Si nuestro destino quiere Capítulo 9
21%

Capítulo 9

Me puse unos vaqueros, unas deportivas, una sudadera y el chaquetón, y cogí el bolso.

Dentro llevaba la tarjeta que Liam me había dado una vez recuperada, por si necesitaba comprarme algo y él no estaba.

No la había utilizado nunca, aunque en aquel momento mi primera intención fue fundirla en el centro comercial.

Salí de mi habitación y, en el pasillo, me encontré con Charlotte, que había subido para ver cómo estaba, por supuesto enviada por mi maridito, que no tenía los cojones de hacerlo él mismo.

—Ni me digas nada, porque no pienso darle más explicaciones de mi vida a nadie.

—Lakisha, dale la oportunidad de que se explique, por favor.

—¿Tú has oído todo lo que han dicho de mí en ese salón? ¿Has estado delante mientras sus amigos y esa mujer se mofaban de mis cicatrices? No, ¿verdad? Pues entonces no me pidas que dé más de lo que ya he dado sin recibir nada a cambio.

—Yo…

—Por favor, si hasta su regalo de cumpleaños ha sido el mismo que el del año pasado. La misma pulsera comprada en el mismo sitio. Eso es lo que le importo.

Charlotte se quedó blanca, sin saber qué decir ni qué hacer, sobre todo por la rabia con la que le había hablado y por las lágrimas que caían por mis mejillas, de las que ni siquiera había sido consciente hasta ese momento.

Salí de allí y paré el primer taxi que pasó.

Tuve suerte, porque por aquella zona no era muy habitual encontrar alguno, a no ser que viniera de dejar o recoger a un cliente.

Me subí y le di la dirección del centro comercial.

Durante el trayecto decidí que no gastaría ni un céntimo del dinero de Liam.

No iba a permitir que me comprara con eso, así que utilizaría el que tenía ahorrado.

No era mucho y, además, lo necesitaría cuando emprendiera mi vida en solitario, algo que esperaba que sucediera más pronto que tarde, pero podía permitirme algún capricho. Justo cuando entraba en el centro comercial, me encontré de frente con una profesora que había tenido en el conservatorio.

—Lakisha, ¿eres tú?

—Señora Montgomery, qué alegría verla.

—Hija, háblame de tú, que nos conocemos desde hace mucho tiempo.

—Está bien, Clothilde. ¿Cómo estás?

—Uy, hija, deseando jubilarme. ¿Tienes prisa?

—Ninguna, ¿por qué?

—Porque te invito a comer. He quedado con mi esposo y me encantaría que nos acompañaras. Así aprovechamos para ponernos al día.

—No me gustaría importunarte, de verdad.

—No digas sandeces, Lakisha. Si no quisiera que comieras con nosotros, no te lo habría propuesto.

Nos dirigimos a uno de los restaurantes del centro comercial, donde nos sentamos a esperar a que llegara su marido. Me contó que dejaba el conservatorio en tres meses y necesitaba encontrar a una sustituta que estuviera a la altura del puesto.

—Me enteré de lo de tu accidente y también de que te casaste con el chico al que salvaste. Debió de ser una historia de amor de esas de libro.

—No te creas que fue para tanto. Si te contara la verdad, te aseguro que te desilusionaría bastante.

—Entonces… ¿Qué haces ahora?

—Pues me estoy preparando para presentarme al examen que me permita ejercer como docente.

—¡No me digas! ¿Cuándo te presentas?

—Pues no lo sé, todavía estoy estudiando.

—Mira, cariño, conozco a una de las personas que realizan ese examen. Si me dices que te presentas a la siguiente convocatoria, que es dentro de un mes, te aseguro que hablaré con él y permaneceré en mi puesto hasta que tú puedas sustituirme.

—Eso sería una gran oportunidad para mí, de verdad.

—Entonces tienes un mes para prepararte lo que te falta y, después, podrás incorporarte al conservatorio de música como profesora de piano.

Su marido, Sean, se unió a nosotras durante la comida. Venía de una reunión de trabajo, ya que él también se jubilaba y, al no tener descendencia, había decidido vender su empresa. En esos momentos estaba barajando las diferentes ofertas que había recibido.

—Cuando nos jubilemos, pienso llevar a mi mujer a recorrer Europa. Es un sueño que hemos ido aplazando por el trabajo y tengo claro que voy a cumplirlo.

—Y hacéis bien. El día de mañana, cuando faltéis, en la caja no os van a echar nada. Es mejor disfrutarlo.

—Y tú, ¿piensas tener hijos, Lakisha?

—En estos momentos no está en mis planes, pero quién sabe si en un futuro lejano…

No quise contarles que mi matrimonio solo existía sobre el papel y que Liam y yo no teníamos prácticamente nada en común aparte de eso. Sin embargo, la desilusión debió reflejarse en mi rostro. Ellos la atribuyeron a otra cosa y no quise sacarlos de su error.

—Mañana damos una fiesta en casa en honor a mi mujer, que cumple años, y me encantaría que nos acompañaras. Con tu marido, si quiere venir, por supuesto.

—Uy, mi marido no creo que acuda, pero yo lo haré encantada.

—Esta misma tarde le he pedido al futuro propietario de mi empresa que también venga y me ha asegurado que lo hará con su esposa.

—Sí, estarán varias de las personas más influyentes de la ciudad, sobre todo del mundo de la música —añadió Clothilde.

—En otra época eso habría sido muy tentador para mí, pero desde lo del accidente…

—Hija, conozco a un buen médico especialista en articulaciones que creo que podría ayudarte.

—El problema es el dinero, señor Montgomery. Mi marido y yo llevamos las cuentas separadas y no me gustaría que gastara el suyo en algo que ya tengo asumido que no ocurrirá.

—Eso déjamelo a mí. Te aseguro que será un reto para él y, como tal, no te cobrará un centavo. Además, llámame por mi nombre de pila, que es Sean. El señor Montgomery era mi padre.

Solté una carcajada porque aquel hombre era un encanto.

Me imaginé cómo habría sido tener un padre como él y una sonrisa apareció en mis labios.

Ojalá hubiera tenido esa suerte, y no por el dinero de su familia, sino porque nunca me habría faltado amor, algo mucho más valioso que todo el oro del mundo.

Me despedí de los dos después de la comida tan amena que pasamos y me dirigí a una de las tiendas para comprarle su regalo. Se terminó mi capricho, pues tenía que ahorrar todo lo posible para cuando empezara mi vida en solitario y pudiera mantenerme por mí misma hasta cobrar mi primer sueldo.

La casa en la que había vivido con mi abuela era de alquiler y, después de su muerte, me quedé allí sola. Cuando me marché a vivir con Liam, decidí rescindir el contrato, así que solo tuve que recoger mis cosas y entregar las llaves.

Entré en una joyería y le compré una pulsera con abalorios relacionados con la música. Era de plata y me costó un pico, sobre todo teniendo en cuenta mi maltrecha economía, pero no quería presentarme allí con las manos vacías ni comprarle cualquier cosa.

Cuando quise darme cuenta, ya era la hora de cenar.

Tenía el teléfono en silencio y no había visto las innumerables llamadas que había recibido, pero, siendo sincera, no me apetecía hablar con nadie.

Solo envié un mensaje al grupo que tenía con las chicas para tranquilizarlas y quedé en llamarlas al día siguiente.

Lakisha: Chicas, tenía el teléfono en silencio y no había visto las llamadas. Estoy bien, pero ahora no me apetece hablar con nadie. Mañana hacemos una videollamada y os cuento, os lo prometo. Un besito.

Los mensajes de respuesta se fueron sucediendo uno detrás de otro.

Todas me dijeron que no había ningún problema y que solo querían saber que me encontraba bien.

Me gustaba que respetaran mi espacio y me dieran tiempo cuando lo necesitaba, como en aquella ocasión, sin insistir ni hacer más preguntas.

Tomé un taxi en la puerta del centro comercial. La noche se estaba poniendo fea, pues empezaba a chispear y no quería que me sorprendiera la lluvia, así que le di al taxista la dirección de la casa de Liam y le pedí que tomara el camino más corto.

Al entrar, allí estaba él, con las manos en la cabeza, la barba sin afeitar y una expresión de desesperación que lo decía todo.

¿Me importó? Ni lo más mínimo. No se lo merecía y así sería a partir de aquel momento.

Si él no me había respetado a mí, tampoco podía esperar que siguiera comportándome como si nada hubiera ocurrido.

—¿Se puede saber dónde estabas y por qué no cogías el teléfono?

—Estaba donde me da la gana y no he cogido el teléfono porque no me apetecía. ¿Queda claro?