Capítulo 13
Liam
Hacía un mes que Lakisha había salido de casa y, por añadidura, de mi vida. No tenía ningún contacto con ella. Había estado tentado de llamarla o escribirle en multitud de ocasiones, pero al final siempre terminaba echándome atrás.
Las únicas noticias que tenía me llegaban de manos de Charlotte, aunque eran escasas y sin detalles. Se limitaba a decirme que estaba bien y que, si no la quería, la dejara en paz, porque tenía derecho a vivir y a rehacer su vida.
¿La quería? Siendo sincero, claro que la quería, pero no sabía si estaba enamorado de ella. La echaba muchísimo de menos, eso por descontado. Echaba de menos ir a verla y darle aquel beso en los labios que, sin ser gran cosa, me alegraba el día.
El desencadenante de todo había sido la noche que nos acostamos y, al alcanzar el clímax, pronuncié el nombre de Jules en lugar del suyo.
Pero todo tenía una explicación, porque no era la primera vez que me ocurría.
Habían sido tantos años masturbándome mientras pensaba en Jules que, de manera inconsciente, había terminado asociando mi placer a su nombre.
Eso no significaba que fuera en ella en quien estaba pensando cuando me acosté con Lakisha, aunque entendía que explicárselo ahora serviría de bien poco.
Esa tarde, mientras estaba en mi despacho, llegó un mensajero con una carta de una abogada que no conocía.
Al abrirla, os prometo que hasta se me bajó la tensión.
Era la demanda de divorcio, firmada por Lakisha, en la que se indicaba que, a pesar de las lesiones que había sufrido por salvarme la vida, no quería ningún tipo de compensación económica.
Tiré el sobre con la documentación encima de la mesa, lleno de rabia y dolor, y fue en ese preciso momento cuando descubrí que, si no estaba enamorado de ella, lo que sentía se parecía demasiado al amor.
Justo entonces entró Mark en mi despacho y, al verme, pensó que algo relacionado con la empresa o con alguno de los contratos que teníamos pendientes había salido mal.
—Dime qué ocurre, a ver si podemos minimizar los daños.
—No hay nada que minimizar. Es la demanda de divorcio de Lakisha.
—Vaya, parece que ella ha tenido más sentido común que tú y se ha adelantado.
—¿De qué coño estás hablando, Mark?
—Vamos, Liam, no te hagas el tonto.
—Te prometo que no sé de qué me estás hablando.
—Pues está muy claro. Sigues enamorado de Jules, la tratas como si fuera tu pareja e incluso le compraste el otro día el reloj de diamantes que le gustó en la joyería sin pensártelo dos veces.
»Si no te has acostado con ella ha sido porque todavía estabas casado y tu mujer, al menos, se merecía que no le fueras infiel, porque en lo que respecta a todo lo demás…
Joder, mi amigo había conseguido hacerme sentir como un cabrón insensible con apenas unas palabras.
Vamos, exactamente como me había comportado con Lakisha.
En aquel año que llevábamos casados, ni siquiera en nuestro aniversario la había llevado a cenar a un restaurante, ni habíamos ido al cine o a bailar.
Precisamente todo lo que sí había hecho con Jules desde que regresó.
—Todavía recuerdo sus dos cumpleaños contigo. En el primero, preferiste venir a mi casa a emborracharte antes que ir con ella a cenar, como le habías prometido. Y en el segundo, le dijiste que tenías una cena de negocios cuando en realidad estabas con Jules en la discoteca.
—Déjame solo, por favor.
—No me iré, Liam. Firma ese documento de una vez y déjala libre. Ya que tú no la quieres, se merece encontrar a alguien que sí lo haga, a pesar de sus cicatrices, que, déjame decirte, algunas me parecen repugnantes.
—A mí no. Y, si la tuviera delante ahora mismo, se las besaría una por una.
—Demasiado tarde, amigo. Es hora de que todo vuelva a su lugar, empezando por tu soltería.
Mark se levantó y se marchó de mi despacho. Cuando les conté que me había casado con Lakisha, todos me dijeron que estaba loco y que no tenía por qué hipotecar mi vida por un accidente, pero de ahí a la inquina que estaban demostrando hacia ella había un mundo.
Tenía que volver a verla y hacerle entender que la quería y la echaba de menos, pero no sabía ni por dónde empezar porque no conocía a ninguna de sus amigas.
Recordé que Miranda trabajaba en un hospital y fui a buscarla, aunque sin éxito.
Allí me dijeron que había dejado de trabajar con ellos cuando la contrató un ricachón para cuidar de su mujer enferma.
Sin embargo, el destino volvió a ponerme a Lakisha delante aquella misma noche. En cuanto escuché su risa, supe que era ella, aunque estuviera de espaldas a la puerta. Para mi desgracia, Jules estaba sentada a mi lado en una actitud demasiado cariñosa y llegó incluso a besarme en los labios.
Quise levantarme e ir a hablar con Lakisha.
Me daba igual que estuviera acompañada por la señora Montgomery, con quien, por cierto, parecía tener una relación muy cercana de la que yo no sabía absolutamente nada.
Como tantas otras cosas de su vida. Mis amigos se dieron cuenta de mis intenciones y trataron de frenarme, empezando por Jules.
—No lo hagas más complicado, Liam. Déjala ir.
—No puedo. Es mi mujer y tengo que hablar con ella.
—Claro, una mujer con la que te has acostado dos veces en un año y que, la última vez, cuando terminaste, en lugar de decir su nombre, dijiste el de otra mujer —soltó Sam, el único al que se lo había contado.
—Joder, eso tiene que ser humillante. Estar en la cama con tu marido y que, al alcanzar el orgasmo, grite el nombre de su ex —dijo Jules, sonriendo.
—A mí no me hace ni puta gracia. Además, no sabes qué nombre dije. Tú no estabas allí. Nadie estaba allí.
—Vamos, Liam, que ni tú ni yo somos tontos. Está claro que, en cuanto esa mujer salga de tu vida, volverás a meterte entre mis piernas. Y yo encantada, ¿eh? Recuperaré lo que, por derecho, siempre ha sido mío.
—Me parece que te estás equivocando. Te tengo mucho cariño, pero como amiga, nada más.
—Me deseas más que a nada en el mundo. Solo tendría que insistir un poquito para que volviéramos a follar como hacíamos en la universidad.
Intenté ignorarla y volví a centrarme en Lakisha.
Al cabo de un rato, la vi levantarse para ir al baño y, en lugar de pasar cerca de nuestra mesa, dio un rodeo por el otro lado del restaurante.
No dije nada a nadie. Me levanté, atravesé el local y me planté en el pasillo de los baños, dispuesto a no moverme de allí hasta que hablara conmigo.
Minutos después, salió y, por su reacción al verme, estaba claro que no esperaba encontrarme allí. Intentó esquivarme, pero no se lo permití y ataqué directamente en el punto que sabía que más le dolería, porque era la única manera que se me ocurrió de conseguir que reaccionara.
—La Lakisha que yo conozco nunca ha sido una cobarde.
—No, a pesar de que se casó con uno.
—Tenemos que hablar. ¿En serio quieres que firme el acuerdo de divorcio?
—Sí que lo quiero. Me merezco mucho más de lo que he tenido hasta ahora. Necesito un hombre que solo me mire a mí, que me bese como si fuera algo imprescindible para vivir, que me toque…
No la dejé terminar. La aprisioné contra la pared del pasillo y la besé como si no hubiera un mañana, como si de aquel beso dependiera el aire que necesitaba para respirar, y ella me correspondió. Sin pensármelo demasiado, la empujé de nuevo al interior del baño y cerré la puerta con el pestillo.
Allí, sin separar mi boca de la suya para no darle la oportunidad de pensar, metí las manos por debajo de su falda y comprobé que estaba preparada para mí. Saqué mi miembro y la penetré. Esta vez no iba a cometer el mismo error que la anterior.
Sabía que aquello no era hacerle el amor como se merecía, que solo estábamos follando. Ya tendría tiempo de demostrárselo en casa, en una cama, recorriendo su cuerpo con mis besos. Lakisha alcanzó el orgasmo apenas unos segundos antes que yo y, aquella vez, el nombre que pronuncié fue el suyo.
Cuando salí de su interior, intenté besarla de nuevo, pero giró la cara. Le sujeté la mandíbula para que me mirara a los ojos y lo que encontré en ellos no me gustó absolutamente nada. Estaba llorando.
—Lakisha, yo…
—Vete, Liam. Esto no cambia absolutamente nada. Sigo queriendo que firmes el divorcio.
—Pues lo siento, pero no lo haré. Si no eres tú mi mujer, si no vas a ser tú la madre de mis hijos, no quiero a nadie más.
Me vestí como pude y salí del baño, no sin antes dejarle un beso en la cabeza y aspirar el olor de su cabello, ese que no sabía cuánto necesitaba hasta aquel momento.