Vamos a tu casa, tenemos que poner a punto el piano para mañana.

—Espero que a mi vecino no le duela la cabeza a menudo, porque voy a convertirme en una tortura para el pobre.

—Tienes una sala de música insonorizada.

—Sí, pero la utilizaré solo en las horas en las que no se permita hacer ruido. Me agobia tocar allí encerrada. Prefiero hacerlo en el salón, con la luz natural y la amplitud de la estancia.

—Pues entonces pondremos una cajita de pastillas para el dolor de cabeza en el buzón de cada vecino antes de empezar a ensayar.

Solté una carcajada que se me cortó de golpe cuando me encontré de frente con Jules. Mi vientre ya estaba bastante abultado y el embarazo se notaba a leguas. Si ella me veía, no dudaría en ir con el chisme a Liam y aquello podía complicarme mucho las cosas.

Intenté esquivarla, pero Clothilde me animó con un gesto a seguir nuestro camino y llevar la cabeza bien alta. Yo no había hecho nada malo, más bien todo lo contrario, así que no tenía por qué avergonzarme de nada.

—Vaya, Lakisha, te veo…

—Embarazada, Jules. Me ves embarazada.

—Eso es muy bueno. Es señal de que has pasado página y has empezado una nueva vida, dejando libre, por fin, a Liam.

—Cariño, si alguien se niega a dejar libre al otro, ese es él, que sigue negándose a firmar el divorcio.

—Pero te aseguro que no es por lo que estás pensando, ni mucho menos. No lo hace por otra cosa que por su arraigado sentido del deber y de la justicia.

—No lo hace porque no le da la gana. No hay más explicaciones.

—Lakisha, en tu mano está conseguir que lo haga. Nosotros vivimos juntos y queremos tener un hijo, pero no me gusta ser la otra. Si a él le ocurriera algo, todo iría para ti y eso es algo inaceptable.

—Así que todo esto es por dinero… Yo no quiero nada de él; puedes quedarte con todo. Y, si tanto te interesa casarte con él, sé tú quien lo convenza para firmar el divorcio. Ahora, si me disculpas, tengo mil cosas que hacer.

Di un paso a un lado y pasé de largo como si me importara una mierda lo que ella pensara, como si poseyera toda la seguridad del mundo, cuando en realidad no sentía ni una cuarta parte de lo que pretendía hacerle creer.

—Has estado genial, mi niña. Esa mujer se lo merecía.

—Tendría que haberle dicho mucho más, pero no me salieron las palabras.

—Debes estar tranquila. Ella piensa que tu bebé es de otro hombre y, por ahí, estás salvada.

—Sí, mi vientre no está tan abultado como debería para el tiempo del que estoy y, por primera vez, eso me ha resultado agradable.

Ambas soltamos una carcajada y subimos hasta mi casa, donde me puse cómoda. Sean había quedado con Clothilde en que pasaría a recogerla cuando terminara la reunión que tenía con Oliver, su abogado. Desde aquel día no habíamos vuelto a coincidir y, sinceramente, tenía ganas de volver a verlo.

Sabía que entre Oliver y yo no habría nada carnal, entre otras cosas porque mi estado podía resultar un inconveniente para muchos hombres que no estuvieran dispuestos a cargar con el hijo de otro.

Aparte de eso, mi corazón seguía ocupado por aquel hombre que se había adueñado de él cuando yo era prácticamente una niña.

Oliver me caía muy bien, eso era indudable, y me gustaría contar con su amistad, poder ir al cine con él o salir a cenar.

Para muchos bailes ya no estaba, pero aquello tampoco dependía solo de mí y, como él no había intentado ningún acercamiento desde la última vez que nos vimos, quizá tuviera otros planes.

Entramos en casa y fui hasta mi habitación para cambiarme de ropa.

Mis padres adoptivos ya habían encargado y preparado el cuarto del bebé.

A pesar del tiempo de embarazo que tenía, todavía no habíamos podido saber si era niño o niña porque, cada vez que el ginecólogo intentaba comprobarlo, resultaba ser tan pudoroso o pudorosa que cerraba las piernas.

Los muebles eran blancos y tanto la ropa de cama como las cortinas estaban elegidas en tonos neutros. Además, en una de las paredes habían mandado pintar un mural de animales que era una verdadera preciosidad y hacía las delicias de todas mis amigas.

Aparte de todo eso, el armario estaba repleto de pañales, ropa y demás accesorios que podía necesitar un bebé desde su nacimiento hasta, por lo menos, los dos años. Muchas noches, cuando no podía dormir, me encerraba en aquel cuarto y me ponía a imaginar cómo sería nuestra vida cuando naciera.

Una vez que me puse ropa cómoda, Clothilde me hizo sentar al piano. Sabía que me quedaban muchas horas de ensayo por delante, muchas correcciones y muchísimo trabajo, pero, con ella a mi lado, también estaba segura de que, más pronto que tarde, nuestro sueño podría hacerse realidad.

Así estuvimos durante horas. Me dolían las manos y los dedos parecían entumecidos, pero era lógico después de tanto tiempo sin someterlos a semejante esfuerzo. Hasta entonces tocaba el piano, sí, pero no más de diez o quince minutos seguidos.

De esa manera nos encontró Sean, que tenía una llave de mi casa, al igual que Miranda, por si me ponía de parto o surgía cualquier emergencia y no podía abrirles la puerta.

—Mira a quién tenemos aquí. Me he tomado la libertad de invitarlo a cenar en tu casa, Lakisha.

Me giré y sonreí al reconocerlo.

—Pero bueno, si es el señor Steal. Cuánto tiempo.

—Será mejor que me llames Oliver, porque tendremos que llevarnos bien o la convivencia será un desastre —me dijo mientras se acercaba para darme dos besos.

—¿Convivencia? ¿De qué me estás hablando?

—Me presento oficialmente. Oliver Steal, su vecino de rellano y el hombre que tendrá que soportar sus ensayos de piano y el llanto de su bebé.

Lo dijo de una manera que me hizo soltar una carcajada.

No esperaba que reaccionara así ni que empleara aquel tono, pero la naturalidad con la que habló de mi embarazo me hizo sentir cómoda de inmediato.

Y, de alguna manera, supe que tener a Oliver al otro lado de la puerta haría mi vida un poco más fácil.