Capítulo 10
—¿No entiendes que estábamos preocupados?
—¿Por lo que puedan decir los demás? ¿Porque me afecten los comentarios de tus estupendos amigos?
—¡Ya está bien!
—Eso mismo digo yo, que ya está bien. Voy a cenar, que tengo hambre.
—Seguro que no has comido. No llevabas dinero y la tarjeta que te di no la has llegado a utilizar nunca.
—Claro que he comido y sí, llevaba mi propio dinero. En cuanto a tu tarjeta, eso me recuerda que tengo que devolvértela. No la quiero y me ocupa espacio en la cartera.
Abrí el bolso, saqué la cartera y extraje su tarjeta para dejarla encima de la mesa del salón. Quería que fuera consciente de que no me interesaba su dinero, que podía mantenerme por mí misma y que lo haría mucho mejor en cuanto aprobara aquel puto examen.
—¿Vas a seguir comportándote como una niña mimada?
—No me hagas reír, por favor. Si hay alguien en toda esta puñetera ciudad que nunca ha estado mimada, esa soy yo.
—Ya te he pedido perdón mil veces, ¿qué más quieres que haga?
—No quiero absolutamente nada de ti, entre otras cosas porque sería mentira, y el cupo de engaños ya lo tengo cubierto hasta el dos mil ochenta y cuatro.
Lo dejé allí y subí a cambiarme. Me di una ducha y me puse el pijama porque, en cuanto terminara de cenar, me iría a la cama. Justo cuando acababa de vestirme, sonó un mensaje en el móvil. Era de los señores Montgomery, con la ubicación de su casa, donde se celebraría la fiesta al día siguiente.
Bajé a cenar a la cocina y le pedí a Charlotte que me sirviera la cena. Esperaba que él cenara en el salón y me dejara hacerlo tranquilamente, pero volví a equivocarme. Se sentó a mi lado como si no hubiera pasado nada.
Si pretendía que le diera conversación, lo llevaba claro, sobre todo cuando empezó a disculparse por lo del regalo de mi cumpleaños. Aquel gesto me había dolido más que si no se hubiera acordado de regalarme nada.
—Quería pedirte disculpas por lo de la pulsera. En mi cartera está el tique de regalo; puedes ir a cambiarla si quieres.
—No quiero. No me apetece tener nada más que me recuerde a ti. La dejé en tu habitación, por si quieres regalársela a alguien que te importe más que yo.
—Tú me importas. Si no fuera así, no te habría propuesto matrimonio.
—Este matrimonio solo lo propusiste para acallar tu conciencia y, si no hubieras dejado por escrito en aquel documento que, si me pedías el divorcio, me quedaba con todo, estoy segura de que llevaríamos ya mucho tiempo divorciados.
—Eso no es verdad…
—Mira, Liam, ha sido un día muy duro y una noche muy larga. Si no me vas a permitir cenar tranquila, me levanto y me voy a mi habitación sin cenar. No me apetece seguir escuchando mentiras y excusas baratas.
Liam me miró muy serio y permaneció callado hasta que terminé de cenar. Entonces me levanté de la mesa y me marché a mi habitación. Quería descansar, necesitaba hacerlo, así que me metí en la cama e intenté dormir.
No sé qué me ocurrió, pero me desperté sobresaltada y encontré a Liam a mi lado, abrazándome y diciéndome que solo había sido una pesadilla. Y eso era precisamente lo que parecía, una puta pesadilla, pues lo tenía a mi lado, en ropa interior y más guapo que nunca.
No os puedo decir qué me impulsó a hacer lo que hice, pero me lancé a su boca y me agarré a su cuello hasta que se puso encima de mí. Aquel beso fue feroz, hambriento y necesitado, y no solo por mi parte, porque Liam también me correspondió de la misma manera.
Rápidamente me quitó el pijama, dejándome completamente desnuda debajo de él, antes de quitarse también el bóxer. Me penetró con una fuerte embestida, después de asegurarse de que estuviera preparada para recibirlo.
Me movió a su antojo, cambiando de postura en varias ocasiones, hasta terminar apoyada en la cama sobre los codos y las rodillas mientras él me penetraba por detrás. En aquella postura lo sentía todavía más y no tardé en alcanzar el orgasmo y arrastrarlo conmigo.
Lo que ocurrió a continuación fue una de las cosas más humillantes que me habían pasado en la vida y me hizo tomar la decisión definitiva de salir de aquella casa cuanto antes.
Cuando Liam alcanzó el orgasmo, no fue mi nombre el que pronunció, sino el de aquella mujer. Sentí que el mundo se me caía encima. Lo miré a los ojos y vi la vergüenza y el desconcierto en su mirada, aunque me dio igual. Lo había hecho y, para mí, acababa de dejar claro a quién deseaba.
—Lakisha, yo… Lo siento, es la costumbre.
—No, Liam. Costumbre es levantarse todos los días a la misma hora, desayunar lo mismo o coger el mismo camino para ir al trabajo. Esto ha sido tu subconsciente hablando, aunque lo haya hecho de la forma más cruel.
—Joder, de verdad que no quería decir su nombre.
—No lo hagas más difícil de lo que ya es, por favor. Sal de mi habitación y no vuelvas a entrar sin mi permiso, aunque me escuches gritar como un tenor de ópera.
Salió de la cama, cogió el bóxer y se lo puso antes de marcharse. Me sentía sucia, despreciada y un asco de mujer, y me prometí que nunca volvería a sentirme así. Por eso me levanté de la cama y entré en el baño, donde me di una ducha en la que casi me quedé sin piel.
Con una esponja exfoliante me froté con fuerza, intentando quitarme su olor del cuerpo y hacer desaparecer sus besos, aunque sabía que eso era imposible.
Golpeé la pared y grité hasta casi quedarme afónica por la rabia que sentía.
Terminé sentada en el suelo de la ducha, llorando como si me estuvieran matando.
Fue Charlotte quien entró y cerró el grifo, del que ya caía agua fría. Me ayudó a salir de allí, me secó con una toalla y me acompañó de nuevo a la cama, pues todavía era de madrugada.
—No puedes seguir así, mi niña, o terminarás enfermando de amor.
—Lo sé. Por eso mañana mismo me voy de esta casa. Hablaré con mi abogada para que redacte el divorcio. No quiero nada de él.
—¿Tienes dónde quedarte?
—Seguro que Miranda me hace un hueco en su casa durante unos meses, hasta que pueda establecerme por mi cuenta.
—Tengo algo de dinero ahorrado. Llévatelo, por favor.
—No hará falta, Charlotte, de verdad.
—Prométeme que me llamarás, al menos una vez al mes.
—Siempre que no le digas dónde estoy, te lo prometo.
—Y yo te prometo que ese será un secreto tuyo y mío.
—Gracias por entenderme, Charlotte.
—No, mi niña. Gracias a ti por dejarme entrar en tu vida.
Poco a poco cerré los ojos y volví a quedarme dormida.
Cuando desperté, todavía era temprano, pero estaba segura de que Liam ya se había marchado al trabajo, así que me dispuse a preparar la maleta.
Metí todo lo que pude de la ropa que era mía antes de mudarme allí y guardé el resto de mis cosas en una bolsa de deporte.
No llamé a Miranda porque sabía que no tendría ningún problema en recibirme.
Me había dicho en infinidad de ocasiones que podía contar con ella.
Bajé las escaleras y allí estaba Charlotte, mirándome con cariño, pero también con lástima.
Le di un abrazo y nos despedimos con un beso.
No hubo palabras, tampoco nos hacían falta.
Mi amiga me recibió con los brazos abiertos y, en cuanto le conté que esa noche tenía una fiesta de cumpleaños a la que no podía faltar, apenas me dejó instalarme. Me llevó casi a rastras hasta el centro comercial porque, según ella, teníamos que encontrar el atuendo ideal para el evento.
Al entrar en la primera tienda, allí estaba Jules con Liam, como no podía ser de otra manera. Ella se estaba probando un vestido que le quedaba de muerte mientras mi marido insistía en regalárselo, ya que tendría que acudir a aquella fiesta como su acompañante.
Miré a Miranda y ella me entendió, así que salimos de allí y entramos en otra tienda, donde encontré mi vestido: uno azul noche, de gasa y manga larga, que me sentaba como un guante. Miranda insistió en regalármelo como complemento a mi regalo de cumpleaños.