Capítulo 11
Aquella mañana, antes de la fiesta de cumpleaños de Clothilde, Miranda me dijo que había pedido cita en la peluquería.
Hacía mil años que no iba y tenía el corte completamente desvencijado, las puntas abiertas y el color apagado y sin brillo.
Además, un buen repaso a mis uñas tampoco me venía nada mal, la verdad.
Cuando salimos de allí, parecía otra, no os voy a engañar. Me habían actualizado el corte, la peluquera me había dado unos reflejos para aportar brillo y luminosidad a mi pelo y mis uñas lucían como si en mi vida hubiera fregado un plato.
También me maquilló de una manera especial, pero sin demasiadas estridencias. Lo único que destacaba eran mis labios, pintados de un rojo pasión con uno de esos labiales que no se borraban en veinticuatro horas.
Llegamos a casa justo a tiempo para vestirme y coger el taxi que me llevaría hasta la casa de los Montgomery, donde se celebraría la fiesta.
—Pásalo bien y, pase lo que pase, siempre con la cabeza bien alta.
—¿Sabes algo que yo no sé?
—No, pero me imagino muchas cosas y ninguna buena, te lo aseguro.
—A veces me das miedo, Miranda. Es como si sintieras las cosas antes de que sucedan.
—Llámalo intuición…
—No, mejor llámalo brujería, chica.
Me despedí de mi amiga y bajé hasta la puerta del edificio, donde ya me esperaba el taxi. Me senté en el asiento trasero y pusimos rumbo a la casa de los Montgomery, que ya debía de estar rebosante de gente, a juzgar por la cantidad de coches aparcados en el jardín.
En cuanto entré y Clothilde me vio, no dudó en acercarse para abrazarme con todo el cariño que siempre me había demostrado. Desde que empecé en el conservatorio, se había autoproclamado mi protectora y seguía ejerciendo como tal en la actualidad.
—Ven, que te voy a presentar al médico del que te habló Sean durante la comida.
—Me da un miedo espantoso llevarme un fracaso, sobre todo ahora que ya lo tenía asumido.
—No temas, mi niña. Si él ve que no hay posibilidades o que son mínimas, te lo dirá. En cambio, si tiene claro que puedes recuperar la movilidad de las manos, te aseguro que no parará hasta conseguirlo.
Avanzamos un poco y allí estaba el doctor Frank Mackenzy, hablando muy animadamente con Sean.
Interrumpieron la conversación en cuanto llegamos hasta ellos, me presentaron y le explicaron mi caso.
El doctor pidió examinar mis manos y brazos en un lugar más tranquilo, así que Clothilde nos acompañó hasta el despacho de su marido.
El doctor Mackenzy analizó minuciosamente mis manos y también mis cicatrices, que cada vez se notaban menos. No ocurría lo mismo con las que tenía en los brazos y en la pierna derecha, que seguían prácticamente igual que el primer día. Cuando terminó de examinarme, me miró y dictó sentencia.
—Señora…
—Smith, Lakisha Smith, pero mejor solo Lakisha.
—Está bien, Lakisha. A falta de llevar a cabo algunas pruebas, estoy en disposición de decirle que la recuperación de la movilidad de sus manos y dedos es completamente viable.
—¿Me está diciendo que podré volver a tocar el piano como antes?
—No sé cómo tocaba antes, pero le aseguro que podrá recuperar el cien por cien de la movilidad. Eso sí, será un proceso bastante sacrificado y doloroso.
—Le aseguro, doctor Mackenzy, que después de todo el dolor que llevo sufrido, eso no va a hacerme desistir.
—Entonces empezaremos la terapia cuando usted quiera.
—Un momento, ¿cuánto supondrá económicamente? Porque no sé si tendré suficiente dinero para pagarle…
—El dinero no será un inconveniente, no ante un reto de semejante calibre. Venga a mi consulta cuando pueda y empezaremos con su recuperación.
—Tendría que esperar, al menos, un mes. Durante este tiempo no puedo permitirme ninguna distracción. Mi futuro depende de un examen que llevo preparando mucho tiempo.
—Tome mi tarjeta. Un mes será justo el tiempo que necesito para organizar mi agenda y buscarle un hueco. Llámeme un par de días antes y le diré a qué hora puedo verla.
—Gracias, doctor. No sé cómo voy a poder agradecérselo.
—Muy sencillo. En el primer concierto multitudinario que ofrezca, me regala un par de entradas vip.
Los tres salimos de aquel despacho riendo a carcajadas. Parecía que la vida empezaba a ponerme las cosas fáciles, o al menos eso creía, hasta que llegamos a la altura de Sean, que se encontraba hablando con un grupo de personas entre las que distinguí a una sin ninguna dificultad.
—Verás cuando Sean se entere, saltará de felicidad.
—Lo sé, y os agradezco de corazón todo lo que estáis haciendo por mí.
—Bah, bobadas. Eres una gran mujer y te mereces todo lo bueno que te pase.
Al llegar hasta ellos, Clothilde llamó la atención de su marido, que, al verme la cara de felicidad, supo que todo había ido como la seda, algo que el propio doctor se encargó de confirmarle.
—No sabes cuánto me alegro, cariño. Volverás a ser la misma mujer que eras. Ahora ven, que te voy a presentar a alguien.
—Gracias, Sean. Si no hubiera sido por ti, nada de esto estaría ocurriendo.
—Mira, él es el señor Stone, el futuro propietario de mi empresa, y su adorada esposa, Jules.
Cuando Liam se giró y me vio, su expresión pasó al terror más absoluto y una sonrisa apareció en mis labios.
Ahora era yo la que tenía la sartén por el mango y pensaba aprovecharme de ello.
No iba a decirle a Sean a las primeras de cambio que Liam estaba mintiendo, porque entonces aquello no tendría ninguna gracia.
Jugaría un poco con él hasta aburrirme. Total, sus negocios y su dinero me daban exactamente lo mismo.
—¿No ha venido contigo tu marido, cariño? —me preguntó Sean amablemente.
—Ni siquiera se lo he dicho. Nuestro matrimonio no va bien y estoy a punto de terminar con todo eso.
—El hombre que deje escapar a una mujer como tú simplemente debe ser imbécil. Oliver Steal, abogado de la familia Montgomery —se presentó un hombre alto, moreno y bastante guapo.
—En eso estoy de acuerdo contigo. Es imbécil, pero no porque me desprecie, sino porque no es capaz de ver más allá de sus narices. Es tan egocéntrico y está tan anclado en el pasado que, aunque tuviera el amor verdadero delante, no sería capaz de verlo.
—Discrepo con usted, señora Smith. Quizá su marido haya hecho lo que ha hecho por respeto —dijo Liam con la cara descompuesta.
—¿Respeto? ¿Usted llama respeto a dejar a su mujer en casa y pasearse con una fulana de tres al cuarto como si fuera su legítima esposa?
¿Usted llama respeto a dejarla sola el día de su cumpleaños mientras él se divierte por ahí?
¿O acaso considera respeto prestarle tan poca atención que le regaló dos veces la misma pulsera?
Liam me miró con una mezcla de furia y vergüenza, sin saber qué decir ni cómo actuar, mientras Jules se aferraba con fuerza a su brazo. Sean dirigió su mirada hacia mí y, muy seguro de lo que iba a decir, sentenció:
—Ese hombre no te merece, cariño. Tú necesitas a alguien que te quiera por encima de todo, y ese no es el hombre que dice llamarse tu esposo.
—Sobre todo teniendo en cuenta que todo lo que te ha pasado ha sido por su culpa porque, si está vivo, es gracias a ti.
—Eso lo tengo claro. Si se casó conmigo, no fue por amor, ni siquiera por cariño, sino como muestra de agradecimiento, pero soy demasiado joven para vivir condenada a una persona que no me ama.
—Ven conmigo, Lakisha. Vamos a tomar algo, que ambos lo necesitamos —me dijo Oliver, viendo que mi estado de ánimo iba decayendo por momentos.
Nos apartamos hasta la zona en la que estaban las bebidas y los demás ágapes de la cena y permanecimos allí un buen rato.
Aquel hombre me hacía reír muchísimo y así pasamos buena parte del tiempo.
Creo que, si no hubiera estado tan enamorada de Liam, Oliver podría haber sido el elegido porque, además de guapo, era simpático y atento.
Liam no me había quitado la mirada de encima desde que nos apartamos y, con cada risa mía, con cada carcajada que Oliver conseguía arrancarme, su enfado parecía ir en aumento.
No sé cómo los presentes no se dieron cuenta de lo que ocurría porque, en cuanto Oliver se alejó para ir al baño, Liam no dudó en acercarse rápidamente hasta donde yo estaba.
—¿Se puede saber a qué estás jugando?
—Yo no estoy jugando a nada. ¿Y tú?
—Eres mi esposa y me debes un respeto.
—Corre, ve y dilo ahí, delante de todo el mundo. Que Sean sepa que le has estado mintiendo. ¿Crees que te venderá su empresa sabiendo que eres un embustero?
—No juegues con mi negocio, Lakisha, o conocerás al verdadero Liam.
—Tu negocio, tu dinero y tú me importáis una mierda.
—El dinero y el negocio está claro que sí, pero que yo te importe una mierda ya lo dudo.
—Si me importaras, seguiría en tu casa, aguantaría todo lo que a ti te diera la gana con tal de mantenerme a tu lado, y no es así.
—Volverás, eso lo tengo claro. Lo único que espero es que no te acuestes con ese abogado de medio pelo…
—¿Como tú, que te estás acostando con tu amiguita?
—Yo no me he acostado con ella.
—Pero lo deseas más que nada en el mundo. Tranquilo, no me acostaré con nadie antes de presentarte la demanda de divorcio.
—No la firmaré.
—Entonces ya será problema tuyo, no mío.
—¿Nos marchamos ya? —preguntó Oliver al regresar, mirándonos alternativamente, como si intentara averiguar qué demonios acababa de pasar entre nosotros.
—Sí, por favor. Estoy cansada. Voy a despedirme de Clothilde y Sean y nos vamos.
—Te acompaño. Así aprovecho para despedirme yo también.
Nos acercamos a los Montgomery y les agradecí de nuevo la invitación antes de despedirme de ellos. No miré a Liam ni una sola vez. No pensaba darle siquiera ese gusto.
Oliver y yo salimos de la casa y caminamos hasta su coche, que estaba aparcado bastante cerca.
Justo cuando iba a subir, escuché voces detrás de nosotros y, al girarme, vi salir a Liam y Jules.
Ella caminaba pegada a su brazo, especialmente cariñosa, mientras él llevaba esa cara de acelga pocha que parecía haberse convertido en su expresión habitual desde que nos casamos.
Aparté la mirada y entré en el coche.
Durante los primeros minutos del trayecto, Oliver guardó silencio. Se lo agradecí porque todavía estaba intentando ordenar todo lo que había ocurrido aquella noche.
—¿Me vas a explicar qué ha pasado ahí dentro? —preguntó finalmente.
—¿Que estaban celebrando un cumpleaños?
—Eso ya lo sé. Soy cortito, pero hasta ahí llego —respondió, haciéndome sonreír a pesar de todo—. Me refiero a ti y al señor Stone. Aquello parecía cualquier cosa menos una conversación entre dos desconocidos.
Solté el aire despacio y apoyé la cabeza en el respaldo.
—Es una historia bastante larga y prefiero no contarla todavía. Antes quiero hablar con Sean y Clothilde. He quedado con ellos para comer pasado mañana y hay cosas que necesitan saber.
Oliver asintió sin insistir, algo que agradecí todavía más.
—Entonces me conformaré con haber descubierto que habrá un «otro día».
—¿Perdona?
—Has dicho que me lo contarás otro día. Eso significa que tendremos que volver a vernos. Una cena, quizás.
No pude evitar sonreír.
—Dame un mes para poner mi vida en orden. Después podemos cenar e incluso ir a bailar.
—Esperaré ese mes con ansias, te lo aseguro.
Solté una carcajada y negué con la cabeza. Oliver tenía una manera de tomarse las cosas que conseguía hacerme olvidar durante unos minutos todo lo demás.
Cuando llegamos a la puerta del edificio de Miranda, detuvo el coche y yo me dispuse a bajar.
Mi amiga se había negado a darme una copia de las llaves de su casa porque, según ella, así tendría que llamar al timbre cuando volviera y, aunque se hubiera quedado dormida, se enteraría de mi llegada.
Vamos, que lo que quería era cotillear cómo había terminado la noche.
—¿Quieres que te acompañe arriba? Puedo dejar el coche aquí unos minutos, no le va a pasar nada.
—No te preocupes. Conociéndola, seguro que Miranda está esperando para ver a qué hora llego y, sobre todo, quién me ha acompañado.
—¡Estoy aquí! ¡No tardes! —gritó mi amiga desde una de las ventanas.
Levanté la cabeza y solté una carcajada.
—¿Ves? Te lo dije.
—Me gusta tu amiga. Cuida bien de ti.
—Lo hace demasiado bien, créeme.
Abrí la puerta del coche y, antes de bajar, Oliver volvió a llamarme.
—Hasta dentro de un mes, Lakisha.
—Hasta la próxima, Oliver.