Capítulo 12
Hoy era el día del examen y estaba de lo más nerviosa. Miranda había cambiado su turno para poder acompañarme y que, de ese modo, no tuviera que ir sola.
—Te esperaré en aquella cafetería. En cuanto salgas y sepas algo, vienes a buscarme o me envías un mensaje, por favor.
—No lo dudes. Dios, tengo la mente completamente en blanco por culpa de los nervios y no puedo fracasar. Mi futuro depende de este examen.
—No lo harás, cariño. Te has preparado de sobra para esto, además de todos los conocimientos que ya tenías de tu etapa como pianista.
—Bueno, te dejo, que ya casi es la hora. Deséame suerte.
—No te hace falta, preciosa. Lo vas a bordar.
Entré en el edificio donde se realizaba el examen y vi que había bastante gente esperando.
Nos avisaron de que la prueba sería oral y que saldríamos de allí sabiendo si éramos aptos o no, según el criterio del tribunal.
Entrábamos de tres en tres para evitar cualquier acusación de favoritismo o que alguien pudiera aprobar sin haber contestado correctamente.
No sabía qué criterio seguían para llamarnos y eso me ponía todavía más nerviosa, porque no tenía ni idea de cuándo llegaría mi turno.
Cuando salieron los tres aspirantes que habían entrado antes, escuché mi nombre.
Las piernas me temblaban, la voz apenas me salía con claridad y los nervios empezaban a apoderarse de mí, pero no podía permitírmelo.
Tenía que ser contundente con mis respuestas y hablar con seguridad porque, aunque demostrara tener los conocimientos necesarios, podían considerarme no apta para la docencia si no mostraba suficiente autoridad.
No sé si fueron mis ganas de terminar de una vez o qué demonios ocurrió, pero el examen se me hizo eterno.
El tribunal iba alternando las preguntas entre los tres aspirantes y, cada vez que llegaba mi turno, procuraba responder con claridad y seguridad, dejando patente que no me daba miedo hablar delante de nadie.
Después de lo que me parecieron cinco horas, aunque evidentemente no lo fueron, el tribunal se reunió para deliberar sin que nosotros saliéramos del aula.
Cinco minutos después, me pidieron que me acercara al estrado y casi me caigo.
Ya sabéis que, cuando me pongo nerviosa, mis pasos se vuelven inestables, así que solo esperaba que ninguno de ellos se hubiera dado cuenta.
—Señorita Smith, ha obtenido una de las mejores notas de esta prueba, por no decir la mejor, aunque todavía no todo el mundo ha pasado por aquí.
—Muchas gracias, señor.
—Por ese motivo, además del certificado de aptitud, vamos a extenderle una carta de recomendación para que pueda optar a uno de los mejores puestos disponibles en el conservatorio —añadió otro miembro del tribunal.
—Oh, mil gracias, de verdad. Eso significa muchísimo para mí.
—Si nos da un par de minutos para redactarla y firmarla, podrá llevársela hoy mismo.
—Por supuesto, no tengo ninguna prisa.
Volví a sentarme en uno de los pupitres mientras preparaban mi certificado y la carta. Hasta que no estuviera lista la documentación de los tres que nos habíamos examinado juntos, no podíamos salir del aula. Cuando por fin lo hicimos, todos llevábamos una sonrisa en la cara.
Crucé la carretera en cuanto el semáforo se puso en verde y fui casi corriendo hasta la cafetería donde me esperaba Miranda.
Lo que no esperaba era encontrar también allí a Mary.
En cuanto me vieron aparecer y se fijaron en mi sonrisa, ambas se pusieron a dar saltos de alegría y yo terminé haciendo lo mismo.
—¡Has aprobado! —exclamó Miranda.
—No solo eso. También me han dado una carta de recomendación para que pueda optar a uno de los mejores puestos del conservatorio.
—Eso es magnífico. Además, ya tengo preparada la demanda de divorcio. ¿Estás dispuesta a enviársela? —preguntó Mary.
—Sí que lo estoy. Aunque me duela en el alma y me cueste media vida, sé que es lo mejor para todos. Yo necesito dar un giro a la mía y él no tendrá que seguir cargando con alguien por quien no siente nada.
Miranda miró a Mary y supe de inmediato que ocurría algo. No quería que me ocultaran nada, aunque me doliera. Si había algo que necesitaba saber, prefería hacerlo cuanto antes porque, por mucho que me atravesara el alma, también me ayudaría a mantenerme firme en mi decisión.
—Habla.
—Lakisha, nosotras…
—Vosotras sois mis amigas y tenéis la obligación de decirme las cosas tal y como son.
—Hemos visto a Jules hablando con otra mujer, aunque ellas no nos han visto a nosotras. Le estaba contando que tú tenías las horas contadas en la vida de Liam y que ella estaba dispuesta a recuperar lo que, según ella, siempre había sido suyo.
—Y no ha dicho ninguna mentira, por mucho que me duela reconocerlo.
Fuimos dando un paseo hasta la parada de metro.
Yo tenía que ir a casa de los Montgomery y, como aparcar por aquella zona era prácticamente imposible, habíamos ido hasta allí en transporte público.
Nos bajaríamos cerca del edificio de Miranda y, desde allí, tomaría un taxi hasta mi destino, porque me saldría bastante más económico que cogerlo directamente desde aquella zona.
Cuando llegué a casa de Clothilde y Sean, me recibieron con los brazos abiertos, un beso y una sonrisa.
Antes de separarme de Mary, le había dejado instrucciones muy claras para que Liam recibiera la demanda de divorcio ese mismo día.
Estaba convencida de que no tardaría demasiado en estampar su firma junto a la mía.
Yo no quería nada de él, ni su dinero, ni su casa, ni absolutamente nada, solo mi libertad.
Durante aquel mes, Liam no se había puesto en contacto conmigo ni una sola vez, ni siquiera para preguntarme cómo estaba. Charlotte sí lo hacía e intentaba contarme cosas sobre él cada vez que hablábamos, pero se lo había prohibido. No quería saber nada.
—Mi niña, dime que has aprobado.
—Mucho más que eso. Me han dado una carta de recomendación para el conservatorio.
—Eso es maravilloso, cariño. Con esa carta podrás aspirar a mucho más que un puesto de profesora.
—Vayamos paso a paso. Primero trabajaré en la docencia y, cuando mis manos estén a pleno rendimiento, ya empezaré a mirar más allá.
—Por cierto, Lakisha, creo que tenías que contarme algo sobre tu marido —dijo Sean.
—Sí, pero prefiero hacerlo después de comer, si no te importa.
—Cuando tú quieras, cariño. Nosotros no tenemos ninguna prisa —respondió Clothilde.
—Mi esposa ya lo ha dicho todo, mi niña —añadió Sean.
La comida transcurrió entre el relato de mi odisea durante el examen y las risas de ambos al imaginarme caminando hacia el tribunal sin dar pie con bola por culpa de los nervios. Lo cierto era que lo había pasado fatal, pero lo importante era que lo había conseguido.
Después pasamos al salón, donde la chica de servicio nos sirvió una copa. La mía, sin alcohol, porque nunca me había gustado beber. Como mucho, alguna copa de champán en una celebración. Había llegado el momento de contarle a Sean la verdad.
—Ahora sí. Tengo que contarte lo que vine a decirte.
—Dime, mi niña. ¿Qué ocurre? ¿Necesitas algo?
—Tranquilidad. Eso es lo que necesito y, para conseguirla, tengo que explicarte mi situación. Pero antes necesito hacerte una pregunta. ¿Ya has vendido la empresa?
—Sí, al señor Stone. Aunque incluí en el acuerdo que debía respetar a toda la plantilla. ¿Por qué?
Sentí que parte de la tensión desaparecía de mi cuerpo.
—Entonces ya puedo contártelo con tranquilidad.
Empecé a relatarles mi historia con Liam.
Les conté nuestro matrimonio, la situación en la que nos encontrábamos y también que les había mentido al presentar a Jules como su esposa cuando, en realidad, lo era yo.
Terminé explicándoles que ese mismo día recibiría la demanda de divorcio, ya firmada por mi parte.
—Si hubiera sabido todo esto antes, no le habría vendido la empresa, te lo aseguro —dijo Sean.
—Precisamente por eso no te lo conté. Y tengo que pedirte disculpas por habérmelo callado.
—Solo necesito saber una cosa. ¿Te amenazó? ¿Te dijo algo para que guardaras silencio?
—Para nada. Fue decisión mía. No quería perjudicarlo económicamente y no porque eso pudiera afectarme en el acuerdo de divorcio. No quiero nada suyo, aunque legalmente pudiera corresponderme.
—Eso dice mucho de ti, cariño. Y me alegro de que hayas actuado así porque nadie podrá acusarte jamás de haberlo hecho por interés. Ahora te toca vivir a ti.
—Eso es lo que quiero. Seguir adelante con mi vida, con mi trabajo y, si algún día llega el caso, encontrar a un hombre que me quiera y me lo demuestre a diario.
—Seguro que lo encontrarás, porque no te mereces otra cosa. Ahora vamos al conservatorio. Ya he avisado y la directora nos está esperando —dijo Clothilde.
Salimos de casa y nos montamos en su coche, ese que llevaba tiempo diciendo que terminaría dejándome porque a ella no le gustaba conducir.
De hecho, fui yo quien condujo hasta nuestro destino.
Por mucho que insistía en que lo vendiera, ella se negaba y aseguraba que yo le daría mejor uso y, sobre todo, que lo cuidaría sabiendo de quién venía.
La directora nos atendió nada más llegar.
Después de leer mi certificado de aptitud y la carta de recomendación, me ofreció varios de los puestos disponibles, algunos en la ciudad y otros en San Francisco.
Firmé el contrato, aunque dejamos pendiente decidir qué puesto ocuparía, y me concedió una semana para pensarlo.
—Muchísimas gracias. Voy a empezar una nueva terapia para mis manos y todavía no sé si podré ausentarme de la ciudad o tendré que permanecer aquí durante un tiempo.
—No te preocupes. Tienes toda la semana para pensarlo. El lunes nos volveremos a ver y me dices qué has decidido.
—Por decidir, me iría a San Francisco con los ojos cerrados, pero antes tengo que consultarlo con el doctor que llevará mi terapia.
—Lo dicho, nos vemos el lunes. Y disfruta de tu triunfo, porque que el tribunal haya redactado una carta de recomendación como esta no es nada habitual. Debiste impresionarlos muchísimo.
Cuando salimos del conservatorio, Clothilde me agarró del brazo.
—Vamos, que te invito a cenar. Hoy toca noche de chicas.
—Gracias, Clothilde.
—Avisa a tu amiga, si quieres.
—Está trabajando. Cambió el turno para poder acompañarme esta mañana.
—Bueno, pues entonces cenaremos las dos solas.
Elegimos un restaurante que, después de hablarlo, descubrimos que nos encantaba a las dos.
El único inconveniente era que no estaba demasiado lejos de donde vivía Liam y, aunque intenté no darle importancia, los nervios empezaron a apoderarse de mí.
Tampoco iba a tener tan mala suerte como para encontrármelo precisamente allí, pero, como dice la ley de Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal.
Allí estaba Liam, acompañado por sus amigos y, cómo no, por Jules.
—Actúa como si no lo conocieras. Eso es lo que más le duele a un hombre —me aconsejó Clothilde.
—Eso mismo decía mi abuela, aunque ella lo aplicaba a todo: no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.
Clothilde me dijo algo que me hizo soltar una carcajada tan fuerte que resonó en buena parte del restaurante y provocó que varias personas se giraran hacia nosotras, incluidos los ocupantes de la mesa de Liam, pero me dio exactamente igual.
Él levantó la mirada y, durante un instante, pareció dispuesto a levantarse y acercarse hasta mí.
No sé con qué intención, pero, en cuanto vio quién me acompañaba, se quedó sentado.
Eso sí, no apartó los ojos de mí. En su mirada vi dolor, rabia y desesperación, pero de todo aquello ya tenía yo el saco lleno.
Ya era hora de que probara un poquito de su propia medicina.