Capítulo 15
Habían pasado ya dos meses desde aquel día y oficialmente ya era la señorita Montgomery.
Bueno, al menos en teoría, porque en la práctica seguía casada con Liam, puesto que se negaba a firmar el divorcio.
Habíamos tenido que llevar el asunto a los tribunales y no sabíamos cuánto tiempo tardaría en resolverse.
Sean había movido todos los hilos pertinentes para intentar agilizar el trámite y conseguir que la vista se celebrara cuanto antes, pero, cada vez que nos fijaban una fecha, casualmente Liam se encontraba fuera del país por motivos laborales.
La terapia iba viento en popa y, según me había dicho Frank, todo avanzaba mucho más rápido de lo que había previsto. Si continuaba así, pronto podría empezar a entrenar los dedos con el piano. Sabía que esa sería la parte que más me costaría, pero estaba decidida a conseguirlo.
Aquella mañana me levanté un poco revuelta, aunque no le di demasiada importancia.
La noche anterior había cenado algo de pasta y pensé que quizá me había sentado mal.
Además, era viernes y Miranda y las chicas vendrían a cenar a casa, aquella en la que me había instalado pocos días después de que Clothilde y Sean me la regalaran.
La mudanza me había costado una buena bronca de Miranda, porque al principio pensó que había alquilado un apartamento para no molestarla más.
Cuando le expliqué lo que habían hecho Clothilde y Sean por mí, terminó abrazándome con fuerza y diciéndome que disfrutara de todo lo bueno que me estaba ocurriendo, que ya me tocaba.
Fui hasta la cocina, pero, en lugar de prepararme un café, que no me apetecía absolutamente nada, me hice una infusión de manzanilla para intentar asentar un poco el estómago.
Ni siquiera fui capaz de prepararme una tostada, porque el simple hecho de pensar en comida me provocaba unas arcadas increíbles.
Me dispuse a darme una ducha, pero antes de entrar en ella vomité lo más grande. Solo me había tomado una manzanilla y parecía que me hubiera comido yo sola el convite de una boda. Qué fatiguita más mala y qué asco más grande sentía en aquel momento.
Intenté vestirme, pero no pude dar ni un paso sin marearme, así que decidí llamar al conservatorio y después a Miranda, que, gracias al cielo, no estaba trabajando en ese momento.
Necesitaba que alguien me acompañara al médico y no quería preocupar ni a Sean ni a Clothilde porque, probablemente, no sería más que una gripe o algún virus que había cogido.
—Buenos días, soy Lakisha Montgomery. Llamo para avisar de que me encuentro indispuesta y hoy no podré acudir a mi puesto de trabajo.
—Buenos días, Lakisha, soy Sarah. No te preocupes, yo misma cubriré tus clases de hoy.
—Gracias, Sarah. Espero poder estar ahí el próximo lunes.
—No te preocupes, avisaré a dirección ahora mismo.
Era viernes, así que tendría todo el fin de semana para descansar y recuperarme.
Lo que más me fastidiaba era no poder pasar aquella noche con mis amigas, tal y como habíamos planeado, pero eso era lo de menos.
Teníamos toda la vida por delante para repetirlo y, en ese momento, lo principal era descubrir qué demonios me ocurría y ponerle remedio.
Miranda llegó menos de quince minutos después de que la llamara y apareció con una bolsa de la farmacia en la mano. Antes de venir me había hecho describirle todos los síntomas y, según ella, su experiencia como enfermera podía evitarme tener que pasar un mal rato en público.
Su casa estaba demasiado lejos de la mía como para haber llegado tan rápido, así que supuse que ya estaría por la zona o haciendo algún recado cerca cuando la llamé. De lo contrario, habría tardado como mínimo el doble.
—Chica, vamos al baño —me soltó nada más entrar.
—No tengo ganas de vomitar, Miranda. Parece que se me ha aplacado un poco el estómago.
—Ya, pero tengo que averiguar si mañana te volverá a ocurrir lo mismo.
—¿Ahora eres adivina?
—No, soy enfermera y esos síntomas los conozco demasiado bien. Vamos al baño ahora mismo.
Me levanté del sofá, donde estaba tumbada, casi por inercia, porque no me apetecía moverme. Tampoco era completamente cierto lo que acababa de decirle, ya que seguía encontrándome bastante mal, pero no sería yo quien discutiera con ella cuando se ponía en modo mandona.
Miranda sacó de la bolsa de la farmacia una caja con una prueba de embarazo y me la tendió para que hiciera pis en el palito.
Os prometo que no podía creérmelo.
Aunque, pensándolo bien, tenía todo el sentido del mundo.
Desde aquel encuentro con Liam en el baño del restaurante no me había bajado la regla y, hasta ese momento, ni siquiera me había parado a pensar en ello.
Miré la prueba como si fuera una bomba de relojería mientras Miranda, en lugar de observarla, mantenía los ojos puestos en mí con una sonrisa en los labios.
—Veo que ya has entendido lo que puede estar pasando.
—No puede ser. No ahora. No puedo tener tan mala suerte.
—Estar embarazada no es tener mala suerte, Lakisha.
—No es el hecho de tener un bebé lo que me asusta, Miranda. Lo que me da miedo es que su padre intente quitármelo.
—No lo hará. Ahora no estás sola. Recuerda que tienes a Sean y Clothilde a tu lado y no permitirán que nadie te haga daño.
Me hice la prueba y el resultado fue un positivo como una casa. Era una de esas digitales que indicaban aproximadamente las semanas de embarazo y, cuando vi el resultado, empecé a echar cuentas.
Entonces comprendí que aquel embarazo no podía haber comenzado en el baño del restaurante.
Todo apuntaba a aquella fatídica noche en la que Liam, después de acostarse conmigo, había pronunciado el nombre de Jules.
Miranda no perdió el tiempo. Sin preguntarme siquiera, consiguió que me viera ese mismo día un ginecólogo del hospital donde trabajaba, uno de los más prestigiosos del país, que tuvo la deferencia de hacerle un hueco por tratarse de una compañera.
—Venga, cámbiate de ropa, que nos vamos al hospital.
—¿Qué voy a hacer ahora?
—Vivir el embarazo con la alegría que corresponde. Y, si lo que me estás preguntando es si debes decírselo a Liam, eso es cosa tuya. Ahí no voy a decirte lo que tienes que hacer.
La entendía, aunque no fuera lo que quería escuchar. Tal y como había dicho, aquella decisión era exclusivamente mía y, de momento, no sabía qué hacer.
Por un lado, Liam y yo todavía seguíamos casados y temía que, si descubría el embarazo, intentara convencerme para que regresara a casa. Pero sabía que, si lo hacía, sería por el bebé y no por mí, y eso no era lo que quería.
Por otro, me daba pavor pensar que Jules pudiera haberse instalado ya definitivamente en su vida y que terminara despreciando a mi hijo o creyera que pretendía utilizar el embarazo para conseguir parte del dinero de Liam durante el divorcio.
Ya cruzaría ese puente cuando llegara hasta él. En aquel momento, lo único que debía preocuparme era que mi bebé estuviera bien y creciera sano dentro de mí. También decidí que, si el ginecólogo confirmaba que todo marchaba correctamente, se lo contaría a Sean y Clothilde.
La exploración salió perfecta y el médico confirmó el embarazo.
Según las mediciones, estaba de unas doce semanas, lo que significaba que prácticamente había pasado todo el primer trimestre sin darme cuenta.
Por ese motivo, aprovechó aquella misma consulta para solicitar las pruebas correspondientes a esa etapa.
Lo que más me impactó fue verlo en la ecografía y escuchar el latido de su corazón. Las lágrimas empezaron a caer por mi rostro sin control, aunque, por una vez, eran de pura felicidad. En ese momento me sentí plena y feliz, incluso pensando que quizá me tocaría criarlo sola.
Mientras escuchaba aquel pequeño corazón, tomé una decisión que sabía que tendría que meditar mucho mejor cuando se me pasara la emoción del momento: no quería saber nada más de Liam.
Tenerlo continuamente en mi vida haría mucho más difícil olvidarlo y yo necesitaba conseguirlo, sobre todo cuando él no sentía por mí lo mismo que yo por él.
El doctor me recetó unas pastillas para las náuseas y me dio las indicaciones habituales para el embarazo. Después me citó de nuevo dentro de cuatro semanas para continuar con el seguimiento y las pruebas correspondientes al segundo trimestre.
También le hablé de la terapia que estaba siguiendo para recuperar la movilidad de las manos y me aseguró que, en principio, no había ningún problema en continuar con ella, siempre que el tratamiento no incluyera nada contraindicado durante el embarazo y que mi evolución siguiera siendo buena.
Salimos de la consulta con una sonrisa en los labios y, antes de marcharnos, paramos en una tienda de bebés para comprar un chupete y unos patucos.
Sería la manera de darles la noticia a Clothilde y Sean.
No tenía ninguna duda de que se alegrarían por mí, como tampoco la tenía de que aquel bebé estaría rodeado de cariño.
—Pero bueno, ¿y esta sorpresa? —preguntó Sean al verme aparecer por la puerta.
—Tengo una noticia que daros. Una muy buena, por cierto.