Si nuestro destino quiere Capítulo 14
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Capítulo 14

Salí de aquel baño aturdida y, como ya habíamos terminado de cenar, le pedí a Clothilde que volviéramos a casa.

No le expliqué lo que había ocurrido con todo lujo de detalles porque no me sentía con fuerzas para hacerlo.

Tan solo le dije que había tenido un encontronazo con Liam en el pasillo del baño y ella, por suerte, no insistió.

Al día siguiente, lo primero que hice fue hablar con el doctor que llevaría a cabo la terapia para recuperar la movilidad de mis manos. Necesitaba salir de la ciudad, no tener que enfrentarme a otro encuentro casual con Liam y, por eso, quería saber si podía aceptar el trabajo en San Francisco.

—Lakisha, los primeros tres meses son primordiales y tendríamos que hacer la terapia a diario. Estando en otra ciudad sería un tanto difícil.

—Lo entiendo, doctor Mackenzy, no hay problema. Me quedaré aquí, en la ciudad.

—¿Ya tienes todo listo?

—Sí, podría empezar la terapia en cuanto usted quisiera.

—Entonces, empezaremos el lunes. ¿Sabes qué horario tendrás en el trabajo? Sería bueno conocerlo para ajustar las horas.

—Sí, mi horario sería de siete de la mañana a dos de la tarde.

—Perfecto, porque tengo todas las tardes libres. ¿Puedes pasar por mi consulta para que te explique en qué consistirá todo?

—Claro que sí. En una hora estaré allí.

—Pues entonces, te veo en un rato.

—Gracias, doctor.

—No, gracias a ti por ponerme por delante un reto tan atractivo.

Corté la llamada sin darme cuenta de que Miranda acababa de llegar del trabajo. Había tenido turno de noche y, por el agotamiento que reflejaba su rostro, estaba claro que no había sido precisamente fácil, como ella misma me confirmó enseguida.

—Voy a desayunar y me meto en la cama. Estoy agotada.

—Ya te veo. ¿Una noche complicada?

—Si dijera que ha sido complicada, sería demasiado benévola. Ha sido un puto infierno.

—Pues venga, date una ducha mientras preparo el desayuno para las dos y luego te metes en la cama, que yo tengo que salir.

—¿Vas a casa de los Montgomery?

—No, voy a la consulta del doctor Mackenzy…

—Entonces, te acompaño. No vas a ir sola.

—No te preocupes, que hoy no va a empezar la terapia. Solo quiere explicarme en qué consiste y tú tienes que descansar.

—Joder, se me están cayendo los ojos. Si ves que tardo en salir de la ducha, ven a buscarme, que seguro que me he quedado dormida encima de la mampara.

—Anda, ve a darte esa ducha.

Negué con la cabeza, aunque lo cierto era que la veía perfectamente capaz de quedarse dormida allí mismo.

No porque quisiera, sino porque su cuerpo ya no podía más y estaba pidiendo a gritos un descanso.

Mientras ella se duchaba, preparé el desayuno para las dos y, cuando estaba poniendo las últimas tostadas sobre la mesa, apareció por el pasillo.

Estaba muy a gusto viviendo con Miranda, pero tenía que empezar a buscar un apartamento para mí.

Las dos necesitábamos nuestro propio espacio y la intimidad suficiente para hacer lo que nos diera la gana sin preocuparnos por la otra.

Además, ahora que iba a empezar a trabajar, por fin podría permitírmelo.

Después de desayunar, Miranda se marchó a su habitación y yo me fui a la consulta del doctor Mackenzy.

El día anterior, después de dejar a Clothilde en su casa, había insistido en que me quedara con el coche que utilizaba ella, así que no tuve ningún problema para desplazarme.

Menos mal, porque, de haber tenido que llegar hasta allí en transporte público, habría tardado por lo menos un par de horas.

Ese día, después de salir de la consulta, había quedado para comer con los Montgomery. Me habían enviado un mensaje para decírmelo y habíamos elegido un restaurante cercano tanto a la clínica como al conservatorio.

Aparqué muy cerca de la clínica, casi en la misma puerta, y eso, en esta ciudad, era como si me hubiera tocado la lotería. Subí enseguida y me anuncié en recepción. La recepcionista no tardó en hacerme pasar a la sala donde me esperaba el doctor Mackenzy.

—Buenas tardes, Lakisha.

—Buenas tardes, doctor…

—Frank. Vamos a pasar mucho tiempo juntos durante la terapia, así que será mejor que dejemos las formalidades.

—Está bien, Frank.

—Pasa por aquí. Quiero hacerte las últimas mediciones y después te explicaré cómo funciona todo.

—Por supuesto. Estoy deseando saber en qué consiste y empezar.

—Ya se te irán pasando esas ganas cuando descubras lo dura que es esta terapia.

Me explicó en qué consistía y dejó muy claro que sería dolorosa, pero también que tenía un noventa y nueve por ciento de resultados positivos. Rezaría todo lo que sabía para no entrar en aquel escaso uno por ciento de fracaso y, por supuesto, pondría todo de mi parte para conseguirlo.

La vida me había enseñado que la suerte no existe y que, cuando se consigue algo, detrás siempre hay esfuerzo y constancia. Nadie regala nada, a no ser que vengas de una cuna de oro y, aun así, para llegar hasta ahí, alguien tuvo que esforzarse y luchar en algún momento.

Por eso, pondría todo mi empeño en que aquella terapia diera sus frutos, en recuperar todo lo posible y poder cumplir mi sueño de volver a tocar el piano.

De momento, iba a trabajar en el mundo de la música y vivir de ello, aunque no fuera de la manera que siempre había imaginado, y ya podía considerarme afortunada.

No todo el mundo tenía la posibilidad de trabajar en algo que le gustara y ser feliz haciéndolo, y yo estaba completamente segura de que lo sería. Pero, para conseguirlo, también tenía que romper con mi pasado, olvidar a Liam y empezar de cero, aunque tuviera que hacerlo en la misma ciudad.

Salí de la consulta muy animada y con una ilusión enorme, aunque también era consciente del gran trabajo que tenía por delante. Lejos de amilanarme, aquello me daba todavía más fuerzas para luchar por un futuro en el que volvía a verme tocando el piano en una buena orquesta.

No moví el coche para ir al restaurante porque estaba a apenas dos manzanas y sabía que, si lo hacía, probablemente no encontraría dónde aparcar. Así que fui dando un paseo mientras imaginaba cómo sería mi vida a partir de aquel momento.

Cuando llegué, Clothilde y Sean ya estaban sentados a la mesa, degustando un buen vino mientras me esperaban. Nada más verme, Sean dibujó una sonrisa preciosa en sus labios, una de esas que me encantaba observar, casi tanto como la manera en la que miraba a su esposa después de tantos años juntos.

—Ya está aquí la niña, Clothilde —dijo.

—Uy, creo que de niña ya tengo bien poco, Sean, pero gracias por verme de esa manera.

—Siempre serás una niña para nosotros, en especial para mi esposa.

—Clothilde me ha demostrado su cariño desde que no levantaba un palmo del suelo, así que no lo dudo ni lo haré nunca.

—Ven, toma asiento, que tenemos mucho que proponerte.

—¿A mí? ¿Qué más me vais a proponer? Si tengo que estaros agradecida toda la vida por todo lo que habéis hecho por mí.

—Eso no es nada, cariño. Ven, que mi esposo y yo queremos contarte dos cosas —me dijo Clothilde.

—Miedo me da, os lo prometo.

—Nada de miedo. Además, en realidad solo tenemos que preguntarte una cosa, porque para la otra no aceptaremos un no por respuesta.

Sean miró a su esposa y después a mí. Tras recibir el asentimiento de Clothilde, empezó a explicarme que no tenían familia y que poseían tanto patrimonio que no podrían gastarlo ni aunque vivieran mil vidas.

—Lakisha, queremos adoptarte y que seas nuestra legítima heredera —me explicó Sean, dejándome ojiplática.

—Os prometo que me habéis dejado sin palabras. No sé qué decir.

—Pues di que sí —contestó Clothilde.

—No quiero que nadie piense que soy una aprovechada o que mi cariño hacia vosotros se debe al dinero…

—En primer lugar, lo que piensen los demás me trae sin cuidado. Y en segundo lugar, pero no menos importante, quien te conoce sabe que no es el dinero lo que te mueve en la vida, sino el corazón.

—Eso mismo, cariño. Mi marido tiene razón. Si no fuera así, hoy estarías disfrutando de una vida de gloria y atenciones en el mundo de la música, no padeciendo lo más grande con tus manos.

A esas alturas, las lágrimas ya me caían sin remedio y terminé asintiendo con la cabeza.

Lo que no esperaba era que ellos ya llevaran preparada por su abogado la documentación necesaria para iniciar los trámites de adopción.

Todavía quedaba un proceso por delante, pero aquella firma era el primer paso para que, algún día, pudiera convertirme legalmente en su hija.

Pero aquello no fue todo. Comimos entre risas, muestras de cariño y miradas cómplices entre ellos y hacia mí. Me sentía en casa. A su lado tenía la sensación de que nada malo podía ocurrirme, de que me protegerían, y hacía muchísimo tiempo que no experimentaba algo parecido.

—Y ahora vamos a ver la segunda parte de la sorpresa.

—¿Todavía hay más?

—Claro que sí, cariño, pero no te lo vamos a contar. Será mejor que lo veas tú misma y nos digas si te gusta o tenemos que cambiar algo.

—¿De qué me estáis hablando?

—Liquido la cuenta y nos vamos. En cuanto lleguemos, lo entenderás.

—Me estáis dando mucho miedo. ¿Lo sabíais?

—Deja el miedo para cuando tengas que enfrentarte a la primera sesión de terapia, pero no con nosotros.

—Uy, eso no me da miedo, me da esperanza de futuro. Sé que va a doler bastante, pero, como suele decirse, quien algo quiere, algo le cuesta.

Sean pagó la cuenta y salimos del restaurante.

No quisieron soltar prenda durante el camino, por mucho que insistí, aunque tampoco tardamos demasiado en llegar porque nuestro destino se encontraba a pocos metros de la consulta y del conservatorio.

Cuando se detuvieron frente a un edificio de lo más elegante, miré a los dos, intentando averiguar qué demonios tramaban.

—Es aquí. Entremos —dijo Sean.

Los seguí sin tener ni idea de qué me esperaba dentro.

Nada más entrar, el portero nos preguntó a qué piso íbamos y a quién veníamos a visitar.

Sean le explicó que no íbamos a ver a nadie, sino que yo sería la nueva inquilina del décimo piso, el que acababa de quedar libre.

Lo miré incrédula porque no me había comentado absolutamente nada y, en ese momento, comprendí cuál era la segunda sorpresa.

El portero nos indicó el ascensor y subimos hasta la décima planta, donde había dos puertas en el rellano. Sean se dirigió hacia la de la derecha, introdujo la llave en la cerradura y me cedió el paso.

No me lo podía creer. Aquello no era un piso, era un palacio.

—Esperamos que te guste. Es nuestro regalo de cumpleaños —me dijo Sean.

—Pero si mi cumpleaños fue hace ya casi tres meses…

—Bueno, es que la decoradora ha tardado un poquito más de la cuenta en terminar su trabajo —aclaró Clothilde, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Te habríamos ofrecido vivir con nosotros, en la casa grande, pero entendemos que estarías demasiado lejos del trabajo y de la consulta de Frank. Por eso, en cuanto vimos este piso, supimos que era perfecto para ti.

—No sé ni qué decir. Es precioso.

—Con eso nos vale. Además, tienes una plaza de garaje en el sótano, gimnasio y piscina comunitaria, tanto interior como exterior. Todo lo que te mereces.

—Esto es mucho más de lo que me merezco, de verdad.

La casa era preciosa. Tenía una cocina abierta al salón, separada por una isla, y una terraza desde la que se disfrutaba de unas vistas espectaculares.

Además, contaba con una sala de música insonorizada, tres habitaciones, todas ellas con baño en suite , un aseo en el pasillo y un vestidor repleto de ropa nueva.

—Si necesitas cambiar alguna prenda, en el primer cajón del armario están todos los tiques —me dijo Clothilde.

—No hará falta. Gracias de nuevo, a los dos.